Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Gérald XVI #2
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Gérald XVI #2

—Así es. Hubiera corrido el rumor de que tanto Louis como Philippe también habían nacido de la infidelidad de la reina Anne.

—Pero, ¿por qué mantener vivo a ese niño bastardo?

—Esa es la pregunta —asentí, retomando mi paseo por la habitación—. Si Ferdinand es realmente el príncipe de las sombras, entonces es más que un simple peón en esta conspiración. Es una ficha que puede cambiarlo todo.

—¿Puede?

—Si fuera el único heredero al trono… sí. Un rey al servicio de la Nueva Fronda: un príncipe de sangre real que han criado ellos desde que tenía cinco años y al que seguramente habrán convencido de su derecho a reclamar la corona de Francia.

—Para eso tendrían que morir Louis, el Delfín y Philippe de Orleans.

—Desde luego —le di la razón—. Tendría que morir todo el linaje hasta llegar al tercer hermano real, sí.

Aquello la espantó todavía más.

—¡Tenemos que contárselo a su majestad!

—No sin antes confirmar nuestras sospechas.

—Pero… —empezó a protestar ella, impaciente, y yo le acaricié la mejilla para calmarla.

—Es una acusación muy grave sobre su difunta madre. No podemos pronunciarla así de fácil.

—Claro —me concedió, y sus ojos oscuros brillaron de anticipación al saberse tan cerca de la verdad.

Si hubiera nacido hombre, hubiera sido un magnífico mosquetero—.

¿Quién estuvo cerca de Anne de Austria durante su regencia?

Alguien que pudiera haber conocido este secreto: un confesor, una dama de compañía… ¿Podríamos rastrearlo?

—Eso será complicado —respondí—. La mayoría de esas personas ya están muertas. Y los que no, no fueron cercanos a ella. Dudo que la reina le hubiera confiado un secreto así a un cualquiera.

—Tiene que haber alguien, Gérald.

—Bontemps —dije de repente.

Ella abrió la boca, sorprendida.

—¿Bontemps?

—Su padre fue el ayuda de cámara de Louis XIII.

—¿Crees que es posible que el padre de Bontemps le hubiera confiado a su hijo un secreto de esa magnitud?

—Sin duda —afirmé.

Jean Batiste Bontemps había sido una figura clave en los últimos años del reinado de Louis XIII, y su hijo había heredado la posición con la misma discreción que había caracterizado a su progenitor.

Si alguien guardaba secretos sobre el pasado de la reina madre, era él.

Y quizás, solo quizás, eran secretos que habían pasado de padre a hijo.

—Hablaré con él —dije, tomando mi capa.

—Déjame ir contigo —pidió Lucille, con determinación.

Negué con la cabeza.

—Conozco a Alexandre Bontemps. Jamás confesará un secreto así delante de ti.

—Pero esto también me concierne. No solo me juego mi libertad; también la de Bastien. —Se cruzó de brazos, tozuda—. No aceptaré un “no” por respuesta.

Tuve que sonreír ante su obstinación y audacia. Me desarmaba por completo.

—Aceptarás ese “no” por respuesta, y lo harás sin rechistar ni desobedecerme —dije—. ¿He hablado claro?

—Eso no es…

—He dicho que no.

—Sí, mon capitaine .

Ambos éramos muy conscientes de en qué circunstancias había usado ella esa forma de dirigirse a mí. Se acercó, con los labios entreabiertos por la necesidad que sentía de desobedecerme y, a la vez, de rendirse a mí. Y sus palabras me golpearon con más fuerza que cualquier espada:

—En tres días perteneceré por ley a otro hombre.

—Lucille…

Negó con la cabeza, alzando una mano para silenciarme.

—No quiero pensar en eso ahora. No quiero que mi último recuerdo antes de ese matrimonio sea el frío de una jaula dorada. Quiero recordarte. Quiero que seas mi último respiro de libertad. Quiero que me reclames como tuya .

Mi corazón ardía por ella, y negarlo era absurdo. Lucille de Valois era todo cuanto había deseado, todo cuanto sabía que jamás podría obtener, porque nuestros mundos no podían ser más diferentes.

La atrapé por la nuca y devoré sus labios, apretándola contra mí, temiendo que pudiera desvanecerse en cualquier momento.

Ella me devolvió el beso en un grito de rebeldía contra el destino que la amenazaba con arrebatarle todo.

Mi autocontrol se hizo añicos por completo una vez más ante aquella entrega absoluta que todo su cuerpo exudaba.

La levanté sin ceremonias, y sus piernas enseguida rodearon mi cintura.

Mis manos aferraban su cuerpo con una necesidad salvaje, queriendo marcar cada una de sus curvas, que eran mías por derecho divino porque yo las había reclamado para mí desde el día en que la convoqué a estas mismas mazmorras para amenazarla, desde el instante en que su boca había encontrado la mía.

La pared fue nuestra única testigo, fría contra su espalda. Mis manos se colaron bajo su vestido, hasta clavarse en su trasero, marcándola con la necesidad de ella que me consumía día y noche.

Sus dedos se enredaron en mi cabello, y su respiración agitada me intoxicó de deseo.

—Eres mía, Lucille —susurré contra su cuello, mis labios explorando la delicada curva de su piel, devorándola con besos feroces, dejando marcas rojas que no desaparecerían fácilmente—. No importa lo que ocurra en tres días, siempre serás mía.

Me atravesó con aquellos ojos oscuros, toda ella temblando de anticipación.

—Tuya, mon capitaine —afirmó.

No hubo espacio para más palabras. La sostuve firmemente mientras, con un movimiento preciso, aparté su ropa interior y la penetré de golpe, arrancándole un grito ahogado.

Su cuerpo respondió al mío, húmedo, cálido, apretándome como si supiera que esto no debía durar, como si los tres días que nos separaban del infierno fueran un verdugo que se acercaba demasiado rápido.

Sus caderas buscaron las mías, desesperadas, queriendo borrar todo lo que no fuera este momento sagrado que, quizás, no volvería a repetirse jamás.

Me mordí el labio inferior al verla completamente entregada, su cabeza echada hacia atrás, sus ojos cerrados mientras se rendía a mí.

El sonido de nuestros cuerpos chocando llenó el aire, acompañando el grito final con el que ambos nos derrumbamos, sudorosos, satisfechos, pero con una verdad implacable que se repetía sin descanso: en tres días, ella sería de otro hombre.

Para siempre.