Lucille I
—¿Por qué no me lo contaste antes? —me recriminó Aurore, paseando a mi lado.
Pude ver que estaba profundamente dolida; no se lo reprochaba. Me había sincerado por completo, y mi amiga me había escuchado en silencio, sin juzgarme, como era habitual en ella.
Nuestros pasos nos habían llevado a recorrer la Avenida Real hasta su final y ahora, frente a la superficie helada del Gran Canal, no pude evitar mirar hacia la lejanía, hacia el camino que llevaba a París.
Hacia donde sabía que estaba escondido mi hermano, conspirando contra la corte de la que yo formaba parte.
—No quería que dejases de confiar en mí o que pensases que te espiaba. Temía perder tu amistad.
—¡Mi amistad, mi amistad! —exclamó Aurore, deteniéndose abruptamente.
Su voz se elevó bajo el cielo invernal, rompiendo el aire helado con su sonido.
Sus mejillas estaban enrojecidas por el frío y la indignación, y se cruzó de brazos.
Uno de esos gestos de su antigua vida como plebeya que ni un matrimonio real había conseguido borrar—.
¿Crees que nuestra amistad es tan frágil como para romperse por un secreto?
¡Por Dios, Lucille! No soy una niña que necesite ser protegida de la verdad.
Sentí un nudo en la garganta y acepté su enfado como penitencia. Aurore era fuerte, apasionada y honesta, cualidades que yo admiraba profundamente, pero que también temía enfrentar en momentos como este .
—No lo hice para herirte —intenté explicarle—. No sabía cómo decírtelo sin perder tu total confianza. Además, Monsieur me advirtió que no lo hiciera.
—¿Philippe te dijo eso? —se indignó al instante—. Me va a escuchar. ¿Dónde está? Andará entrenando con su panda de favoritos, ¡verás cuando lo encuentre!
—Por favor, no lo pagues con él. Su intención era protegerte de esta intriga que solo puede resultar en dolor para todos.
La duquesa de Orleans se apretó el puente de la nariz con el dedo índice y el pulgar, intentando calmarse.
—Me conmueve que todos me creáis tan frágil, cuando llevo toda mi vida curando heridas, abriendo cadáveres en canal y amputando miembros gangrenados.
Hice una mueca de disgusto.
—Ay, Dios, qué asco.
—Sí, bueno, y aun con todo, vosotros consideráis que no puedo aceptar que mi única amiga verdadera en este nido de víboras que es Versalles tenga que verse obligada a espiar para Gérald de la Reynie.
—Alteza…
—¡Que no me llames así! —se enfadó todavía más—. Además, eres espía. Muy bien. ¿Qué hubieras descubierto de mí que me hubiese comprometido? Nada. Porque no tengo nada que esconder. Mis secretos son inocentes.
—Yo no llamaría “secreto inocente” a ese ménage à trois que tienes con los dos hermanos más poderosos de Francia…
La ira de sus ojos se desvaneció para convertirse en un chisporroteo de la diversión ante mi atrevida afirmación.
Al fin dejó escapar una risa pícara, si bien en su tono había un velo de vulnerabilidad ante aquel secreto que era suyo y del que se negaba a darme demasiados detalles.
Su mirada no tardó en dulcificarse. Me tomó de las manos y me las apretó con cariño.
—Lucille, no es esto lo que me hace sentir que me has traicionado.
—¿Entonces qué es? —pregunté, sin saber a qué se refería.
—Lo que me duele —dijo, sin soltarme— es que creyeras que no comprendería tu preocupación por Bastien, que te tacharía de traidora así, sin más.
—Soy la hermana de un traidor, eso es así.
—No llames eso a tu hermano.
—¿Y cómo debo llamarlo? Se ve a escondidas con una traidora a la corona como es Madame de Montespan, y su lenguaje cifrado es utilizado por la Nueva Fronda.
Está conspirando contra el rey. No puede haber otra explicación y yo debo empezar a aceptar que Bastien ya no es el crío soñador que compartía las tardes de ocio conmigo en nuestra casa de Tarbes.
Aurore sacudió la cabeza.
—Las cosas no siempre son tan sencillas como parecen. A veces tomamos decisiones cuestionables, arrastrados por la locura, el amor o la desesperación. Como la que tú has tomado para salvar a Bastien de la horca.
—Aurore, no sé si soy capaz de salvarme a mí misma, mucho menos a mi hermano —dije, llevando mis ojos al suelo, incapaz de sostener aquella mirada dorada en la que leía la más absoluta compasión—. Pero haré lo que sea por salvarte a ti.
—¿Salvarme? ¿Salvarme de qué? La Nueva Fronda no busca hacerme daño.
—No directamente, pero quizá sí a Monsieur .
—¿A Philippe? —palideció—. ¿Por qué a Philippe?
—No puedo contártelo aún. Tendrás que confiar en mí.
—Pero…
—Por favor —rogué—. Juro que no te esconderé nada más.
—Más te vale.
