Gérald XI
L a imponente y aterradora prisión de la Bastilla se alzaba con sus ocho torres medievales en el sector oriental de París, rodeada por profundos fosos llenos del caudal que les brindaba el Sena.
Para muchos era un símbolo de opresión, un infierno donde la voluntad del rey se imponía con cadenas y grilletes.
Para mí, era todo cuanto había conocido en mi infancia: aquel lugar de miseria había sido mi hogar desde que tenía recuerdos.
A pesar de que a los hijos de los guardias nos tenían prohibido acceder al último piso, donde se alojaban los presos políticos de más alto rango, tanto yo como mi hermano conocíamos bien cada misterio que esas paredes de piedra ocultaban.
Al menos, así lo creía hasta hace poco. Ahora ya no estaba tan seguro.
Mientras cruzaba el puente levadizo y los guardias me abrían paso, un escalofrío se abrió paso por mi columna.
Era absurdo. Había recorrido estos pasillos miles de veces; conocía cada piedra, cada grieta, cada eco que se formaba en aquellos pasadizos repletos de celdas.
Sin embargo, desde que las sombras de la Nueva Fronda habían comenzado a ascender, mi desconfianza había crecido con su amenaza.
Las paredes que una vez me parecieron familiares ahora parecían susurrar secretos que necesitaba descubrir para continuar protegiendo a Louis.
En el patio interior, un grupo de policías parisinos estaba reunido en torno a un prisionero encadenado al que sometían al frío para torturarlo.
Me observaron cruzar con desconfianza. No los culpé por ello, si bien la orden de los mosqueteros y la policía de París solían colaborar para preservar las leyes y la seguridad de la ciudad.
Pero incluso así me veían como un rival para su teniente general, un hombre que yo conocía mucho mejor que ellos.
Me dirigí al despacho de Nicolas, cuya puerta permanecía abierta. Lo encontré poniendo orden en una montaña de papeles.
—¿Se puede? —dije, golpeando suavemente el portón.
Mi hermano levantó la vista, reconociendo mi voz al instante, a pesar de lo poco que nos veíamos. Se puso en pie con la sorpresa reflejada en su rostro.
—Gérald —pronunció mi nombre, aún incrédulo por mi presencia en sus dominios—. No esperaba tu visita.
—Las órdenes del rey son raramente anunciadas, hermano —respondí, sin molestarme en saludarlo—. ¿Cómo te encuentras?
No se acercó para abrazarme, como hubieran hecho cualquier otro par de hermanos. Hacía tiempo que él y yo nos habíamos distanciado, aunque nos comunicásemos a menudo para coordinar operaciones entre la policía y los mosqueteros.
—Me he casado.
—Enhorabuena —lo felicité.
—¿Y tú? ¿Qué tal la vida en Versalles?
—Insoportablemente pomposa.
—Imagino que ese asunto de la Nueva Fronda no te deja dormir demasiado.
—Imaginas bien. Aunque supongo que la Corte de los Milagros es lo que te quita el sueño a ti.
Él suspiró, rodeando la mesa que nos separaba.
—Crimen y robos, Gérald. Esa es mi vida. No todos tenemos el privilegio y la emoción de perseguir una conspiración nobiliaria como la de la Nueva Fronda.
—¿Hay algo que sepas a ese respecto que pueda serme de ayuda ?
Nicolas se encogió de hombros.
—Panfletos incautados, símbolos pintados en las antiguas minas de Montrouge, susurros y rumores… nada que tú no sepas ya, supongo.
—¿Tienes hombres infiltrados en la Corte de los Milagros?
—Por supuesto que no. La Corte de los Milagros es el lugar más impenetrable de París; los extraños y forasteros no son bien recibidos por el Rey Mendigo.
—¿El Rey Mendigo?
—Así se hace llamar el canalla que gobierna los barrios marginales. Nadie conoce su nombre. Louis me ordenó hace un par de años que lo apresara y lo ajusticiara, pero es imposible encontrarlo.
—¿La policía no ha entrado en ese sitio?
—He enviado varios agentes encubiertos a la Corte de los Milagros, y todos han acabado muertos… o, simplemente, se han desvanecido sin dejar rastro. Es una auténtica pesadilla. ¿Por qué lo preguntas?
