Gérald II
C abalgar de noche hubiera espantado a cualquier dama; no a Lucille de Valois.
Quizá era la sangre de antiguas reinas que corría por sus venas, quizá era la desesperación por salvar a su hermano de una condena a muerte, quizá el hecho de que en tres días se vería obligada a entregarse en matrimonio a un hombre que detestaba; o quizá era una mezcla de todo ello lo que la espoleaba, pero no vaciló en subir a su caballo y en arrancar al galope a mi señal.
La luna bañaba el camino con una tenue luz plateada, suficiente para distinguir el sendero que conducía hacia París.
Los furiosos cascos de nuestros caballos rompían la quietud de la noche.
La miré de reojo. Parecía como si el aire frío y el peligro implícito de nuestra misión no la afectaran en absoluto, si bien yo sabía que no era así.
Lucille había aprendido de la corte de Versalles a ocultar sus emociones bajo una máscara de serenidad.
No pude menos que admirar su temple. Muchas damas de la corte no se atrevían a pasear siquiera por los jardines después del anochecer, y mucho menos a embarcarse en una cabalgata hacia el corazón de una ciudad tan peligrosa como despiadada.
Sin embargo, allí estaba ella, con el rostro semioculto bajo su capa, su mirada fija en el horizonte hacia el que cabalgamos.
Atravesamos la puerta de Saint-Antoine antes de medianoche, cuando la vida nocturna de París empezaba a despertar de verdad, y seguimos la calle del mismo nombre hasta llegar a la Bastilla. Las luces de las antorchas iluminaban la imponente prisión y las aguas oscuras del foso que la rodeaban.
Aunque no tenía jurisdicción directa sobre la Bastilla, mi nombre bastaba para que los guardias se apartaran a un lado, permitiéndonos entrar incluso en aquellas horas intempestivas.
Cuando llegamos al patio de armas, rompí el silencio:
—Te estás arriesgando demasiado.
—¿Y tú no, mon capitaine ? —respondió ella, sin ni siquiera volverse hacia mí.
De camino a las caballerizas reales, le había hablado de la confesión de Bontemps.
Lucille me escuchó en un tenso silencio.
No teníamos tiempo de compartir teorías; ambos sabíamos que el tiempo corría y, con él, también llegaría el muy próximo día en que ella tendría que entregar su mano a Humières para seguir espiándole de cerca.
La conduje a través de los estrechos y húmedos pasillos de piedra en los que me había criado hasta bien entrada mi adolescencia.
Había sido una existencia tan triste como lúgubre, y uno de los principales motivos por los que había ingresado tan joven en la orden de los mosqueteros: no quería convertirme en uno de esos hombres traidores que terminaban con sus huesos en la Bastilla.
Quería estar del lado correcto de la justicia.
Mi hermano pequeño opinaba igual que yo; una de las pocas similitudes de carácter que compartíamos.
Podía confiar en su lealtad y en su discreción.
No esperaba encontrarlo a aquellas horas en su puesto de trabajo, pero ahí estaba, revisando unos papeles en su pequeña oficina cuando entramos sin previo aviso. Supuse que la Corte de los Milagros le quitaba horas de sueño, que dedicaba al trabajo. Quizás nos parecíamos más de lo que yo creía .
—¿Qué haces apareciendo aquí a medianoche? —dijo, levantando la vista de sus documentos. Sus ojos oscilaron hacia Lucille, a quien examinó con no poca curiosidad—. ¿Con una dama?
—Soy Lucille de Valois, señor de la Reynie —se presentó ella antes de que yo pudiera hacerlo.
—No es preciso llamarme señor, pues no lo soy, mademoiselle.
Nicolas se inclinó ante Lucille, más intrigado que nunca, y la besó en la mano con galantería. Jamás me había visto con ninguna mujer y supuse que tenía preguntas al respecto, pero no tenía tiempo para responderlas.
—No estamos aquí para socializar, Nicolas —respondí, seco—. Necesito información, y no formalidades.
Mi hermano soltó un suspiro.
—Siempre tan encantador, Gérald. ¿Qué es lo que quieres?
—Un nombre —exigí—. El de alguien que sirviera como guardia en la Bastilla hace unos veinte años.
—¿Y por qué, exactamente, quieres esa información?
—Quiero averiguar algo sobre un prisionero —dije—. Alguien que desapareció bajo circunstancias sospechosas hace veinte años. Estuvo aquí encerrado unos pocos meses y fue sacado de la prisión sin dejar rastro, a escondidas. Lo ayudaron a escapar.
La expresión de mi hermano se endureció.
—Eso es imposible. Jamás ningún preso ha podido fugarse de la Bastilla.
—Que nosotros sepamos.
—¿Nombre?
—Ferdinand.
—¿Apellido?
—Sin apellido.
Aquello despertó todavía más la suspicacia de mi hermano.
—Todos los presos tienen apellidos.
—Este no, Nicolas. Al parecer nadie vio su rostro, pues se ocultó al mundo. ¿No te suena de nada?
La memoria de Nicolas pareció despertar, y me miró, pálido.
—¿Estás hablando del hombre de la máscara de hierro?
La mención del apodo fue suficiente para que Lucille diera un paso adelante.
—¿Así lo llamaban? —preguntó.
Nicolas asintió, observándonos con sumo interés.
