Gérald XIV
S e quedó dormida apenas su rostro descansó sobre la almohada y yo la contemplé en su sueño.
Ahora ya era tarde para arrepentirme. La odiaba por cómo su proximidad me afectaba, porque cuando estaba cerca y descubría lo que ardía en el fondo de sus ojos, mi yo racional perdía de vista todo cuanto había regido mi vida hasta aquel momento: mi lealtad a Louis, protegerlo a él y a su familia y salvaguardar con ello su reinado sobre Francia.
Sin embargo, había dejado escapar a un traidor y había mentido a mi rey.
Por ella. No era tan iluso como para comprender que, tarde o temprano, pagaría el precio de aquella debilidad.
Cuando me aseguré de que estaba profundamente dormida, me levanté y miré a través de la ventana.
Aquella era la primera nevada del año que cubría Versalles.
Era poco habitual en las primeras semanas de otoño.
Lo tomé como un mal presagio, a pesar de que no creía en esas tonterías.
Desde el ventanal de la cámara de Lucille se distinguía el Patio de Mármol y, más allá, las puertas doradas que separaban la corte del mundo real.
Un mundo en el que la Nueva Fronda seguía operando.
Intenté concentrarme en aquella amenaza, pero no pude. Lucille, rendida a mí, desnuda y entregada hasta las últimas consecuencias, era una imagen que no me abandonaba. Nunca, en toda mi vida, había conocido a una mujer como ella.
Había conocido la pasión, sí, y el deseo, muchas veces.
Pero jamás me había encontrado con alguien que no solo no temiera mi oscuridad, sino que pareciera buscarla codiciosamente, como si fuera una virtud en lugar de una condena.
Ella no huía de mis sombras; las acogía como suyas.
No solo aceptaba mis impulsos más oscuros, sino que me los devolvía, en un reflejo que no podía ignorar.
Había entregado su cuerpo y su voluntad con una firmeza que me desconcertaba, como si confiara en mí más de lo que yo confiaba en mí mismo.
Y eso, más que nada, me aterrorizaba. Porque lo que había entre nosotros era crudo, primitivo, único.
Pensé en las marcas que dejé en su piel, en cómo me las mostró sin vergüenza, como si fueran trofeos de un juego en el que solo nosotros sabíamos las reglas.
Jamás había esperado que una mujer pudiera contemplar esas heridas con orgullo en lugar de horror, que pudiera recibirlas como parte de un acuerdo tácito donde yo también era su prisionero, tanto como ella lo era mía.
No había nada frágil en Lucille, y quizá por eso me perturbaba tanto. ¿Cómo podía alguien tan joven, con una educación cortesana, nacida noble, saber exactamente qué hilos mover para desatar mis instintos más enterrados?
Cerré los ojos y respiré hondo, intentando apartar su rostro de mis pensamientos. Fue inútil. Estaba marcada en mí tanto como yo lo estaba en ella.
Y ahora era demasiado tarde para retroceder.
—¿Qué haces ahí? —me preguntó, somnolienta.
Las velas a nuestro alrededor se habían consumido casi por completo, pero no lo suficiente para no poder vislumbrar su rostro entre las penumbras. Su preciosa melena azabache le caía por los hombros, contrastando con su exquisita y pálida piel.
Jamás había estado tan bonita como en aquel momento.
—Tan solo contemplaba la primera nevada.
—Aún falta para el amanecer. Ven aquí, conmigo .
—No deberías desear mi compañía, Lucille —dije, mientras me acercaba lentamente de vuelta al lecho.
Ella no respondió. Apartó las sábanas a un lado, dejando claro que no aceptaría un no por respuesta.
Me detuve junto a la cama, dudando por un instante antes de sentarme en el borde.
Lucille se incorporó ligeramente y sus brazos rodearon mis hombros con una naturalidad desconcertante, como si la distancia que había intentado mantener entre ambos jamás hubiera existido.
—Siempre tienes una excusa para resistirte, Gérald —murmuró contra mi cuello—. Pero aquí estás.
Sus palabras eran ciertas, y ese era mi mayor tormento.
No tenía defensa contra ella. No podía mantenerla alejada y, al mismo tiempo, no podía acercarme sin perder el control que había definido mi vida.
Pero en ese momento, mientras sentía el calor de su cuerpo y la suavidad de su respiración contra mi piel, todo lo demás se desvaneció.
Mis ojos recorrieron las heridas que le había infligido en el cuello y en las muñecas.
—¿Te duelen? —pregunté.
Lucille alzó la cabeza.
—Siento todo mi cuerpo en carne viva —admitió, con profunda satisfacción, y luego me señaló la mesa auxiliar junto a la cama—. ¿Podrías darme ese botecito de ahí?
Tomé el pequeño tarro que me indicaba y lo sostuve en la mano, examinándolo.
—¿Qué es?
—Nosequé de caléndula. Me lo ha proporcionado Aurore para curar lo que me hiciste en el carruaje.
Hizo el gesto de aplicárselo en las muñecas, donde las marcas eran más visibles. Detuve su mano.
—Yo lo haré .
Sin una palabra de protesta, me cedió el control, tal y como había hecho mientras la reclamaba para mi placer.
