Lucille XVI
S olo había estado una vez en la opulenta cámara real y había sido en la sola presencia del rey.
Ahora, para aumentar mi inquietud, encontré ahí a Monsieur y Gérald, además del propio Louis, quien apoyaba la mano en la chimenea y contemplaba las llamas en silencio.
Su casaca era tan roja como el fuego que observaba, envuelto en un silencio tenso.
Por un momento temí que fueran a amonestarme por haber pasado la noche con Gérald, pero enseguida me sacudí ese pensamiento de la cabeza. Louis no se inmiscuía en las aventuras amorosas de su corte.
—¿Qué significa esto? —preguntó Aurore, sin molestarse en efectuar reverencia alguna ante el monarca—. ¿Y por qué estáis todos tan serios?
Philippe la miró, y le hizo un gesto para que fuera junto a él. Una orden que ella desobedeció para permanecer a mi lado, tan tozuda como siempre.
El rey se incorporó y enlazó las manos frente a él, dibujando una media sonrisa que no alcanzó sus ojos, y yo me incliné ante él, con el corazón galopando de inquietud. ¿Se trataría de Bastien? ¿Lo habían apresado y ahora era mi turno de ser arrestada y arrastrada a las mazmorras?
—Buenos días, mademoiselle de Valois.
—Buenos días, majestad. ¿Me habéis mandado llamar?
—Así es. He considerado que, para lo que debo anunciaros, agradeceríais la presencia de los duques de Orleans .
Aquello me intranquilizó todavía más. Miré fugazmente a Gérald, quien no apartaba sus ojos de mí.
—Vos diréis, majestad.
—No me andaré con rodeos; mi tiempo es valioso y quiero solucionar este asunto lo más rápido posible.
—¿Qué asunto, si puedo preguntar?
—Supongo que recordáis nuestra última conversación, Lucille. La tuvimos aquí mismo, frente al fuego.
—La recuerdo, majestad.
—Y supongo que también recordáis vuestra promesa de fidelidad a la corona y el precio que, según me asegurasteis, estáis dispuesta a pagar.
Mi rostro fue perdiendo color conforme hablaba.
—“Si vuestra orden es que contraiga matrimonio con el hombre más indeseable de todo Versalles, firmaré ese contrato sin una sola duda” —recitó—. ¿Fueron esas vuestras exactas palabras, no es cierto?
Palidecí, temiendo lo peor.
—Sí, majestad —contesté, intentando mantenerme serena.
—Bien. Me alegro de que tengáis buena memoria, así como también me place vuestra disposición a sacrificaros para desenmascarar a la Nueva Fronda.
Aurore no parecía entender nada de lo que estaba ocurriendo. Seguramente se preguntaba qué tenía que ver yo con nada de eso. Su mirada confusa se me clavó en el alma.
—Los conspiradores campan a sus anchas en los salones de Versalles, susurrando traiciones contra mí, cometiendo suicidio en mi presencia para provocar la confusión entre mi corte.
Y, según ha averiguado el capitán de la Reynie gracias a vuestra ayuda, Hubert de Humières es el noble de más alto rango implicado en la Nueva Fronda.
Necesito a alguien que lo vigile muy de cerca.
—¿Y qué tiene eso que ver conmigo, majestad? —pregunté, aunque el nudo en mi garganta me advertía que ya conocía la respuesta.
Louis no titubeó.
—Os casaréis con él, mademoiselle de Valois.
Sus palabras cayeron como un yunque sobre mi espíritu, robándome el aire y la capacidad de pensar con claridad. Me quedé congelada, sin poder apartar la vista del monarca que pronunciaba su sentencia con la calma de alguien acostumbrado a moldear vidas ajenas a su antojo.
La habitación pareció inclinarse, y por un momento creí que iba a desmayarme. El asco y el horror se entrelazaron en mi interior al pensar en unirme en matrimonio a aquel hombre asqueroso y despreciable.
—¿Casarme? —susurré, como si la palabra no tuviera sentido alguno.
—Así es. Como su esposa, tendréis acceso a su confianza, a sus escritos, a sus secretos. Y con vuestra astucia y encanto, estoy plenamente seguro de que podréis encontrar la pista que necesitamos para que Hubert nos lleve al corazón de la Nueva Fronda.
—¡Esto es absurdo! —exclamó Aurore, dando un paso adelante para defenderme—. ¿Por qué Lucille?
—Porque es una espía bajo las órdenes de Gérald de la Reynie —le respondió el rey, sin inmutarse.
Vi cómo la información llegaba hasta mi amiga y la hacía palidecer.
—¿Una espía?
Louis la ignoró esta vez, como si no hubiera hablado. Philippe, sin embargo, se adelantó y sujetó a su esposa del brazo para contenerla, aunque su propia expresión estaba cargada de desaprobación.
—Louis, no puedes hablar en serio —dijo el duque de Orleans, su trono desprovisto del trato reverencial que le debía a su hermano—. Esto es un sacrificio innecesario. No puedes casar a Lucille con un hombre tan repugnante. Por todo el condenado infierno: ¡huele a excremento de cabra!
Louis lo miró, advirtiendo con los ojos que midiese sus palabras.
—Recuerda tu lugar, hermano.
—Mi lugar es impedir que te comportes como un tirano con tu corte, que es lo que estás haciendo en este mismo instante.
—Y mi deber es proteger Francia; si para ello debo sacrificar la felicidad personal de una dama, créeme que lo haré.
—Tiene que haber otra manera.
