Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Gérald IV
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Gérald IV

C uando llegué al Gabinete del Consejo, donde su majestad estaría ya reunido con sus ministros, la tensión en mis hombros era casi insoportable.

Aunque mantenía la cabeza alta mientras atravesaba los salones de Versalles, mi mente era un torbellino de pensamientos que amenazaba con desbordarse: había cumplido con mi deber de apresar a Bastien de Valois y había perdido a la única mujer que había amado de verdad.

El precio de mi lealtad había sido tan elevado como doloroso.

En la antecámara del Gabinete me encontré a Bontemps, quien estaba hablando con Antoine de Lorraine, probablemente para organizar la logística diaria del palacio. Su mirada tembló de pánico al verme aparecer y se apresuró en despedir al señor de Lorraine.

—Necesito ver a su majestad. Ahora —indiqué a Bontemps.

—¿Vas a contarle lo que…?

—Lo que vengo a hablar con su majestad es asunto mío, no tuyo.

Bontemps me odió por mi dureza, si bien sabía que no podía detenerme. Tras golpear en la puerta recubierta de filigranas doradas, en cuyo centro brillaba el emblema del Rey Sol, me anunció:

—El capitán Gérald de la Reynie.

Era muy consciente de que lo que estaba a punto de revelar podía cambiar la historia de nuestro país para siempre .

Louis estaba revisando unos documentos, rodeado de sus ministros.

La luz del sol atravesaba los altos ventanales, iluminando su figura con un resplandor casi divino y, por un momento, sentí el dolor que le iba a provocar con mi revelación.

Alzó la mirada cuando me acerqué, y sus ojos azules, tan acostumbrados a escrutar los corazones de los hombres que le servían, se clavaron en los míos.

—Capitán de la Reynie —dijo, con esa autoridad tranquila que no requería elevación de voz—. ¿Qué asunto te trae aquí con tanta urgencia?

Me incliné ante él con reverencia, pero no me detuve en fórmulas ceremoniosas. No había tiempo para eso.

—Majestad, os traigo información que solo puedo compartir con vos.

Louis se reclinó ligeramente en su trono. Dejó pasar unos segundos antes de indicar con un gesto a sus ministros que abandonaran el Gabinete. Cuando la puerta se cerró y nos quedamos a solas, entrelazó los dedos sobre la mesa.

—Habla, Gérald. ¿Qué has descubierto?

—Majestad, me temo que esta información requiere la presencia de vuestro hermano.

Sus ojos se estrecharon con desconfianza, un gesto que me hizo sentir como si estuviera caminando sobre hielo quebradizo.

—¿Mi hermano? ¿Qué tiene él que ver con esto?

—Todo, Majestad. Os lo explicaré cuando estemos los tres a solas.

Algo en mi tono debió convencerlo. Sin apenas parpadear, llamó a Bontemps. El ayuda de cámara acudió raudo y veloz junto a su rey, tan pálido como el papel.

—¿Majestad?

Con un movimiento de su mano, Louis ordenó :

—Decidle a mi hermano que venga inmediatamente. Sin excusas, Bontemps.

Este asintió y salió del Gabinete sin emitir un solo sonido.

Louis se incorporó y se acercó a mí, acariciándose los anillos de oro que decoraban sus manos.

—Mientras llega Monsieur, quiero que me expliques por qué esta mañana el teniente Henri me ha informado del arresto de Madame de Montespan —dijo el rey, con voz grave—. Creí haberte indicado que no se la molestaría sin pruebas de su traición.

—Es cierto, pero el tiempo se agota y tengo la convicción de que la Nueva Fronda intentará un nuevo ataque —dije—. No puedo arriesgarme a eso, si el precio que debo pagar es la molestia de Madame de Montespan.

—No me gusta nada que se desobedezcan mis órdenes, Gérald.

—Lo sé, y os pido disculpas.

—He ordenado a Henri que la encerrase en el ala sur, no en las mazmorras —me informó Louis—. A veces, capitán, eres demasiado rudo. Al fin y al cabo, Athénaïs es una dama.

—Una dama sospechosa de haber conspirado contra vuestra vida, majestad.

—Y, a veces, capitán, eres demasiado honesto.

—Es mi deber.

—Lo sé —admitió Louis, y luego preguntó—: ¿Ha dado resultado tu visita a Athénaïs?

Asentí.

—Madame de Montespan, en un intento de redimir su posición ante vos, me confesó el paradero de Bastien de Valois.

El rey tensó sus labios hasta formar una línea severa.

—¿Has detenido a Bastien, Gérald?

—Sí, majestad. Ahora mismo se halla en las mazmorras de Versalles. Hoy mismo será interrogado .

—¿Dónde se escondía el joven señor de Valois?

—En la Corte de los Milagros.

Aquel nombre lo hizo arrugar la nariz con disgusto.

—Ese lugar condenado… Espero que algún día tu hermano me traiga las buenas nuevas de haber eliminado para siempre la criminalidad de esos barrios.

No dije nada al respecto. Nicolas respondería por sus errores, y no yo.

—¿Qué le prometiste a Athénaïs a cambio de hablar? —preguntó, demostrándome que conocía bien las ambiciones de su antigua favorita.

