Lucille II #2
La música cambió, ahora más suave y menos grandiosa, para permitir que las conversaciones florecieran entre los cortesanos.
Las parejas comenzaron a salir al centro para bailar.
Avancé hacia una de las puertas laterales, donde creía haber visto a uno de los mosqueteros con quien Gérald solía conversar.
Finalmente, lo vi: estaba de pie junto a una columna, hablando en voz baja con otro oficial, ajeno al bullicio de la corte, pero sin perder detalle de todo lo que ocurría a su alrededor.
Su expresión era seria, como si esperara que un terrible ataque sucediera de un momento a otro.
Enseguida captó mi mirada y comprendió que precisaba hablar con él.
Con un simple y sutil gesto me indicó que no lo hiciera en público.
Nadie debía relacionarnos, nadie debía saber que yo obedecía sus órdenes.
Lo que nadie sabía es que le debía obediencia también entre las sábanas.
Nos encontramos en uno de los estrechos pasadizos utilizados por los criados para desplazarse sin ser vistos.
El lugar estaba oscuro y olía a cera de velas.
El lejano sonido de risas y música se filtraba desde los salones, recordándome que el mundo continuaba girando, ajeno a la conversación clandestina que estaba a punto de mantener con Gérald.
—¿Qué es tan urgente como para arriesgarnos a que nos vean juntos? —preguntó, de visible mal humor.
Ignoré su tono.
—Thibaut Cailloux. Lo vimos en París hace unas noches.
He hablado con él y le he dejado caer un comentario acerca de su presencia en la ciudad.
Al principio lo ha negado, como si fuera un crimen imperdonable que alguien lo hubiera visto.
Solo cuando le he indicado que lo había visto en el Deseo Prohibido admitió que había estado ahí.
¿No crees que oculta algo, mon capitaine ?
Sus ojos negros como el carbón se encendieron cuando lo llamé así, haciéndome flaquear. Pero ahora no había tiempo para eso.
—No sería la primera vez que ese hombre esconde algo —respondió en un tono bajo, afilado. Su mirada me escrutó, imposible de descifrar—. ¿Qué más?
—Nada concreto, pero estoy segura de que lo que oculta no es un amante de la alta nobleza.
—Thibaut jamás ha tenido conexiones políticas ni ha sido sospechoso de nada.
—¿Eso lo convierte en inocente, Gérald?
Tras un breve silencio, asintió.
—Lo investigaré a mi regreso.
—¿A tu regreso? ¿Es que te ausentas?
—Debo marchar a París esta misma noche.
—¿Esta misma noche? ¿Para qué?
—Para hablar con mi hermano.
—Voy contigo.
—No.
—Sí, por supuesto que sí.
—Tú…
Su voz vaciló, algo que nunca había ocurrido antes en él.
—¿Qué? —susurré, sintiendo que mi corazón latía demasiado rápido en aquel espacio tan reducido.
—No me importa cuán inteligente seas ni cuánto creas que puedes manejar una conspiración como esta. El asunto de la Nueva Fronda es más grave y peligroso de lo que yo mismo jamás imaginé. Hay un príncipe ilegítimo implicado, y eso puede provocar una guerra civil.
—Entonces, ¿está confirmado por Bontemps? ¿Ferdinand es el príncipe de las sombras?
No podía negarme a mí misma la emoción que me producía formar parte de aquel descubrimiento, por muy peligroso que resultase. A pesar de la angustia por Bastien, me sentía más viva y útil que nunca.
—Este no es el lugar ni el momento para continuar hablando de esto —replicó Gérald. Y luego me ordenó con voz dura—: Mantente al margen.
Su severidad debería haberme molestado. En lugar de eso, despertó en mí un sentimiento que no sabía cómo manejar: una mezcla de admiración y respeto por su templanza, por la manera en que quería protegerme, y también un amor que sabía que no podía permitirme sentir por él, pero que no podía impedir que floreciera entre las sombras.
—No puedo mantenerme al margen. No cuando esto afecta tanto a mi familia como a mí misma.
—Tu familia es la razón por la que estás aquí, en estos salones, comprometida con un hombre al que no amas —me recordó, su tono más bajo, más feroz.
Me quedé mirándolo, sin saber si quería discutir con él o si simplemente quería perderme en su boca y dejar que el mundo se desmoronara a nuestro alrededor. Lo único que sabía con certeza era que lo necesitaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Llevé una mano a su rostro, rozando con mis dedos la línea dura de su mandíbula. Él se tensó bajo mi toque, pero no se apartó.
—No lo entiendes —susurré—. No es solo por mi familia. Es por ti.
—Lucille, esto no puede ser…
—Tú eres lo único real que tengo en este lugar donde solo existen las máscaras —lo interrumpí.
El silencio que siguió fue tan denso que parecía absorber el aire del pasadizo. Entonces, con una lentitud que me pareció insoportable, Gérald levantó una mano y cubrió la mía, todavía apoyada en su rostro.
—Esto es peligroso —dijo—. Tú y yo…
—¿Qué no es peligroso aquí? —lo interrumpí de nuevo, sintiendo cómo la emoción me ahogaba—. Si voy a arriesgarme, que sea contigo. A tu lado.
Pensé que se apartaría, que encontraría alguna excusa para marcharse y dejarme sola en aquel pasadizo oscuro. En lugar de eso, se inclinó hacia mí, su frente contra la mía, como si compartir ese pequeño espacio fuera lo único que nos mantenía conectados a la realidad.
—Lucille… —murmuró mi nombre, con un anhelo frustrado que me rompió por completo .
No dije nada más. No había palabras que pudieran expresar lo que sentía en ese momento. Solo cerré los ojos y dejé que el instante se grabara en mi memoria, sabiendo que era tan efímero y bello como la danza del rey en los salones que habíamos dejado atrás.
Luego, partimos hacia las caballerizas reales.