Gérald XVI
L a escolté hasta las mazmorras en el más absoluto silencio.
Henri continuaba en mi despacho, pero nos dejó a solas de inmediato al vernos aparecer, cerrando la puerta tras él. Fue entonces cuando la rabia de Lucille estalló:
—¿Por qué no dijiste nada? —espetó, furiosa. Yo no dije nada, y en su rostro se mezclaron la culpa y la frustración. Ella sabía tan bien como yo la respuesta a esa pregunta—. Podías haber intentado detener esto.
—Lucille —dije, con la máxima calma posible.
Ella se quebró, llevándose las manos al rostro.
—Me has dejado sola.
Tomé aliento y la agarré por los hombros. Necesitaba que comprendiese mi rabia; una que no conocía mesura y que había estado a punto de estallar contra el hombre al que juré proteger hasta el fin de mis días.
—¿Crees que no quiero detener esto? ¿Que no quiero romperle el cuello a Humières y acabar con esta farsa? —Mi voz estaba cargada de furia mal contenida—. Su majestad ha tomado su decisión, y desafiarlo no serviría de nada. Y tú lo sabes tan bien como yo.
—Lo sé. No puedo desobedecerlo.
—No, no puedes. En lo que tienes que concentrarte ahora es en el peligro que corres.
—¿Peligro? ¿Qué peligro puede ser peor que casarme con ese hombre repugnante?
Luché por mantener el control. El simple hecho de imaginarla en brazos de Hubert me desquiciaba.
—Te sacaré de esto, Lucille. Lo juro.
—¿Cómo? No lograremos desmantelar la Nueva Fronda antes de tres días.
No pude soportarlo más. Sin pensar, me incliné hacia ella y la besé. Con urgencia, desesperado, como si fuera la última vez que pudiera reclamarla para mí, y quizá lo fuera. Mi mano se deslizó hasta su nuca, atrayéndola hacia mí mientras sentía cómo el mundo a mi alrededor desaparecía.
Sus labios se encontraron con los míos con igual fervor, y sus manos se aferraron a mi jubón con la misma desesperación que impregnaba mi beso.
En un mundo que solo ofrecía cadenas y sacrificios, su boca era el único santuario donde anhelaba rendirme por completo.
Deseaba protegerla, llevármela lejos para que solo fuera mía, pero no podía hacerlo. Esa era una aspiración imposible.
Cuando nos separamos, ambos jadeábamos por el deseo de volver a encontrarnos. Por un momento quise arrasar con todo lo que había en la mesa de mi despacho y tomarla ahí mismo, pero no lo hice. El tiempo corría en nuestra contra.
Con todo, sus ojos ya no mostraban rabia. La intensidad en ellos había cambiado y ahora parecían buscar algo que yo no podía prometerle: una solución que quizás no llegaría a tiempo.
—Por favor, no me abandones a mi suerte, Gérald —me suplicó.
—Nunca. Lo juro —declaré, besando sus manos de alabastro.
—No quiero pensar en ese hombre que quizás se convierta en mi esposo. ¿Puedo quedarme aquí abajo, contigo?
Tomé aire, intentando recuperar algo de cordura, lo cual era difícil en su presencia.
—Puedes —concedí—. Si procuras no distraerme.
Ella sonrió, triste.
—El tiempo corre en mi contra. Déjame ayudarte. ¿Qué puedo hacer?
Le señalé los archivos de la Bastilla que Henri había dejado abandonados sobre mi mesa. Ella comprendió enseguida y aquel ofrecimiento la acabó de recomponer.
—Dos pares de ojos ven mejor que uno —sonrió, decidida a no dejarse vencer fácilmente.
Su renovada determinación fue como una chispa que iluminó mi propia desesperanza. No íbamos a rendirnos al destino sin luchar.
Ninguno de los dos.
Nos sentamos uno frente al otro en mi escritorio, con los archivos de los prisioneros de la Bastilla y la lista de lugares y fechas que Henri había logrado descifrar y que había pasado a limpio en un pergamino.
—¿Qué buscamos, exactamente?
—Cualquier irregularidad o discordancia. Una cage de fer que nos llame la atención por el motivo que sea.
Lucille asintió y empezó a pasar las páginas. La velocidad con la que leía me impresionó. La observé en silencio, admirando la forma en que se sumergía en el trabajo, tan distinta a la mujer destrozada que había entrado en mi despacho momentos antes.
Pasamos así al menos una hora, en silencio, repasando nombres. De vez en cuando me preguntaba por algún prisionero que le llamaba la atención, por lo general antiguos fronderos al servicio de Gastón, el tío de su majestad y de Monsieur , y luego continuaba leyendo, atenta a cualquier anomalía.
De repente, su mano se detuvo en una página.
—Aquí hay algo extraño —dijo, señalando un nombre—. Ferdinand.
Me incliné sobre el escritorio para observar el nombre indicado.
—¿Qué tiene de raro?
—Su orden de ingreso. —Golpeó suavemente el documento con el dedo—. Cuando su majestad me convocó a la chambre du roi por primera vez, me explicó que todas las órdenes, por ordinarias que fueran, pasaban por sus manos. Incluso la de los ingresos de nuevos mosqueteros. ¿No es cierto?
—Sí, así es. Insiste en ello, aunque su firma no sea estrictamente necesaria.
