Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Lucille III
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Lucille III

G rité y me revolví como un animal enjaulado, hasta que los sirvientes de Monsieur acudieron en mi ayuda.

—¡Soltadme inmediatamente!

Los criados se miraron entre ellos con apuro.

—Lo lamentamos, mademoiselle de Valois. El capitán de la Reynie nos ha ordenado que no la dejemos salir hasta que él regrese.

—Juro por Dios y por el rey que si no me soltáis, acabaréis todos mendigando en la calle —ladré, aun sabiendo que era una amenaza fútil.

Los vi encogerse ante mis palabras, pero ninguno se atrevió a acercarse, y yo me sumí en la más absoluta desesperación.

Gérald. Había usado mis propias palabras de amor como grilletes. Me había susurrado promesas al oído, palabras que yo creí sagradas, antes de atarme a mi propia cama con esas manos fuertes que me habían acariciado hasta el delirio, que me habían marcado como suya para luego traicionarme.

«Bastien, huye», pensé, derrotada. «Huye de París, huye del reino, huye y sálvate».

Pero no era solo aquello lo que me dolía, sino el deber inquebrantable de Gérald, que estaba por encima de todo lo que pudiera sentir por mí. Si eso era amor, entonces prefería el odio más despiadado. Al menos el odio no fingía ternura.

Me debatí de nuevo contra las ligaduras, pero cada nudo estaba hecho con esmero. Él me conocía demasiado bien. Sabía que intentaría impedirlo, sabía que intentaría hacerlo fracasar.

Los criados me dejaron a solas con una joven doncella, y lo intenté una vez más con ella.

—¡Por favor! —grité, mi voz quebrándose—. Mi hermano… Bastien no es un traidor. ¡No podéis dejar que lo maten!

La muchacha cerró los ojos. Un breve temblor en su barbilla me dio la esperanza de que, quizá, aún me quedara algún aliado en esta prisión de cortinas bordadas y sábanas de lino que ahora era el Palais Royal para mí.

—Lo siento, mademoiselle —murmuró al fin, dando un paso atrás—. Las órdenes del capitán son claras.

El silencio se volvió espeso, triste. Las velas ardían, indiferentes a mi desesperación. ¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo había llegado a amar a un hombre que pondría su deber por encima de mí? ¿Por encima de mi amor?

Mi mente me arrastró al día en que lo conocí.

Aquella tarde en el Salón de Hércules, yo, recién llegada a Versalles, tímida, pero impaciente por unirme a la diversión de la corte, me había adentrado sola en un mundo desconocido.

Y allá, justo al lado del Rey Sol, estaba Gérald, con su cabello oscuro bajo el sombrero emplumado y, por primera vez en cuatro años, yo había sentido su mirada sobre mí.

La mirada de un soldado que, por un momento, se había convertido en la de un hombre que me contemplaba como si yo fuera la primera y última mujer sobre la tierra.

Luego, sus ojos regresaron al rey y jamás me volvió a prestar la más mínima atención.

No hasta que me había convocado a las mazmorras para acusar a Bastien de traición y yo había puesto mi vida y mi destino en sus manos, incapaz de aceptar que bajo sus sombras latía la disciplina de un soldado real.

Gérald servía a Louis XIV como otros hombres sirven a su Dios: con fe ciega.

El capitán de los mosqueteros tenía un corazón inquebrantablemente noble, sí.

Pero era un corazón que no me pertenecía del todo.

¿Y Bastien?

Él era mi hermano más querido, y estaba a punto de ser apresado y llevado hasta Versalles para ser arrojado a los calabozos. Después, las mismas manos que me habían hecho alcanzar el placer le arrancarían una confesión a golpes y sangre.

La angustia se convirtió en furia. Una furia estéril, desesperada, que no me serviría para nada.

Deseaba escupir en la cara de Gérald, devolverle cada caricia y cada palabra delicada envuelta en desprecio.

Le gritaría cada beso que había usado como mordaza.

Y luego, cuando me quedara sin voz, lo miraría en silencio hasta que entendiera que su traición jamás sería perdonada.

«Tuya, hasta que te odie».

Bien, pues ya lo odiaba.