Gérald XIV #2
—Y no todas son historias que desearías escuchar.
—Tal vez no. Pero cada una de ellas te hace ser quien eres. Y quiero todas las partes de ti, Gérald, incluso las que otros temerían tocar. —Lucille tomó mi rostro entre las palmas de sus manos y, con una sinceridad que me desarmó, dijo—: Eres hermoso, mon capitaine .
—Nadie jamás me ha llamado eso.
—Hay bellezas que no se ven a simple vista, sino que están escondidas en las marcas de un cuerpo.
Me incliné hacia adelante, atrapando sus labios con los míos.
No sabía si podía aceptar lo que había dicho, pero en ese momento, con su cuerpo contra el mío y su alma desnuda frente a mí, decidí que no necesitaba hacerlo.
La dejaría ver todo, aunque eso significaba arriesgarme a que un día se apartara horrorizada.
Cuando me separé unos centímetros de ella, apoyé la frente en la suya.
—Esto no cambia nada entre nosotros.
—No —asintió ella, volviéndome a besar con ardor—. Sigo siendo la hermana del traidor que tus manos algún día ejecutarán.
—¿Y cuándo eso ocurra?
—Te odiaré con toda mi alma, Gérald, y me arrepentiré de haberte entregado cada pedazo de mí. Pero hasta que eso ocurra…
—Eres mía. —Acabé la frase por ella.
Sus labios buscaron los míos, esta vez con una urgencia desesperada.
Mis manos encontraron su cintura, el calor de su piel intensificado por cada suspiro que escapaba de su boca.
Ella se arqueó contra mí, sus dedos deslizándose por mi cuello y enterrándose en mi cabello, como si intentara asegurarse de que no me apartaría jamás de su lado.
—Dime que lo sientes igual que yo —murmuró, mientras mis labios descendían por su cuello.
No respondí con palabras. Dejé que mis acciones hablaran por mí.
Besé cada rincón de su clavícula, cada curva delicada de sus hombros. La sentí temblar bajo mis labios, pero no era temor lo que vibraba en su cuerpo, sino absoluta entrega. Su cabello se desparramaba como un manto oscuro cuando sus ojos, brillantes y cargados de deseo, se clavaron en los míos.
—Te haré pagar cada uno de los días que has ignorado mi presencia, Gérald —me susurró, mientras yo tomaba su boca y la hacía mía, sin dejar de besarla—. Te he detestado tanto pensando que jamás te pertenecería, que te odio por cada noche que me has obligado a pasar sin ti.
La tomé por la barbilla. Tenía los preciosos labios hinchados y enrojecidos por el deseo trémulo que la poseía.
—Lucille.
No dijo nada. Respiraba entrecortadamente, como si cada aliento le doliera, y supe que me tocaba a mí decirlo todo.
Todo lo que había callado desde aquella primera vez en que cruzó los salones de Versalles y yo me perdí sin remedio en su risa de cristal.
Desde entonces la había llevado conmigo: en la forma en que sonreía, descarada e inocente a un tiempo; en sus dedos alzando una copa de vino; en su cuerpo, girando al compás de la música, bajo los reflejos infinitos de la Galería de los Espejos.
Había llegado la hora de honrarla con la simple y pura verdad.
—Vos creéis que me habéis sido indiferente todos estos años, mas no es cierto —confesé, tratándola con la deferencia cortés que una dama como ella merecía—.
He ardido en secreto por vos, consumiéndome en un fuego infernal cada vez que mis ojos se cruzaban con los vuestros.
Os deseo y os venero, y por eso mismo jamás querría mancillaros con el veneno que cubre mi alma.
—El veneno de vuestra alma es mi único antídoto, mon capitaine , y en ese fuego infernal que os consume es donde yo quiero arder hasta que de mí no queden más que cenizas.
—Mademoiselle de Valois, todo yo soy pecado contra las leyes de Dios.
—Entonces, besadme y tomadme, y compartamos ese pecado que también es el mío.
Me besó, con los brazos alrededor de mi cuello, ardiente y feliz de haber escuchado que, durante tantos años, yo había sido tan cautivo de ella como ella de mí.
Aquella abnegación suya volvió a despertar mi deseo una vez más, y Lucille sonrió contra mis labios al notar mi erección palpitando entre sus piernas.
La tomó con su mano derecha y se dejó caer sobre ella con una lentitud insoportable, arrancándome un jadeo que ahogué contra su piel.
Lucille pronunció mi nombre, su voz rota y tierna, mientras mis manos la sujetaban por la cintura como si fuera la única ancla en un mar de caos.
—Gérald —gimió, cuando empecé a guiar sus movimientos, enterrando en su dulce interior, besando el hueco de su cuello para subir nuevamente hasta encontrarme con sus labios .
Ella era mía esa noche, y lo sería hasta que el destino nos apartase el uno del otro.
Me detuve un momento, atrapado en la intensidad de sus ojos y sus labios entreabiertos. Si la fatalidad nos separaría en un futuro incierto, el deseo nos anclaba en aquel presente efímero que pronto no sería más que humo y cenizas.
—Nunca volverás a pertenecer a nadie más… porque ya eres mía —le exigí, mi voz ronca, a pesar de saber que Louis la utilizaría para sus fines con el duque de Humières.
El simple pensamiento de imaginarla en los brazos de aquel necio repugnante me hacía arder de furia, pero no quería pensar en eso. No esta noche.
Esta noche era nuestra.
—Nunca —susurró, arqueando la espalda para acercarse más a mí—. Hasta que te odie, soy solo tuya.
Y con aquellas palabras como único sello, nos abandonamos el uno al otro entre los muros cálidos de Versalles, mientras la noche helada se extendía tras los ventanales, cubriéndolo todo con su manto de nieve.
Ambos sabíamos que, cuando despuntara el amanecer, la realidad volvería a erigirse entre nosotros, separándonos una vez más.