Lucille V #2
Apoyé las manos en la barandilla, mirando la extensión de setos y fuentes que se extendía ante mí.
Todo aquello me parecía vacío, una trampa dorada que no ofrecía más que desolación.
Recordaba a la perfección la última vez que me había asomado a uno de esos pequeños balcones de la Galería de los Espejos.
Gérald me había susurrado una frase con los ojos encendidos del mismo deseo que yo sentía:
«Puede que en momentos peligrosos de la noche, deseéis que sea vuestra sombra».
El recuerdo de sus palabras me atravesó como una daga que se clavaba profundamente en mi alma. El hombre que había sido mi obsesión durante tanto tiempo era ahora quien arrojaba más tinieblas sobre mi vida.
Lo amaba, aunque mi orgullo me prohibiera admitirlo.
¿Cómo podía amar a un hombre que había permitido que mi hermano pequeño fuera encerrado en las mazmorras como un vulgar criminal?
Y, sin embargo, sabía que aquel acto era fruto de su deber; ese deber que siempre había estado por encima de todo para él, incluso de mí.
«No es su culpa», me repetí, aunque la frase me sabía tan amarga como vacía. Gérald era un hombre de honor, un mosquetero, un capitán. Pero esa maldita lealtad suya para con el Rey Sol lo había colocado en mi contra y siempre sería así.
—¿Estáis bien, mademoiselle?
La voz suave y cargada de afectación de un cortesano me hizo dar un respingo. Me giré, obligándome a componer una expresión neutral.
—Perfectamente, señor —respondí con un tono cortante que dejaba claro que no deseaba compañía en aquel momento .
El hombre, con una abultada peluca y aires de suficiencia, vaciló antes de hacer una reverencia y marcharse. Cuando estuve sola de nuevo, exhalé un suspiro cansado.
Pensé en Bastien, encerrado y derrotado, y pensé en Gérald, en la forma en que me había mirado la última vez en las caballerizas reales, sabiendo ambos que lo nuestro estaba roto para siempre.
Lo odiaba por lo que había hecho, así como también sabía que no podía odiarlo de verdad. Esa era mi mayor condena.
Me dispuse a abandonar aquel diminuto balcón cuando distinguí a Philippe de Orleans acercándose a mí. Su elegante figura destacaba contra la luz que entraba por los ventanales de la Galería de los Espejos.
—Mademoiselle —me saludó—. Os he estado buscando.
—¿Para qué, alteza? —pregunté, intentando ocultar mi agitación.
—Para saber cómo os encontráis —respondió, deteniéndose a unos pasos de mí, con las manos tras su espalda—. Sé lo de vuestro hermano. Imagino que no ha sido fácil para vos.
¿Era ese el hombre que había emborrachado y seducido a Bastien hasta arrastrarlo a formar parte de la Nueva Fronda? Si así era, ¿cómo podía mirarlo a los ojos y respetarlo como llevaba haciendo desde que lo había conocido?
—¿Y por qué habría de preocuparos eso? —repliqué, con más dureza de la que pretendía.
Philippe alzó una ceja, sorprendido por mi tono desafiante, pero no se mostró ofendido.
—Porque sois una de las pocas personas en esta corte que me interesan de verdad —dijo con sinceridad, lo que me desarmó por un instante—. Y porque sé lo que es sentirse traicionado por quienes amamos.
No supe qué responder. Mostraba una vulnerabilidad que no esperaba de alguien como él, que siempre parecía estar por encima de las intrigas de la corte.
—No sé de qué me habláis.
—Yo creo que sí. También sé, por experiencia propia, cómo es renunciar a un amor que creemos que podrá vencerlo todo.
Gérald es insufriblemente recto, y con toda sinceridad os digo que una dama como vos merece un hombre más interesante que ese capitán tosco, pero no seré yo quien juzgue los deseos del corazón.
Por eso mismo la traición duele el doble.
—Os equivocáis, alteza —negué, mirando de nuevo hacia los jardines—. Gérald no me ha traicionado. Solo ha cumplido con su deber.
—El deber —dijo Philippe con un tono burlón pero cargado de amargura, apoyándose en la barandilla junto a mí—. Esa es la palabra que usamos para justificar nuestras peores acciones.
Lo observé de reojo, sorprendida por lo que sus palabras insinuaban.
—Vos no parecéis ser alguien que se deje guiar por el deber —observé.
Él rio suavemente, sin alegría alguna.
—Vuestra afirmación evidencia que mi papel como príncipe de Francia es un fracaso: siempre he cumplido con mi deber, mademoiselle, incluso cuando eso me ha roto el corazón.
No supe qué decir, así que callé. Fue entonces cuando su mirada se volvió verdaderamente seria.
—Tenéis una decisión que tomar —dijo—. Podéis dejar que el deber de Gérald os consuma, o podéis encontrar una manera de luchar por lo que realmente importa.
—¿Y qué me sugerís, alteza?
—Eso depende de vos —respondió, incorporándose y ajustándose los puños de encaje que sobresalían de su casaca—.
Si queréis huir de ese matrimonio que os espera mañana al caer el sol, encontraréis refugio en mi propiedad de Saint-Cloud.
Desde ahí será fácil organizar vuestra partida al reino de vuestra elección.
Creo recordar que hace poco tuvisteis un amante inglés, porque, al parecer, tenéis un pésimo gusto eligiendo hombres.
No pude evitar sonreír ante aquella pulla.
—Así que, si Inglaterra es el destino que deseáis, haré cuanto esté en mi mano para ayudaros a cruzar el canal de la Mancha.
—¿Me estáis ofreciendo ayuda para escapar?
—Pues claro, mademoiselle.
—¿Eso no sería desobedecer a su majestad?
—Solo yo puedo desobedecerlo y conservar la cabeza sobre mis hombros —aseguró, sarcástico—. Pensad en lo que os he dicho.
Fue a alejarse cuando lo retuve con una pregunta impulsiva:
—Alteza, ¿habéis visto alguna vez a mi hermano Bastien?
—No, que yo sepa.
—¿Lo juráis por Dios?
—Solo se puede jurar sobre aquello que es más sagrado. Y nada en mi vida, ni siquiera Dios ni Francia, es más sagrado que el amor que siento por Aurore Bechard.
Con esas palabras me dejó, y me quedé allí, a solas en el balcón, mirando la extensión de los jardines, pensando en el ofrecimiento de Monsieur .
Estaba tentada de aceptarlo, pues, a pesar de las acusaciones de Bastien, no podía evitar confiar en él.
Pero si huía, Bastien quedaba atrás, a merced de la voluble piedad del rey.
«Está en las mazmorras por mi culpa; yo conduje a los malditos mosqueteros y a Gérald hasta él», pensé, cerrando los ojos. «Y mañana, cuando me case, habré perdido lo único que me queda: mi libertad» .
Las palabras de Madame Scarron regresaron a mi mente. No había escogido un camino oscuro, como ella decía. El camino oscuro me había escogido a mí. Y si iba a transitarlo, lo haría bajo mis propios términos.
— No dejaré que el mundo me arrebate todo sin luchar —proclamé al silencio que me rodeaba.
Solo me contestó el suave murmullo del viento que acariciaba los jardines.
Mañana sería una duquesa y mi vida cambiaría para siempre, pues pertenecería a mi esposo. Pero esta noche, no.
Esta noche aún era una mujer libre.