Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Lucille IV
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Lucille IV

«Hasta que te odie, soy solo tuya».

Sabía que este día tenía que llegar tarde o temprano. A pesar de ello, en el fondo de mi corazón jamás imaginé que llegaría tan pronto.

—Tu hermano ha sido detenido y en estos momentos está siendo llevado a Versalles —me informó Gérald cuando regresó al Palais Royal, el rostro hierático y la voz metálica, desprovista de sentimientos—. Vamos, mademoiselle, es hora de irnos nosotros también.

Ni siquiera lo insulté. ¿Para qué? Gérald estaba cumpliendo con su deber, con su lealtad, y yo lo sabía.

Me limité a rogar en silencio para que Bastien no fuera torturado, para que razonara y confesase sin dilación.

Solo así tendría una oportunidad de obtener el perdón del rey.

Aun con todo, tenía mis dudas respecto a su absolución: Louis no era conocido precisamente por ceder con facilidad a la bondad que albergaba su corazón.

Ni siquiera la perspectiva de mi inminente enlace con Hubert me pesaba tanto en el corazón como la idea de mi hermano, arrestado y humillado, siendo arrastrado hasta los calabozos de Versalles como un vulgar traidor.

Cuando Stéphane se enterase de la suerte de Bastien, quedaría devastado.

Lo único bueno es que nuestros padres, seniles y dementes, jamás sufrirían esa pena.

Gérald, sabiendo de mi desazón, me permitió hacer el camino de regreso a la corte en el más absoluto silencio. No me pidió perdón por haberme dejado atada a la cama, tampoco por haber apresado a Bastien, y supe que jamás se disculparía por ello. No me debía nada.

Cuando llegamos a Versalles, la luz dorada del sol de media mañana bañaba sus puertas de oro, como si el esplendor de la corte se burlara cruelmente de la miseria que yo sentía. Estaba tan abatida, tan derrotada, que mi cuerpo apenas respondía.

El teniente Henri aguardaba nuestra llegada en las caballerizas reales. Gérald desmontó primero y me ofreció su mano para ayudarme a bajar del caballo. La rechacé.

—Quiero verlo —dije sin mirarle, mi voz tan firme como pude lograr que sonara.

Él no respondió de inmediato. Sentí su mirada fija en mí, callado e impenetrable como solía serlo Gérald.

Excepto que lo había conocido sin coraza alguna, y desde entonces, mi deseo por él se había ido transformando en algo que no podía controlar: un amor que se mezclaba con el odio que ahora sentía arder en mi alma.

—Quiero verlo —repetí, girándome al fin para enfrentarme a su mirada—. Antes de que le interroguen tus hombres y tú lo tortures, capitán.

Gérald no se inmutó ante aquella acusación. Se volvió hacia su teniente.

—Acompáñala y déjala a solas con su hermano diez minutos. Ni uno más. —Luego sus ojos buscaron los míos—. Es todo cuanto os concedo, mademoiselle.

Me limité a asentir en silencio, reprimiendo toda la pena y la ira que se agolpaba en mi corazón. Seguí a Henri, sin dejar de pensar que mi familia estaba al borde de perderlo todo y que Bastien podría morir a una palabra del rey .

La opulencia de Versalles pronto quedó reemplazada por el frío y la humedad de los calabozos que aprisionaban a mi pobre hermano.

Mi corazón se encogió al ver a Bastien sentado en un banco de madera, encadenado y con el rostro abatido.

Sus ropas eran las de un mendigo, rotas y sucias, y su cabello, tan negro como el mío, caía desordenado sobre su frente.

Siempre había sido un muchacho delgado; ahora su cuerpo lucía enjuto, encogido, como si llevase meses sin alimentarse bien y pudiera desaparecer en cualquier momento.

Parecía haber pasado un sinfín de penurias que lo habían destrozado física y mentalmente, y tuve que reunir todo mi autocontrol para no romper en llanto.

En cuanto me vio, Bastien se irguió y me dedicó una sonrisa triste.

—Lucille… —murmuró, y en su voz percibí tanto alivio como vergüenza.

—Diez minutos, mademoiselle de Valois —me indicó Henri, y luego añadió la advertencia de su capitán—: Ni uno más.

—Ni uno más —asentí yo.

Cuando Henri me dejó a solas con Bastien, alargué la mano a través de los barrotes que nos separaban y le aparté el flequillo de la frente, como había hecho mil veces cuando éramos niños y jugábamos en las tierras de los Valois.

—¿Estás bien? ¿Te han hecho daño?

—Estoy todo lo bien que podría estar, teniendo en cuenta mis circunstancias —sonrió con pena—. Tú luces más bonita que nunca, hermana. Debes ser la dama más bella de la corte.

—Déjate de charla banal —lo amonesté, sacudiendo la cabeza.

Permaneció callado. No parecía saber cómo empezar a hablar ni cómo enfrentarse a mí.

—¿Qué has hecho, Bastien ?

—Lo que creí correcto —respondió él, con una seguridad que solo consiguió enfurecerme más. Siempre había sido así, incluso de pequeño. Tozudo, prisionero de sus propias convicciones personales.

—¡Lo que creíste correcto! —exclamé, frustrada—. ¿Sabes lo que te harán aquí? ¿Lo que tu traición significa para nuestra familia?

—No soy ningún traidor.

—De eso tendrás que convencer al capitán de los mosqueteros, no a mí.

