Gérald XIII
C erré de un estruendoso golpe la puerta de mi despacho.
¿Cómo había permitido que las cosas se me escaparan de las manos de aquella manera, con ella?
Esa pregunta me perseguía sin descanso. Había perdido el control, un acto imperdonable para un hombre con mi cargo.
Debía mantener la cabeza fría, ser inflexible y calculador, pero cuando tenía a Lucille cerca, todos mis propósitos se perdían en sus ojos.
Me dejé caer en la silla tras mi escritorio, pasando ambas manos por mi cabello mientras el eco de sus jadeos en el carruaje volvía a mis oídos.
Su mirada herida y desafiante no me abandonaba.
Ella era la encarnación de la tormenta, capaz de llevarme al borde de la razón y hacerme desear lanzarme de cabeza al abismo.
—Maldita seas, Lucille de Valois —gruñí, frustrado.
La había dejado convencerme para no perseguir al traidor de su hermano, cuando era mi deber y mi obligación, y no solo eso: había estado a punto de sucumbir a aquella tentación que toda ella encarnaba.
¿Es que no había aprendido la lección tras lo ocurrido con Ophélie?
Enredarse con damas no era una buena idea. Y menos, con mis inclinaciones.
Unos golpes en la puerta me devolvieron a la realidad.
—Adelante.
Henri asomó la cabeza.
—Capitán, ¿es un mal momento?
—Siempre lo es en este palacio, Henri. Entra.
Obedeció, cerrando la puerta tras de sí .
—Tal y como has ordenado, he sustituido los guardias de los Apartamentos Reales por mosqueteros.
—Una decisión que no gustará a Bontemps. En breve recibiré sus quejas, estoy seguro. —Puse los ojos en blanco—. Ese hombre está obsesionado con el protocolo.
—En efecto, hubo descontento por parte de Bontemps, pero le informé que era una orden tuya y no tuvo más remedio que claudicar.
—Bien. ¿Qué más?
Me alargó un papel con el sello de nuestra orden.
—El informe diario de los mosqueteros de París, capitán.
—¿Algo destacable?
—Por el momento, no.
—En breve recibiremos registros de la Bastilla. Quiero que nadie ponga su mano en ellos, excepto tú. En cuanto lleguen, guárdalos en mi despacho. Bajo llave, Henri —indiqué.
—Así se hará, capitán.
Deposité el diario de Humières sobre la mesa. Henri esperó a que yo hablara antes de hacer ninguna pregunta al respecto.
—¿Recuerdas las lecciones de criptografía que te di al convertirte en teniente?
—Sí, capitán.
—Bien, porque las vas a necesitar. Tenemos tres letras descifradas, de momento. Deberían ser más que suficientes para romper el código del diario, por lo que confío en ti para que avances con esto.
Henri asintió y se aclaró la garganta.
—Capitán, pondré todo mi empeño en ello, pero necesitaré tiempo para descifrarlo por completo.
«Tiempo es precisamente lo que no tenemos», pensé .
Cada segundo que aquel diario permanecía cerrado para nosotros, los conspiradores de la Nueva Fronda seguían operando con impunidad.
Observé a Henri por un momento. Era joven, y también leal y competente. Había demostrado su valía en varias ocasiones, y si alguien podía manejar un encargo tan delicado, era él. Confiaba en su despierta inteligencia.
—Concéntrate en ello, Henri, y en nada más.
—Sí, capitán.
—Y una cosa más: nadie en la orden debe saber que tenemos este diario, ¿entendido?
—Entendido.
—Esto no es solo un rompecabezas. Es una carrera contra reloj. No me falles.
—Nunca, capitán.
Mi teniente volvió a asentir con determinación y salió del despacho, dejando tras de sí una sensación de inquietud que no lograba disipar, y que tenía un solo nombre: Lucille.
El peso de lo ocurrido entre nosotros me oprimía el pecho.
Necesitaba hablar con ella, aunque fuera para aclarar lo que había sucedido en el carruaje.
Pero antes de que pudiera siquiera imaginar cómo abordarla, otro golpe en la puerta interrumpió mis pensamientos.
—¿Qué pasa ahora? —pregunté con un gruñido.
La puerta se abrió y, para mi sorpresa, Aurore apareció al otro lado. Su mirada era pura resolución, tal y como era habitual en la duquesa de Orleans.
—Alteza —dije, levantándome de inmediato—. ¿Qué os trae aquí?
—Déjate de alteza, Gérald —respondió ella con tono firme, cerrando la puerta tras de sí con aquella energía que la caracterizaba.
Era inteligente y perceptiva, y no dudaba en enfrentarse a cualquiera, incluso a mí, cuando lo consideraba necesario, por lo que me preparé para lo que tuviera que decirme—. Vengo en busca de respuestas.
—¿A qué os referís exactamente?
—No te hagas el desentendido. Sabes con total certeza a qué me refiero. ¿Qué ha ocurrido en ese carruaje?
Un calor incómodo subió por mi cuello. No era algo de lo que quisiera hablar, y mucho menos con la mejor amiga de Lucille.
—Lo que ocurrió entre mademoiselle de Valois y yo no es asunto de nadie más.
Aurore arqueó una ceja, con una expresión que parecía decir: “¿De verdad crees que esa respuesta será suficiente para que te deje en paz?”.
