Gérald XV
L a madrugada aún reinaba sobre Versalles cuando descendí de nuevo a las mazmorras.
La noche con Lucille me había dejado en un estado que no lograba explicar.
Había sentido el caos bullir en mi interior, una mezcla de culpa, deseo y la inquietud persistente de que había cruzado una línea de la que no podría regresar, y por todo ello, tarde o temprano, pagaría un precio.
No tenía tiempo para más reflexiones. La misión seguía siendo la de proteger a Francia y al rey y acabar con la Nueva Fronda. Todo lo demás era secundario, incluso ella, por mucho que llevase años consumiéndome por su boca y su cuerpo.
Henri me esperaba en mi despacho, con el semblante cansado y unas ojeras que indicaban que no se había acostado en toda la noche. Sobre mi mesa reposaba el diario de Humières, abierto, acompañado de varios papeles cubiertos con su inconfundible escritura.
—Capitán —me saludó, poniéndose de pie al verme—. He avanzado bastante con el diario.
—¿Qué has encontrado? —pregunté, acercándome mientras me despojaba de mi capa.
Henri me mostró varias páginas. Tenía los dedos manchados de tinta de tanto trabajar a la luz de las velas.
—Como habíamos sospechado, el diario es básicamente una lista de reuniones y transacciones.
Aquí, por ejemplo… —Señaló una línea concreta—, menciona el envío de armas a un señorío en las afueras de Toulouse.
Ahora bien, creo que lo más interesante es la lista de propiedades que se citan y que pertenecen a nobles protestantes en su gran mayoría, capitán.
Algunos de ellos ya habían sido investigados tras el Edicto de Alais, pero otros son nombres nuevos que jamás se habían visto envueltos en sospecha alguna.
—¿Qué más?
—Junto a cada propiedad hay una fecha, capitán. Y son correlativas: empiezan en 1650 y siguen hasta ahora.
—Y todas son en referencia a la “jaula de hierro” —comenté.
Mientras Henri me explicaba sus descubrimientos, no podía apartar de mi mente los recuerdos de la noche pasada con Lucille.
Una noche que no debía existir, un instante de debilidad que, de salir a la luz, podría destruirnos a ambos.
Una cosa es que una dama tuviera aventuras con nobles, pero con un vulgar mosquetero…
Si nuestro secreto terminaba por descubrirse, la reputación de Lucille quedaría para siempre malograda.
Aunque no tanto como si yo confirmaba ante Louis que Bastien de Valois era un traidor a la corona.
Henri seguía hablando, ajeno a mi conflicto interno, señalando las anotaciones codificadas en el diario de Humières.
—Aquí, capitán —dijo, interrumpiendo mi espiral de pensamientos—, menciona específicamente el traslado de esa jaula de hierro.
Asentí, inclinándome sobre la mesa para examinar la página que indicaba. La lista de Humières era meticulosa, y cada entrada estaba, en efecto, fechada, lo que facilitaba identificar un patrón.
—Es metódico, le concederé eso a Humières —murmuré—. ¿Qué propiedades menciona específicamente?
Henri ojeó sus notas y señaló una lista que había transcrito.
—Estas tres parecen ser las más relevantes: una en las afueras de Toulouse, otra en Blois y una tercera cerca de Poitiers. Como he dicho, casi todas pertenecen a nobles protestantes.
—¿Has identificado a los propietarios?
—Sí. La primera pertenece a la familia de Saint-Laurent, la segunda a los de Clermont y la tercera a un tal René Boisvert.
—Los Saint-Laurent ya habían sido investigados hace años por su participación en el sitio de La Rochelle. Se les permitió conservar sus tierras, siempre y cuando juraran lealtad al rey y renunciaran a sus creencias protestantes.
—Eso fue lo que pensé también, capitán, si bien parece que han mantenido vínculos con grupos subversivos. Hay registros de reuniones en su propiedad, aunque Humières no detalla quiénes asistieron ni el motivo de su encuentro.
Examiné las notas con más atención. El líder de la Nueva Fronda, quienquiera que fuese, había creado una especie de red, un mapa invisible de aliados y colaboradores, conectados por propiedades, transacciones y reuniones clandestinas.
Era como si estuviera jugando al ajedrez con piezas que solo él podía ver.
—No me suena de nada el nombre de René Boisvert.
—Es un comerciante adinerado con vínculos en Inglaterra. En concreto, con el difunto barón Ward. Trabajaba para él.
—El culpable de introducir el serpentio en Versalles.
—Así es, capitán.
—¿Qué hay de los Clermont? —pregunté.
—Son menos conocidos y, hasta donde he podido comprobar, jamás han sido relacionados con ningún escándalo.
—Ninguno de ellos vive en Versalles.
—No, capitán.
—Tiraremos del hilo de esas tres familias. Pero esto confirma nuestras sospechas —dije, enderezándome—. Humières no es un simple traidor; está en el centro de una conspiración que podría desestabilizar a toda Francia.
Henri asintió con gravedad.
—¿Cuál es el siguiente paso que debemos dar, capitán?
—Lo primero es corroborar esta información con los archivos de la Bastilla. Si hay algún vínculo directo entre estos nobles y los presos, podremos actuar con más precisión. Tenemos que averiguar a qué prisionero se refieren.
En ese momento llegó un mensajero con una carta, cuyo sello reconocí al instante: era el de la policía de París. El muchacho me entregó el mensaje con una reverencia fugaz y se marchó rápidamente, sin pronunciar palabra.
Abrí la nota mientras Henri me observaba en silencio.
Gérald, te envío los archivos de los presos de la Bastilla de los últimos cien años. Espero que encuentres lo que buscas.
Nicolas de la Reynie.
Mi hermano, en efecto, había cumplido con creces.
Junto con la carta nos llegó un paquete de documentos bien organizados.
Al abrirlo vi nombres, fechas de encarcelamiento y, en algunos casos, descripciones detalladas de los crímenes cometidos.
Henri y yo nos pusimos de inmediato a examinar los archivos.
Había cientos de nombres y la clave, pensé, tenía que estar entre ellos.
El trabajo me permitió apartar a Lucille de mi mente durante algunas horas, aunque de vez en cuando no podía evitar levantar la vista y conjurar su imagen, entregada y rendida a mí, y todo mi cuerpo reaccionaba en consecuencia.
A media mañana, con un Henri cada vez más cansado y yo cada vez más irritado por no haber avanzado en nuestra investigación, un mosquetero irrumpió en la sala .
—Capitán —dijo, con el rostro grave—. El rey os convoca a la chambre du roi .
El anuncio me hizo tensarme. No era común que el rey llamara a sus hombres a esas horas, que solía dedicar a reunirse con sus ministros, en sus aposentos privados. A menos que fuera algo urgente. Y grave.
—Voy enseguida —respondí, lanzando una última mirada a Henri—. Continúa con esto. Quiero un informe completo antes del mediodía. Si debes salir, guarda los archivos de la Bastilla bajo llave. Ni una palabra a nadie sobre ellos.
—Entendido, capitán.
Abandoné las mazmorras y ascendí por los pasillos de Versalles hacia la chambre du roi .
¿Qué requería el rey a esas horas de la mañana, que normalmente dedicaba a sus oraciones y reuniones con ministros?