Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Gérald XIII #2
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Gérald XIII #2

Había visto a Louis colérico en contadas ocasiones: mantener el control y la serenidad formaba parte de su carácter, pero era cierto que bajo aquella pátina de impasibilidad se escondía una ira que era fácil de desatar.

Con la cabeza fría, Louis se mostraba como un rey capaz; ambicioso y autoritario, sí, pero un rey competente, al fin y al cabo.

Sin embargo, en las raras ocasiones en que la furia lo desbordaba, las decisiones que tomaba no siempre eran las más acertadas.

Esconderle la probable traición de su antigua amante no era una opción.

Mi cargo comportaba informarle de hechos poco amables y tener que lidiar con su irritación de la mejor forma posible.

Louis no se movió ni pronunció palabra durante largos segundos, si bien en su expresión se reflejaba la tensión que mis palabras le habían provocado.

Su mirada, que habitualmente transmitía una serena autoridad, ahora parecía contener un profundo dolor.

El nombre de Madame de Montespan, su favorita durante años, no era uno que pudiera mencionarse a la ligera, y menos dentro de la trama de una conspiración que pretendía terminar con él y con todo su legado.

—¿Estás absolutamente seguro de lo que dices, Gérald?

—No hay certezas absolutas aún, majestad —respondí con firmeza—. Lo que sí sé seguro es que Bastien de Valois se ha reunido con Madame de Montespan en el convento en que se encuentra recluida.

—¿Y si sabes eso, por qué Bastien no está detenido en este mismo instante?

—Logró escapar antes de que pudiera capturarlo.

La mentira me atravesó como una espada clavándose en mi corazón.

Jamás, en más de quince años de servicio, le había ocultado nada.

Había servido a Louis desde que ambos éramos jóvenes, desde el día que me honró entregándome el mando de los hombres elegidos para protegerlo.

Le había jurado lealtad y nunca había roto mi palabra. Hasta ahora.

Louis siempre había sido más que un rey para mí.

Era un líder, sí, y también un hombre que cargaba el peso de un reino entero sobre sus hombros y lo hacía con una dignidad que pocos podrían igualar.

Pero también era humano. Había visto sus momentos de debilidad, de duda, de cólera, y había prometido protegerlo incluso de sí mismo si era necesario.

Mentirle, aunque fuera parcialmente, me hirió más de lo que quería admitir.

La confianza que había construido con él durante años ahora pendía de un hilo.

Y todo por proteger a Lucille de Valois y a suhermano, a quien no debía nada.

—Athénaïs, maldita seas. —La voz de Louis me sacó de mis pensamientos—. Si lo que afirmas es cierto, es que mi juicio acerca de ella ha estado más nublado de lo que creía.

—Majestad, fuisteis elegido por Dios, pero ni siquiera un rey está exento de debilidades. Y Madame de Montespan fue vuestra debilidad durante años, si me permitís la osadía.

—Es cierto, lo fue. Quizá debo admitir que amarla fue mi peor error.

—Las flaquezas de esa naturaleza son un aspecto que ni el mejor de los hombres puede evitar —dije.

Louis negó con la cabeza.

—Te equivocas, Gérald. Un rey no puede permitirse debilidad alguna por una mujer; ese es un gozo que os pertenece al resto de hombres, a los que no lleváis el peso de la corona sobre vuestras cabezas.

Noté un pinchazo en el pecho ante aquellas palabras que mostraban al Louis más vulnerable.

Normalmente, en asuntos de Estado, era un rey implacable, de resoluciones firmes, a quien el pulso no le temblaba por muy difícil y controvertida que fuera la decisión que tuviera que tomar.

Pero, en cuanto al amor que tanto parecía anhelar, Louis era un hombre que jamás lograba del todo lo que en verdad deseaba.

Y tenía razón: él menos que nadie podía permitirse sentir debilidad por una mujer.

Dejó escapar un largo suspiro y se giró hacia el mapa que aún presidía la mesa, como si intentara hallar en él las respuestas a los dilemas que lo atormentaban. Sus dedos tamborilearon sobre la superficie de la mesa, un tic que había aprendido a interpretar como señal de su creciente irritación.

—Madame de Montespan ha sido una figura importante en mi corte y en mi vida personal. De resultar culpable, las consecuencias serían terribles —argumentó—. ¿Qué pensarían mis enemigos de mí si supieran que he mantenido a mi lado a una mujer que, en apenas un parpadeo, está dispuesta a traicionarme?

—Que sois un rey débil.

