Gérald XII #2
No pude contenerme. No quise contenerme. Enredé mis dedos en su cabello de ébano, tirando de él con la fuerza justa para arrancarle un gemido de rendición. Su cuello se arqueó, dejando expuesto el pulso frenético que latía bajo su piel pálida.
—¿Esto es lo que querías de mí? —Mi voz salió áspera, ronca, obligándola a mirarme. El brillo en sus ojos era un grito silencioso que demandaba ser acallado. Sus labios temblaban, pero no era miedo lo que veía en su rostro. Era un hambre que jamás había sido saciada.
Mi otra mano se deslizó por su cuello, lenta, deliberadamente, dejando un rastro invisible sobre su piel hasta detenerse justo en el límite de sus pechos. Su respiración se cortó, y el sonido que salió de su garganta fue casi un rugido.
—Más… —jadeó, un ruego que se convirtió en un desafío al instante—. Más.
Estaba a punto de devorarla viva. Y ella sabía perfectamente lo que podría llegar a hacerle si perdía el control.
—Te dije que nunca te daría lo que tanto deseas —mascullé, contemplando su orgullo herido y su sumisión absoluta.
—¿Y qué hay de lo que deseas tú, mon capitaine ?
Incapaz de contenerse más, Lucille se incorporó y se montó a horcajadas sobre mí, frotando su sexo contra el bulto en mis pantalones.
Sus caderas se empezaron a mover frenéticamente sobre mi erección, buscando alivio para el fuego que ardía entre sus piernas.
Aquel simple roce estuvo a punto de enloquecerme por completo.
—Por favor… —Su plicó, clavándome las uñas en los hombros, la voz ronca llena de necesidad.
—Por favor, ¿qué?
—Te necesito dentro de mí ahora.
El sudor perlaba sus mejillas enrojecidas, especialmente aquella que había recibido la bofetada, y sus pezones se erguían duros bajo los jirones en que yo había convertido su bonito vestido.
Estaba preciosa y la quería para mi uso y disfrute más que a cualquier otra mujer que hubiese conocido jamás.
Lucille sobre mí, su cuerpo caliente y sudoroso frotándose contra el mío como una fiera salvaje, estaba a punto de hacerme claudicar.
No faltaba demasiado para hacerme perder el control por completo.
Quería reclamarla como mía, quería hacerla gritar de dolor y placer, quería que se deshiciera en mis manos. Quería venerarla y quería dañarla.
Mis manos aún ardían por los azotes que le había propinado y, sin que pudiera evitarlo, se aferraron a sus caderas, guiando sus movimientos. Gruñí, sintiendo cómo su sexo húmedo se restregaba contra mi erección, aún aprisionada en mis pantalones. Me iba a volver loco.
Mi boca se apoderó de sus pechos como si fueran la única fuente de vida que me quedara y mordí hasta arrancarle un gemido feral.
Sus pezones se endurecieron, calientes, temblando con cada lamida de mi lengua.
Tiré de su cabello para arquear su cuerpo hacia mí, mientras mi otra mano se cerraba sobre su cuello con una presión firme, marcando mi posesión en su piel.
Lucille jadeó al tiempo que hundía más y más sus uñas en mis hombros, dibujando líneas ardientes que me hacían gruñir de placer.
Su respiración se cortaba con cada apretón de mis dedos en su cuello, y sus gemidos se transformaban en algo más profundo, más salvaje, como si su alma estuviera a punto de romperse en mil pedazos.
La sentí tensarse, su cuerpo temblando mientras el clímax se acercaba, inevitable, una ola de fuego que amenazaba con quemarlo todo.
Sus caderas se movían buscando alivio, un punto de no retorno.
Pero justo cuando su cuerpo alcanzaba el límite y estaba al borde de explotar de placer, justo cuando sus jadeos se convirtieron en gritos sordos, me detuve. Aparté mi boca de sus pechos, le solté el cuello y el pelo de mi agarre y la obligué a permanecer quieta.
—¡No! No, maldita sea, Gérald —me golpeó el pecho con furia renacida hasta que atrapé sus muñecas.
La miré con una sonrisa oscura, mis labios aún húmedos del sabor de su piel. Dejó ir un gemido de frustración que fue música para mis oídos, y en sus ojos encendidos pude ver llameante odio y envenenado deseo.
