Gérald III
M e presenté en el patio de armas del cuartel de los mosqueteros del Louvre montado en mi caballo, con el corazón latiéndome al ritmo de un tambor de guerra.
Sin perder un segundo, ordené a ocho hombres que viniesen conmigo al convento de las Filles de Saint-Joseph , donde Madame de Montespan continuaba recluida.
Había sido precavido desde el principio: desde que descubrimos sus posibles lazos con la Nueva Fronda, el lugar se hallaba discretamente vigilado por mis hombres.
Pero aquello ya no era suficiente. No podía seguir perdiendo el tiempo ni arriesgándome a que otro traidor escapase entre las sombras.
Llegamos al convento al amanecer, cuando París apenas comenzaba a sacudirse el sueño y los primeros mercaderes abrían sus tiendas y montaban sus tenderetes. La ciudad se apartaba reverente ante el paso de nuestras libreas azules, esas que habían aprendido a respetar… o temer.
Ordené que mis hombres se quedasen afuera, vigilando cada entrada como halcones. Solo dos me acompañaron dentro. Pedí a una de las monjas que me condujera a la celda de Madame de Montespan. Me llevó en silencio por un pasillo angosto hasta una habitación en penumbra.
La antigua cortesana permanecía sentada junto a una ventana alta, bordando con serena tranquilidad.
Aquel sitio nada tenía que ver con el esplendor de la corte de Versalles, que yo había visto doblegarse a sus caprichos, pero incluso allí, Athénaïs mantenía un aire de grandeza imposible de ignorar.
Mi simpatía hacia ella era extremadamente limitada; jamás me había gustado la forma en que amaba a Louis, ni el rey que este era cuando estaba enamorado de ella, superficial y veleidoso.
Ahora que había alejado a Madame de Montespan, era mucho mejor monarca.
En cuanto me vio entrar, Athénaïs dejó el aro de bordado a un lado y me miró con expresión inquisitiva.
—Gérald de la Reynie. No puedo decir que sea una agradable sorpresa. ¿Qué pecado te trae hasta aquí?
—El pecado ajeno, como siempre —respondí, quedándome de pie frente a ella—. Necesito respuestas, madame. Y creo que vos sois la única que puede dármelas.
Dejó escapar una sonrisa amarga, cargada de resentimiento contra cualquiera que le recordase su antigua vida en Versalles.
—¿Y qué podría saber una mujer caída en desgracia como yo que tú, el capitán de los mosqueteros, no puedas averiguar por otros medios?
—Más de lo que dejáis ver. No estoy aquí en busca de rumores, madame. Estoy aquí porque esto puede decidir el destino de más de una vida. Incluida la de su majestad.
La mirada de Madame de Montespan se volvió hacia la única ventana de la habitación, como si buscara alguna respuesta en el horizonte por el que el sol empezaba a asomarse.
—Sé lo que te trae aquí, Gérald. Pero dime… si te ayudo, ¿qué garantía tengo de que no terminaré peor de lo que ya estoy?
Me limité a pronunciar dos palabras:
—El rey.
—¿Louis?
No se me pasó por alto el temblor en su voz, ni tampoco la conmoción que le provocaba pensar en su majestad.
Quizá Lucille tenía razón y Athénaïs, a pesar de su naturaleza caprichosa, verdaderamente amaba a Louis.
O tal vez solo echaba de menos los lujos y el poder que su posición de favorita le granjeaban.
—Os admitirá de nuevo en la corte si habláis. Esa es su oferta —mentí, sin inmutarme—, una que os transmito aquí y ahora, y que no durará demasiado. Sabéis que su majestad no es hombre de paciencia.
Esa fue la única vez que la vi flaquear de verdad y entonces, sí, me di cuenta de que, a pesar de todo lo que había ocurrido entre ellos, Athénaïs aún estaba enamorada del Rey Sol.
Había comprado filtros de amor a Le Sorcier para recuperar sus favores, sin lograrlo, y Louis la había reemplazado por Aurore Bechard.
Desde entonces, la caída de Madame de Montespan había sido de lo más sonada.
Era una criatura de la corte, que se marchitaba encerrada en un convento, y supe que no había nada en el mundo que desease más que regresar a Versalles para tener la oportunidad de volver a ganarse el título de favorita.
Pude ver la lucha en su rostro, entre su orgullo de mujer rechazada y su anhelo de volver a ser una cortesana.
—¿Qué quieres saber?
—¿Formáis parte de la Nueva Fronda?
