Gérald XII
D esmonté de un salto antes de que el caballo se detuviera por completo.
Allí estaba Lucille, apoyada contra la pared del convento. Al verme aparecer, me lanzó una mirada tan obstinada como desafiante. La rabia me recorrió, semejante a un incendio descontrolado, al entender que me había desobedecido y se había puesto en peligro andando sola por las calles de París.
—¿Qué demonios hacéis aquí? —gruñí, avanzando hacia ella, y mi voz resonó como un trueno en la quietud de la calle.
Lucille no respondió.
—¡Contéstame ahora mismo! —exigí, olvidándome del trato diferencial hacia ella.
—¿O qué me harás, capitán? ¿Me arrancarás los ojos para sumarlos a tu vitrina de macabros trofeos? —replicó, furiosa.
—Si crees que eso es lo peor que le puedo hacer a una dama… es que no sabes de lo que soy capaz.
Nos sostuvimos las miradas durante unos segundos, ella con el mentón altivo y yo con los puños apretados de la rabia.
Quería castigarla por desobedecerme y ella quería abofetearme por atreverme a tratarla así y, durante ese silencio, nos convertimos en dos batientes en duelo que de ninguna manera podían ganar aquel lance en el que nos habíamos visto envueltos.
Tras lo que pareció una eternidad, Lucille dejó escapar el aire que sus pulmones retenían y confesó:
—Acabo de ver a Bastien.
Aquella revelación me enfureció todavía más.
—¿Tu hermano? —rugí—. ¿Estás confabulando con él? ¡Responde!
—¡No! —exclamó, retrocediendo un paso hasta que su espalda chocó contra el muro del convento—. ¡No es lo que parece!
—¿Entonces qué es? —Mi voz se tornó más baja, más peligrosa—. ¿Qué haces aquí, sola, encontrándote con un traidor buscado por la corona?
—Lo vi por casualidad cuando salía de hablar con Madame de Montespan —dijo, con la respiración entrecortada—. Intenté convencerlo para que regresara a Versalles, para que se entregara y pidiera clemencia. Pero no quiso hacerme caso y huyó.
Me acerqué aún más, inclinándome sobre ella, mis ojos clavados en los suyos. Apoyé ambas manos a cada lado de su cabeza, enjaulándola entre mis brazos, sintiendo el calor de su aliento mezclarse con el mío.
—¿Crees que soy un idiota? —susurré, furioso—. ¿Te das cuenta del peligro en el que te estás metiendo? ¿Del riesgo al que me obligas a exponerte?
—¡Lo hice por mi familia! —gritó, llena de desesperación.
—Tu familia, siempre tu maldita familia —murmuré, sin apartar la mirada de ella—. ¿Alguna vez piensas en las consecuencias de tus actos? ¿En lo que esto podría costarnos a todos?
Ella apretó los puños con el rostro encendido de ira.
—¿Y tú qué sabes? —escupió, con una ferocidad que me tomó por sorpresa—. Todo lo que hago es para salvar a Bastien. ¡Él es mi hermano! ¡Tú no entiendes lo que significa la lealtad a la sangre, porque tú… tú no tienes a nadie que te importe de esa manera !
Sus palabras eran dagas envenenadas, y cada una encontró su blanco. Cerré los ojos un instante, respirando hondo, antes de abrirlos y mirarla con frialdad.
—Cuidado con tus palabras, mademoiselle —le advertí, en voz baja.
—Cuidado tú con las tuyas, capitán.
Gruñí, más furioso que nunca; me sentía incapaz de razonar con ella, por lo que me giré y me dirigí hacia mi caballo.
—¿A dónde vas? —preguntó Lucille, alarmada.
—A hacer lo que tú no puedes: atrapar a tu hermano.
—¡No! —gritó, corriendo tras de mí y agarrándome la capa—. Por favor, Gérald. No lo hagas, no lo persigas. ¡Te lo ruego!
Vi el miedo y la desesperación en sus ojos, y mi furia se redobló al sentir que su rostro era una debilidad para mí.
—¡Basta! —rugí, tomándola del brazo y arrastrándola hacia el carruaje con el que supuse que había llegado hasta ahí—. Ahora mismo vamos a volver a Versalles antes de que hagas más daño.
—¡No puedes obligarme!
—Inténtalo, y verás hasta dónde puedo llegar, Lucille.
Con un movimiento brusco, abrí la puerta del carruaje. Prácticamente la empujé dentro, y yo subí tras ella, indicándole al cochero que partiera sin más dilación hacia Versalles.
El vehículo se puso en marcha de inmediato.
Dentro del carruaje, la tensión era tan palpable como su furia.
—¿Cómo te atreves a tratarme así? —me espetó, airada.
—¿Cómo te atreves tú a poner en peligro todo lo que hemos hecho hasta ahora actuando por tu cuenta? —mascullé, agarrándola de la muñeca—. Esto no es un juego.
—¡Lo sé! —gritó—. Estoy intentando salvar a mi hermano mientras tú solo piensas en tu maldita misión y tu lealtad al rey .
Nuestros rostros estaban a escasos centímetros, mis ojos fundiéndose en los suyos cuando la rabia, la frustración, todo explotó de golpe.
Y entonces, la besé.
Fue feroz, urgente, como si intentara consumir toda mi furia y la suya en un solo acto.
Estaba desbordado por la ira contenida, por todas las palabras que no nos habíamos dicho.