—Vuestro perdón y el regreso a Versalles.

El silencio que siguió a mis palabras fue tan pesado que casi me resultó insoportable.

—¿Y te creyó?

—Sí: delató a Bastien de Valois a cambio de esa promesa.

—Supongo que sabes que no pienso perdonar sus faltas. Intentó envenenarme.

—Fue un filtro de amor, como tantos otros que se usan en Versalles. Acudió a Le Sorcier , y ese fue su mayor error.

—¿Qué me dices de su asociación con la Nueva Fronda?

—Espero que Bastien responda a esa cuestión, majestad.

—Estoy deseando conocer la respuesta, Gérald.

Tenía ciertas dudas acerca de la implicación de Madame de Montespan en la conspiración, aunque para mí seguía siendo sospechosa.

Antes de que pudiera añadir nada más, la puerta se abrió y Philippe de Orleans entró, con su andar característico, elegante y desganado, como si todo en el mundo le pareciera un juego aburrido.

—Hermano — saludó con una ligera inclinación de cabeza, antes de posar su mirada en mí—. ¿A qué se debe esta reunión tan poco agradable? Has interrumpido mi ocupada mañana de no hacer nada.

El rey puso los ojos en blanco, como era habitual ante el carácter descarado de su hermano pequeño. Hizo un gesto para que nos sentáramos los tres, y Philippe se dejó caer en un escabel con la gracia de un gato indolente.

—Gérald tiene algo importante que decirnos —dijo Louis, señalándome con la mano para que hablara.

—¿A los dos? —se sorprendió Philippe, y luego resopló—. No puedo imaginar nada más aburrido que una confesión de Gérald de la Reynie.

Louis fulminó con la mirada a su hermano, quien al final calló, no sin dibujar en su rostro un gesto de profunda irritación. Los miré a ambos, consciente de que estaba a punto de desatar una tormenta en el seno de la corona real.

—Majestad, alteza… —comencé—. La verdad que estoy a punto de pronunciar es un arma afilada, capaz de heriros tanto a vuestra familia como al reino mismo, y lamento profundamente ser yo quien os traiga estas funestas noticias.

Philippe de Orleans arqueó una ceja, reclinándose en su escabel con un ligero interés.

—Adelante, capitán. Estamos ansiosos por escuchar vuestro misterio —dijo, con un toque de sarcasmo pintando sus palabras.

Inspiré.

—El príncipe de las sombras no es solo un enemigo de la corona. Es vuestro hermano.

El silencio que siguió a mis palabras fue sofocante. Louis permaneció inmóvil, sus ojos azules clavados en mí con una intensidad que lo atravesaba todo. Philippe, en cambio, rompió a reír en una carcajada burlona.

—¿Nuestro hermano? — repitió, inclinándose hacia delante con incredulidad—.

Creo que mis reales oídos no han escuchado bien.

¿Se trata de una broma de mal gusto que no alcanzo a captar?

Porque nuestro padre, Louis XIII, era un mojigato de narices.

Apenas tocó a nuestra madre más que para concebirnos a nosotros, como para ir dejando por ahí bastardos.

—Philippe —intervino Louis, deteniendo la burla de su alteza—. Deja que Gérald continúe.

La sarcástica sonrisa de Philippe permaneció en su rostro, junto con un rastro de escepticismo en sus ojos, tan azules como los de su hermano.

—Vuestro hermanastro nació en 1645 —proseguí—, dos años después de la muerte de vuestro padre. Fue fruto de la relación clandestina de la reina Anne con el cardenal Mazarino.

Louis cerró los ojos por un momento, pero no fue suficiente para ocultar el rastro de dolor que cruzó su rostro.

Philippe estaba estupefacto.

—¿Qué pruebas tienes? —preguntó al fin el rey, su voz tan fría como el mármol que recubría los pasillos de su palacio dorado.

—El niño fue criado durante sus primeros años en un monasterio bajo el cuidado de religiosas que recibieron órdenes estrictas de no hablar de él.

A los cinco años, fue enviado a la Bastilla por orden de vuestra madre, quien firmó un decreto secreto para aprisionarlo.

Allí vivió con una máscara de hierro que ocultaba su rostro, para que nadie pudiera comparar sus rasgos con los vuestros, majestad.

Philippe se enderezó, sus ojos ahora llenos de alarma.

—¿Una máscara de hierro? ¿Pretendéis que creamos semejante cuento rocambolesco?

—No es ningún cuento, alteza — respondí, imperturbable—.

Pocos meses después de su ingreso en la Bastilla, el niño desapareció.

Fue sustraído en la noche, y jamás se volvió a saber de él.

Pero las referencias a la jaula de hierro en los panfletos que circulan por París apuntan directamente a él: Ferdinand.

—¿Ferdinand? —repitió Louis—. ¿Ese es su nombre?

—Sí, majestad. Ese es el nombre de vuestro hermano.

Philippe estaba visiblemente conmocionado por la revelación, pues su habitual actitud de indiferencia estaba ahora hecha pedazos.

—¿Y dónde está ese supuesto hermano nuestro? —preguntó, su voz tan tensa como un arco a punto de disparar.