Bastien bajó la mirada, y supe que mis palabras eran un látigo que lo golpeaba con crueldad. Sin embargo, cuando volvió a alzarla, había en sus ojos una resolución que siempre había existido en su alma.

—No pretendo que lo entiendas, Lucille.

—Cuéntamelo todo y procuraré entenderte —rogué—. ¿Por qué no te presentaste en el cuartel de los mosqueteros hace un año? ¿Por qué desapareciste? ¿Por qué te uniste a la Nueva Fronda, si pretenden derribar al rey al que siempre has admirado?

Su silencio fue absoluto, y su falta de respuestas me hirió más que cualquier palabra.

—Esto nos costará todo —continué, sintiendo que mi garganta se cerraba con las lágrimas que no me permití derramar—. No solo a ti, sino también a toda nuestra familia. Eso me incluye a mí.

—¿A ti? —se sorprendió—. Tú eres inocente.

—El inocente aquí eres tú, Bastien, creyendo que tus acciones no repercutirían en tu familia.

—Lo siento…

Suspiré, derrotada. Mis manos buscaron las suyas entre las cadenas y se las estreché con cariño.

—Bastien, escúchame: no seas terco. Confiesa todo lo que sepas. No te conviertas en un mártir por esta causa. No vale la pena.

—¿Y qué sentido tiene, Lucille? —replicó, su tono teñido de resentimiento—. Si confieso, estoy muerto. Si no lo hago, también.

—Solo la verdad puede salvarte.

—¿Realmente crees que el rey me perdonará?

Mi silencio fue la única respuesta que pude darle.

No quería mentirle ni ofrecerle una esperanza que ni yo misma consideraba real, pero creía que había una diminuta posibilidad de que Louis fuera benevolente con él.

Así lo había insinuado al obligarme a casarme con Humières: a cambio de mi sacrificio, consideraría perdonar a mi hermano.

—Di la verdad y el rey te escuchará —dije, frotando sus manos heladas para intentar que entrase en calor—. Es el mismo rey al que querías servir como mosquetero, ¿no es así? ¿No es ese el motivo que te trajo a París?

—Sí…

—Ese rey, que tú idolatrabas, quiere la verdad.

—La verdad es complicada.

—Cuéntame esa verdad a mí, Bastien, y prometo interceder por ti ante su majestad.

Él cerró los ojos, respirando profundamente.

—Siempre fuiste fuerte, Lucille. Yo… no sé si puedo serlo.

—Puedes. Y lo serás, porque no tienes otra opción. Habla conmigo. ¿Qué ocurrió, hermano? ¿Cómo te involucraste con la Nueva Fronda?

Un temblor le sacudió todo el cuerpo.

Durante unos segundos pensé que no respondería, que guardaría silencio y me dejaría en la desesperación de no saber qué lo había llevado a cometer esta locura. Pero pronto sus palabras comenzaron a fluir, suaves al principio, como si le costara enfrentar lo que iba a confesar.

—La noche antes de presentarme en el cuartel de los mosqueteros —empezó, con la voz quebrada y la mirada derrotada—, fui a un lugar secreto en Le Marais. Uno de esos sitios que imitan el hedonismo de la corte. Supongo que quería celebrar que mi vida estaba a punto de cambiar para siempre, no lo sé.

No me costó imaginármelo: mi hermano, siempre tan joven y deseoso de nuevas emociones, dejándose arrastrar por la emoción de una ciudad que se lo ofrecía todo.

—Ahí conocí a un hombre —continuó, y algo en su tono me heló la sangre—.

Elegante, encantador… Me invitó a una mesa y pidió para ambos un licor verde, algo que llamó le rêve vert .

Después de un par de copas, todo se volvió difuso.

Sentía que flotaba, como si la realidad se estuviera desmoronando, cambiando a mi alrededor.

Fue en ese momento cuando él me habló directamente al alma y yo caí ante la fuerza de sus palabras.

—¿Llegaste a saber la identidad de ese hombre?

—Sí.

—¿Quién era? —pregunté, aunque temía la respuesta.

Lo vi tragar saliva, acongojado, y luego respondió:

— Monsieur .

—¿Qué? —palidecí entera.

—Uno de los hombres más bellos y distinguidos del mundo, Lucille, deberías haberlo visto. Jamás mis ojos habían contemplado tanta belleza en un solo ser.

—¿Y ese hombre que se presentó como Monsieur … te dijo que era un frondero?

—No me lo dijo de forma específica. Pero era un frondero, de eso no hay duda.

Pasé varios días con él, perdido en esa intoxicación que parecía no terminar nunca, porque no dejamos de beber ese licor verde.

En algún momento, le hablé de mis sueños, de cómo quería servir al rey como mosquetero, de mi lealtad a la corona…

y él, con esa calma suya, me dijo algo que lo cambió todo.

—¿Qué fue lo que dijo?

—“¿Y si hubiese un rey mejor al que servir?” —repitió Bastien, con la voz temblando de rabia y vergüenza—. En mi estado, no pude procesarlo bien. No entendí la implicación de sus palabras. Solo pensé que hablaba de lealtad a una causa más justa.

—¿Y lo creíste?

—No lo hice a propósito, Lucille. ¡No lo entiendes! Él era… convincente. Me habló de un país donde la nobleza no aplastara al pueblo. Me hizo creer, aunque fuera por un instante, que tal vez estaba equivocado en mi devoción al rey. Me mostró cosas.