Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Lucille XIII
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Lucille XIII

M onsieur tuvo la gentileza de no interrogarme.

Me condujo por los pasadizos que utilizaban los sirvientes para moverse a través del palacio en un respetuoso silencio, sin pronunciar una sola palabra.

El calor de su capa de viaje sobre mi piel era reconfortante.

Olía maravillosamente bien. Su brazo rodeándome los hombros mientras me guiaba también ayudó a tranquilizarme.

—No sé qué habría hecho si no hubieseis estado vos en las caballerizas —dije, tras lo que me pareció una eternidad.

—Teniendo en cuenta la visión de vuestros preciosos pechos, posiblemente hubierais alegrado la vista a todos los mozos de los establos y ahora Versalles tendría un nuevo chismorreo en sus salones —respondió, y percibí su sonrisa apenas iluminada por las escasas velas que alumbraban aquellos corredores.

Quise reírme ante aquel comentario mordaz, tan típico de él, pero mi garganta estaba seca. Me limité a mirarlo de reojo, reconociendo la verdadera intención tras sus palabras: distraerme de mi pena.

—¿Os burláis de mí, alteza? —murmuré, apretando más su capa contra mi pecho.

—Jamás —respondió, con esa mezcla de ironía y amabilidad que era cada comentario de Philippe de Orleans—. Pero admitiréis que tenéis un talento especial para atraer miradas, mademoiselle.

—Dios me bendijo con ese don, en efecto.

Él no se dejó engañar por mi intento de bromear con la situación. Detuvo sus pasos y me tomó por los hombros, aún cubiertos por su propia capa.

—Mademoiselle, ¿qué ha pasado realmente?

Las palabras no acabaron de llegar a mi garganta. ¿Qué podía decirle? ¿Que había sido una idiota al creer que podía conseguir a Gérald, que había permitido que mis propios e indecentes deseos me arrastraran a un abismo de vergüenza?

—No importa —contesté, obligándome a sonreír para tranquilizarlo—. Solo quiero que sepáis que no es culpa de Gérald.

Monsieur suspiró, sin insistir más. Me guio gentilmente hasta los Apartamentos del Príncipe y me indicó que entrase en mi habitación.

—Aurore está con su majestad, pero iré a buscarla de inmediato. Esperadla con una copa de vino. O puede que dos.

Antes de entrar en mi aposento, lo miré a aquellos ojos azules, tan gentiles como altivos.

—Gracias, alteza. Por no preguntar más.

Él inclinó ligeramente la cabeza, si bien sus labios se curvaron en una sonrisa que dejaba entrever su humor mordaz.

—Siempre al servicio de mujeres que me complican la vida.

No pude evitar sonreír.

Entré en la habitación, cerrando la puerta tras de mí, y me apoyé en ella por un momento.

Fue entonces, justo en ese instante de soledad, cuando todo me sobrevino y me derrumbé.

Bastien, un traidor, y Gérald, un desalmado.

Bastien, al que había intentado salvar, al que quería creer aún capaz de redención.

Y Gérald, con su feroz pasión y su mirada implacable, capaz de destruir todo lo que tocaba sin importar las consecuencias.

Me llevé las manos a la cabeza, sintiendo la presión de la tensión en cada fibra de mi ser.

El corazón me latía alocado, incapaz de proporcionarme un instante de paz.

Mi familia, mi vida, mis decisiones… ¿Qué quedaba de todo aquello si terminábamos todos atrapados en las mismas redes de la traición y el deseo?

Tuve que reunir todas mis fuerzas para apartarme de la puerta. Dejé la capa de Monsieur sobre la cama y me acerqué al espejo de pie.

El reflejo me permitió ver las consecuencias físicas de lo que había ocurrido en el carruaje.

Mi cuello, marcado por las huellas de la furia de Gérald, me recordaba lo débil que era en los duros brazos del capitán de los mosqueteros.

No quería ser débil. Y, sin embargo, lo era.

Lo era por él, que también me deseaba, pero me negaba una y otra vez.

¿Por qué? No lo comprendía, y el no entenderlo me destrozaba por dentro.

Me hacía sentir sucia, una vil criatura que se dejaba arrastrar por sus más bajos instintos.

Y luego estaba Bastien, huyendo de mí, incapaz de confiarme en lo que estaba involucrado. Dios mío, ¿de verdad formaba parte de la Nueva Fronda? ¿Cómo iba a rogarle un indulto a Louis si yo misma dudaba de la lealtad de mi propio hermano?

Una exclamación de espanto me sacó de mis lúgubres pensamientos:

—¡ Sacrebleu !

Aurore había entrado sin llamar, probablemente alarmada por la urgencia con la que su esposo había ido a buscarla. Su bonito rostro palideció al verme en aquel desastroso estado: el vestido hecho jirones, despeinada y marcada en cuello y mejillas por las manos de Gérald

—¿Quién te ha hecho esto?

—Yo misma, amiga mía —confesé, derrotada.

Cerró la puerta tras de sí y se acercó a mí con cautela.

—Lucille, por Dios… Philippe me ha hecho jurarle que no te preguntaría nada. Al infierno con eso. ¿Qué ha ocurrido ?

—Te aseguro que hablaré, pero… ¿Tendrías algún remedio para esto?

Me incliné sobre la cama, me levanté lo que quedaba del vestido hasta la cintura y dejé al aire mi trasero castigado. Era lo que más me dolía, además del corazón.