—La Nueva Fronda utiliza las minas abandonadas de la ciudad para moverse, y hasta donde yo sé, buena parte de esas minas pasa por Les Halles. ¿No es ahí donde lo peor de la Corte de los Milagros se esconde?
—Sí, así es, bajo tierra. Pero supongo que no estarás insinuando que la Nueva Fronda está relacionada con una panda de criminales, ¿no? Los fronderos son nobles. Así ocurrió con la antigua conspiración y así ocurre con la nueva.
—No estoy tan seguro de eso.
—En la Corte de los Milagros odian a todo el mundo por igual: ricos y pobres. El Rey Mendigo solo acepta criminales y canallas bajo su manto. Los pobres que no les sirven de nada encuentran la muerte de la misma forma que los nobles .
—¿Crees que la influencia de la Nueva Fronda llega hasta ahí?
—Sí… y no.
Nicolas caminó hacia la ventana y miró hacia el patio, donde el desgraciado prisionero seguía siendo interrogado por sus hombres.
—Explícate —lo presioné, cruzándome de brazos.
Se volvió hacia mí, con el rostro tan tenso como si estuviera hablando con un extraño y no con su propio hermano.
—La Corte de los Milagros no es inmune a los rumores que pueblan París. Seguro que les han prestado atención, y seguro que los panfletos han alcanzado sus calles. Sin embargo, el Rey Mendigo nunca se aliaría con la Nueva Fronda.
—A no ser que ese Rey Mendigo pudiera ganar algo a cambio, supongo —aventuré.
—¿Algo como qué?
Me encogí de hombros.
—¿Dinero? ¿Poder?
Nicolas negó con la cabeza.
—Ya tiene dinero y ya tiene poder, aunque sea dentro de esa corte de locuras que regenta. Olvídalo, Gérald.
Me di cuenta de que era inútil intentar convencerlo sin pruebas de que la Nueva Fronda era mucho más interseccional que la antigua.
Temía que Nicolas, aunque jefe de la policía de París, hubiera perdido el contacto con el verdadero pueblo al que debía vigilar.
Desde que Louis lo había nombrado magistrado del reino, mi hermano parecía haber olvidado nuestros orígenes humildes, los días correteando por la Bastilla que ahora gobernaba y las noches que nos íbamos a dormir con el estómago vacío.
Se había trasladado al Quartier Saint-Honoré , cerca del jardín de las Tullerías, donde vivían gran parte de los funcionarios de la ciudad, y desde entonces se comportaba casi como un noble, a pesar de no tener título alguno.
Para él, la Corte de los Milagros, cuya destrucción el rey le había exigido, era un nido de asesinos y delincuentes, sin más lealtad que la que le prodigaban a ese misterioso Rey Mendigo.
Yo no lo tenía tan claro.
—El verdadero peligro del que deberías preocuparte está en los rumores que hablan de ese líder que está reuniendo facciones en la alta nobleza —declaró Nicolas—. Nadie sabe quién es, claro.
—¿Algún nombre que suene en las calles?
—Solo el de Monsieur . Para muchos parisinos, la rama familiar de los Orleans son los verdaderos reyes de la ciudad. Sobre todo desde que el duque se casó con una plebeya, la convirtió en princesa y fijaron su residencia oficial en el Palais Royal .
—Supongo que te referirás a los parisinos de alta alcurnia.
—No, también me refiero a los pobres. A nadie se le ha pasado por alto el trabajo que hace la duquesa de Orleans en su hospital femenino.
Además, la policía parisina no tiene acceso al Palais Royal ; el pueblo, sí.
Sus altezas organizan cada semana representaciones teatrales e infinidad de actos que atraen a intelectuales y artistas, sin importar su origen.
Louis está lejos, en Versalles; Philippe, en cambio, está aquí.
—Pero lo llaman la honte du Roi Soleil .
—No todos los parisinos; especialmente desde sus recientes triunfos militares y su segundo matrimonio.
Chasqueé la lengua.
—Sea como sea, dudo que Philippe de Orleans sea ese líder.
—Yo también lo dudo —dijo mi hermano—. Pero el líder de la Nueva Fronda es alguien parecido a él, de eso sí estoy seguro.
De todas formas, no creo que debas darle demasiada importancia.
¿Cuándo no hay conatos de rebelión en este país?
Parece que lo llevamos en la sangre y que, si no intentamos derrocar a cada rey que tenemos, no podemos llamarnos franceses.
