Gérald I
D i órdenes a los mosqueteros de que mantuvieran los ojos bien abiertos: si el rey se alejaba para perderse por los jardines, aunque fuera para fornicar con una dama, no debían perderlo jamás de vista.
Presentía que el cerco se estrechaba y que la Nueva Fronda volvería a atacar más temprano que tarde.
Al regresar a las mazmorras, me encontré allí a Alexandre Bontemps, a quien había mandado llamar para interrogarlo. Incluso en un sitio tan degradante, se mantenía distante e imperturbable, con esa altivez que lo hacía parecer intocable.
No me molesté en saludarlo con cordialidad, pues nunca habíamos sido amigos.
—Bontemps —dije secamente.
—Capitán de la Reynie —respondió con la misma frialdad, sin esforzarse en mostrarse amable.
Aquel hombre siempre me había resultado un enigma.
Su devoción hacia el Rey Sol rozaba a veces el ridículo, como cuando aceptó sin reservas el protocolo redactado por Monsieur , quien lo obligó a dormir a los pies del lecho real como un perro.
Para mí, aquello hubiera sido un acto humillante. Para Bontemps, era absoluta veneración.
Ahora su silencio podría ser más peligroso que nunca, si insistía en no hablar para no dañar la reputación de la corona que protegía con tanto fervor.No era un hombre fácil de intimidar, y lo sabía.
Pero tampoco yo era un hombre que se rindiera sin luchar.
—Gracias por acudir a mi llamado .
—¿Acaso tenía otra alternativa, capitán? —masculló, mirando a su alrededor con repugnancia—. Espero que te des prisa. La cena del rey se servirá en breve y, como comprenderás, tengo deberes que atender.
Lo invité a entrar, cerrando la puerta tras de él.
No le pedí que tomara asiento, aunque él lo hizo de todas formas.
Me apoyé contra la mesa, permitiendo que el silencio trabajara en mi favor, y dejé pasar un largo minuto así, sin intercambiar palabras, viendo cómo se iba poniendo más nervioso a cada segundo que pasaba sin decir nada.
Carraspeó, incómodo, y se revolvió en la silla.
El despacho estaba apenas iluminado por unas cuantas velas, pero había suficiente claridad para que Bontemps pudiera ver cómo me apartaba la capa para sacar un puñal que siempre llevaba conmigo, oculto.
Lo hice girar en mi mano derecha, de forma aparentemente casual, una y otra vez, ante sus ojos.
Bontemps no estaba acostumbrado a la violencia, y aquella exhibición lo puso un poco más nervioso.
—Creo que ya eres consciente del motivo por el cual te he mandado venir —dije, al fin.
—Me temo que no tengo el gusto de saberlo, Gérald.
—No me hagas perder el tiempo. Tú y yo sabemos que la difunta reina Anne de Austria confió secretos a tu padre. Secretos que, intuyo, han pasado de padre a hijo.
La mirada de Bontemps titubeó por un instante, si bien se esforzó en mostrar su habitual rostro imperturbable. Era como interrogar a una estatua. Por desgracia para él, estaba más que acostumbrado a interrogatorios difíciles que podían alargarse días enteros.
—No sé de qué estás hablando, Gérald.
Me incliné hacia adelante, sin dejar de girar el puñal en mi mano derecha.
—El rey exige respuestas, y yo estoy aquí para obtenerlas. No eres tan idiota como para creer que ser sincero conmigo es opcional.
En sus ojos vi algo que reconocí por haberlo visto centenares de veces en miles de prisioneros: miedo. Se sabía atrapado. Pese a ello, quería medir hasta dónde podía resistirse antes de ceder.
—No sé nada de la reina Anne.
—No me vengas con esas. Hay un dicho muy popular que ha llegado hasta el último rincón de Francia.
Seguro que lo has escuchado antes: “Los Bontemps, como la sombra del rey, mueren, pero nunca hablan”.
Todos sabemos lo bien que se te da guardar secretos.
Un rasgo que sin duda habrás heredado de tu difunto padre.
Lo vi tragar saliva, incómodo.
—Harás más daño con tu silencio que con tu lengua, Bontemps. Habla.
Miró a su alrededor, como si buscase aquellos ojos arrancados a prisioneros que yo mantenía como trofeos de mi lealtad al rey. Quizá se preguntaba cómo quedarían sus propios ojos en un frasco. Si insistía en su silencio, no dudaría en sumarlos a mi particular colección.
—¿Por qué ahora? —preguntó, tras un largo titubeo.
—Porque la Nueva Fronda pretende terminar con su majestad —contesté, sin rodeos—. Y cuando digo terminar, me temo que me refiero a asesinarlo. A Louis y a toda la familia real.
—¿Es eso cierto?
—Sí. Así que quiero que me confirmes la identidad del príncipe de las sombras que la Nueva Fronda pretende colocar en el trono.
—¿Ese no es Monsieur ?
Apreté los labios.
