Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Lucille XV
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Lucille XV

C uando desperté, dolorida y feliz, Gérald ya había desaparecido de mi cama.

No pude evitar sentirme dichosa, incluso cuando mi hermano estaba en peligro y el apellido de mi familia podía ser arrastrado por el barro en cualquier momento.

Me acaricié los labios hinchados por sus besos y, cuando mis manos recorrieron la piel marcada que me identificaba como suya, un estremecimiento glorioso me atravesó, empezando en las piernas y terminando en la nuca.

Corrí a la ventana para contemplar aquel nuevo día en que todo era ya diferente para mí.

Los sirvientes se afanaban en despejar el Patio de Mármol de nieve, y el cielo lucía gris y brillante, señal de que volvería a nevar en cualquier momento.

Apenas pude contener una sonrisa cuando me vestí y abandoné los Apartamentos del Príncipe a toda prisa.

Deseaba más que nada encontrar a Aurore y confiarle todos mis pecados, así que la busqué por pasillos y salones.

Ignoraba qué hora era, por lo que quizá estaría en la misa obligatoria para los de su título, en la capilla real.

Yo no tenía compromisos de ese tipo: no acudía a rezar con la familia real ni debía presenciar el Grand Lever , puesto que la ceremonia del despertar del rey solo estaba permitida a los nobles de alto rango.

—¿Dónde vas tan feliz, querida? —me preguntó Thibaux Cailloux cuando me crucé con él en la Galería de los Espejos.

—¿Has visto a su alteza, la duquesa de Orleans ?

Él bufó, molesto ante la mención de aquella a quien despreciaba por haberle robado el amor de Philippe.

—Hace un momento estaba con Monsieur en el Salón de Hércules.

Mis pies volaron ligeros, intercambiando saludos con las damas y señores que me encontraba en el camino. Iba tan acelerada que casi me topé de bruces con la reina María Teresa, que charlaba con sus dos damas de compañía, madame Scarron y la viuda de Villena.

—Majestad.

Efectué la reverencia de rigor y me dispuse a seguir mi camino, cuando la reina me detuvo.

—¿Mademoiselle de Valois?

—¿Sí, majestad?

—Precisamente hablábamos ahora de vos.

—¿De mí? —me sorprendí.

Mis interacciones con la reina habían sido escasas, por no decir nulas.

De hecho, ni siquiera era consciente de que conociese mi nombre.

Al fin y al cabo, cientos de nobles vivíamos bajo el techo de Versalles, y mi rango era bajo.

Además, ella rara vez abandonaba los Apartamentos de la Reina.

Verla allí, de buena mañana, era toda una anormalidad.

Pensé que quizá se veía obligada a recibir a algunos de los embajadores que visitaban Versalles de forma habitual.

Fue madame Scarron quien despejó mi incógnita:

—Con permiso de su majestad, he pensado que podríamos crear un pequeño círculo de damas en edad de merecer para enderezar su moral.

Me quedé helada, aunque no tanto como el nevado Patio de Mármol que había dejado atrás. La reina me observaba con esa expresión severa que parecía grabada a perpetuidad en su rostro, y madame Scarron, siempre tan correcta, añadió en tono aparentemente dulce pero cargado de veneno:

—Una joven de vuestro linaje, aunque mancillado, aún tiene la oportunidad de encontrar un buen marido si aprende a conducir sus pasos con virtud. ¿No os parece, majestad?

La reina asintió levemente, sin despegar sus labios.

—Que yo sepa, no tengo ningún pretendiente en el horizonte al que tener que demostrarle mi buena virtud —dije, confusa.

—No importa —sonrió más madame Scarron, y mi incomodidad aumentó—. Las jóvenes católicas de la corte se han visto claramente influenciadas por las malas compañías: libertinos sin moral, mujeres protestantes, fiestas indecorosas…

—Es nuestro deber reconducir vuestras almas, querida —añadió la viuda de Villena en un francés deplorable, casi igual de malo que el de la reina.

No pude evitar pensar en Gérald. En sus manos, explorando cada rincón de mi cuerpo, dejando marcas en mi piel.

Y una extraña chispa de rebeldía se encendió en mi interior.

—Creía que el deber de velar por la moral era cosa de sacerdotes, no de damas de la corte.

La reina me atravesó con la mirada.

—Toda ayuda a Dios es bienvenida, mademoiselle de Valois —declaró, altiva.

—Es un gran honor que su majestad piense en mí —dije con una reverencia perfecta, dejando que la sonrisa dulce y modesta que me habían enseñado desde niña cubriera mi verdadero sentir—. Aunque os aseguro que mi moral está tan intacta como vuestra devoción a Dios.

La viuda de Villena soltó una exclamación ahogada por mi desfachatez, y madame Scarron apretó los labios como si acabara de morder un limón. La reina me perforó con sus ojos del color de las avellanas.

—Mademoiselle de Valois, ¿acaso no consideráis que vuestros actos en los últimos años han sido poco decorosos y cristianos?

