Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Lucille XIV
51%

Lucille XIV

E ntré en el Salón de Diana con la cabeza en alto, lista para disfrutar de las diversiones nocturnas. Y también, por qué negarlo, para olvidar que Bastien continuaba en peligro y que yo, estúpida de mí, había creído tener el poder de hacer sucumbir a Gérald de la Reynie a mis encantos.

Me había maquillado profusamente el cuello para disimular los moretones que los dedos de Gérald habían dejado en mi piel, y elegí la joya más ostentosa que tenía para acabar de cubrirlos: una gargantilla de rubíes, regalo de Francesco Contarini, un almirante veneciano que había visitado Versalles años atrás y al cual me había entregado para olvidar mi encaprichamiento por Raoul de Brissac.

El italiano había resultado ser un amante tan entregado como generoso, y me había cubierto de joyas antes de volver a su tierra.

Yo lo recordaba con infinito cariño, y no precisamente por sus regalos.

Así fue como aparecí en los salones esa noche: secretamente magullada, íntimamente deshecha y físicamente impecable. Me gustase o no, seguía espiando para Gérald y eso implicaba mezclarme en corrillos de damas, escuchar conversaciones y prestar atención a las palabras que flotaban en los salones.

Por descontado, el tema preferido de la temporada era la Nueva Fronda.

Si el rey estaba en el salón, nadie hablaba de ello, pero en su ausencia los rumores iban y venían sin parar.

Los panfletos de la Nueva Fronda habían llegado a Versalles, intoxicando con sus palabras a cientos de nobles.

La aristocracia debatía durante horas acerca de aquel príncipe de las sombras que, aparentemente, vendría a ocupar el trono de Francia.

La mayoría apostaba a que el misterioso príncipe era Philippe de Orleans.

También hubiera sido mi apuesta si me hubiesen preguntado acerca de mis sospechas un año atrás cuando, al igual que gran parte de Europa, creía que Louis y Philippe estaban continuamente enfrentados entre sí.

Ahora, que había tenido el privilegio de interactuar con ellos en ámbitos más privados, comprendía que su rivalidad era una farsa.

¿ Monsieur conspirando contra el Rey Sol?

Lo dudaba mucho. Sus discusiones públicas estaban enfocadas a manipular a la corte.

Empezaba a creer que la lealtad entre ambos hermanos era prácticamente inquebrantable.

Me detuve junto a un grupo de damas que reían con picardía.

Una de ellas contaba una anécdota exagerada sobre un supuesto encuentro clandestino con un emisario de la Nueva Fronda, a todas luces un embuste para que la conversación se centrase en ella.

Fingí interés mientras tomaba una copa de vino de la bandeja de un sirviente.

—Dicen que el príncipe de las sombras no solo tiene sangre real, sino que es un estratega tan atractivo como brillante —comentó Madame de la Tour, mientras se abanicaba de forma teatral—. ¿Os imagináis?

Las risas se multiplicaron, y me uní a ellas con despreocupación. ¿Cuántos de aquellos aristócratas estaban verdaderamente implicados? ¿Cuántos fingían interés para ocultar sus propios temores?

—Si ese hombre existe, ese misterioso príncipe de las sombras del que tanto se habla, probablemente esté en esta sala ahora mismo —aporté con un aire de indolencia, esperando provocar una reacción entre ellas.

Una de las damas, una joven de rostro inocente y lengua afilada, levantó las cejas con malicia.

—¿Y por qué no podría ser una mujer? —preguntó, bromeando—. ¿Acaso no somos nosotras las que realmente manejamos los hilos aquí?

Hubo murmullos de aprobación y más risas, pero mi atención se desvió a un grupo de caballeros que charlaba en el otro lado del salón.

Entre ellos estaba Hubert de Humières, quien me devolvió la mirada.

Parecía furioso por el ultraje de abandonarlo en sus aposentos sin haberlo satisfecho, y no pude evitar un estremecimiento. Mejor evitarlo.

Me desplacé al Salón de Venus para no compartir espacio con Humières y, al hacerlo, me topé con Raoul de Brissac.

—¿Qué te ocurre, querida Lucille? ¿Has visto un fantasma?

—No, señor de Brissac, solo que no esperaba verte aquí.

—¿Y dónde esperabas verme? ¿En un ambiente más… privado?

Le sonreí, distante.

—¿Nunca desistes en tus intentos? Ya me tuviste una vez, y te cansaste de mí.

Raoul me ofreció el brazo, galante.

—Un hombre también puede ser estúpido, mademoiselle.

—Un hombre siempre es estúpido, en mi opinión —le corregí, aceptando su brazo.

—¿Y bien, no vas a contarme si algún valiente noble se me ha adelantado y ha pedido ya tu mano en matrimonio?

No pude evitar reírme.

—Para desgracia de mi hermano Stéphane, he rechazado ya a un marqués y a dos barones.

—Y también a mí.

—Espero que esas noticias no hayan llegado a Tarbes o en breve recibiré una carta furiosa de Stéphane recordándome mis obligaciones.

—Los Valois siempre habéis sido orgullosos —declaró, mientras me conducía a través del Salón de la Abundancia, en el que varios nobles jugaban animadamente al billar—. Es esa sangre de antiguos reyes que lleváis en vuestras venas.

