Lucille XIII #2
—¿Y con su majestad también es así?
—No —sonrió ella—. Louis no es como Philippe. Nunca lo escucharás utilizar palabras sucias en la intimidad. Disfruta de ejercer el control absoluto sobre ti de una manera deliciosamente apasionada. Y ese es un acto que también disfruto.
Me quedé en silencio mientras un torbellino de emociones despertaba en mi interior; su confesión no solo me sorprendía, sino que encendía una chispa de valentía en mí para admitir lo que hasta ahora había reprimido ante todos aquellos que me conocían.
—¿Es algo así lo que deseas, Lucille?
—No exactamente. ¿ Monsieur alguna vez te ha hecho daño?
—¿En la intimidad? No, nunca.
—¿Y tú crees que sentirías placer si te dañara?
—No lo creo, no.
Me armé de valor para la confesión que sentí que debía dejar salir de mi interior:
—Una vez, de pequeña, corriendo por la ribera del riachuelo que atraviesa nuestras tierras, resbalé en el lodo y caí de rodillas sobre una piedra.
Grité de dolor y mi hermano Stéphane tuvo que cargar conmigo en brazos hasta casa, porque me sentía incapaz de caminar.
—Aurore me escuchaba sin pestañear, atenta a cada una de mis palabras—.
Cuando los moratones cubrieron mis rodillas, descubrí algo de mí que quizá siempre había estado en mi interior, pero que desconocía por completo.
Me apretaba la piel magullada a escondidas de mi familia y cuando ese relámpago de dolor me subía por las piernas, cuando hundía mis dedos en la carne amoratada… sentía placer.
—¿Qué clase de placer?
—Placer íntimo. Era muy niña para identificarlo entonces, pero ahora lo recuerdo con todo lujo de detalles: el palpitar entre las piernas, la respiración acelerada, el escalofrío en la nuca, la sensación de estar a punto de caer en un abismo…
Llevo años creyendo que hay algo en mí que está roto, corrupto.
Porque, ¿acaso conoces a alguien que disfrute con el dolor?
¿Que disfrute siendo golpeada y humillada?
Aurore permaneció callada. Estaba claro que no sabía qué decir. Bajé la cabeza, avergonzada por mi confesión. Al cabo de unos pocos segundos noté cómo su mano me tomaba del mentón.
—Mírame, Lucille. ¿Entonces esto que te ha ocurrido es un juego de cama?
—Supongo que puedo llamarlo así, sí.
—¿Con quién?
—Con Gérald… —confesé.
—¿Con Gérald de la Reynie?
Asentí.
—Él no es como me has contado que es Monsieur . Hace otras cosas. Y no puedo negarlo, Aurore, cuando lo hace, cuando me controla, cuando me obliga, cuando me castiga... lo deseo más que nada y siento el placer más intenso del mundo. Uno malsano y retorcido, pero placer al fin y al cabo.
Ella se inclinó hacia mí y me preguntó en voz baja:
—¿Te duele admitirlo?
—Sí. Y no. —Tomé aire, sintiéndome más vulnerable que nunca—.
Porque sé que debería sentirme ofendida, incluso asustada, pero no es así.
Lo que siento es como si el dolor que me inflige no me rompiera, sino que me hiciera más fuerte.
Como si, en esos momentos, fuera la única manera de sentirme viva. ¿Me convierte eso en un monstruo?
Aurore me sonrió con calidez.
—Claro que no.
—Pero la Iglesia dice que…
—¡La Iglesia, la Iglesia! —se exasperó ella—. ¿Qué sabrá un puñado de hombres que creen que ser célibes es servir mejor a Dios? ¿Qué sabrán ellos de nosotras, que nos consideran un pecado andante por el simple hecho de nacer mujer?
—Cuidado con lo que dices o te tomarán por protestante.
¿Qué sería de Francia con una princesa así?
—bromeé, más tranquila al comprender que Aurore no me iba a apartar de su lado por mis perversiones.
Al contrario. Su cariño era palpable en la forma en que me miraba y en la que sus manos envolvían las mías.
—Me alegra ver que vuelves a ser un poco tú: la dama irreverente que me abrió los brazos cuando Versalles era un lugar extraño para mí.
Sus manos eran cálidas, sanadoras, las de la hermana mayor que jamás tuve, y yo confiaba en ella como en nadie en aquel palacio de secretos e intrigas.
—Lo que sientes no te hace un monstruo —dijo Aurore—.
Te hace humana. Pero tienes que tener cuidado.
Si te entregas a alguien que no entienda los límites o que no valore tu consentimiento, puedes salir muy dañada.
Su majestad me lo dijo una vez: “El poder sin control es crueldad”. ¿Crees que Gérald lo entiende ?
No supe qué responder. En ese momento, lo único que podía recordar eran las marcas en mi cuerpo y el modo en que sus ojos oscuros se clavaban en los míos, como si quisiera poseer mi alma. Y lo dispuesta que yo estaba a que lo hiciera.
—No lo sé. Creo que se resiste a sucumbir, a pesar de que me desea. Eso sí lo sé.
—Bueno, ahora tendrás que explicarme cómo has pasado de desearlo en silencio a que te deje el trasero rojo como una manzana madura. Porque tengo la sensación de que me he perdido varios capítulos de esta historia.
—Eso es porque estabas muy ocupada en la chambre du roi —le guiñé un ojo.
Aurore tuvo la decencia de enrojecer.
—Sí, definitivamente, vuelves a ser Lucille de Valois.
Ambas nos echamos a reír y, por primera vez en horas, me sentí a salvo.
En casa.