Lucille XII
M e costó reconocer a la que había sido la mujer más reluciente de Versalles.
Athénaïs de Montespan, la favorita caída en desgracia, estaba sentada en un banco del claustro del convento, bajo la sombra de un viejo tilo.
El brillo que solía irradiar su presencia había desaparecido casi por completo.
Su vestido de lana gris, sencillo y sin adornos, poco tenía que ver con las opulentas galas que había lucido en los salones dorados de Versalles.
Su rostro, que una vez fue el estándar de belleza en la corte, ahora se mostraba apagado.
A estas alturas ya debería haber llegado a sus oídos que ella era la única noble que su majestad no había perdonado por su implicación con el Asunto de los Venenos, y, por lo poco que en realidad la conocía, debía sentirse profundamente humillada, aunque sus ojos claros aún conservaban un destello de aquel orgullo y astucia que un día habían enamorado a Louis XIV.
Athénaïs y yo nunca habíamos sido cercanas: ella consideraba a cualquier dama más joven que ella como una posible rival en sus afectos con el rey y yo detestaba aquellas ansias de poder que la hacían comportarse como una déspota con su círculo de amigas.
Nuestros encuentros solían ser tensos, disimulados bajo una capa de formal cordialidad.
Quizá por ese motivo su mirada se posó sobre mí con suspicacia cuando me acerqué a ella .
—Lucille de Valois —dijo, no sin desdén—. ¿Qué hace una dama de la corte en un lugar como este? ¿No me digas que te has decidido a tomar los hábitos?
—¿Y renunciar a los placeres de Versalles? Jamás, Madame.
—Ya me parecía a mí. ¿Qué te trae a mi austera jaula, pues? ¿Vienes a regodearte en mi caída?
—No, Athénaïs. Nunca me gustaste, no lo negaré, pero no forma parte de mi carácter disfrutar de las desgracias ajenas.
—Entonces supongo que vienes buscando consejos sobre cómo seducir a Louis. No creas que se me escapó cómo lo mirabas cada vez que te cruzabas con él en los salones.
—Su majestad es un hombre muy atractivo, lo admito. No obstante, te equivocas de nuevo: tampoco vengo a eso. No tengo el más mínimo interés en convertirme en su nueva favorita.
Athénaïs arqueó una ceja, dejando caer el rosario que tenía entre las manos sobre su regazo.
—Claro. Se me olvidaba la amistad que te une con la ahora duquesa de Orleans, esa criatura pedestre que me robó lo que era mío.
—El rey pertenece a Dios y a toda Francia, no a una sola mujer.
—Sacia mi curiosidad de una vez, Lucille, y dime qué quieres de mí.
Tomé aliento. Lo que estaba a punto de decir podía cambiarlo todo y, si salía mal, acabar conmigo.
—Quiero unirme a la Nueva Fronda.
—¿Cómo dices?
—Ya me has escuchado: quiero luchar con vosotros.
—¿Qué te hace pensar que soy una repugnante frondera?
Me incliné hacia ella, sonriendo con fingida complicidad.
—Hubert me lo dijo.
—¿Hubert?
—El duque de Humières, no disimules. Todo el mundo sabe que él fue tu mentor hace años, cuando aún no te habías desposado con tu marido ni pisado la corte.
Tuvo la decencia de sonrojarse.
—Él y yo…
—No te juzgo, Athénaïs. Una mujer tiene que hacer lo que tiene que hacer para sobrevivir. Y Hubert es un hombre muy rico. ¿Quién podría culparte por meterte en su cama a cambio de agasajos?
No respondió de inmediato. En lugar de eso, acarició lentamente el rosario en su regazo, quizás buscando en él la paciencia que mi presencia parecía estar agotando.
—Deberías ser más prudente en tus palabras, Lucille.
—Nunca me ha interesado la prudencia. La justicia, en cambio, sí.
Soltó una risa llena de amargura.
—La justicia. ¿Y qué sabrás tú de la justicia, joven ilusa?
—Sé que la justicia solo llegará cuando la luz del Rey Sol se apague de una vez por todas.
—¿Y qué ganarías tú, si Louis cayese?