—Entonces también firma las sentencias, así como las entradas de nuevos presos a la Bastilla, ¿no? —preguntó Lucille, y yo asentí, confirmando su razonamiento—. Bien, pues la sentencia de este tal Ferdinand no está firmada por Louis XIV.
—Quizá sea la firma de Monsieur . Su alteza tomó las riendas del reino cuando su hermano estuvo imposibilitado el año pasado debido al envenenamiento por serpentio.
Lucille negó con la cabeza.
—Tampoco es la firma de Philippe de Orleans. Mira.
Examiné el papel con más detenimiento y mi estómago se hundió al descubrir que lo que ella había notado era, en efecto, una tremenda anormalidad.
—La reina Anne.
Lucille me miró, buscando respuestas que yo aún no tenía.
—¿Por qué alguien sería encarcelado bajo las órdenes de la difunta reina madre? —preguntó—. ¿No era el cardenal Mazarino quien firmaba los aprisionamientos, y no Anne de Austria ?
—Sí. —Recosté mi espalda contra la silla, masajeándome las sienes, intentando pensar con rapidez y claridad—.
Durante la regencia de la reina Anne hubo muchos conflictos internos.
Es posible que ese Ferdinand estuviera involucrado en alguna conspiración contra ella y que por eso fuese la propia reina quien firmase la orden.
—No es posible —negó Lucille, convencida—. Aquí indica que el tal Ferdinand es nacido en 1645 y que ingresó en la Bastilla como jaula de hierro en… 1650. ¿Con cinco años, un preso político?
Palidecí.
—Un momento. ¿Has dicho 1650?
—Sí, ¿por qué?
Tomé la lista de propiedades que había descifrado Henri, junto a las fechas. La primera era de 1650.
—¿Qué apellido indica el registro, Lucille? —pregunté, tenso.
—Ninguno. Solo Ferdinand.
Extendí el registro frente a mí, repasando una y otra vez la misma línea, como si de alguna forma aquellas letras pudieran revelarme más de lo que estaba escrito.
Ferdinand. Sin apellido. Nacimiento: 1 de septiembre de 1645. Fecha de ingreso: 12 de agosto de 1650. Edad: cinco años.
—Esto no tiene sentido —murmuré, más para mí que para Lucille.
—Espera —insistió ella, acercándose al escritorio y colocando una mano sobre la mía, como si buscara contener mi agitación, y pronto vio lo que yo había relacionado—. ¿Por qué la primera propiedad de esta lista también data de 1650? ¿Qué relación podría haber entre este niño y la Nueva Fronda?
Me levanté bruscamente, apartándome del escritorio y caminando de un lado a otro de la habitación.
Las conexiones se entrelazaban en mi mente como una telaraña, pero ninguna me llevaba a una conclusión clara.
Necesité varios minutos hasta que, de pronto, lo comprendí.
Fue como si una intensa luz solar entrase en aquellas mazmorras repletas de tinieblas y lo iluminase todo.
Me detuve y miré a Lucille.
—Ferdinand es la jaula de hierro. Es a quien la Nueva Fronda llama el príncipe de las sombras.
—¿Por qué le darían ese título? —preguntó, curiosa.
No respondí a eso. Aún no podía.
—Si fue encarcelado en 1650 con solo cinco años, ahora tendría… —Hice una pausa para calcular— veinticinco años.
Lucille se llevó una mano al pecho, claramente afectada por la idea de imaginar a un infante tan pequeño privado de su libertad en un lugar tan terrible como la Bastilla durante toda su existencia.
—¿Entonces lleva toda su vida encerrado en esa prisión? ¿Desde niño? —preguntó, con una mezcla de horror e incredulidad.
—No. El mismo año en que lo aprisionaron, fue liberado.
—¿Cómo lo sabes?
—No lo sé. Es una corazonada. Creo que no es un simple prisionero y que la Nueva Fronda sabía perfectamente quién era; por eso lo liberó al poco de ser encarcelado.
Desde entonces, para mantenerlo a salvo, lo han ido moviendo de propiedad en propiedad.
La lista del diario de Humières es un directorio que indica dónde se alojó cada año de su vida.
—Pero eso no explica por qué era tan importante para Anne de Austria, ¿no? —De pronto sus ojos oscuros brillaron con fulgor—. A no ser que representase una amenaza, no solo para la reina, sino también para Louis.
Sus palabras encendieron una chispa en mi mente.
«Una amenaza para Louis… o para su derecho al trono».
—Ferdinand es de sangre real —afirmé en voz baja, casi temiendo pronunciar aquel sacrilegio.
Lucille se levantó lentamente de su asiento y se acercó a mí.
—Eso es imposible. Louis y Philippe son los únicos hijos de la reina Anne y el difunto rey Louis XIII. No hay otros.
—Un hijo ilegítimo. —Sentí el peso de mis propias palabras al pronunciarlas—. Un hermano bastardo que naciera después de la muerte de Louis XIII.
El silencio que siguió fue sofocante. Lucille empezó a caminar de un lado a otro, como si el movimiento pudiera ayudarla a procesar lo que acababa de oír.
—¿En qué año murió Louis XIII?
—En 1643.
—Ferdinand nació dos años después. Un hijo ilegítimo de la reina madre, ya viuda. Eso explicaría por qué ese niño fue encerrado siendo tan joven —razonó ella—. Si alguien hubiera descubierto su existencia, habría puesto en duda el derecho al trono por parte de Louis.