—Puede ser, si bien es diferente cuando en una conspiración se unen la plebe y los nobles. Y quién sabe si también los criminales que conforman la Corte de los Milagros.
—Imposible. La plebe, mucho menos los peores malhechores de París, jamás colaboraría abiertamente con la nobleza.
—Sí que lo haría si el hombre adecuado los reuniera bajo una misma bandera. Tú mismo lo has dicho, Nicolas. Y creo que este misterioso líder ha salido de aquí, de la Bastilla.
—Eso no puede ser de ninguna de las maneras. Louis solo ha liberado a los implicados en el Asunto de los Venenos, a ningún noble más desde su coronación. No se le conoce precisamente por su compasión hacia aquellos que le traicionan.
«¿Y quién podría culparlo, si su propio tío intentó derrocarlo?», pensé.
—Por eso necesito acceso a los registros de prisioneros: quiero revisar todos los movimientos de los últimos cien años.
—¿De los últimos cien años? —se sorprendió Nicolas—. Será una tarea extensa.
—Tengo prisa y espero resultados pronto. Reúne esos registros y mándalos de inmediato a Versalles. Pronto abandonaré París.
—Como ordenes, hermano —dijo, aceptando que mi autoridad como capitán de los mosqueteros siempre estaría por encima de la suya como teniente de la policía de París.
Fui a marcharme cuando recordé algo más.
—Los nombres que te mencioné hace tiempo en mis cartas: Vallotton y Madame Leclair. ¿Alguna novedad?
—Ninguna. Tengo policías apostados en cada puerta de París desde que me diste el aviso de la desaparición de esos sospechosos. O están escondidos aquí, en la ciudad, o huyeron y no han regresado a sus calles.
—¿Y sabes algo de Bastien de Valois?
—Nada.
Apreté los puños. ¿Qué tan difícil podía ser encontrar a ese muchacho?
—Si tus hombres lo detienen y lo encierran en la Bastilla…
—¿Sí? —se interesó Nicolas.
—Asegúrate de tratarlo bien.
—¿Por qué?
No contesté. Nicolas me observó con evidente curiosidad, deseando saber más. No tenía intención de explicar por qué aquel joven era más que un simple nombre en mi lista de sospechosos.
—Solo hazlo, Nicolas.
Pude ver en su rostro que no estaba satisfecho con tener que limitarse a obedecerme.
—Como desees, Gérald. Espero que sepas lo que estás haciendo.
Ya había dicho todo cuanto necesitaba, por lo que abandoné su despacho sin despedirme de mi hermano.
Al recorrer los pasillos de piedra de la Bastilla en dirección a la salida, el eco de mis botas dejaba escapar el nombre de Lucille de Valois.
Bastien era un traidor, sí, pero también era su hermano pequeño.
Y si algo le sucedía a ese joven, no podría soportar la mirada dolida de Lucille, su profunda rabia. O, peor, su desesperación.
No era más que una insensatez este apego irracional que sentía por ella.
Era la hija de una familia caída en desgracia y, sin embargo, era también fascinante por todo aquello que la diferenciaba de todas las damas que había conocido a lo largo de mi vida.
Me juré a mí mismo, una vez más, que mi misión era proteger al rey y a Francia.
No a ella. Pero el juramento se sentía vacío tras haberla besado, tras haberla tomado en mis brazos, tras haberla acariciado entre los muslos.
Monté en mi caballo y tiré de las riendas con fuerza, alejándome de la Bastilla. La brisa fría de París golpeaba mi rostro, y el ruido de la ciudad me envolvía, aunque apenas le presté atención. Por un momento, pensé en regresar directamente al Palais Royal , pero un pensamiento me detuvo.
Aunque no tenía pruebas sólidas, la mención de Lucille sobre Athénaïs de Montespan era interesante. Si había algo que esa mujer sabía, debía descubrirlo antes de que fuera demasiado tarde. No perdía nada por intentarlo.
Espoleé a mi montura y cabalgué hacia el convento de las Filles de Saint-Joseph.
No sabía si encontraría respuestas allí. Pero una cosa era segura: la red de secretos se estaba cerrando, y con cada paso que daba estaba más cerca de conocer la verdad.
Y cuando la descubriera, nada podría detenerme para proteger al Rey Sol.