—No hay tiempo para alternativas, Philippe. La conspiración crece cada día, y no puedo arriesgarme a que escape de nuestras manos.
—Si insistes en esta tiranía, Aurore y yo nos largaremos de Versalles y no volveremos a poner un pie en este palacio donde te empeñas en encarcelarnos a todos.
Aquella atrevida declaración de Monsieur provocó la ira de Louis, por lo que decidí intervenir antes de que la conversación entre ambos hermanos reales fuera a peor.
—Por favor —los interrumpí—. No discutáis por mí. Su majestad tiene razón y yo le juré obediencia.
—¿Consentís entonces, mademoiselle?
—Sí, majestad. Consiento. Sin embargo, tengo una petición.
—Hablad.
Mis labios temblaron mientras intentaba encontrar una salida. O tiempo. Solo un poco de tiempo. Cualquier cosa que demorara mi enlace con Hubert.
—Mi hermano Stéphane. Está en Tarbes y es mi único pariente cercano. Si debo casarme, al menos permitid que acuda a la ceremonia y que…
Louis negó con la cabeza antes de que pudiera seguir rogando.
—Eso demoraría semanas, y cada día perdido es uno en que los traidores conspiran contra mí. No puedo esperar, mademoiselle.
Quise protestar, sin lograrlo: las palabras se atragantaron en mi garganta. Miré a Aurore, que parecía a punto de explotar de rabia y pena, y luego a Philippe de Orleans, airado y molesto.
Pero quien realmente me destrozó fue Gérald.
Su rostro permanecía impasible. En cambio, sus ojos eran pozos oscuros de rabia contenida.
Su mandíbula estaba tensa, y su puño derecho apretaba la empuñadura de su espada, apenas logrando esconder su furia.
¿Por qué no decía nada? ¿Por qué permanecía en silencio mientras el rey me condenaba a un destino que me llenaba de repulsión?
Yo misma me contesté: porque no serviría de nada oponerse a esa orden que iba a cambiar mi vida. Gérald lo sabía tan bien como yo.
Bajé la mirada, derrotada ante un destino que ya no podía cambiar.
El rey, aparentemente ajeno o indiferente a mi tormento interno, prosiguió:
—El enlace se celebrará en tres días. —Louis se acercó a mí con la calma de un verdugo que ya ha ejecutado su sentencia.
Pero para mi sorpresa, levantó mi barbilla con su mano, obligándome a mirarlo a los ojos, y vi bondad y compasión en ellos—.
Soy consciente de lo que os estoy pidiendo, mademoiselle.
El matrimonio es un deber para una dama, y en vuestro caso, sé que es un doloroso sacrificio que no olvidaré fácilmente.
Tal vez algún día pueda recompensaros por vuestros servicios concediendo el perdón a vuestro hermano Bastien.
—Sí, majestad —respondí con un hilo de voz, tragándome la amargura que amenazaba con desbordarse en mi corazón.
—Quedaos con lo positivo de este matrimonio: seréis duquesa de Humières, y con ese título llegarán riquezas que, estoy seguro, serán de inestimable ayuda para las tierras empobrecidas de los Valois —dijo Louis, sin soltarme la barbilla, con un toque de misericordia en su voz—.
Sé que muchas damas albergan el infantil anhelo de casarse por amor.
Si eso es lo que deseáis, buscadlo en otros brazos que no sean los de Hubert.
No pude aceptar sus palabras. No había lugar para el amor en los designios del rey, solo para deberes y sacrificios. Y el mío acababa de sellarse con un compromiso que sabía que nunca podría romper.
—Sí, majestad —repetí, muy quieta.
Al ver que aceptaba mi sentencia sin pelear, Aurore dio un paso hacia adelante, pero Philippe la detuvo con más firmeza esta vez.
—No podéis hacer esto —insistió ella—. No es justo. Louis, por favor. ¡Louis!
Este dirigió la mirada hacia su cuñada, y su tono se endureció.
—Os sugiero que recordéis a quién os dirigís, alteza.
El silencio que siguió fue más insoportable que cualquier palabra pronunciada.
Philippe tiró con suavidad del brazo de Aurore, que parecía a punto de gritar, y ella al fin retrocedió, aunque sus ojos seguían lanzando dagas hacia el rey.
Un rey que ella amaba y que ahora, lo veía en su mirada, no era capaz de estimar.
—¿Algo más que añadir respecto a la misión de mademoiselle de Valois, capitán? —preguntó Louis, volviendo su atención hacia su capitán.
—No, majestad —se limitó a contestar Gérald—. Solicito permiso para aleccionar a mademoiselle de Valois, a fin de que pueda cumplir con su cometido con la máxima eficiencia.
Mi corazón dio un vuelco. Quise gritarle, golpearle, hacer algo para romper la máscara que llevaba puesta, pero no lo hice: mi cuerpo apenas respondía.
Louis asintió con satisfacción y dio por concluida la audiencia.
—Os dejo a todos. Capitán de la Reynie, confío en ti para instruir a mademoiselle de Valois sobre lo que debe hacer para desenmascarar a Hubert.
Quise detenerme para hablar con Aurore, pero Gérald me tomó del brazo y me llevó fuera de la cámara del rey en silencio. Dejé atrás los sollozos de mi amiga, así como los susurros de Philippe de Orleans intentando consolarla.
Deseé unirme a sus lágrimas, pero ese era un lujo que no quise permitirte. Porque cada paso que daba escoltada por Gérald era un recordatorio de mi condena, y su proximidad, una burla cruel acerca de lo que muy pronto perdería: mi libertad.