Gérald IV #2
—La Nueva Fronda lo ha escondido todos estos años en propiedades de la nobleza.
Apenas ha dejado rastros. Sin embargo, el diario cifrado de Humières, que confiscamos hace semanas, contiene una lista de los lugares donde Ferdinand ha vivido antes de ser trasladado al siguiente escondite.
Posiblemente, todos los líderes tendrán un listado parecido para poder saber en todo momento dónde se halla el príncipe de las sombras.
Louis se levantó lentamente y caminó en silencio hacia la ventana. Su silueta, bañada por la luz dorada del mediodía, era la de un rey esculpido en oro, implacable e insondable.
—Un tercer hermano… —murmuró—. Y uno que se alza contra la corona.
—Es posible —añadí con cautela— que este príncipe ilegítimo, al haber sido criado por nobles contrarios a la familia real, ni siquiera sea consciente de lo que está ocurriendo en su nombre.
El silencio que siguió a mis palabras fue abrumador, y solo fue roto cuando Philippe preguntó:
—¿Qué vamos a hacer, Louis?
Este no respondió de inmediato. Cuando se giró hacia nosotros, su rostro volvía a ser el del rey, y no el del hijo traicionado por el engaño de su madre.
—Lo atraparemos. Y cuando lo hagamos, responderá por sus crímenes, como cualquier otro traidor.
Philippe se puso de pie de un salto, golpeando la mesa con los puños.
—¡Es nuestro hermano!
—Hermanastro —puntualizó Louis, con un tono cortante—. Un bastardo entre tantos otros que han intentado reclamar algo que no les pertenece.
—Sigue siendo sangre de nuestra sangre —replicó Philippe—. No podemos tratarlo como a un criminal cualquiera.
—Philippe, no se trata de nuestra familia, sino de nuestro reino.
—Querrás decir de tu reino. Ferdinand es nuestro hermano y también nuestra responsabilidad. No es culpa suya haber nacido bajo esas circunstancias, ni es justo que pague por los pecados de nuestra madre y del cardenal.
—Tampoco es responsabilidad nuestra que nuestra madre fuera una… —Louis se detuvo bruscamente, pero la insinuación ya había sido dicha.
Philippe, cuyos puños aún descansaban sobre la mesa, clavó sus ojos en los de su hermano.
—¿Una qué? —preguntó, con un filo en su voz que podía cortar el aire—. Vamos, dilo. Acúsala de ese crimen que tú mismo cometes a diario: el de dar hijos ilegítimos a la corona.
Los dos hermanos se enfrentaban como si el mundo a su alrededor se hubiera desvanecido, y yo no podía tomar partido ni mediar entre ellos.
—Basta, Philippe. Hablamos de la estabilidad del reino.
Monsieur soltó un bufido .
—No te creo capaz de acabar con la vida de un hermano, aunque sea de uno que aún no conoces. Sé que no tienes piedad con los que te traicionan, pero esto es distinto, Louis. Es nuestra propia sangre.
El rey continuó en silencio.
—Hace años tomaste la decisión de no ajusticiar al tío Gaston; te apiadaste de él, y era el líder de la vieja Fronda. Mostraste piedad —insistió Philippe.
—Un acto de debilidad del que me arrepiento a menudo.
—Mentira. Tú no eres cruel por naturaleza. — Monsieur se enfrentó a su hermano, tomándolo por los hombros—. ¿Qué te pasa? ¿Quién vierte hiel en tus oídos y te convierte en el tirano al que describen en esos asquerosos panfletos?
Louis lo fulminó con la mirada.
—Recuerda tu lugar, Philippe. No creo que a nuestro capitán le interese presenciar una escena de rencillas familiares.
El duque de Orleans lo soltó, furioso, y acto seguido se giró hacia mí. En sus ojos pude ver frustración y desesperación.
—¿Y vos, capitán? ¿Qué opináis de todo esto?
Mantuve la serenidad ante su escrutinio.
—Opino que debemos encontrar a Ferdinand antes de que los fronderos sigan usando su nombre para sembrar el caos. Su majestad tiene razón en eso. Pero también creo que, cuando lo encontremos, se le debe dar la oportunidad de explicar su parte de la historia.
—Ese hombre no tiene historia que explicar —replicó Louis—. Y tu deber, Gérald, es traerlo hasta mí para que yo pueda dictaminar su destino.
—Así lo haré, majestad —incliné la cabeza.
—Interroga a Bastien de Valois y arráncale la verdad.
—¿Habéis atrapado al hermano de Lucille? —se sorprendió Philippe.
—Sí.
—¿Y dónde está ahora mademoiselle de Valois?
—Ni lo sé ni me importa —respondí.
—Mentís.
El duque de Orleans me clavó una mirada, que llameaba de pura intuición. Era un hombre que sabía leer a las personas, incluso cuando ellas mismas no querían enfrentarse a sus propios demonios.
—Mentís, Gérald —repitió con calma, y cada palabra era una acusación cortante contra mí—. Y si no me equivoco, mañana al atardecer esa dama que no os importa se convertirá en duquesa de Humières. Contra su voluntad. ¿No os afecta eso en absoluto?
Me mantuve callado.
—Estoy rodeado de corazones hechos de piedra —escupió Philippe de Orleans, quien miró a Louis con un gesto airado, su rostro encendido por la incredulidad—.
¿Cómo puedes permitir esto, Louis? ¿Cómo puedes sacrificarlo todo, incluso a aquellos que no tienen culpa, por un maldito trono que solo te trae infelicidad y soledad?
Louis no reaccionó a las hirientes palabras. Se limitó a ajustar los puños de sus encajes con una calma calculada que parecía provocar aún más la ira de su hermano menor.
