Gérald II #2
Negué con la cabeza, sin apartar la vista de la calle que transitábamos.
—A no ser que sepa escribir, lo dudo mucho. Y nunca he conocido a un guardia de la Bastilla que no sea analfabeto.
Las primeras luces del alba teñían ya el cielo de París cuando llegamos al Palais Royal . El majestuoso edificio parecía dormir aún, silencioso y a oscuras. Los establos estaban vacíos, salvo por un mozo somnoliento que tomó las riendas de nuestros caballos sin hacer preguntas.
Lucille desmontó con visible esfuerzo, el cansancio haciéndose evidente en sus movimientos.
—Necesitas descansar —le dije, colocando una mano firme en su cintura.
Ella protestó, siempre dispuesta a demostrar que podía resistir tanto como un soldado.
—Podemos seguir.
—No. Vamos a quedarnos aquí un par de horas .
—Aurore va a pensar que estoy ignorando mis obligaciones como su dama de compañía.
—Estoy seguro de que a su alteza no le importará lo más mínimo vestirse sin tu ayuda. De hecho, es probable que ni siquiera se percate de su ausencia.
—Pero…
—He dicho que no —la corté, severo, y el tono de mi voz la hizo enrojecer ligeramente—. Es mejor no llamar la atención en Versalles presentándonos exhaustos. Además, tenemos cierto margen de tiempo antes de que el rey me convoque.
Aunque pareció a punto de protestar de nuevo, finalmente cedió con un leve asentimiento y pronunció las palabras que sabía que podían desarmarme:
—Sí, mon capitaine .
Caminamos juntos hacia el interior del palacio, donde las alfombras y el olor a cera de velas parecían amortiguar el mundo exterior. Mi intención era dejar que Lucille descansase, pero enseguida vi en sus ojos que no quería estar sola.
En cuanto llegamos a la habitación que los sirvientes habían dispuesto para ella, se volvió hacia mí, cerrando la puerta detrás de nosotros con un movimiento firme.
—¿De verdad crees que podré descansar sabiendo todo lo que está pasando? —preguntó, acercándose hasta quedar a pocos pasos de mí.
La luz tenue del amanecer se filtraba por las ventanas, iluminando sus ojos oscuros con un brillo que no era cansancio: era el del deseo que la consumía, y que yo compartía. Un deseo que jamás podría llegar a florecer hasta convertirse en un amor que pudiéramos mostrar al público.
—No quiero dormir —me dijo en un susurro, mientras sus manos subían hasta desatar lentamente el lazo que sujetaba la capa de su vestido y dejándola caer al suelo con un susurro de tela—. Has estado todo el tiempo diciéndome qué hacer, mon capitaine . Tal vez sea hora de que yo tome el mando.
Mi autocontrol flaqueó. No obstante, no había tiempo para lo que Lucille pretendía, por mucho que mi cuerpo estuviera más que dispuesto a ceder a sus curvas.
Ya había postergado mi deber demasiado, por ella.
No existía más tiempo para nosotros, porque en tres días se casaría con Humières y había jurado impedirlo.
Y eso solo podría lograrlo si la Nueva Fronda caía; para eso, necesitaba apresar a quien tendría que haber detenido ya.
Había un plan que no podía retrasarse en pos del placer.
—Lucille, debes descansar.
Ella se acercó más, acortando la distancia entre nosotros, hasta que sus manos descansaron en mi pecho.
—¿Y no puedo descansar en tus brazos? —preguntó con una sonrisa que era más provocación que dulzura.
Si cedía a la tentación que toda ella era, perderíamos horas valiosas que no podía permitirme desperdiciar.
Entonces, hice lo único que podía hacer en ese momento: girar su seducción en mi favor.
Atrapé sus muñecas con firmeza y la empujé suavemente hacia la cama.
Ella dejó escapar una leve risa, pensando que había ganado.
Mientras la tumbaba sobre el lecho, mis manos se movieron rápidamente, tomando una de las largas cintas de satén que decoraban el dosel de la cama.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó, entre sorprendida y divertida, mientras yo ataba sus muñecas al poste de la cama con movimientos rápidos y precisos—. Ya me ataste una vez. Te creía más imaginativo, capitán.
La besé en los labios. Ella no cerró los ojos al contacto, como si supiera que algo andaba mal .
—¿Qué estás haciendo? —repitió la pregunta de nuevo, esta vez sin diversión en su voz.
—Cumplir con mi deber —respondí.
Cuando me aparté de ella, Lucille comprendió que aquello no era un juego de cama. La furia y la traición opacaron su mirada.
—¡Gérald! —exclamó, probando la resistencia de las cintas. Aunque no las había anudado con demasiada fuerza, sí estaban lo suficientemente firmes como para mantenerla en su lugar.
—Volveré en unas horas —me limité a informarla.
Su rostro estaba encendido, tanto de ira como de humillación.
—¡Eres un hombre odioso, Gérald de la Reynie! —espetó, tratando de soltarse.
—Lo sé —dije, sereno—. Pero sabías tan bien como yo que este día llegaría.
—¿Qué vas a hacer?
—¿Recuerdas lo que me dijiste nuestra primera noche?
Ella palideció y dejó de revolverse para intentar liberarse.
—Hasta que te odie, soy solo tuya —murmuró, con las lágrimas asomándose a sus ojos.
No dije nada. Me limité a dejar un beso en sus labios, quizá el último que lograría robarle. Porque, después de lo que estaba a punto de hacer, el amor de Lucille de Valois se transformaría en un odio puro y cristalino.
—¿Vas a capturar a Bastien? ¡Gerald!
Salí de la habitación antes de que pudiera lanzar más insultos, aunque sus maldiciones resonaron en el pasillo mientras cerraba la puerta tras de mí.