Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Lucille II
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Lucille II

B usqué a Gérald entre la multitud congregada en el Salón de Hércules para ver bailar al rey, ataviado como el refulgente dios Apolo.

Necesitaba saber si nuestras conjeturas acerca del tal Ferdinand eran acertadas.

No tenía ni idea de cómo podríamos proceder a partir de ahí; lo único que sabía seguro es que deseaba llegar hasta el final, y quería hacerlo con el hombre que ocupaba mi mente día y noche.

Además, a pesar de la angustia y del dolor de saber que Bastien era, con toda probabilidad, un traidor, no podía negar que por primera vez en mi vida me sentía realmente útil espiando para Gérald.

Y sentirse útil no era una sensación demasiado común entre las mujeres aristócratas.

—Apuesto a que ahora te arrepientes de no haber aceptado mi poco romántica proposición —me susurró una voz melosa al oído.

No me molesté en girarme. Mantuve los ojos fijos en la magnífica danza del rey que ejecutaba con deliciosa precisión, como era habitual en él.

—No es el mejor momento para charlar, Raoul —le advertí, procurando no levantar la voz. Si alguien nos veía hablar durante un espectáculo de baile de su majestad nos íbamos a ganar peor fama de la que ya teníamos. Y yo, a diferencia de Raoul, no contaba con el favor indiscutible de Louis.

Volví a mirar disimuladamente a mi alrededor.

Gérald no estaba ahí, lo que tampoco era extraño.

Su presencia en los salones era anecdótica.

Quienes sí estaban en el Salón de Hércules eran varios mosqueteros que nos escrutaban a todos y cada uno de nosotros.

Aquello me inquietó, como si algo terrible estuviera a punto de pasar y la corte entera lo ignorase.

Lo cual era en realidad absurdo: la comidilla del momento eran los panfletos de la Nueva Fronda y todos los nobles apostaban cuándo llegaría la próxima acción rebelde.

No tenían miedo. Estaban tan aburridos y ociosos que anhelaban ese tipo de acontecimientos, aunque acabase con la vida de uno de los suyos.

Bontemps contemplaba al rey danzar con su habitual devoción.

Intenté figurarme qué pensaba, sin lograrlo.

El ayuda de cámara era un hombre cuyo rostro jamás traicionaba una emoción.

Ahora no podía dejar de imaginar la enorme carga que su silencio había soportado durante tantos años.

Aquel sirviente menudo, tan discreto y gris que podía confundirse con un mueble de la sala, había custodiado un secreto capaz de derrumbar la monarquía francesa.

Su lealtad siempre me había parecido más sólida que cualquier muralla, si bien ahora creía que esa misma incorruptible lealtad había jugado en su contra.

Había guardado un peso inmenso, más grande que el que jamás soportaría ninguno de nosotros.

Si era cierto lo que Gérald temía, Bontemps había vivido sabiendo que un niño de la misma sangre que su idolatrado Rey Sol había terminado en una prisión tan terrible como la Bastilla para luego ser secuestrado y usado con fines políticos.

No podía decidir si debía admirarlo o despreciarlo, pero una cosa era segura: ya no podía verlo como un simple ayuda de cámara.

Era un guardián de secretos, de aquellos que el rey ni siquiera sabía que tenía.

Mientras mis pensamientos giraban en torno a Bontemps, una figura conocida se acercó por el lado opuesto del salón.

Reconocí al instante a Thibaut, que se mezclaba con el gentío con su habitual encanto.

No era un hombre discreto; le gustaba vestir a la última moda, con coloridas sedas, y solía ser escandaloso en sus comentarios.

Había sido muy popular en Versalles, especialmente mientras mantuvo una relación estable con el duque de Orleans.

Ahora que Monsieur ya no lo mantenía a su lado, había perdido reputación en la siempre cambiante jerarquía de la corte, pero aún lograba hacerse ver.

La danza del rey terminó en aquel momento y todos aplaudimos, listos para dispersarnos entre los salones para continuar con la noche. Avancé en dirección a Thibaut, moviéndome entre las risas y murmullos de la multitud, hasta colocarme justo a su lado con una gran sonrisa.

—Thibaut, qué sorpresa verte aquí —dije, obligándolo a detenerse con una sonrisa, que él me devolvió.

—No deberías sorprenderte tanto: soy un gran amante del baile, querida.

—Sí, pero su majestad no suele invitarte a sus demostraciones.

—No, ¿verdad? Su estima hacia mí, si es que alguna vez la tuvo, ha caído en picado desde que ya no soy el favorito de Monsieur .

—Vamos, no te dejes llevar por el resentimiento y acompáñame a tomar una copa de vino. Necesito ponerme al día con los cotilleos.

—¿Lo necesitas? Querida, tú eres el máximo cotilleo ahora mismo. Todo el mundo habla de tu reciente compromiso. ¿Debería darte la enhorabuena por estar a punto de convertirte en duquesa de Humières?

—Deberías, desde luego. Imagina las joyas y vestidos que podré comprarme con semejante fortuna.