Abrí el tarro y hundí los dedos en la crema. Me incliné hacia adelante y tomé su muñeca con cuidado, aplicando la pomada en movimientos suaves. Ella cerró los ojos y dejó escapar un suspiro de alivio.
—No tienes por qué hacer esto —murmuró.
—Sí, sí que lo tengo que hacer.
Mis palabras salieron firmes, contundentes.
No podía decirle por qué, pero necesitaba hacer algo que compensara, aunque fuera mínimamente, las líneas que había cruzado con ella.
Cuando terminé con una muñeca, tomé la otra y luego seguí aplicando el ungüento en su cuello.
Cuando terminé, la besé en los labios de la forma más suave posible, y Lucille dejó escapar una pequeña sonrisa de satisfacción.
—¿Te sientes mejor?
—Un poco. Cuidarme así debería ser obligatorio tras lo que hemos hecho.
—Debería serlo, sí —admití.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Intuyo que lo harías incluso si no te lo permitiera.
Sus dedos acariciaron mi mejilla, dibujando con ellos las líneas de mis cicatrices.
—¿Has hecho esto antes con otra mujer?
Tomé aliento.
—Muy pocas veces. Normalmente, borracho.
—¿Con prostitutas?
—No.
—¿Damas de la corte?
—Solo alguna.
Se incorporó sobre su codo y me miró.
—¿Quiénes?
Carraspeé, incómodo.
—La baronesa de Mirabeau. Hace algunas semanas.
—¿Ophélie? —Lucille abrió mucho los ojos.
—Sí, Ophélie. Y antes de ella, una dama que murió en el parto, años antes de que tú llegases a la corte.
—¿El hijo era tuyo?
—No.
—¿Y qué pasó con la baronesa de Mirabeau?
—¿De verdad quieres saberlo?
—Claro que quiero.
—La primera vez ocurrió hace más de un año, antes de que empezasen los rumores de la Nueva Fronda.
Siempre he intentado mantener el control sobre mis instintos, y más con una dama cuyos caprichos solo podrían buscarme problemas.
Así que el sexo fue… normal, por así decirlo.
Jamás le hice daño a Ophélie. Sin embargo, perdí los estribos hace cosa de un mes.
Me invitó a sus aposentos y bebimos ese licor verde endiablado, que había conseguido en París.
Lo que siguió después, prefiero no recordarlo.
Solo sé que le hice daño. Ambos nos descontrolamos.
—¿La forzaste? —se asustó Lucille. Negué con la cabeza—. ¿Entonces?
—Mientras ocurría, ella pareció disfrutarlo. Para cuando el efecto del rêve vert pasó, me di cuenta de que había llegado demasiado lejos y que podría haberla dañado irreversiblemente. Ya me ha ocurrido antes por culpa del alcohol.
—¿Por eso apenas pruebas ni una gota?
Asentí.
—Cada vez que me embriago, algo terrible ocurre.
Lucille permaneció pensativa durante un largo minuto, y luego preguntó:
—¿Has vuelto a verte con la baronesa ?
—No, y no tengo intención alguna de reanudar esa aventura.
—Bien —declaró, satisfecha—. Puede que yo sea una libertina, pero el simple hecho de imaginarte con ella despierta mis más bajos instintos.
Sonreí, y esta vez fui yo quien le acarició el rostro.
—Nunca he conocido a nadie como tú.
—Y espero que nunca lo hagas, mon capitaine.
—Le brillaron los ojos, repletos de picardía, y en un movimiento ágil se subió a horcajadas sobre mí.
Estaba gloriosamente desnuda, con la larga cabellera acariciándole los hombros, los pequeños pechos al alcance de mi boca y su piel perfecta magullada por mi mano.
Era una visión arrebatadora—. Quiero verte.
—No hay nada que no hayas visto.
—Discrepo. Quiero verte entero, capitán. Es lo mínimo que me debes tras haberme dejado el trasero como una manzana madura.
Sus palabras descaradas me hicieron reír.
No era pudoroso, pero las damas como ella no estaban acostumbradas a la tosquedad de un cuerpo que no fuese el de un noble. Mucho menos a un cuerpo como el mío, lleno de cicatrices y marcado por años de violencia.
—Si insistes —dije al fin, con un suspiro, mientras me despojaba del jubón y la camisa. Luego, desabroché los pantalones y permití que fuese ella quien los bajase hasta deshacerse de ellos.
Cuando terminó, volvió a sentarse sobre mis caderas, observándome con intensidad.
Sus ojos recorrieron cada línea, cada marca en mi piel, deteniéndose en las cicatrices que habían definido mi vida: cortes profundos en el torso y en las piernas, y la marca alargada en mi costado que me había granjeado el nombramiento como capitán de los mosqueteros del rey.
Luego su mano derecha sustituyó a sus ojos, y la sensación de su delicado tacto sobre mi piel endurecida fue casi insoportable. Lentamente, trazó una línea desde mi hombro hasta mi pecho, deteniéndose en una cicatriz más gruesa justo sobre mi corazón.
—¿Esto?
—Una pelea en Le Marais, la noche antes de entrar en la orden de los mosqueteros.
No dijo nada. Sus dedos continuaron explorando, bajando por mi costado hasta mi abdomen. El silencio que nos envolvía estaba cargado de una intimidad que yo raras veces había experimentado, por no decir nunca.
—Cada marca en ti es una historia —susurró.