Aunque no podía verle la cara a Aurore, sí sentí su exhalación de sorpresa al ver mi piel al rojo vivo.

—Vuelvo enseguida. Y tú ve preparando una buena explicación, porque la voy a necesitar.

El ungüento sobre mi piel, frío y con un intenso aroma floral, me produjo una inmediata sensación de profundo alivio.

—¿Qué es? —le pregunté a Aurore, quien lo aplicaba en silencio en la piel de mis nalgas.

—Caléndula —respondió ella, con mal disimulada sequedad. Estaba molesta por mi obstinado silencio, y no podía culparla por ello—. ¿Quieres que te lo ponga en el cuello y en la cara, también?

Dudé un segundo. Una parte de mí, una oscura y retorcida, quería lucir aquellas rojeces que pronto se convertirían en moretones.

Deseaba conservar esas marcas sobre mi piel, porque eran de Gérald y porque me producían un malsano placer.

Pero pronto se impuso la razón: no podía regresar a los salones con aquel cruel collar decorando mi garganta sin levantar las más variadas habladurías.

—Yo misma lo haré. Gracias.

—Muy bien —aceptó, y apartó el ungüento para dejarlo en mi mesita auxiliar. Luego, tomó aliento mientras me cubría las piernas con las sábanas—. Ahora, habla .

Me incorporé, dolorida, y la miré a los ojos.

Si Louis y Philippe ya sabían que yo era una espía y sospechosa de ser la hermana de un traidor, ¿por qué no podía ser sincera con mi única amiga? Odiaba tener que ocultarle algo así, pero no me quedaba otro remedio.

En cambio, sí podía decirle la verdad sobre mis heridas.

Sobre un aspecto de mí que jamás le había confesado a nadie, porque me avergonzaba, porque no era normal, porque me convertía en un monstruo.

No sabía qué pensaría Aurore de mí si, al fin, lograba verbalizar lo que ocultaba en mi corazón.

Aun con ese miedo, me dije a mí misma que era lo mínimo que le debía a quien solo me había demostrado cariño y lealtad.

—Si te cuento algo privado, íntimo, que me avergüenza profundamente… ¿Te escandalizarías, amiga mía?

Ella chasqueó la lengua.

—Comparto mi vida con un hombre que disfruta acostándose con otros hombres. A menudo delante de mis propios ojos.

—¿Y eso no te ofende?

—No, au contraire . Lo disfruto sobremanera. Forma parte de quién es Philippe, y yo soy feliz cuando él es feliz.

—De acuerdo —asentí. No sabía bien cómo continuar ni cómo explicárselo—. ¿Alguna vez has sentido que lo que deseas no es… normal?

—Define normal.

Tomé aliento para reordenar mis pensamientos.

—No conocí la intimidad con un hombre hasta que me instalé en Versalles con dieciocho años.

Nunca me atreví a hacerlo en Tarbes porque es un lugar pequeño y yo, la única hija de los señores.

Hubiera sido un escándalo, claro. Cuando vine a vivir a la corte, no pude contener más mi curiosidad y me acosté con Raoul de Brissac.

Fue placentero y divertido, como con la mayoría de hombres que le siguieron.

Sin embargo, aquellos encuentros nunca me parecieron suficientes.

—¿En qué sentido? —Aurore ladeó la cabeza, interesada.

—En el sentido de que lo que realmente deseas hacer con un hombre… no lo haces. Porque está mal. ¿Entiendes a qué me refiero?

Mi amiga sonrió, comprensiva, y me tomó de la mano.

—Déjame que te cuente un secreto —me dijo—. Yo, al igual que tú, llegué a Versalles virgen. No había estado con ningún hombre más allá de algún beso y poco más.

Aquella confesión me dejó estupefacta.

—¿Significa eso que tu primer amante fue su majestad?

Ella sonrió aún más, y su voz se llenó de picardía.

—No. Fue Philippe. Te ahorraré los detalles que me llevaron a su cama en mi primera vez; no vienen al caso ahora.

Lo que quiero decirte es que antes de él no hubo nadie.

Ni siquiera sabía qué esperar de un hombre.

Y bueno, con su alteza te puedo asegurar que las cosas no funcionan como los curas nos inculcan desde los púlpitos.

—Estoy segura de que no.

—Su alteza es un hombre complejo, Lucille.

Su mente siempre está un paso por delante de la de todos los demás, y eso incluye en la cama.

—Hizo una pausa, su mirada fija en la mía, como si calibrara hasta dónde podía llegar en su confesión—.

Le gusta jugar, provocar y sí, le encanta soltar…

perversidades mientras nos acostamos. Muy explícitas y con palabras que yo jamás había escuchado pronunciar. Mucho menos a un noble.

—No sé por qué, pero no me sorprende nada eso de Monsieur .

Ambas sonreímos, cómplices, y ella no me soltó la mano en ningún momento.

—Amar a Philippe me ha enseñado un par de lecciones importantes: la primera de ellas es que los deseos no tienen por qué avergonzarnos. Lo que ocurre entre dos personas que lo deseen no es un pecado.

—¿Y la segunda?

—Que escuchar a su alteza verter en mi oído ese sinfín de obscenidades es un hecho que disfruto en su totalidad y no pienso pedir perdón por ello.

Aquello, por supuesto, despertó mi curiosidad.