—Como si necesitases todo eso para deslumbrar.

—¿Me acompañas a tomar una copa de vino o no?

—Por supuesto, mademoiselle. —Me tendió su brazo, y juntos cruzamos hasta el salón contiguo, donde los sirvientes ya ofrecían bebidas y pasteles a los cortesanos—. ¿Y bien? Cuéntamelo todo sobre el feliz enlace.

—No hay mucho que contar; mi familia necesitaba un buen casamiento y yo he cumplido con mi deber, tal y como se espera de cualquier mujer.

—Un poco tarde, ¿no, querida?

—Nunca es tarde si el duque es bueno —sonreí, fingiendo ser la misma dama frívola de siempre—. ¿Y qué hay de ti? ¿Cómo está París estos días?

Su expresión no cambió ante mi pregunta, y acompañósu respuesta con una risa corta y desganada.

—París… ¿Por qué preguntas? No he estado en la ciudad recientemente.

Aquello me puso en alerta. La corte entera sabía que Thibaut era un hombre licencioso que se entregaba a todo tipo de placeres.

¿Qué motivo podía haber para negarme que había pisado el Deseo Prohibido?

¿Pudor, quizás? Me resultaba difícil creerlo.

Mientras fue el favorito de Monsieur, ambos organizaban reuniones privadas en las que corría el vino y los hombres se acostaban con otros hombres.

No era ningún secreto, y él no se molestaba en ocultar sus inclinaciones, por muy mal vistas que estuvieran.

Entonces, ¿por qué no admitía haber estado en París unas noches atrás? Muchos nobles acudían a esa clase de clubs y no era ningún secreto. Al menos, no uno demasiado vergonzoso.

—¿No? —inquirí, risueña—. Qué curioso. Creí haberte visto en el Deseo Prohibido.

Esta vez sí, Thibaut tragó saliva ante la mención de aquel salón. Su incomodidad era bastante evidente. Incliné ligeramente la cabeza, observándolo con detenimiento.

—Ah, te refieres al Deseo Prohibido. Sí, sí, he acudido un par de veces desde mi regreso a Francia. —Hizo un aspaviento y dio un pequeño trago a su copa—. Confieso que París no es de mi gusto en absoluto. Es una ciudad sucia que huele muy mal, repleta de malhechores y mendigos.

—También tiene su parte de encanto.

—Disculpa, Lucille, pero debo atender a un asunto urgente. Uno que implica un encuentro fugaz con un bello noble que no admite sentir predilección por la compañía masculina —sonrió, encantador como siempre, y me besó la mano para despedirse de mí.

—Disculpado quedas, señor Cailloux.

Pronto desapareció entre la multitud, su figura destacando por su prisa en un ambiente donde todo era gracia y calculada despreocupación. Lo observé marcharse, sin lograr sacudirme la insatisfacción de encima por su actitud huidiza.

No quería pensar mal de Thibaut. Era un hombre alegre y divertido que siempre sabía brillar, y nunca había parecido manifestar ambiciones contrarias a las del Rey Sol.

De hecho, mientras estuvo ligado por amor al duque de Orleans, se mostraba siempre adulador con el rey, quizá deseando acumular más títulos o rentas que las que Monsieur le había otorgado al convertirlo en su favorito.

Al fin y al cabo, Thibaut provenía de una familia noble tan empobrecida como la mía.

Nadie podría culparle por intentar mejorar su situación.

Inquieta, busqué de nuevo a Gérald. Necesitaba comunicarle mis sospechas, aunque también sentía el anhelo de estar a solas con él, para volver a sentir esa mirada oscura mezclarse con la mía.

Cada vez que lo veía, mi corazón y mi alma se encendían de una manera que no podía controlar.

Gérald era todo lo que yo había jurado evitar: un hombre complejo, lleno de tortuosas espinas y, lo que era peor, con un sentido del deber que siempre estaría por encima de cualquier otra cosa, incluida yo.

Tantas veces lo había visto cruzar los salones, su capa ondeando detrás de él, su espada al costado, con ese aire de soldado que nunca se detenía a mirar atrás.

Yo lo seguía con la mirada, esperando que, al menos por un instante, sus ojos se encontraran con los míos.

Y cuando lo hacían, sentía una conexión tan fuerte que me asustaba.

No era solo deseo, no podía engañarme a mí misma: era un amor loco y ciego, o algo muy parecido, que crecía en mi pecho como una enredadera venenosa, imposible de arrancar.

¿Era cierto que él también se había fijado en mí desde el primer día en que nos cruzamos en los salones?

Su confesión a corazón abierto me había dejado temblando en todos los sentidos.

Lo busqué entre los cortesanos, ignorando la risa de las damas y los murmullos de los hombres que se congregaban alrededor del rey, sintiendo que Gérald y solo Gérald era mi ancla en medio de aquel mar de intrigas que amenazaba con ahogarme.

¿Dónde estaría ahora? Siempre era así con él: nunca se sabía si aparecería en medio de un salón lleno de luces o si preferiría las sombras de un pasillo desierto.