De repente vi la tristeza cubrir sus ojos y la tomé del brazo.
—¿Temes por Monsieur ?
—Sí, aunque sé que si alguien es capaz de salir indemne de algo así, es él. También temo por Louis…
—¿Por su majestad? —dije, extrañada.
—No es un hombre despiadado. Es controlador con su reino e implacable con sus enemigos, es cierto, pero jamás he visto crueldad en él. Sin embargo, temo que en los seis meses que Philippe y yo hemos vivido lejos de la corte, algo ha cambiado en él.
—Quizá sea la influencia de Madame Scarron. Pasan mucho tiempo juntos y me consta que esa mujer, junto con la reina y la viuda de Villena, quiere restablecer la moral cristiana en Versalles a cualquier precio.
—¿De veras?
Le conté acerca del círculo al que había sido invitada para reconducir mi conducta y la de otras damas disolutas de la corte, lo que, por supuesto, la enfureció.
—¿Crees que Madame Scarron se acuesta con él?
—¿Estás de broma? —me reí amargamente—. Esa mujer tiene cuchillas entre las piernas; está muerta de cintura para abajo. Además, Françoise jamás traicionaría a la reina de esa manera. Pero sí influye en su majestad. Y diría que no para bien.
—Sí que es cierto que últimamente Louis parece más beligerante contra los protestantes.
Que la reina lo azuce un día tras otro para que revoque el Edicto de Nantes tampoco ayuda a su humor.
—Aurore suspiró, y reanudamos el paseo—.
Creo que nadie entiende el tipo de presión al que está sometido.
En su alma hay bondad, Lucille. A pesar de lo que dicen de él, Louis es bueno.
—Lo amas profundamente, ¿no es verdad?
—No como a Philippe, no es el mismo tipo de amor, pero sí. Especialmente cuando se deshace de ese título de Rey Sol y se convierte en Louis.
—Se rodea de mujeres y hombres que le envenenan el alma, me temo.
—Si tan solo tuviera a su lado a una reina que… —Detuvo sus palabras, sacudiendo la cabeza—. Cambiemos de tema.
—Pues espero que no sea para hablar de mi futuro marido, que, por cierto, por ahí se acerca —dije, disgustada por la presencia que salía del Bosquete de los Domos y que se dirigía directamente a mí, rodeado de otros cortesanos que le reían las gracias.
El paso firme y decidido de Hubert trajo con él aquel hedor insoportable que su persona emanaba.
Incluso desde lejos podía percibir ese olor.
En verano, tanto Aurore como yo nos hubiéramos tapado la nariz con nuestros abanicos, pero ahora no podíamos hacer eso.
Yo arrugué la nariz con disgusto, y mi amiga hundió la suya en el pelo de armiño de su capa.
Cuando el duque de Humières llegó a nuestra altura, en su rostro se dibujaba una sonrisa sardónica que me hizo hervir la sangre, si bien traté de disimularlo. No iba a ganarme su confianza si me comportaba de forma abiertamente antipática con él.
—Mademoiselle de Valois —saludó con una reverencia exagerada. Sus ojos recorrieron mi figura con una lentitud deliberada, como si estuviera evaluando la calidad de un caballo en el mercado—. Su majestad ha tenido a bien informarme de que sois mi prometida. Menuda suerte la mía.
—Eso parece, señor —respondí con una inclinación rígida, sintiendo que cada palabra que salía de su boca era un puñal en mi orgullo.
Hubert se acercó más, mientras su sonrisa se transformaba en una mueca burlona.
—Aunque, claro, habría preferido una esposa que al menos trajera algo más que un apellido deslucido a este matrimonio. De todas formas, supongo que la caridad también tiene su lugar entre los grandes nobles de Francia.
La rabia ascendió por mi pecho, quemándome como un fuego mal contenido. ¿Cuántos comentarios malintencionados tendría que soportar respecto a mi apellido una vez estuviéramos casados? Sentí ganas de recuperar el estilete que Gérald me había entregado y clavárselo entre los ojos.
Aun así, logré mantener la compostura.
—Lamento que mi linaje no cumpla con sus estándares, señor duque —respondí con un tono más seco de lo que hubiera querido—. Tal vez debierais llevar vuestras quejas al rey, ya que fue él quien tomó esta decisión.
Aurore, que había permanecido en silencio hasta entonces, me apretó el brazo, como si temiera que mi lengua fuera más lejos de lo prudente. Hubert ya había captado mi tono desabrido, y su expresión de triunfo me resultó insoportable.
—No necesito discutir con el rey, mademoiselle.
Él entiende perfectamente lo que me ofrezco a sacrificar para rescatar a una Valois del olvido —dijo, burlón, y luego inclinó la cabeza como si estuviera reflexionando sobre sus propias palabras—.
Aunque debo admitir que esperaba un poco más de gratitud por vuestra parte.
Al fin y al cabo, tenéis una deuda pendiente conmigo, mon papillon coquin .
