Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Lucille V
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Lucille V

M i alma se quebrantó al alejarme de la celda de Bastien.

Sus ojos, suplicantes, me persiguieron incluso cuando ya los había dejado atrás.

Había querido ser fuerte por él, por mí, pero cada palabra de despedida me había salido a pedazos, tan rota y desgarrada como mi corazón por verme obligada a dejarlo ahí abajo.

Le había prometido encontrar una solución, le había prometido que no lo abandonaría a su suerte.

Pero, ¿cómo podía cumplir esas promesas cuando el peso del destino parecía aplastarme con cada paso que daba?

Bastien, mi pequeño y rebelde hermano, estaba atrapado en un lugar donde ni siquiera el amor incondicional de una hermana podría salvarlo.

Cuando al fin emergí al aire libre, la luz del sol me cegó momentáneamente.

La corte seguía viva, con su habitual bullicio de risas y frivolidad, allá en los jardines y en los salones que quedaban tan alejados de las mazmorras.

El sufrimiento de Bastien no existía para el resto del mundo, porque en este lugar de intrigas y oro, una vida más o una vida menos no importaba.

Tomé la Gran Escalera de los Embajadores para dirigirme a los Apartamentos del Príncipe cuando una familiar figura se materializó frente a mí: Madame Scarron, con su porte discreto y su sonrisa beata.

—Mademoiselle de Valois —saludó con su tono dulce y meloso, inclinando ligeramente la cabeza—. Os estaba buscando.

—Pues ya me habéis encontrado —repliqué, de mal humor, sin molestarme en comportarme como una perfecta cortesana .

Ella, infatigable como de costumbre, no dejó que mi mal tono la desanimara.

—Mañana es vuestro gran día, ¿no es así? —continuó hablando, mientras me examinaba de pies a cabeza, como si fuera una mercancía que debía ser inspeccionada antes de ser vendida—. Casarse con un duque es un honor que muchas en la corte sueñan con alcanzar.

—Pues es un honor que no he solicitado, madame Scarron —respondí, todavía más molesta.

Su sonrisa se mantuvo impasible.

—Querida, no todas las bendiciones vienen envueltas en terciopelo. A veces, el deber es la única opción que nos queda. Dios así lo quiere.

No pude evitar tensarme ante sus palabras. El deber. Siempre el deber. Era la palabra favorita de los poderosos para justificar cualquier sacrificio.

—De todos modos —continuó ella, ignorando mi visible hostilidad—, como vuestra protectora en este delicado momento, creo que sería apropiado que me acompañarais.

«¿Mi protectora? ¿De qué diantres hablaba?».

—Perdonad, me temo que no os entiendo. ¿Acompañaros a dónde?

—Sí, querida. Al círculo de moral para jóvenes disolutas.

Arrugué la nariz. Me había olvidado de la petición de la reina a Madame Scarron para guiar a las mujeres de la corte hacia una vida más virtuosa. En mi opinión, esas reuniones eran poco más que una excusa para controlar y moldear a aquellas que no encajaban en su idea de rectitud.

—Madame, no creo que hoy sea el momento adecuado para…

—Oh, discrepo. No podéis casaros con todos esos pecados sobre vuestros hombros. Debéis venir —interrumpió ella, con una sonrisa que no admitía réplica—. Es vuestro deber, y la reina María Teresa así lo ordena. No querréis empezar vuestra nueva vida como duquesa desafiando a su majestad, ¿verdad?

El deber otra vez. La palabra que me encadenaba, que me obligaba a moverme incluso cuando quería desplomarme. No tenía fuerzas para discutir, así que simplemente asentí. Estaba derrotada.

Madame Scarron pareció complacida con mi sumisión, que no era otra cosa que fracaso.

—Bien, entonces. Venid conmigo.

El corrillo de damas reunido por Madame Scarron se encontraba en un pequeño salón que pertenecía a la reina: una de las alas menos transitadas de Versalles.

La estancia estaba decorada con cierta austeridad, en marcado contraste con la opulencia del resto del palacio.

Las paredes permanecían prácticamente desnudas, salvo por un cuadro de la Ascensión y un crucifijo que colgaba sobre la chimenea que caldeaba la cámara.

Las otras damas ya estaban allí cuando llegamos, todas sentadas en escabeles dispuestos en un círculo perfecto. Sus rostros mostraban un disimulado aburrimiento, aunque algunas trataban de esconderlo bajo una máscara de interés.

Busqué a Aurore entre las muchachas. No la encontré, por supuesto.

Como mujer casada y duquesa de Orleans, estaba a salvo de la influencia de la reina.

Pensé en ella con infinito dolor. Si en verdad Monsieur estaba implicado en la Nueva Fronda, el corazón de mi amiga se rompería en pedazos imposibles de reparar.

¿Era posible que todas las sospechas sobre Philippe fueran ciertas?

¿Era un traidor, el verdadero príncipe de las sombras, y no ese misterioso Ferdinand?

—Bienvenidas, queridas —empezó a hablar Madame Scarron, interrumpiendo el hilo de mis pensamientos y ocupando su lugar en el centro del círculo.