—Muy diluida ya, me temo. No queda nada de reina en mí.

—Discrepo en esa última afirmación, mi preciosa Lucille. Serías una magnífica reina. Y también una excelente Madame de Brissac.

El aire del Salón de la Abundancia era denso, con el olor de vino tinto, el fuego que crepitaba en la chimenea y las risas animadas de los jugadores de billar.

Las lámparas de araña brillaban con luz cálida, y el rumor de las conversaciones flotaba como un telón de fondo entre nosotros.

Raoul caminaba a mi lado, con su sonrisa perpetuamente arrogante, como si su sola presencia fuera un regalo para el mundo.

—Raoul, ¿pretendes seducirme de nuevo para convertirme en tu esposa?

—Puede —concedió él—. ¿Qué debe tener el hombre que se gane la mano de Lucille de Valois?

No supe bien qué responder a eso, ni tampoco comprendí a qué venía aquella pregunta. Raoul tenía intención de casarse, sí, pero no por amor. Al menos, hasta donde yo sabía. Probablemente, solo se estaba divirtiendo a mi costa, como era habitual en él.

¿Qué debía tener un hombre para ganarse mi mano? La pregunta me había tomado desprevenida, aunque también me irritaba. Raoul siempre había tenido ese peculiar talento.

—Quién sabe —respondí con sinceridad, en un tono ligero y frívolo—. Quizás algo que nadie aquí posee.

—¿Algo como qué? ¿Lealtad? ¿ Sinceridad? ¿O buscas un aspecto más tangible, como fortuna o títulos? —inquirió—. Todo el mundo sabe que los Valois estáis arruinados. Un buen matrimonio tuyo podría ayudar a tu hermano Stéphane.

Me detuve un instante, soltando su brazo para enfrentar su mirada.

—¿Otra vez intentando proponerme matrimonio de la manera menos romántica del mundo?

—En Versalles no hay lugar para el romance.

—Discrepo, señor.

Volví a caminar, sin esperar a que me siguiera, aunque lo hizo de todos modos. Raoul de Brissac no aceptaba quedarse atrás. Nunca.

—¿Tan grave sería casarse conmigo, Lucille?

—¿Y tú, Raoul? —inquirí, sin responder a su pregunta—. ¿Qué buscas en una mujer? ¿Algo más que un momento de diversión antes de volver a aburrirte?

Su risa descarada atrajo algunas miradas curiosas de los nobles que nos rodeaban.

—Ah, pero qué equivocada estás, Lucille. Yo nunca me aburro, porque siempre busco a las mujeres equivocadas.

—Entonces es bueno saber que al menos eres consciente de tus errores —repliqué—. Y ahora, si me disculpas, creo que me voy a retirar.

—¿Tan pronto? ¿Dónde está la divertida Lucille que disfruta de las noches de Versalles hasta el final?

—Quizá estoy madurando, señor de Brissac.

Ambos inclinamos nuestras cabezas con cortesía y él aguardó a que yo abandonase el Salón de la Abundancia.

No me apetecía recorrer los concurridos salones ni atravesar la Galería de los Espejos, así que tomé los corredores de servicio para evitar miradas o encuentros que no deseaba tener.

Rodeé los Apartamentos Reales y pronto me encontré en los tranquilos y apartados Apartamentos del Príncipe, custodiados por dos mosqueteros.

Aún tenía que acostumbrarme a aquella presencia armada hasta los dientes, en vez de la de los tranquilos guardias con alabardas que normalmente protegían las habitaciones de los miembros de la familia real.

Una vez en la soledad de mi habitación, solté un suspiro, tratando de deshacerme del peso que sentía en el corazón. No hubo manera.

Una tenue luz entraba por la ventana, y un par de velas encendidas iluminaban el tocador en el que guardaba mis joyas.

Me senté frente a él y empecé a quitarme el maquillaje de cara y cuello.

Luego dejé caer la gargantilla de rubí en una bandeja de porcelana con un tintineo suave.

Eran actos mecánicos, rutinarios, que permitían que mi mente vagase ociosa entre los rostros que había visto esa noche.

Hubert de Humières, furioso e intimidante; Raoul de Brissac, astuto y burlón.

Ambos me habían dejado un mal sabor de boca, mas fue el amargo recuerdo de Gérald lo que me hizo apretar los dientes.

Deslicé los cordones de mi corpiño, aflojándolos, perdida en mis pensamientos.

«No volveré a ser su juguete, no permitiré que vuelva a herirme».

Lo repetía una y otra vez, como si esas palabras pudieran protegerme contra el recuerdo de sus ojos clavados en mí, escrutadores y fríos como una noche de invierno.

Cuando el vestido cayó al suelo y me quedé solo con la camisa blanca interior y las medias de seda, una voz rompió el silencio de la habitación.

—¿Siempre sois tan descuidada, mademoiselle, o solo cuando creéis estar sola?

Me giré, buscando el origen de la voz, y ahí estaba Gérald, entre las sombras, una estatua hecha de oscuridad a la que la luz de la luna que entraba por el ventanal acentuaba las líneas de su duro rostro.

—¡Dios mío! —exclamé, sobresaltada, llevándome una mano al pecho—. ¿Cuánto rato lleváis ahí, observándome como un pervertido?

—El suficiente, mademoiselle.