Lucille XIII
C uando salimos de la Corte de los Milagros ya era noche cerrada, y el aire de París parecía más denso, más cargado de polvo y sangre, como el eco de una batalla que todavía no había terminado del todo.
Me sentía terriblemente cansada, si bien la mano firme de Gérald sujetando la mía me sostenía en cada paso. No podía imaginarme siquiera cómo hubiera transcurrido todo sin él. Con toda probabilidad, estaríamos todos muertos.
Encontramos a Bastien y a un ya despierto Louis en la misma iglesia en ruinas por la que nos habíamos adentrado a las minas subterráneas.
—¡Louis! —Aurore fue la primera en reaccionar, soltándose bruscamente de la mano de Philippe para correr hacia su majestad.
Como era habitual en ella, el protocolo parecía no significar nada.
Se lanzó a abrazarlo, aliviada y también sorprendida por su presencia.
Se giró hacia nosotros, airada—. ¿Cómo se os ocurre permitir que el rey se arriesgue así?
Gérald fue a contestar, pero no le dio tiempo, pues Aurore ya estaba amonestando al propio Louis:
—¿Qué demonios hacéis aquí, vos? ¿Os habéis vuelto loco?
Louis, con su elegante capa ahora cubierta de polvo y manchas de barro, sonrió.
—Mi intención era salvarte. No obstante —añadió con un suspiro exasperado, frotándose la parte posterior de la cabeza—, a cierto hermano temerario aquí presente se le ocurrió que era mucho mejor darme un culatazo y llevarse él toda la gloria.
Philippe, apoyado con altanería contra una columna de piedra de la iglesia, ni siquiera se molestó en disimular su satisfacción ante tal acto.
—¿Toda la gloria? Qué poca fe tienes en mí, Louis. Solo estaba asegurándome de que llegaras aquí sano y salvo. Además, ¿cómo habría podido cargar con tu excelencia sin desmayarme de esfuerzo?
El rey negó con la cabeza, pero su expresión se suavizó al mirar a su alrededor, como si acabara de darse cuenta de que estábamos todos vivos.
—Debemos abandonar este sitio lo antes posible —dijo, poniéndose en pie—. El pueblo no tardará en hablar de lo sucedido aquí esta noche, y debemos adelantarnos a los rumores.
—Es demasiado tarde para volver a Versalles sin levantar habladurías en la corte —intervino el duque de Orleans—. Propongo pasar la noche en el Palais Royal y regresar mañana al amanecer.
—Lo que tú quieres, hermano, es cambiarte de ropa para no aparecer en la corte hecho unos zorros —sonrió Louis. Philippe le devolvió una media sonrisa—. ¿Qué opinas, capitán? ¿Consideras seguro descansar unas horas en el Palais Royal que tan amablemente nos cede su alteza?
Gérald asintió.
—Desde luego, majestad. —Nos miró a todos—. En marcha, antes de que esto sea un hervidero de criminales y de que todo París sepa lo cerca que estuvo de arder esta noche.
Abandonamos la iglesia en silencio.
La noche era implacable y fría, y aunque las locuras de la Corte de los Milagros habían quedado atrás, sentía el eco de aquella canción entonada por sus habitantes que nos seguía desde las profundidades de la caverna.
Estaba deseando descansar, aunque fuera por unas horas, y eso fue lo que hicimos cuando alcanzamos la seguridad del Palais Royal .
Dormí abrazada a Gérald, agotada. Sé que él no cerró los ojos. Incluso en sueños podía notar su mirada vigilante sobre mí, así como sus brazos protectores que me salvaguardaban del mundo salvaje que horas antes había estado a punto de engullirnos.
Pero nada de eso me importaba. Al fin y al cabo, estaba en los brazos del hombre más peligroso de Francia.
Partimos de regreso a Versalles horas antes del amanecer.
Los tres miembros de la familia real ya lucían, como de costumbre, impecables, como si nada hubiera ocurrido.
Sus trajes manchados habían sido reemplazados por otros perfectamente limpios.
Aurore, por su parte, me ofreció un vestido y una capa para que pudiera cambiarme.
Gérald permaneció a mi lado durante todo el trayecto.
Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, sentía el calor subir a mis mejillas al recordar la forma en que habíamos dormido.
No había ocurrido nada más allá de unas inocentes caricias y un abrazo que no se rompió en las escasas horas que compartimos.
Estaba deseando encontrarme a solas con él, si bien también me hallaba ansiosa por saber qué ocurriría con Bastien, quien cabalgaba detrás de nosotros con la cabeza gacha.
Nicolas de la Reynie había esperado nuestro regreso junto a un considerable regimiento de policías y nuestras monturas. Nos habíamos reencontrado con él al abandonar los barrios marginales .
—¿Queréis que lleve a Bastien de Valois a la Bastilla, majestad? —le preguntó a Louis.
El rey subió con agilidad a su caballo, sin molestarse en cubrir su rostro. Ya no debía esconderse y, incluso en aquella oscuridad y desprovisto de sus habituales trajes de seda y oro, el Rey Sol brillaba entre las sombras de París.
—No —se limitó a contestar—. Gérald se encargará de él.