—Vos sois quien mejor puede juzgar eso, majestad —repliqué—. Siempre estaré a vuestro servicio si pensáis que mi modesta presencia puede contribuir a tan noble causa.

La reina pareció más o menos satisfecha con mi respuesta y me despidió con un leve movimiento de su mano. Incliné la cabeza una última vez y salí de allí con pasos controlados, sintiendo las miradas clavadas en la espalda.

Cuando doblé la esquina, me apoyé en la pared para recuperar el aliento.

¿Una reunión para enderezar nuestra moral?

Si esas tres mujeres supieran lo que había hecho horas antes en los Apartamentos del Príncipe, probablemente no querrían enderezarme, sino meterme en un convento y tirar la llave al Sena.

Aún podía sentir las caricias de Gérald como un eco en mi piel.

¿Qué harían si supieran que el capitán de los mosqueteros me marcaba con el mismo fervor con el que protegía la corona?

No había fuerza en la corte, ni reuniones protectoras de la moral, que pudieran hacerme arrepentir de lo que había vivido en brazos de Gérald de la Reynie. Eso era mío. Solo mío. Y ni siquiera la reina podía arrebatármelo.

Encontré a Aurore y Monsieur en el Salón de Hércules, tal y como Thibaut me había indicado, frente a un enorme y precioso cuadro que representaba a Hades y Perséfone.

Estaban solos y, por un instante, no quise interrumpir aquel momento cómplice que estaban compartiendo.

Philippe de Orleans no era dado a mostrar sus afectos en público, pero mi amiga parecía ser su más profunda debilidad .

Me quedé detenida en la puerta, observando cómo los brazos del duque enlazaban la cintura de su esposa y le susurraba naderías al oído, que la hacían reír y sacudir la cabeza.

Era tan obvio que estaban enamorados que el aguijón de la envidia se me clavó en el alma.

Ellos podían vivir su amor a ojos del mundo entero; estaban legitimados por Dios y por el rey y yo…

Yo nunca tendría ese privilegio. Jamás podría compartir mi vida y mi afecto por Gérald ante la corte.

—¿Podría robaros a vuestra esposa, alteza? —los interrumpí.

Al percatarse de que no estaban solos, Aurore intentó separarse de Philippe, pero él no se lo permitió.

—¿Y vos no podríais saludar como es debido, mademoiselle de Valois? Ya sabéis, con un “¡ Bonjour !”, o algo similar —me reprochó el duque de Orleans.

— Bonjour , altezas —dije, risueña—. ¿Podría robaros a vuestra esposa?

—Claro que puedes —respondió Aurore, besando a su marido en la mejilla.

Él bufó, indignado.

—¿Cómo que “claro que puedes”? —se quejó Philippe, fingiendo un divertido disgusto. Se llevó los brazos a la espalda, con una ceja alzada hacia su esposa—. ¿Quién es aquí el esposo?

—Vos me tenéis todo el año, alteza. Lucille, no —respondió Aurore con sumo descaro. Luego se volvió hacia mí, alejándose finalmente del abrazo de su marido—. ¿Y si nos abrigamos bien y salimos a pasear por los jardines? Hace un día precioso.

Philippe de Orleans volvió a resoplar.

—¿Un día precioso? Está a punto de nevar otra vez.

—Un poco de nieve no me asusta —respondió Aurore, ignorándolo—. ¿Ocurre algo?

—Solo necesitaba hablar contigo —dije—. Pero no quiero interrumpir…

—Ya lo habéis hecho — replicó Philippe, volviendo a su aire burlón—. Así que al menos hacedlo valer.

Aurore le lanzó una mirada reprobatoria, si bien su sonrisa no se apagó.

—¿Vamos? —me ofreció la mano, que yo acepté sin vacilar, dejando al duque de Orleans con un gesto exagerado de resignación que no ocultaba del todo la ternura que reflejaban sus ojos azules.

—No me la devolváis demasiado tarde, mademoiselle de Valois, me gusta fornicar antes de la cena.

—¡Alteza! —exclamó ella, ruborizándose.

Salimos juntas del Salón de Hércules, Aurore aún roja como la grana y yo, riéndome de verdad por primera vez en semanas.

El aire gélido nos golpeó al salir a los jardines. Aurore se aferró a mi brazo y tiró de mí hacia el Parterre de Agua. Enseguida supe a dónde me llevaba: al Gran Canal, uno de sus lugares favoritos de todo el complejo que formaba Versalles.

—Adoro esta belleza —exclamó, alzando la vista hacia los árboles que se alzaban como esculturas cristalinas, con las ramas cubiertas de hielo, mientras rodeábamos la fuente de Latona y descendíamos por la Avenida Real que nos llevaría al Gran Canal.

Disfruté de su entusiasmo contagioso, aunque mi corazón estaba demasiado agitado como para centrarme en el esplendoroso encanto del entorno.