—Permíteme corregirte, capitán —dijo, airada—. Es asunto mío cuando mi amiga aparece magullada y devastada emocionalmente. Y es asunto tuyo, como hombre de honor, enfrentarte a las consecuencias de tus actos.
Su acusación me golpeó como un mazazo. Aunque odiaba admitirlo, tenía razón. Había cruzado una línea que me había prohibido traspasar, y ahora debía lidiar con las consecuencias.
—Lo sé —respondí al fin, con un suspiro pesado—. Fue un momento de debilidad, de furia. Nunca debió pasar.
—¿De debilidad? ¿Así llamas al deseo? No me hagas reír, Gérald. ¿Por qué a los hombres os cuesta tanto admitir la verdad? Es insoportable tener que lidiar con vosotros.
—Puede que tengáis razón.
Aurore me miró durante unos segundos que se hicieron eternos, evaluándome.
—Lucille va a matarme por esto. Pero en fin, Julio César decía que la fortuna favorece a los valientes.
—Tomó aliento, sin dejar de traspasarme con sus ojos dorados—.
Ella puso sus ojos en ti desde el primer día.
Si la correspondes en su deseo, y todo parece indicar que así es, compórtate como un hombre y trátala como se merece. Si no, apártate de ella de una vez.
No respondí, lo que provocó hilaridad en la duquesa de Orleans.
—Es increíble —rio con amargura—. Los hombres domináis el mundo a vuestro antojo, pero a la hora de mirar dentro de vuestro corazón, sois peores que niños.
—Alteza, no hay nada que mirar dentro de mi corazón.
—No digas tonterías, Gérald. Sé que desprecias a los nobles de los que vives rodeado. Eso me ha quedado muy claro y, en parte, comparto tu opinión. La mayoría de ellos son tan estúpidos como una vaca.
Se me escapó una sonrisa. Aurore y yo habíamos compartido muchas horas muertas jugando a las cartas ahí abajo, en las mazmorras, mientras Philippe de Orleans estaba en el frente.
Ya me había acostumbrado a sus salidas de tono, tan impropias de una dama.
Aunque, claro, Aurore no había nacido noble. Quizá por eso la apreciaba.
—El único pecado de Lucille ha sido desear conocerte, mientras tú insistes en comportarte como un ser desalmado.
Me parece muy bien que seas el temible capitán de los mosqueteros, con una fama que hace temblar a toda Francia, pero de vez en cuando podrías bajar la guardia y permitirte un poco de alegría en tu vida.
—Alteza, ¿qué alegría voy a permitirme cuando la Nueva Fronda…?
—¡La Nueva Fronda, la Nueva Fronda! —exclamó—. Déjate de excusas. Encuentra la manera de redimirte, por tu bien y el de Lucille. Porque te lo advierto: si vuelves a herirla, no tendré reparo en enfrentarme a ti, aunque eso signifique desafiar al hombre más peligroso de Versalles.
No pude evitar esbozar una mueca amarga ante su amenaza, que pronto se convirtió en una leve sonrisa. Asentí, y aunque el protocolo indicaba que debía inclinarme ante ella, no lo hice. A Aurore esos detalles le traían sin cuidado.
—Entendido, alteza. Y os agradezco que hayáis venido a hablarme en lugar de armar un escándalo.
Aurore aceptó mi respuesta como suficiente, al menos por el momento.
—Trata a mi amiga como ella quiere ser tratada, Gérald, o apártate de su camino.
Luego se giró y salió del despacho, dejándome con el alma algo más liviana, pero no menos culpable.
Más tarde, cuando el sol comenzaba a ponerse, me dirigí al Gabinete del Consejo. Louis estaba ahí en compañía de su ministro de Guerra, Louvois. Ambos estudiaban un mapa de Europa y discutían en voz baja. Me pregunté en qué nueva disputa iban a meter al reino.
Me incliné ante Louis nada más entrar.
—Majestad.
El rey hizo un gesto para que Louvois se retirara. El viejo ministro, apurado por las órdenes que seguramente acaba de recibir, nos dejó a solas con la cabeza baja. Solo entonces Louis se levantó de su trono y se apoyó contra la mesa, los dedos entrelazados frente a él.
—¿Qué novedades traes, capitán? —preguntó, sereno .
—Majestad, hemos logrado varios avances en París.
—Te escucho.
—La interpretación del diario de Humières avanza a buen ritmo.
—Antes de que termine la semana quiero resultados —dijo, con voz controlada y autoritaria—. No voy a tolerar errores.
—No habrá errores.
El rey asintió.
—¿Qué más?
—Mi teoría, a juzgar por las pistas que hemos reunido hasta ahora, es que la Nueva Fronda cuenta con alguien de sangre real. Alguien a quien sin duda quieren sentar en el trono de Francia.
—¿Quién?
—Aún no lo sé, y quizás vos podáis ayudarme a desvelar tal misterio. ¿Hubo algún preso en la Bastilla que creáis que podría ser un candidato?
—Solo mi tío Gastón. El resto son nobles, pero no de sangre real.
—Eso me temía —mascullé, sabiendo que lo que tenía que decir a continuación era lo más delicado de todo—. Majestad, tengo motivos para creer que una mujer muy cercana a vos está implicada en la conspiración.
Su boca se tensó visiblemente.
—¿Quién?
—Madame de Montespan, majestad.
Un silencio cargado cayó sobre la sala.