—En realidad es poco más que una leyenda urbana, mademoiselle. Los guardias de esa época hablaban de un prisionero al que se le había impuesto una máscara para ocultar su identidad. Nunca hubo pruebas concretas de su existencia, y la mayoría asumió que era una fábula.
—¿Y qué decía esa fábula? —insistí.
Mi hermano se encogió de hombros, como si lo considerara un asunto trivial.
—Decían que se trataba de un enano, un bufón de la corte que ofendió a alguien con poder. Quizá se burló de un miembro de la familia real, quién sabe. Lo encerraron aquí para silenciarlo y asegurarse de que nunca pudiera contar su historia. Pero, como digo, casi nadie llegó a verlo.
—¿Un enano? —repliqué, incrédulo, y negué con la cabeza—. No era un enano: era un niño.
—Eso es imposible. En la Bastilla nunca hemos tenido infantes encarcelados —dijo Nicolas, con la voz endurecida.
Me imaginaba esa respuesta por su parte, por lo que planté delante de sus ojos el registro de Ferdinand, con su fecha de nacimiento e ingreso en la prisión. Nicolas lo leyó en un silencio tenso.
—Esto es muy irregular —musitó.
—Ese crío, ese supuesto hombre de la máscara de hierro, era un cage de fer , Nicolas.
—¿Una jaula de hierro? —Levantó los ojos del documento—. Si es así, eso explicaría por qué casi nadie lo vio o interactuó con él.
Lucille se dirigió a mi hermano.
—¿Y eso por qué?
—A los presos políticos se les encerraba aparte, en el piso superior de la prisión, y el acceso era limitado y muy restringido.
La mayoría de los guardias jamás vio a ningún noble encarcelado.
Supongo que era la manera que tenía Mazarino, y luego su majestad, de preservar la poca dignidad que les quedaba a esos presos de alta cuna.
Sea como sea, han pasado muchos años de todo eso, ¿qué importa ahora?
—Importa —afirmó Lucille—. Porque esa historia no es más que un velo para ocultar la verdad.
Nicolas la miró fijamente y, tras unos incómodos segundos, se levantó de su silla y comenzó a revisar un cajón lleno de papeles desgastados.
—Hubo un guardia, un veterano que trabajó aquí durante décadas.
Estuvo presente cuando supuestamente trajeron al hombre de la máscara de hierro —comentó, sin dejar de rebuscar.
Luego, me extendió un documento con el nombre de un hombre llamado Jacques Renard, en el que se indicaban sus años de servicio y su dirección—.
Dicen que fue Renard quien le puso esa máscara al prisionero.
Tal vez pueda ayudarte con algo, aunque lo dudo, porque si lo que buscas es una descripción del supuesto niño… no la obtendrás.
—¿Y eso por qué? —inquirí.
—Porque le arrancaron la lengua. Es mudo.
—¿Quién le hizo eso? —palideció Lucille.
Nicolas se encogió de hombros.
—Lo asaltaron cerca de Les Halles, durante una noche de borrachera. No recuerda nada de lo que le pasó: se despertó prácticamente ahogado en su propia sangre. Por poco no salva la vida.
—Posiblemente lo atacaría un frondero, queriendo silenciarlo para que no pudiera contar nada del hombre de la máscara de hierro.
—¿Crees que la Nueva Fronda está relacionada con ese prisionero?
—Estoy prácticamente seguro de que fueron ellos quienes lo liberaron, sí. ¿Puedes decirme algo más respecto a ese cage de fer ?
—Esto es lo mejor que puedo ofrecerte, Gérald, pero deberías tener cuidado. Por lo que me cuentas, parece un asunto serio y hurgar en viejas heridas podría traerte problemas.
—Como si no lo supiera —mascullé. Luego me volví hacia Lucille—. Nos vamos, mademoiselle.
Ella asintió y luego dedicó una hermosa sonrisa a mi hermano.
—Un placer conoceros, Nicolas. Sois muy diferente a vuestro hermano mayor.
—Me lo tomaré como un cumplido —sonrió este, inclinando la cabeza en deferencia a Lucille. A ella se le escapó una diminuta risa—. Ven a verme de vez en cuando, Gérald. Tienes sobrinos a los que no conoces aún.
Gruñí como única respuesta.
Cuando dejamos la Bastilla, el cielo comenzaba a clarear.
El aire seguía siendo frío y cortante. Llevábamos toda la noche despiertos y vi que a Lucille empezaban a fallarle las fuerzas, por lo que decidí descansar unas horas en el Palais Royal .
Hubiéramos podido volver a Versalles y nunca se hubieran percatado de nuestra ausencia, pero yo había tomado una decisión para la que ya no había marcha atrás.
Iba a romperle el corazón a Lucille, y aquello me destrozaba.
Sin embargo, mi deber como mosquetero debía estar por encima de cualquier amor que mi corazón pudiera sentir.
Incluso si era uno que ardía desde hacía años por una mujer que jamás soñé que pudiera ser mía.
Mientras cabalgábamos hacia el centro de París, mi mente trazaba ya el plan que lo habría de cambiar todo.
—Ese hombre, Jacques Renard… ¿Crees que servirá de algo hablar con él? —dijo Lucille, rompiendo el silencio—. Bueno, quizá hablar no sea la mejor elección de palabra.