—Philippe, por última vez me tomaré la molestia de recordarte que estás hablando con tu rey —dijo, con voz helada—. Y como tal, no dispongo de tiempo para tus explosiones emocionales. Si no tienes nada útil que aportar, te sugiero que te retires.
El duque de Orleans soltó una carcajada seca y amarga que resonó desafiante en el Gabinete del Consejo .
—Ah, por supuesto que me retiro para retomar mi papel de príncipe inútil. Puede que la muerte sea lo mejor para Ferdinand, si la alternativa es vivir a la sombra del Rey Sol y de una corona que cada día es más pesada, incluso para ti.
Sin esperar respuesta, Monsieur se dio la vuelta y golpeó el suelo con sus tacones, la señal de que uno de los dos hermanos reales requería que los guardias abrieran las puertas.
Mis mosqueteros obedecieron al segundo, y el duque salió del Gabinete, alejándose con una ira que hizo temblar los candelabros y los cuadros.
El silencio que dejó a su paso era tan denso que parecía envolvernos a mí y al rey en una burbuja de tensión.
Louis no se movió, ni tampoco apartó la vista de la ventana. Durante un momento me pregunté si estaba considerando las palabras de su hermano. Pero cuando se giró hacia mí, su rostro permanecía imperturbable, salvo por el brillo frío en sus ojos.
—Envía de inmediato a tus mosqueteros a detener a todas las familias que han dado cobijo a Ferdinand hasta ahora. No me vale solo con el cabeza de familia; quiero a sus esposas, sus hijos e hijas.
—Majestad, estamos hablando de algunos de los apellidos más poderosos de Francia. Clermont, Saint-Laurent, Rochefoucauld, Villars, Châteauroux…
—He dicho a todos, Gérald. Que tus hombres los arrastren a Versalles para que se enfrenten a la ira de su rey. En cuanto a ti… Tu máxima prioridad es hallar a ese príncipe de las sombras. A cualquier precio.
—Majestad —respondí, inclinando la cabeza—. ¿Qué queréis que haga con el duque de Humières?
—Vigilarlo de cerca. No quiero que salte la alarma aún de que vamos a arrestar a todas las familias fronderas. Interrogarás a Bastien de Valois y luego, dependiendo de lo que confiese, Hubert será detenido .
—Así se hará, majestad. ¿Algo más que preciséis de mí?
—Sí. Esta noche se celebrará un baile invernal en los jardines.
Parpadeé, confuso.
—¿Un baile invernal? Estamos en otoño.
—A menos que el rey dictamine lo contrario.
—Por supuesto —asentí.
Louis parecía un polvorín a punto de estallar, tras esa capa de frialdad.
—Es imprescindible que se lleve a cabo sin contratiempos.
Me permití un ligero ceño fruncido.
—Majestad, os ruego que reconsideréis celebrar ese baile. Un evento al aire libre supone riesgos innecesarios. Será mucho más difícil garantizar vuestra seguridad fuera de los salones, especialmente si insistís en que Hubert de Humières siga libre.
El rey alzó una mano, deteniendo cualquier argumento adicional.
—No cederé ni un palmo de terreno al miedo. Si los fronderos creen que pueden intimidarme, se equivocan. Deben comprender que sus amenazas y actos no detienen el rumbo del Sol.
Su tono era definitivo, y supe que cualquier intento de persuadirlo sería en vano. Aun así, no podía evitar sentir un peso en el pecho ante la idea de la vulnerabilidad que esa decisión implicaba.
—Entendido, majestad. Doblaremos la seguridad de los jardines.
—Haz lo que creas necesario, pero asegúrate de que tus mosqueteros sean discretos.
Incliné la cabeza una vez más. Tenía que aceptar la orden, aunque no estuviera de acuerdo.
Antes de que pudiera retirarme, Louis me detuvo con un gesto .
—Y, Gérald, no olvides que quiero al príncipe de las sombras aquí.
—¿Vivo o muerto, majestad?
—Vivo, por supuesto. No descansaré hasta que ese traidor esté bajo mi control.
—Así será.
—Retírate.
Y tras eso, devolvió su atención a los documentos en su escritorio. Nuestra conversación había terminado y dejé al rey sumido en sus pensamientos.
Mientras regresaba a las mazmorras, no podía dejar de pensar que había cumplido mi deber al apresar a Bastien de Valois, sí, y con ese acto había traicionado a Lucille.
Ella jamás entendería que lo había hecho en un desesperado intento de salvarla de su matrimonio con el duque de Humières, algo que cada vez veía más complicado.
El destino implacable la arrastraba hacia un futuro que no deseaba. Y yo no podría evitarlo.
La imagen de su rostro, orgulloso y al mismo tiempo vulnerable, no se borraba de mi mente.
Recordé el fuego en sus ojos cuando me enfrentaba, su voz firme incluso en sus momentos más difíciles.
Lucille era luchadora por naturaleza, y yo admiraba su feroz coraje que la había llevado a ponerse en peligro para intentar salvar a su hermano.
Sin embargo, mañana al atardecer, sería entregada como una pieza más en el tablero de poder que era Versalles.
A no ser que yo lograse que Bastien hablase y me diera la clave para detener a Humières. Solo así podría liberar a Lucille del destino que se cernía sobre ella.
Por un momento, sentí la irrefrenable urgencia de tomarla en mis brazos, subirnos a un caballo y huir lejos de Versalles, lejos del peso de la lealtad y el deber que nos separaba.
Porque, al cumplir con mi obligación como capitán de los mosqueteros, perdería algo que era tan profundo como la negrura de los calabozos en los que me escondía.
Algo que nunca antes había experimentado con nadie, una conexión que no entendía de deberes, traiciones y compromisos.
Solo de deseo.