Mi hermano bajó la cabeza y acató el mandato del rey.
Llegamos a Versalles justo cuando los primeros rayos de sol rompían el horizonte.
El hermoso palacio me pareció una visión demasiado perfecta después de las tinieblas de las últimas horas.
Mientras cruzábamos las puertas doradas, el contraste entre la decadencia de la Corte de los Milagros y la ostentación de Versalles me resultó casi insoportable.
Por un momento, quise tomar a mi hermano y huir juntos a Tarbes.
En el Patio de Mármol, junto a una docena de ujieres y una cuadrilla de mosqueteros, nos recibió Bontemps. A juzgar por la fatiga y la preocupación que reflejaba su mirada, seguramente se habría pasado la noche buscando con desespero a su rey por cada rincón del palacio.
La tenue claridad de la mañana bañó el rostro de Louis al bajar de su montura.
El Rey Sol se irguió con la elegancia de quien había nacido para moldear la historia, mientras observaba el resplandor del astro iluminando el palacio de sus sueños, como si tomara conciencia de lo muy cerca que había estado de las tinieblas aquella noche.
Incluso con el cansancio dibujado en sus facciones, Louis brillaba con esa majestuosidad que parecía innata en él, y me estremecí al pensar que podríamos haberlo perdido para siempre en las sombras de la Corte de los Milagros.
El silencio se hizo sobre el Patio de Mármol .
Los criados, los mosqueteros que habían acudido a auxiliarnos y hasta nosotros mismos nos quedamos inmóviles, incapaces de apartar la vista del monarca, quien permanecía absorto en la contemplación de Versalles.
Nadie osaba moverse. El amanecer mismo parecía ralentizarse, como si el sol esperara el permiso de Louis para seguir ascendiendo en el cielo.
—Bastien, acercaos —ordenó finalmente, sin volverse.
Mi hermano obedeció, dando un paso hacia el monarca, con la mirada fija en el suelo en un gesto tenso, resignado a su fatal destino. Louis se giró y, durante un largo instante, se limitó a observarlo, el brillo áureo del amanecer atrapado en sus iris azules.
—Bastien de Valois —dijo, tras lo que pareció una eternidad de silencio, su voz firme y clara, proyectándose a través del Patio de Mármol—. En vuestros hombros lleváis el peso de un apellido que un día fue el de los reyes de Francia; uno que vos mismo traicionasteis con vuestros actos.
Bastien alzó con lentitud la cabeza, sus labios apretados, esperando su sentencia definitiva. Yo sabía que las palabras del rey lo herían más que cualquier espada.
—Todo acto de rebeldía tiene consecuencias —prosiguió Louis—.
En vuestro caso, me veo obligado a recordar que habéis puesto vuestra vida en peligro, que me habéis protegido cuando era vuestro deber hacerlo y que, gracias a vuestra valentía, hemos salvado a la duquesa de Orleans. Por ello, os estoy agradecido.
El murmullo de los criados se elevó en el aire, como el aleteo de una bandada de aves. Un único gesto de la mano del rey lo acalló de inmediato. No había terminado de hablar.
—La corona cuenta con numerosos enemigos —continuó, con la mirada clavada en Bastien, si bien su voz parecía abarcar a todos los presentes—. Y el príncipe de las sombras aún camina libremente por mi reino. No necesito mártires, sino leales servidores que comprendan su deber.
Contuve el aliento, esperando la condena o la absolución de mi pobre hermano.
—Bastien, la orden de los mosqueteros aún aguarda vuestro ingreso —sonrió levemente Louis—. Si es que aún deseáis servir como mosquetero del rey.
Bastien, sin atreverse aún a hablar, se inclinó profundamente ante él y tuvo que reunir toda su compostura para al fin declarar:
—Majestad, nada deseo más que poner mi espada a vuestro servicio.
—Bien. Se me ha asegurado que os convertiréis en uno de mis mejores mosqueteros. Así lo espero y así lo exijo.
Louis no añadió nada más, pues no lo necesitaba. Se giró con un movimiento elegante, como si el cansancio ya no existiera en su cuerpo, y comenzó a avanzar hacia el interior del palacio, seguido de los duques de Orleans, de Bontemps y de todos los ujieres.
Observé a Bastien, aún inclinado, con la tensión de un hombre que había escapado a duras penas de un destino fatal.
Por primera vez desde que lo habían apresado, vi en su mirada algo que creí perdido en él: la determinación y la esperanza.
Louis, su admirado rey, lo había perdonado y le había dado una oportunidad para redimirse.
Y mi hermano estaría a la altura de lo que se le pediría; estaba segura de ello.
Gérald se acercó a él y le puso una mano en el hombro.
—¿Ves ese edificio de servicio? —le dijo. Bastien asintió—. Por ahí se llega a las mazmorras. Pregunta por el teniente Henri y dile que acabas de ingresar en la orden de los mosqueteros.
—Sí, señor.
—Capitán para ti, muchacho —le recordó Gerald.
—Sí, capitán —corrigió Bastien, y al fin vi esa sonrisa inquieta que era tan propia de él.
—Andando.