—Sé que nunca te has llevado bien con Philippe de Orleans y admito que es un hombre en ocasiones exasperante, pero no, no creo que él sea el príncipe del que habla la Nueva Fronda.
Bontemps puso ambas manos sobre la mesa y se inclinó sobre ella, como si quisiera convencerme de la culpabilidad del duque de Orleans.
—¿Y por qué no debería ser él? La gente de París lo considera su verdadero rey, antes que a su majestad.
—¿A ti también te han llegado estos rumores?
—Por supuesto.
—Claro, olvidaba que tu familia vive en París.
—Además, desde que volvió de la guerra cuenta con la estima de gran parte de los ejércitos franceses.
—Sí, pero Monsieur jamás se alzaría contra su hermano —repuse—. No dejes que te ciegue el desprecio, Bontemps: Philippe es leal a Louis.
—No creo que…
El puñal descendió como una sentencia. La hoja se hundió con precisión quirúrgica entre los dedos extendidos de Bontemps, mordiendo la madera de la mesa sin tocar la carne, pero lo bastante cerca como para que su mano temblara y el sudor le brotara de la frente.
Dio un respingo y me miró con absoluto terror.
No parpadeé siquiera. Sostenía el mango con la misma facilidad con la que un noble sostendría una copa de vino, clavado entre sus dedos índice y mediano.
—No estás aquí para creer . Estás aquí para decir la verdad.
Mi voz sonó como el gruñido de un perro viejo que ha aprendido a morder antes de ladrar.
Sus manos, aún tensas, no se atrevieron a moverse .
—Empieza de nuevo —ordené—. Esta vez sin adornos. Confírmame lo que tú y yo ya sabemos: en el linaje real existe un tercer príncipe de quien el mundo no sabe nada.
El ayuda de cámara aún intentó mantenerse en silencio, y yo empecé a girar el puñal en la madera, rozando la piel de sus dedos. Bontemps sudaba profusamente.
—Gérald, no entiendes lo que me estás pidiendo.
—Te estoy pidiendo la verdad para salvar a tu rey y a Francia entera.
Negó con la cabeza, reacio a traicionar el secreto que había heredado de su padre.
—Tengo métodos poco amables para hacerte hablar, Bontemps.
No creas que tu puesto como fiel ayuda de cámara del Rey Sol hará que me tiemble el pulso a la hora de arrancarte la piel.
He torturado a hombres mucho más nobles y fuertes que tú, y todos han confesado hasta la más ínfima de sus traiciones cuando he terminado con ellos —mascullé—.
Puedo empezar por uno de tus ojos. Al fin y al cabo, un ayuda de cámara solo precisa de uno para hacer bien su trabajo, ¿no?
Se levantó de golpe de la silla y retrocedió unos pasos, alejándose de mí. Por primera vez en mucho tiempo, me pareció humano y no el frío administrador inalcanzable y hermético; un hombre que llevaba un peso demasiado grande sobre sus hombros.
Dejé el puñal clavado en la mesa y me crucé de brazos, esperando.
—Está bien. Hablaré —dijo, derrotado—. Pero esto no debe salir de aquí. Si traicionas mi confianza…
—Estoy perdiendo la paciencia. Habla de una vez —lo corté.
No necesitaba convencerme de su lealtad o de su miedo; lo único que me interesaba era la verdad que guardaba con tanto celo .
—Anne de Austria amó al cardenal Mazarino —confesó—. Fue un amor que desafió todo: su deber, su fe, incluso su reputación. Lo mantuvieron en el más absoluto secreto, o al menos eso creían ellos. La reina se lo confesó a mi padre en sus últimos días, ya enferma en su lecho de muerte.
La revelación no me sorprendió demasiado.
Los rumores habían apuntado en esa dirección durante años, pero escucharlo de boca de Bontemps le daba una gravedad que hasta entonces no había tenido.
Era todo un escándalo: ¿una reina y un cardenal?
Aquella información haría las delicias de los enemigos de Francia, sin duda alguna.
—¿Qué ocurrió con ese amor? —le pregunté.
—Duró hasta que Mazarino murió, pero antes de eso hubo algo que la reina Anne jamás pudo perdonarle al cardenal. —Hizo una pausa, como si las palabras fueran difíciles de decir—. Tuvieron un hijo.
Me mantuve en pétreo silencio y dejé que continuase hablando. Sabía por propia experiencia que cuando un hombre empezaba a confesar, necesitaba sacarlo todo, de golpe y sin demasiadas interrupciones.
—Fue un niño. La reina Anne dio a luz, en secreto, en un monasterio a las afueras de Poitiers.
Mazarino lo ocultó del mundo desde su nacimiento.
El rey podía legitimar a sus bastardos; una reina viuda desde luego no tenía esa opción.
Al cumplir cinco años, encerraron al príncipe bastardo en la Bastilla, con la cara cubierta por una máscara de hierro, para que jamás pudieran relacionar su parecido físico con el del rey o el de Monsieur .