—Que mi apellido volviese a tener el resplandor que se merece. Los Valois fuimos reyes de Francia hace siglos y ahora somos una línea casi extinta de la nobleza. Nos merecemos mucho más de lo que tenemos.
Por un instante, vi en sus ojos la astucia de la mujer que una vez dominó Versalles. Se inclinó hacia mí como una serpiente dispuesta a atacar.
—¿Y si te pidiera que hundieses una daga en el corazón de Louis? ¿Y si luego tuvieras que terminar con Philippe de Orleans? ¿Y envenenar a los descendientes de ambos hermanos hasta que todo su linaje quedase borrado ?
—Lo haría —mentí, sin titubear.
—¿Matarías a niños inocentes?
—En las guerras siempre hay daños colaterales.
Me agarró de la muñeca y apretó sus finos dedos contra mi carne. No me inmuté ante aquel gesto brusco y le sostuve la mirada.
—Escúchame bien, niña tonta. Lo que dices podría costarte la cabeza. Si Louis tuviera la más mínima sospecha de lo que acabas de insinuar, no habría convento que pudiera salvarte.
—Entonces, me siento afortunada de que no tengas motivos para traicionarme. ¿O sí los tienes?
Me soltó la muñeca con una risa exenta de alegría.
—Eres atrevida. Demasiado atrevida. Pero te concederé algo: también gozas de ciertas agallas.
—Athénaïs dejó caer el rosario sobre el banco de piedra y me miró, grave—.
No tienes ni idea de en lo que te estás metiendo.
Vete de aquí y no vuelvas, Lucille de Valois, si sabes lo que te conviene.
Tu apellido ya está lo suficientemente comprometido.
Esa última frase me puso en alerta.
—Hablas de mi hermano, ¿no es cierto? ¿Tú sabes dónde está?
—No. Vete y olvídate de la Nueva Fronda. Hazme caso.
Se puso en pie y supe que nuestra conversación había terminado por el momento, pero no pensaba soltar aquel hilo tan fácilmente.
Esa mujer estaba dolida con Louis, pues él la había elevado y también la había dejado caer en el fango del olvido.
Estaba segura de que intentaba terminar con él por puro despecho.
Y también sabía algo de Bastien que se negaba a decirme.
Sentí ganas de agarrarla del cabello y arrastrarla hasta que hablase, pero me contuve.
La vi alejarse, orgullosa como siempre había sido, y desaparecer en el interior del convento .
Me quedé a solas en el claustro, incapaz de moverme.
Tenía que regresar cuanto antes al Palais Royal para que Gérald no advirtiera mi ausencia, pero no pude hacerlo.
Me sentía fracasada, perdida, incluso patética.
¿A qué estaba jugando? ¿Realmente era consciente del peligro que toda mi familia, incluida yo, corría?
¿Y por qué, en medio de aquella vorágine de secretos y conspiraciones que me engullía, no podía sacarme de la cabeza el beso de Gérald de la Reynie en los jardines y el tacto de sus dedos entre mis muslos?
Me apoyé en uno de los arcos del claustro para recomponerme antes de abandonar el convento.
Fue entonces cuando distinguí la voz de un hombre que le preguntaba a una de las monjas por Athénaïs de Montespan.
Su acento me llegó a través del aire. Mi corazón se detuvo un instante, y luego comenzó a bombear alocadamente dentro de mi pecho.
Porque, aunque era una voz que no había escuchado en años, la reconocí al instante.
Bastien.
Me moví hacia la fuente situada en el centro del claustro, tratando de mantenerme fuera de su vista, pero lo suficientemente cerca para comprobar si estaba sufriendo una alucinación.
¿Qué podría estar haciendo Bastien allí, en un convento, y preguntando por Madame de Montespan?
Tenía que estar equivocada. No podía ser de otra manera.
Pero no lo estaba, y la visión de Bastien me golpeó con un dolor sordo.
Mi hermano había cambiado; no era ya el mismo muchacho rebelde que recordaba.
Había perdido mucho peso y vestía con ropas raídas y sucias, impropias de su posición.
