Lucille IV #2
—¿Qué cosas? —pregunté con urgencia.
—Cartas, panfletos, nombres. —Bastien bajó la voz, como si las paredes pudieran escuchar—. Ahora veo que fue un intento deliberado de hacerme parte de su causa.
—¿Fue entonces cuando les enseñaste tu lenguaje cifrado?
—Solo se lo enseñé a él —respondió de inmediato, pero luego vaciló—. Nunca tuve contacto con ningún frondero más. No me lo permitió. Me dijo que la Nueva Fronda era un entramado jerárquico y que aún no estaba preparado para conocer a sus líderes.
—Ay, Bastien… —me lamenté.
—Hablé demasiado, eso lo sé bien. Al principio todo tenía sentido: un rey que amase a la plebe, una causa que protegiera a los más desfavorecidos. Monsieur lo repetía continuamente.
—¿Qué repetía?
—Que el príncipe de las sombras sería lo mejor que le ha pasado al pueblo .
—¿Y le creíste?
—¿Cómo no iba a creer al hermano del rey? El duque de Orleans me contó cosas terribles de Louis, actos tan crueles que harían temblar al más fiel mosquetero.
Tomé aliento. Las implicaciones de lo que estaba confesando Bastien eran temibles, si es que eran ciertas. ¿De verdad Philippe de Orleans había seducido a mi hermano para arrastrarlo hasta la Nueva Fronda? ¿Tan ciega había estado respecto a la lealtad de Monsieur ?
—Sigue —lo animé.
—Me usaba para su placer, dándome licor y opio para mantenerme bajo su influencia —confesó, arrepentido, y yo le apreté más la mano—.
Me obligaba a cometer actos que no quería, como escribir panfletos contra Louis XIV y distribuirlos por París.
Cuando empezó el Asunto de los Venenos, intenté deshacerme de la influencia que ejercía sobre mí.
Fui a ver a Le Sorcier y le pedí algo para terminar con el duque de Orleans, quien cada vez me parecía menos encantador y más desquiciado por terminar con Louis.
Lo que yo no sabía es que Manadou también formaba parte de la Nueva Fronda.
Me engañó con un veneno que no funcionó y le contó a Monsieur que yo intentaba matarlo. Tuve que huir, Lucille.
No dije nada, aunque pensé que eso explicaba por qué su nombre había aparecido en los papeles de Le Sorcier .
—¿Cómo escapaste de él?
—Cuando se enteró de que pretendía matarlo, nos enzarzamos en una pelea. Para su desgracia, yo me había entrenado para ser un mosquetero. Fui mejor espadachín que él. No me atreví a matarlo, solo a dejarlo inconsciente.
—¿A dónde huiste, Bastien ?
—No tenía dinero y había perdido el papel firmado por Louis para ingresar en la orden de los mosqueteros.
Además, estaba aterrado por si el duque de Orleans venía a por mí.
Me escondí en una taberna en los barrios marginales.
Un lugar oscuro y maloliente, lleno de rufianes.
Al tabernero le conté una patraña acerca de mi origen y le dije que necesitaba un sitio donde pasar desapercibido.
Fue entonces cuando llegué a esa guarida fuera de la ley que llaman la Corte de los Milagros.
—¿Qué es la Corte de los Milagros? —pregunté.
Me sonaba ese nombre de algo, aunque no era capaz de ubicarlo.
—Es un refugio para los miserables, los despojados de la sociedad —respondió Bastien—. Mendigos, ladrones, asesinos. Allí no importa quién eres ni de dónde vienes; solo importa si puedes sobrevivir y servir al Rey Mendigo.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
—¿El Rey Mendigo?
Bastien asintió.
—Me hice pasar por uno de sus siervos. Jamás hubiera conservado mi vida si hubieran averiguado mi apellido. Allá abajo odian a los nobles. Bueno, odian a cualquiera que no sea uno de ellos, noble o plebeyo.
—¿Fingiste ser un mendigo?
—Sí. Así es fácil escuchar conversaciones ajenas en las calles de París. De esta forma me enteré de que Madame de Montespan había sido desterrada de Versalles, y acudí a ella en busca de ayuda para destapar a la Nueva Fronda.
—¿Y Athénaïs te ayudó?
—Lo intentó, al menos. Ella aún ama al rey. Y yo también.
Traté de procesar todo lo que Bastien acababa de confesarme. Sus palabras pintaban un cuadro tan retorcido de intrigas y traiciones que apenas podía distinguir el bien del mal.
—¿Cómo logró Madame de Montespan ayudarte? —pregunté, con el corazón desbocado.
—Me puso en contacto con algunos sospechosos de ser fronderos, como el duque de Humières. Me encontré con él una noche e intenté convencerlo de que sería de gran ayuda a la causa de la Nueva Fronda. Quería infiltrarme y acabar con ellos.
—¿Tú solo, Bastien? —Negué con la cabeza—. Has sido un necio.
—Lo sé. Ahora lo sé. Nunca tuve la más mínima oportunidad —admitió Bastien, completamente derrotado—. Cuando los mosqueteros empezaron a hacer redadas por todas partes, me retiré a la Corte de los Milagros. No sabía qué hacer, a quién acudir.
—¿Por qué no intentaste ponerte en contacto conmigo?
—No quería comprometerte, Lucille. Además, temía que interceptaran las cartas.
Fui a contestar cuando apareció Henri para recordarme que se habían agotado mis diez minutos. Me giré hacia mi hermano, y bajé la voz para que Henri no pudiera oírme:
—Escúchame bien, Bastien. He escrito a Stéphane para decirle que te habías metido en problemas.
Ambos conocemos suficientemente bien a nuestro hermano, y sabemos que si nos intuye en peligro, no dudará en abandonar Tarbes y venir a Versalles.
Si eso ocurriera, y yo ya no estuviera aquí para ayudarte…
—Tragué saliva—. Dile que lo intenté todo.
—Lucille, ¿de qué hablas?
—De nada de lo que debas preocuparte ahora —le aseguré—. Tú cuéntale la verdad al rey. Háblale desde el corazón, pero asegúrate de no hacerlo en presencia del duque de Orleans. Pide estar con su majestad a solas.
—Lucille… —Se aferró a mí con desesperación—. Tú no crees que sea un traidor, ¿no?
—No —le acaricié la mejilla, cuya cicatriz en forma de luna resaltaba todavía más debido a la delgadez de su rostro—. Solo eres lo que siempre has sido: un chiquillo con demasiados ideales imposibles en la cabeza.
Henri me hizo un gesto para que me retirara y, aunque mi corazón me pedía quedarme, no tenía opción. Me obligué a soltar las manos de mi pobre hermano, y al hacerlo sentí que arrancaba una parte de mí misma por abandonarlo allá abajo, en el frío y la humedad.
Antes de cruzar el umbral, lo miré por última vez. Sus ojos, tan parecidos a los míos, estaban llenos de súplica y de un miedo que trataba de ocultar tras una fachada de falsa valentía.
—Sé fuerte, Bastien —le dije en un susurro—. Por ti. Por nuestra casa.
Me giré y seguí a Henri sin mirar atrás, pues temía que, si lo hacía, no encontraría las fuerzas para irme.