Al parecer, Louis y Philippe de pequeños eran prácticamente idénticos.
Incluso hoy se puede distinguir a leguas que son hermanos.
Mazarino temió que, conforme crecía, la sangre real se descubriera en los rasgos de aquel chiquillo.
Así que obligó a la reina Anne a firmar su orden de ingreso en la Bastilla.
Nadie debía saber de su existencia. Ni siquiera su majestad.
Era, desde luego, un secreto de lo más peligroso. Y lo peor de todo: había caído en las manos de los enemigos de la corona.
—¿Por qué lo encerró? —pregunté, aunque podía imaginarme el motivo.
—Porque Mazarino era un hombre de poder.
Ese niño era una pieza en su tablero, alguien a quien podría usar cuando llegara el momento adecuado, si Louis no lo obedecía en todo.
Supongo que pensaba reemplazarlo por su propio hijo en el caso de que Louis resultara un rey desobediente para con sus consejos.
Nunca tuvo oportunidad de hacerlo, claro.
—¿Qué pasó con ese niño?
Bontemps se pasó una mano por el rostro, como si quisiera borrar el recuerdo.
—Desapareció a los pocos meses de su encierro. Una noche, alguien lo sacó de la Bastilla. Creemos que fue una facción de la antigua Fronda, si bien eso nunca se logró confirmar. Después de eso no hubo rastro de él. Ni vivo ni muerto. La reina Anne lloró por ese niño hasta el día de su muerte.
Me incliné hacia atrás, procesando lo que acababa de escuchar y que ya había temido. Un hijo ilegítimo, perdido en la historia: un reclamo directo a la sangre real.
—¿Por qué la reina Anne no fue sincera con Louis? —pregunté, pese a que también intuía la respuesta a esa cuestión.
—Porque habría sido el fin de todo —respondió Bontemps, con amargura—.
El rey era demasiado joven, y la reina madre no podía arriesgarse a destruir su reputación ni la de su primogénito.
Temía por encima de todo que cualquiera pudiera arrebatarle el trono o hacerle sombra.
Por eso empezó a vestir a Monsieur como a una niña desde que era un infante, para debilitar su posición como hermano del rey y que jamás fuera una nube capaz de ensombrecer la luz del Rey Sol.
Si tuvo la crueldad de hacer algo así con su segundo hijo legítimo, a quien convirtió en un invertido…
¿Cómo iba a tratar al tercer príncipe, que además era bastardo y nacido de un hombre de Dios tan conocido como Mazarino?
Me quedé en silencio, sopesando las implicaciones de todo aquello.
—Supongo que sabes que debo contárselo a su majestad.
—Lo sé, y temo que mi cabeza ruede por habérselo ocultado.
—Puede —coincidí, sin inmutarme. No era trabajo mío consolar su pena.
—¿Crees que el príncipe de las sombras es ese niño perdido, Gérald?
—Ya no es un niño. Ahora, si ese crío sobrevivió, es un hombre hecho y derecho, dispuesto por la Nueva Fronda para reclamar un trono que servirá exclusivamente a sus intereses.
—Dios mío… No puede ser verdad.
—No hace falta que te diga que lo que hemos hablado aquí no puede llegar a oídos equivocados. Porque si eso ocurre, no habrá lugar en Francia donde puedas esconderte de mí, Bontemps.
Este no respondió. Comprendió que la conversación había terminado y que no estaba detenido. Se fue por donde había venido, no sin antes mirarme lastimeramente, como un animal apaleado por su amo. No me daba ninguna pena.
Al quedarme a solas, valoré enviar una carta urgente a mi hermano para preguntarle acerca del tal Ferdinand.
Nicolas había sido nombrado jefe de la policía de París muchos años después de que la pista del supuesto príncipe desapareciera de la Bastilla, pero por experiencia propia sabía que los rumores impregnaban aquellas roñosas paredes de piedra.
Debíamos interrogar a los guardias más viejos con la máxima premura, por lo que decidí personarme yo mismo hasta la Bastilla.
Pero antes, comprobaría que el rey se encontraba sano y salvo, envuelto en sus habituales diversiones nocturnas.
Al subir las escaleras que llevaban de regreso al mundo de la luz, varias preguntas seguían rondando mi mente: ¿Dónde estaría el hijo secreto de Anne y Mazarino?
¿Qué implicaciones tendría su existencia para el futuro de Francia si la Nueva Fronda conseguía su terrible propósito?
Y una pregunta que no me atrevería a compartir con nadie más que conmigo mismo: ¿perdería a Lucille en los crueles brazos de Humières en tres días?
Si eso ocurría, ¿hasta dónde llegaría yo para salvarla de aquel cruel destino?
Solo alcancé a descubrir la respuesta a esa última pregunta: sería capaz de derramar sangre por ella, hasta que los campos de Francia se volvieran un pantano rojo bajo mis pies.