Incluso a aquella distancia pude percibir el cansancio agolpado en sus hombros, como si llevase meses luchando contra fuerzas invisibles que lo consumían.
Aun con todo, seguía siendo Bastien, mi Bastien, y no iba a permitir que París se lo volviera a tragar.
—Necesito ver a Madame de Montespan —urgió mi hermano a la monja que le había franqueado el paso al convento—. No puedo esperar más.
La religiosa, asustada por el desfavorecido aspecto de mi hermano, negó con la cabeza de nuevo e hizo un gesto hacia las puertas del convento para que se fuera por donde había venido.
Discutieron un par de minutos más, en los que la monja no dio su brazo a torcer.
Finalmente, Bastien suspiró y murmuró algo que no alcancé a oír antes de darse media vuelta y dirigirse a la salida.
Me puse en alerta ante el temor de perderlo. No podía dejarlo ir, no después de tanto tiempo buscándolo.
—¡Bastien! —grité, sin pensar, saliendo de mi escondite.
Mi hermano se detuvo, rígido, y luego se giró con el rostro pálido.
—Lucille… —susurró, como si no pudiera creer que estaba allí.
Sus ojos se encontraron con los míos, y por un momento pensé que iba a echar a correr para huir de mí. Llegué hasta él antes de que cambiara de idea y lo atrapé por el brazo, histérica.
—¿Qué haces aquí? ¿Dónde has estado? ¿Sabes todo lo que…? —Mi voz tembló y mis palabras se detuvieron. Lo abracé loca de contenta, estrechándolo entre mis brazos con todas mis fuerzas.
Él me devolvió el abrazo, aún confuso por mi presencia, aunque enseguida me separó de él.
—No puedo quedarme, Lucille —dijo rápidamente, con la mirada huidiza—. Y tú no deberías estar aquí.
—¡Tampoco tú! —le recriminé—. ¿Eres consciente de lo que te harán si te encuentran? ¡Bastien, por el amor de Dios! ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué eres un fugitivo? ¿Por qué te uniste a la Nueva Fronda?
Las preguntas salían atropelladamente de mi boca, sin apenas dejarle tiempo para que pudiera contestarlas. Él pareció sorprendido de que hubiera descubierto su secreto, si bien se recuperó enseguida.
—No puedo explicártelo —afirmó, cada vez más nervioso—. Todavía no.
—No digas estupideces. —Apreté su brazo con fuerza—. Ven conmigo a Versalles. Hablaré con el rey, intercederé por ti.
—No, Lucille.
—Tienes que venir. Juntos le suplicaremos clemencia.
Bastien dejó escapar una risa seca y acre.
—Su majestad nunca me escuchará. Y tiene toda la razón en no hacerlo. Le he fallado y ahora debo pagar por mis errores.
Intentó irse y yo lo retuve, desesperada.
—¿Qué me estás ocultando? Por favor, habla conmigo, sabes que no te juzgaré. Sea lo que sea, podemos solucionarlo.
Mi hermano negó con la cabeza y, con un movimiento rápido, se soltó de mi agarre.
—Debo irme —dijo, retrocediendo—. Olvídate de mí, Lucille. Es lo mejor para ti, para todos.
—¡Bastien! ¡No!
Pero ya era tarde. Se dio la vuelta y desapareció por una de las puertas laterales del claustro. Corrí tras sus pasos, pero al llegar al exterior no quedaba ni rastro de él y me quedé allí, jadeando, mirando la calle vacía.
Apoyé una mano en la pared del convento, derrotada.
Estaba segura de que mi hermano escapaba de algo o de alguien.
Había derrota y temor en sus ojos, y eso no era habitual en él, quien jamás se detenía ante nada ni nadie.
¿Qué secreto guardaba Bastien que lo hacía huir incluso de mí, la hermana en la que siempre había confiado ?
Antes de que pudiera emprender el regreso al Palais Royal , el sonido de cascos rompiendo el aire me hizo girar la cabeza. Un jinete se aproximaba a toda velocidad por la calle adoquinada, y reconocí al instante la oscura figura sobre el caballo negro.
Gérald.