—No exactamente.
—¿A qué os referís con “no exactamente”?
—Hay alguien que puede responder a tus preguntas —dijo.
—¿Bastien de Valois?
—Sí. Él es mi única conexión con la Nueva Fronda.
—¿Dónde está?
—¿Me juras que obtendré el perdón de Louis si te revelo su paradero?
—Sí. Y ahora, hablad: ¿dónde se esconde Bastien de Valois?
Ella vaciló antes de responder.
—En la Corte de los Milagros.
Me tensé de inmediato ante la mención de aquel lugar.
—Tendréis que ser más específica, Madame.
Vaciló una vez más, y luego bajó la mirada.
—En la taberna de Le Renard Borgne , junto a la rue Saint-Denis.
Contuve una maldición: entrar ahí sería complicado.
Adentrarse en la Corte de los Milagros era como caminar directamente hacia la boca del infierno.
Aquel lugar no conocía la luz de la ley ni la moral.
Nicolas había sido muy claro al respecto: las reglas ahí las dictaban las dagas del Rey Mendigo.
La Corte no era solo un inofensivo refugio de mendigos, sino un hervidero de rufianes, ladrones y asesinos que habían perfeccionado el arte de sobrevivir a costa de los demás.
Bajo los barrios marginales de la ciudad, todo era un caos de pasadizos, minas derruidas y escondrijos donde las almas perdidas se ocultaban como ratas.
Si pasear por sus calles era ya peligroso, descender a las entrañas de la Corte de los Milagros era un suicidio asegurado.
Sabía por Nicolas que los extraños eran detectados en cuanto pisaban sus calles.
Si por casualidad lograbas sobrevivir a los cuchillos que buscaban tu espalda, los códigos de honor —si se les podía llamar así— exigían un precio de sangre en nombre del Rey Mendigo.
Entrar en la Corte de los Milagros era ser muy consciente de que tu próxima respiración dependía de los caprichos del criminal que la gobernaba.
Aun así, si realmente Bastien se escondía en una simple taberna, mis mosqueteros darían con él y lograrían salir de ahí indemnes antes de que los criminales alertaran al Rey Mendigo y este enviase a sus hombres a combatirnos. Valía la pena intentarlo.
—Gracias, madame. Habéis cumplido con vuestro deber.
Me giré, pero su mano detuvo mi capa.
—Recuerda lo que me has prometido, Gérald .
—Recordad vos que nadie traiciona a Francia sin pagar un precio.
Golpeé la puerta. Entraron dos mosqueteros. La orden fue tajante:
—Llevaosla a Versalles y encerradla. Se la acusa de alta traición contra el rey.
Athénaïs se quedó inmóvil, pálida como el lino que bordaba.
—¡Capitán! ¡Me diste tu palabra!
—Y la cumpliré —dije—. Desde las mazmorras.
Mis hombres se la llevaron. No gritó más, pero su mirada era la de un animal herido, y supe que me había ganado una enemiga peligrosa. Si Louis decidía en efecto perdonarla, tenía por seguro que aquella mujer conspiraría para verme caer por haberla sometido a tamaño humillación.
Los mosqueteros la subieron a un caballo y se la llevaron con ellos, obedeciendo mi decreto. Dejé de preocuparme por ella en el mismo momento en que su figura se perdió en las calles de París, por lo que, de vuelta con mis hombres, no perdí más el tiempo.
—A la Corte de los Milagros, mosqueteros —les ordené, y aunque vi el miedo en sus caras al nombrar ese lugar infecto, ninguno vaciló en obedecer lo que les pedía su capitán—.
Es hora de detener a Bastien de Valois, quien será escoltado directamente a los calabozos de Versalles.
Buscadlo en la taberna Le Renard Borgne.
Un joven moreno, alto y bien parecido, con acento gascón.
Lo reconoceréis por la cicatriz en forma de luna que tiene bajo el ojo derecho.
Quiero que entremos rápido y salgamos de la misma forma. Sin una sola baja. ¿Entendido?
Mientras partíamos, un solo pensamiento se clavó en mi corazón como el más mortífero de los puñales:
«Lucille nunca me lo perdonará» .
Pero ya no había tiempo para arrepentimientos. El deber estaba por encima de tales afectos.
El deber no conocía la palabra “piedad”.
Y esta vez, ese mismo deber arrasaría lo poco —lo frágil, lo incipiente— que Lucille y yo apenas habíamos empezado a construir.