Su voz era esponjosa, meliflua, y me ponía de los nervios—.

Hoy hablaremos de la importancia de la virtud y de cómo, siendo mujeres de la corte, debemos ser ejemplos de rectitud para aquellos que nos rodean, así como para Dios, que todo lo ve y todo lo juzga.

Mientras ella hablaba, yo solo veía el rostro de Bastien, la desesperación en sus ojos cuando había aferrado sus manos a través de los barrotes de su celda, como si supiera que nada ni nadie podría salvarlo.

«No dejaré que esto sea el final, hermano mío», me dije. «No puedo rendirme, ni ahora ni nunca».

—Mademoiselle de Valois.

La voz de Madame Scarron me devolvió a la realidad que me rodeaba. Todas las miradas en la sala estaban puestas en mí.

—¿Perdón? —dije, intentando recomponerme.

—Os he preguntado qué opináis sobre la importancia de la modestia en una dama —repitió, con una leve sonrisa que no alcanzaba a iluminar sus ojos marrones.

—Creo que la modestia no debe ser una excusa para reprimir el espíritu de una persona —respondí con calma, aunque mi tono dejaba entrever mi desdén por el tema—. Una dama puede ser virtuosa sin sacrificar su identidad.

El silencio que siguió a mi respuesta fue incómodo. Algunas de las mujeres intercambiaron miradas nerviosas, mientras Madame Scarron me observaba con una expresión que era puro desprecio.

—Interesante perspectiva, mademoiselle —dijo—. Aunque os recomendaría que reflexionéis sobre si vuestra “identidad” sirve al propósito que Dios tiene para vos.

—Dios tiene mejores cosas que hacer que fijarse en si somos castas y virtuosas.

—¿Cómo decís?

—Me habéis escuchado perfectamente, Françoise.

—Os recuerdo que mañana seréis una mujer casada.

—¿Y qué? ¿Cambia eso mi reputación de libertina?

—Una mujer casada debe obedecer siempre a su marido y estar de acuerdo con todas sus decisiones.

—No me extraña que sigáis soltera a vuestra edad.

Las disimuladas risas de las damas resonaron en la sala, lo que provocó que Madame Scarron enrojeciera de ira.

Estaba harta de aquella farsa: tenía cosas más importantes que hacer que escuchar las tonterías de esa mujer que envenenaba el corazón del rey contra todo aquello que ella consideraba una ofensa a Dios.

—Podéis aleccionar a estas jóvenes todo lo que queráis, y emponzoñar el corazón de nuestro rey contra los protestantes, pero a mí no me cambiaréis: he dormido con tal cantidad de hombres que la cifra avergonzaría al mismísimo Santo Padre, y pienso seguir haciéndolo cuando mañana me convierta en duquesa de Humières.

Y vosotras, amigas mías, deberíais hacer lo que os apetezca con vuestras respectivas virtudes.

—Responderéis por estas palabras ante la reina —me amenazó Madame Scarron, incorporándose.

Yo la imité, enfrentándome a ella.

—Madame, ni os molestéis —respondí—. Ya respondo todos los días por lo que soy y por lo que he hecho, pero si queréis añadir un juicio más a mi lista, adelante. A estas alturas, ¿qué es una mancha más para alguien tan desvergonzada como yo?

El color en las mejillas de Madame Scarron se intensificó.

Antes de que pudiera replicar, una de las jóvenes del círculo dejó escapar una carcajada, y luego otra más se unió, hasta que el aire en la sala comenzó a llenarse de risas.

Era evidente que algunas de ellas disfrutaban viendo a su autoproclamada guía moral en apuros.

—Sois una insolente, mademoiselle —espetó Madame Scarron, enderezando la espalda como si pudiera con ello recuperar la autoridad perdida—. Os aseguro que vuestro atrevimiento no quedará sin consecuencias.

—¿Consecuencias? —repliqué—. ¿Qué más puede hacerme este mundo, Françoise? ¿Creéis que temeré un sermón de la reina o las habladurías de la corte?

Los ojos de Madame Scarron centelleaban de indignación.

—Habéis elegido un camino oscuro, Lucille de Valois —susurró, con la voz cargada de veneno—. Uno que os llevará a la ruina. O peor: al infierno.

—Pues así sea —proclamé, orgullosa—. Prefiero el infierno a una vida vivida bajo las reglas de alguien como vos.

Sin decir más, me giré y abandoné la sala, con el corazón galopando sin control.

Mis pasos eran rápidos, impulsados por una furia que no podía ni quería controlar.

Quizás esas palabras dirigidas a Madame Scarron me habían condenado aún más a los ojos de la corte, pero en ese momento mi reputación me importaba menos que nunca.

Caminé hasta la Galería de los Espejos, donde varios cortesanos paseaban y charlaban en pequeños corrillos.

Evité saludos y encontré un balcón vacío que daba a los jardines, aún solitarios de paseantes.

El aire frío de la mañana de aquel otoño tan frío me golpeó el rostro, pero no hizo nada por calmar el fuego que sentía en mi interior.