—No sé de qué me habláis, señor —respondí con toda la calma que pude reunir, aunque mi corazón latía furioso por aquel apodo que Hubert insistía en utilizar para dirigirse a mí .
Él dio un paso hacia mí, y aunque no retrocedí, sentí el impulso de hacerlo, porque aquel olor acre se me clavaba hasta la garganta.
—No finjáis inocencia conmigo. Sabéis muy bien a qué me refiero.
Dejasteis que os cortejara, y luego huisteis como una campesina asustada.
—Sus labios se curvaron en una sonrisa fría—.
¿De dónde sale, pues, esa fama de mujer libertina que mi título tendrá que solventar bajo una capa de respetabilidad?
Mi primera reacción hubiera sido la de darle una buena bofetada por atreverse a hablarme así frente a un puñado de cortesanos, pero me contuve.
Su majestad me casaba con aquel hombre para mantenerlo vigilado, para que confiase en mí todos sus secretos, y comportándome con insolencia no iba a conseguir aquel objetivo.
Me obligué a esbozar la más encantadora de las sonrisas.
—Mi linaje puede no tener la fortuna de antaño, señor, mas la sangre que corre por mis venas conserva vestigios de antigua nobleza —respondí con firmeza, aunque en mi interior hervía de rabia—.
Y quién sabe, tal vez algún día la unión de mi apellido con el vuestro alcance una gloria y un poder que jamás hayan conocido en la historia de nuestro reino.
Con el favor de Dios, quizá incluso lleguemos a conquistar allá donde la luz del Rey Sol no puede reinar.
Aquella referencia en clave a la Nueva Fronda despertó su inmediato interés. Parpadeó, y yo enarqué una ceja, dándole a entender que estaba en su bando. Me acerqué más a él, conteniendo las arcadas, y continué sonriendo con coquetería.
—En cuanto a vuestros anhelos más privados, sabed que jamás me negaré a cumplir con mis deberes como esposa —afirmé—. Y, mi querido Hubert, pondré mi cuerpo a vuestra entera disposición en cuanto el acuerdo matrimonial esté sellado.
—Desde luego será un placer domaros, mademoiselle de Valois. Nos veremos pronto. Muy pronto.
Soltó una carcajada seca y se giró, haciendo un gesto para que sus acompañantes lo siguieran. Lo vi alejarse, con el corazón en un puño.
Aurore, tensa a mi lado, suspiró.
—¡ Sacrebleu ! Ese hombre es insoportable. ¿Es que no se baña jamás?
—Es un viejo católico —repuse—, de los que aún creen que el agua caliente ofende a Dios.
—Su olor es lo que ofende a Dios. —Aurore me tomó por los hombros para enfrentar mi mirada—.
Lucille, aún estás a tiempo de librarte de él.
Si necesitas huir de Versalles, Philippe y yo te ayudaremos a que cruces la frontera hacia los ducados italianos.
O el canal de la Mancha, si prefieres Inglaterra.
—No quiero huir.
—¿Por Gérald de la Reynie? ¿O por tu hermano?
—Por ambos.
—En tal caso, espero que cuentes con un plan.
—Así es.
—¿Cómo vas a lograr que Hubert confíe en ti, si ya debe sospechar que fuiste tú quien le robó su diario?
—¿De qué sirve tener un hermano traidor si no puedo usar su nombre como moneda de cambio?
Aurore me miró con incredulidad.
—¿Y si no puedes manejarlo? —insistió, estrechando más el agarre en mis hombros.
—Entonces, que Dios se apiade de mi alma —respondí, con una sonrisa que nada tenía de alegre.
Ella suspiró con un gesto resignado.
—Espero que sepas lo que haces. Pero si necesitas ayuda, si en algún momento dudas, no olvides que estoy aquí.
—Gracias, amiga mía —dije, con gratitud sincera—. ¿Qué te parece si vamos a ver las obras del palacio del Trianón antes de que se haga de noche?
Aurore accedió y caminamos juntas en silencio hacia aquel palacio de porcelana que Louis había decidido ampliar para su uso privado. Ella entendía, quizás mejor que nadie, que mi batalla no era solo por mi hermano o por Gérald, sino por mí misma.
Los rumores de mi compromiso ya debían haber corrido como la pólvora entre los salones, y no tardaría en enfrentarme a las consecuencias de esa nueva alianza.
Pero había algo en mí que nadie en ese salón podía ver, algo que ni siquiera Hubert sospechaba: estaba dispuesta a matar si hacía falta por conservar mi libertad, y también por defender a aquellos a quienes amaba.
El sol se ponía ya en el horizonte cuando regresamos a palacio, y los sirvientes se afanaban en encender los candiles que iluminaban los jardines de Versalles cada noche del año.
Me pregunté, con ansia, si Gérald le habría sonsacado ya a Bontemps el secreto de la difunta reina Anne de Austria.
Si él no lograba salvarme de casarme con Hubert de Humières, entonces mi vida se iba a convertir en una auténtica pesadilla.