—No tan rápido —dije, sujetándola con fuerza. Percibí su desesperación, su necesidad de ser follada en aquel preciso instante—. Así aprenderás que esto es lo único que conseguirás de mí: dolor.
Lucille se mordió el labio inferior. Vi cómo se asomaban lágrimas a sus preciosos ojos y quise recogerlas con mis dedos y mi boca, pero me contuve.
—Eres odioso.
No respondí a eso. Tenía toda la razón del mundo.
Era odioso. Era odioso por la forma en que me negaba a mí mismo por temor a que mis manos se descontrolaran e hicieran un daño irreparable.
Temía perderme en brazos de una dama como ella, que estaba dispuesta a ofrecerme su cuerpo y su alma.
Lo nuestro no podía ser, por múltiples razones.
Lucille era la hermana del traidor al que yo debía dar caza .
¿Cómo podía tomarla, hacerla mía, si luego tendría que romperle el corazón cuando cumpliera con mi deber para con el rey?
El carruaje atravesó el bosque que separaba París de Versalles a una velocidad endiablada, sin que intercambiásemos ni una palabra más.
Al cabo de un buen rato, el vehículo empezó a reducir su marcha al acercarse a las caballerizas reales de Versalles.
El ambiente entre nosotros continuaba siendo espeso como la niebla en una noche de invierno.
Los jirones del vestido de Lucille apenas cubrían su cuerpo, dejando a la vista la piel marcada por mi deseo y mi crueldad.
Su silencio, más cortante que cualquier palabra, fue lo único que me entregó.
Cuando las ruedas finalmente se detuvieron, me incliné hacia ella, pero Lucille apartó su rostro, su mejilla aún húmeda por una lágrima rebelde que no quiso mostrarme.
Su odio era palpable, y podía sentirlo como un cuchillo presionando contra mi garganta, pero no dijo nada y yo tampoco hablé.
No había palabras que pudieran aplacar su furia ni reunir los pedazos de su dignidad rota.
Bajé del carruaje y le extendí la mano para ayudarla a descender, que ella rechazó.
Y entonces, como si el destino se burlara de nosotros, ambos nos dimos cuenta de que Philippe de Orleans nos observaba montado sobre su alazán blanco, al parecer listo para partir.
El duque tiró de las riendas y detuvo a su caballo justo frente a nosotros, sus ojos azules recorriendo la escena con un destello de sorpresa.
Su mirada se detuvo en el cuello magullado de Lucille y también en su vestido destrozado, que a duras penas cubría sus pechos.
Su complicado recogido se había deshecho y ahora su melena morena caía sobre sus hombros expuestos. Era la viva imagen de la deshonra .
—¿Qué demonios…? —empezó a preguntar Philippe.
Lucille, todavía medio desnuda y temblando, dio un paso hacia él.
—Alteza, ¿podríais ayudarme?
Monsieur desmontó con la elegancia natural de un noble, su capa de viaje ondeando detrás de él. Sus ojos se clavaron en mí por un instante, intentando descifrar qué había ocurrido en ese carruaje, antes de dirigirse a Lucille.
—Mademoiselle de Valois, ¿qué ha sucedido?
Ella vaciló. Su orgullo luchaba contra la necesidad de hablar. Tras unos segundos de indecisión, bajó la cabeza y se cubrió lo mejor que pudo con los restos de su vestido.
—Solo llevadme con Aurore, os lo ruego.
Philippe no titubeó; se quitó la capa y envolvió a Lucille en ella, ocultando su desamparo bajo el peso de su protección.
Luego, le tendió su mano con una galantería que me hizo hervir mi sangre.
Lucille la aceptó sin dudar, y en el instante fugaz en que sus ojos se cruzaron con los míos, su mirada se convirtió en un recordatorio punzante del dolor emocional al que la había sometido.
—Si habéis permitido un ataque a mademoiselle de Valois, capitán —dijo el duque de Orleans, con una frialdad cortante—, os aseguro que las consecuencias serán de órdago. ¿No tenéis nada que decir?
Miré a Lucille. Ella me devolvió la mirada. Luego, me dirigí al príncipe que esperaba una explicación.
—No —respondí, calmado.
Y ahí me quedé mientras Philippe se la llevaba, con el olor de su piel aún grabado en mi memoria, con la confirmación de lo que siempre había sabido: mi corazón era tan negro como mi alma.