—Una vez Louis me contó que soñó con construir este palacio y que cuando abrió los ojos supo que debía llevarlo a cabo —comentó Aurore, envuelta en su abrigo de armiño—. Desde entonces, no ha dejado de ampliarlo y ampliarlo.

—Es el lugar más hermoso del mundo, sin duda —coincidí, de pronto consciente del privilegio del que gozaba como dama de la nobleza francesa. Raoul me había hablado de la austera corte española y también de la sombría corte inglesa. Ninguna corte europea se podía comparar con la nuestra.

—Admito que prefiero mi vida en París, la privacidad del Palais Royal y la calma de Saint-Cloud. Pero luego regreso aquí y veo el amor de Louis en cada rincón de Versalles y… —Se interrumpió, bajando la cabeza—. No hablemos de eso. Sé que quieres contarme algo.

—Alejémonos un poco más, amiga mía, y hablaré.

Había pocos cortesanos paseando por los jardines debido al frío, pero no quería arriesgarme a que oídos extraños escuchasen mi confesión. Caminamos en silencio hasta el Gran Canal, donde las aguas heladas brillaban bajo la capa gris del cielo.

—Ahora sí —dijo ella, con las mejillas sonrojadas por el frío—. Habla, Lucille. ¿Qué ocurre?

—Gérald —me limité a decir.

Aurore no se sorprendió. De hecho, parecía como si hubiese esperado aquellas palabras desde hacía mucho tiempo.

—Continúa —me animó, con suavidad.

Tomé aire y le relaté casi todo lo que podía contarle sin dejarme en evidencia. Le hablé de mis sentimientos y de mis dudas, también del abismo que nos separaba, tanto por mi apellido como por su cargo como capitán de los mosqueteros.

Ella me escuchó sin interrumpirme, sus pasos lentos acompañando los míos.

—¿Estás enamorada de él? —preguntó finalmente.

La pregunta me dejó pensativa. ¿ Lo estaba? ¿Podía permitirme siquiera considerar esa posibilidad?

—No lo sé —admití—. Lo único que sé es que cuando estoy con él, me siento viva.

Aurore suspiró, cubriendo mi mano con la suya.

—¿Te da aquello que anhelas?

—Sí.

—Eso es bueno —comentó, y luego me miró a los ojos—. Espero que no te enfades por lo que voy a decirte. Hablé con Philippe acerca de tus inclinaciones.

Palidecí y me detuve, asustada.

—¡Aurore!

—Sin pronunciar tu nombre, por supuesto —corrió a tranquilizarme—. Me contó que varios de sus amigos más cercanos se sienten como tú, y que pagan por las atenciones que buscas.

—¿A qué te refieres?

—A que pagan por ser… no sé, azotados. Sometidos.

Mis mejillas ardieron, y el frío del invierno que nos rodeaba no logró calmar mi vergüenza.

—¿Por qué hablarías de algo así con Monsieur ? —murmuré, tratando de no alzar demasiado la voz.

Aurore no se inmutó por mi tono defensivo. Me habló muy calmada, con esa mezcla de paciencia y comprensión que la caracterizaba.

—Porque soy tu amiga, y porque me preocupo por ti. No podía simplemente ignorar lo que me has contado. Quería saber si son prácticas peligrosas, eso es todo.

Me mordí el labio, incómoda, sin decir nada .

—Lucille, no te estoy juzgando. Solo quiero que entiendas que no estás sola, y que lo que deseas no es algo monstruoso ni extraño —me aseguró—. Pero debes saber que, mientras se llevan a cabo esas prácticas, a veces hay accidentes. Algunos muy graves. Persigue tu deseo, sí, mas hazlo con cabeza.

Sus palabras deberían haberme calmado, pero lo único que conseguían era hacerme sentir más expuesta.

—¿Y qué esperas que haga con esa información, Aurore? ¿Que acuda a uno de los amigos de Monsieur para que me enseñe unos cuantos trucos?

—No seas absurda. Lo único que digo es que te cuides —dijo, sonriendo y apretando mi mano con cariño—. Aunque si precisas que Monsieur te ayude, estará encantado de contribuir al libertinaje de Versalles. Especialmente si así logra escandalizar a la reina y sus dos puritanas damas de compañía.

—Hablando de eso…

Antes de que pudiera decir nada más, el sonido de pasos apresurados en la nieve nos hizo girar la cabeza. Un hombre delgado y con porte rígido se acercaba hacia nosotras con rapidez. Lo reconocí enseguida: era Bontemps, el primer ayuda de cámara del rey.

—Alteza, lamento interrumpir vuestro paseo matutino —saludó a Aurore con una ligera inclinación de cabeza y luego se dirigió a mí—. Su majestad os manda llamar, mademoiselle de Valois.

—¿A mí? —Me inquieté de inmediato.

—Sí, mademoiselle. Y os ruega a vos, alteza, que acompañéis a la dama hasta la chambre du roi .

Aurore y yo intercambiamos una mirada cargada de preguntas. Aquello no podía significar nada bueno.