Sus labios se encontraron con los míos con la misma fuerza salvaje que nos arrastraba a ambos.
Sus manos se aferraron a mi pecho, primero empujándome para alejarme de ella, luego agarrándose a mi jubón para mantenerme más cerca, hasta fundirnos, hasta arder juntos.
—Te odio, te odio, te odio —repetía Lucille entre mis labios, incapaz de separarse de mí y yo de ella.
Pero su odio sabía a desesperación, a una guerra que ambos estábamos perdiendo. Sus dedos crispados arañaban mi pecho, su cuerpo temblaba entre mis brazos. Yo debía soltarla, apartarme antes de que nos consumiéramos en esta locura… pero el fuego era demasiado.
Su boca se abrió para dejar escapar un gemido ahogado cuando mis manos, firmes, la acorralaron contra la pared del carruaje.
Se retorció bajo mi agarre como si quisiera huir, pero sus labios me buscaban, me devoraban con la misma hambre salvaje.
Hasta que, de repente, me separó de ella y, con la furia de mil tormentas, me abofeteó.
El golpe resonó en el reducido espacio del carruaje, y mi cabeza giró con el impacto. Mi mejilla ardía, pero no retrocedí. Sus ojos ardían con una mezcla de ira y deseo que me desarmaba tanto como me encolerizaba.
—Maldita seas, Lucille —gruñí, inclinándome de nuevo hacia ella, mi voz ronca.
—Maldito seas tú mil veces, Gérald —respondió .
Volví a besarla, esta vez con más hambre, con más furia.
Ella me devolvió el beso con igual ferocidad, nuestras bocas enlazadas en un caos de pasión desatada.
Mis manos se deslizaron a lo largo de su cintura, tirando de ella hacia mí mientras sus uñas se clavaban en mi pecho, como si quisiera arrancarme el alma.
En ese momento, el carruaje dio un salto al pasar por un bache en el camino, pero ninguno de los dos se detuvo. El mundo exterior no existía; solo el calor abrasador entre nosotros llenaba aquel reducido espacio.
Me arrancó la capa, que cayó al suelo del carruaje y quedó en el olvido. Le quité la suya sin apartarme de su boca, incapaz de dejar de besarla, aun si Dios mismo se apareciera ante mí para ordenármelo. En ese instante, su boca era mi vida, mi honor y mi único deber.
Mis manos recorrieron su espalda hasta encontrar los lazos de su corpiño, de cuya seda tiré con rabia. Lucille no se quedó atrás: sus manos se deslizaron por mi cuello y mis hombros, despojándome del jubón y la camisa con movimientos apresurados.
—Debería azotarte por tu desobediencia —gruñí, rompiéndole la parte superior del corpiño para acceder a su piel.
—Hazlo, mon capitaine. —Me desafió una vez más, con los ojos oscuros brillando de anticipación—. Házmelo pagar si te atreves.
—Te arrepentirás de esto.
—No tanto como tú.
En aquel instante me olvidé de todo. Me olvidé de la frialdad con la que había jurado tratarla, me olvidé de que no podía permitirme distracciones, me olvidé de nada que no fuese el sabor de su boca y la sensación de tener su cuerpo bajo mi control.
Sin perder un segundo, la giré y la obligué a darme la espalda.
Lucille se apoyó con ambas manos en la pared del vehículo y me miró por encima del hombro, expectante.
Agarré el borde de sus faldas y las levanté con brusquedad hasta dejar expuestos sus muslos y su precioso trasero.
El aire frío que se colaba en el carruaje hizo que su piel se erizara, provocando un escalofrío en todo su cuerpo.
—Vas a sentir el peso de tu insolencia —dije, mi voz ronca por el deseo que aquella visión despertaba en todo mi ser.
No le di tiempo a responder. Dejé caer mi mano con fuerza sobre su nalga derecha. El sonido del impacto resonó en el pequeño espacio y se mezcló deliciosamente con el jadeo entrecortado que salió de entre sus labios. De inmediato, su piel blanca se tornó de un rosa intenso bajo mi palma.
—¿Esto es lo que quieres? —susurré cerca de su oído, inclinándome sobre ella—. ¿El ardor de mi mano en tu piel?
Lucille gimió como única respuesta, arqueando su espalda para ofrecerse aún más a mí.
La continué azotando, una vez y otra, mis manos provocando marcas rojizas en la piel cremosa de sus nalgas. El carruaje se llenó con el sonido de mis golpes y los gemidos entrecortados de Lucille, quien clavó las uñas en el tapizado del vehículo.
La mano me ardía. Su piel quemaba. Me miró por encima del hombro una vez más, con la respiración agitada y las mejillas rojas de excitación, y se giró para apuñalarme con esos ojos oscuros que mezclaban el desafío y la pura lujuria en una forma que me hacía perder el control.
—¿Eso es todo, capitán? —preguntó con la voz entrecortada por una oscura lascivia que hizo temblar mi alma.
No respondí con palabras; no necesitaba hacerlo. Sabía lo que esa piel hambrienta pedía. La abofeteé, y el revés resonó dentro del carruaje, pero no fue más intenso que la sonrisa que curvó sus labios tras el impacto recibido en su preciosa mejilla .
—Más fuerte —exigió.
Sus rodillas cedieron al deseo que la poseía, como si este fuera demasiado pesado para poderlo soportar, y cayó ante mí toda ella hecha de absoluta entrega.