—Sí, así es. Y no puedo permitirme que ni uno solo de mis enemigos crea eso de mí. Porque si hay un solo resquicio de duda acerca de mi fortaleza, los enemigos de Francia atacarán con fuerzas renovadas.

Entendía lo que me estaba pidiendo, pues eran muchos años a su lado. Conocía bien su manera de pensar y actuar, pero esperé a que formulase la orden en voz alta.

—No detengas a Madame de Montespan aún. Lo harás solo cuando no queden dudas sobre su implicación e, incluso entonces, la traerás ante mí en el más absoluto secreto. Investiga y sé discreto respecto a ella, pero consígueme pruebas fehacientes de su traición.

—Así lo haré, majestad.

Fue entonces cuando volvió el rey, y el joven Louis que yo había conocido quedó de nuevo sepultado bajo el peso de la ira del tirano. Giró sobre sus talones con una expresión que helaría la sangre del más valiente. Sus ojos, normalmente azules, ahora se mostraban encendidos como brasas.

—¿Es Humières el noble de más alto rango implicado hasta ahora en esta conspiración? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta.

—Eso creemos, majestad .

Louis caminó hacia una de las ventanas del Gabinete del Consejo y miró al exterior. Observé su silueta recortándose contra la luz menguante del atardecer, aguardando la siguiente orden.

—Humières —repitió en voz baja, como si probara el amargo sabor de aquel nombre en su lengua—. Un traidor disfrazado de noble. Y sigue viviendo y disfrutando de mi corte como si nada, mancillando los pasillos de mi palacio con su vil presencia.

—Majestad, hasta que tengamos pruebas irrefutables, sería arriesgado acusarlo abiertamente. Si se siente descubierto, podría huir o actuar con mayor desesperación.

Se giró lentamente hacia mí, y en su mirada pude ver arder una determinación férrea.

—¿Alguna vez has participado en una cacería, Gérald?

—Sí, con vos, majestad.

—¿Cómo se consigue una pieza?

—Depende del animal. A veces hay que sacarlo de su guarida, perseguirlo o azuzarlo.

—Otras veces, hay que hacer que confíe en que no hay amenazas a su alrededor —sonrió con astucia—. Si queremos que Hubert revele sus intenciones y la identidad de sus cómplices, debemos espiarlo más íntimamente.

—¿Qué sugerís? —pregunté, aunque una sensación de inquietud comenzaba a formarse en mi interior.

Louis avanzó hacia la mesa del mapa y golpeó su superficie con la palma abierta, determinando así la decisión que acababa de tomar.

—Le tenderemos una trampa que le haga bajar la guardia; así confiará en que puede actuar con mayor libertad. Debemos hacerle creer que sus planes avanzan sin obstáculos, que tiene aliados en lugares donde en realidad no los tiene, que su lealtad hacia mí tiene recompensas.

Consideré sus palabras.

—Es una estrategia peligrosa, majestad, pero efectiva. Si Humières percibe impunidad dentro de la corte, podría revelar más de lo que sabemos.

—Exacto. Hubert siempre se queja de que ninguna dama acepta sus propuestas de matrimonio, de que su ducado morirá con él si no consigue descendencia.

Lleva tiempo pidiéndome que le arregle un casamiento, algo a lo que me he negado siempre, puesto que lo persiguen esos terribles rumores de haber envenenado a su primera esposa.

Entendí de inmediato lo que estaba sugiriendo.

—¿Qué dama consideráis apropiada para entregarle, majestad? —pregunté—. ¿Madame de Montespan? Sería una buena manera de castigarla y, a la vez, poner a prueba su lealtad.

—No, no estaba pensando en Madame de Montespan.

—Entonces, ¿quién, majestad?

—Lucille de Valois.

El color se desvaneció de mi rostro y mi mano se apretó alrededor de la empuñadura de mi espada, un gesto que Louis captó al instante.

—¿Eso te causa algún problema, capitán?

—Ninguno en absoluto, majestad —respondí, mintiendo con una calma tensa. Sabía que no había más que discutir. Cuando Louis tomaba una decisión, no había fuerza en el mundo que pudiera hacerlo cambiar de opinión—. Iré a comunicarle a mademoiselle de Valois vuestra decisión.

—No harás tal cosa, Gérald. Mañana a primera hora la mandaré llamar y la informaré de su destino. Retírate y continúa con tu trabajo. Quiero ese diario descifrado antes de que termine la semana.

Incliné la cabeza, aceptando el peso de su advertencia.

—No os fallaré.

Pero en lo único que podía pensar es que Lucille pronto pertenecería a otro hombre.

Un hombre que no era yo.