Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Lucille XI
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Lucille XI

M e fui a dormir airada y me levanté de igual manera.

Gérald y su arrogancia me sacaban de quicio.

Me desarmaba por completo, siempre había sido así, incluso sin intercambiar palabra alguna.

Lo peor era que cuanto más hablaba con él, cuanto más tiempo pasaba a su lado, bajo sus órdenes, más despojada me sentía de mi raciocinio.

No importaba cuántos hombres hubieran pasado por mi cama desde mi llegada a la corte de Versalles: era a él a quien deseaba, aunque me hiciese daño.

Aunque me rompiese en mil pedazos. Aunque significase mi muerte.

De pronto eché terriblemente de menos a Aurore.

Era la única con la que podía hablar de lo que atribulaba mi corazón, al menos con relación a Gérald de la Reynie.

Ella sabía bien que mis ojos se perdían en la figura tenebrosa del capitán de los mosqueteros, aunque aquel era el último pecado que le había confesado, como si reconocer en voz alta el deseo que me arrastraba una y otra vez a Gérald lo hiciera cristalinamente tangible.

Pero, ¿cómo podía siquiera mirar a los ojos a mi amiga, si me había convertido en una espía a sus espaldas?

Quería hablarle de Bastien y de la angustia que me provocaba saber que estaba involucrado en la Nueva Fronda.

Quería contarle que me había visto obligada a espiar para intentar limpiar el nombre de mi hermano.

Y, sobre todo, quería asegurarle que jamás haría nada que pudiera perjudicarla a ella o a su marido.

Pero no podía. Philippe de Orleans tenía razón: Aurore había nacido plebeya y desconocía las intrigas que se movían en los hilos de la corte.

Si le contaba la verdad, insistiría en involucrarse en mi cruzada personal y bajo ninguna circunstancia podía permitir un acto de tal temeridad.

Ya no era Aurore Bechard, sino la duquesa de Orleans y princesa de Francia.

Su estatus había cambiado y la había colocado en una posición de absoluto privilegio, así como de alta vulnerabilidad.

Al convertirse en la esposa de Philippe, también había devenido un objetivo para los enemigos de la corona.

Mortificada por aquellos pensamientos que nunca se detenían, observé cómo el sol salía e iluminaba aquel París tan gris y tan triste.

Desde el Palais Royal no podía distinguir la podredumbre de los mercados ni la hediondez de sus calles, claro, pero sabía que la miseria estaba ahí, cercada por murallas.

Desde la ventana de mi aposento solo podía ver el jardín del palacio de Philippe y Aurore, y sonreí al pensar en ambos, ahí, tan libres y mundanos como solo ellos podían serlo.

Me alejé del ventanal y tomé asiento en el secreter para escribirle una carta a Stéphane. Hacía un año que no sabía nada de él ni de mis padres, pues mis cartas habían sido interceptadas por Gérald. ¿Quién sabe qué habría ocurrido en aquellos meses de silencio, allá en mi Gascuña natal?

Querido Stéphane,

Espero que padre y madre se encuentren estables dentro de su terrible mal y que tú estés en buena salud.

Hace demasiado que no recibo noticias tuyas, y la incertidumbre de no saber de ti me pesa como un yugo.

¿Cómo os trata la vida en Tarbes? ¿Cómo progresa la cosecha este año?

Cuéntame, ¿siguen nuestras tierras resistiendo los embates del tiempo?

No puedo ocultarte que el motivo de esta carta no es solo para interesarme por ti.

Te confieso que me encuentro en un dilema imposible: Bastien ha sido implicado en la Nueva Fronda, y los rumores lo sitúan como un traidor.

Stéphane, no puedo soportar siquiera imaginar que esas acusaciones sean ciertas.

Nuestro hermano, un traidor. ¿Qué ha ocurrido para que su nombre sea manchado de esta manera? ¿Quién lo ha empujado a tales extremos?

Sé que no puedes venir a Versalles; no mientras nuestros padres estén tan enfermos. Pero ojalá estuvieras aquí. Apreciaría sobremanera tu calma y tu sentido común a la hora de afrontar esta mancha que ahora cae sobre nuestro apellido.

Por mi parte, estoy haciendo todo lo posible por limpiar el nombre de Bastien, si bien no encuentro el valor para contarte más al respecto. Te ruego que seas discreto. Si tienes noticias de nuestro atolondrado hermano, por favor, envíamelas. Es esencial que sepamos dónde está y qué está haciendo.

No puedo decir que añore Tarbes y la vida que ahí llevaba, pero sí os extraño a vosotros. Quisiera abrazarte y recibir tu consuelo. Escríbeme pronto.

Con todo mi afecto, ​ Lucille.

Doblé la carta con cuidado y la sellé con cera, usando el emblema de la casa de Orleans.

Mientras observaba cómo el sello se endurecía, me di cuenta de que mis manos temblaban.

Stéphane era desde hacía años el cabeza de familia de los Valois, aunque oficialmente el título aún lo ostentara nuestro muy enfermo padre; Mi hermano mayor siempre había sido sensato, comedido y justo en sus decisiones.

Él sabría aconsejarme, o al menos consolarme.

Su respuesta tardaría semanas en llegar, y quizá para entonces fuera demasiado tarde para los Valois, pero valía la pena intentarlo.

Y si me ocurriera lo peor tratando de ayudar a Bastien, que al menos Stéphane supiera que había hecho lo imposible, removido cielo y tierra, por salvar a nuestro hermano pequeño .

Si enviaba la carta desde el Palais Royal, Gérald no podría interceptarla como había hecho con toda mi correspondencia en Versalles, pues llevaba el sello de Philippe de Orleans. Eso me dio valor, a pesar de saber que si Gérald averiguaba la treta, perdería su escasa confianza en mí.

No me importaba. Lo prioritario era ayudar a Bastien.

Le entregué la carta a un ujier.

—Manda a un mensajero y asegúrate de que la entregue personalmente al señor de Valois.

Luego me quedé sola con mis pensamientos, atrapada entre el deseo de volver a ser la despreocupada dama que reía en los salones de Versalles y la imposibilidad de escapar de la sombría realidad que se cernía sobre mi apellido.

Horas más tarde, encontré a Gérald en la antecámara, a punto de partir. Sin mí.

—Permitidme ir con vos.

—Rotundamente no —respondió él.

—¿Por qué no?

—Porque la prisión de la Bastilla no es lugar para damas de la nobleza. —Me miró de arriba a abajo mientras se enfundaba los guantes de cuero, y luego añadió—: A no ser que sean damas traidoras, claro.

—¿Eso creéis? —respondí, mientras colocaba las manos en mis caderas—. ¿Que mi lugar solo está entre los abanicos y los perfumados salones de palacio?

—Es exactamente donde debéis estar —afirmó , sin inmutarse por mi creciente impaciencia. Se ajustó el tahalí con la espada y añadió con un tono mordaz—: Si queréis ayudar, hacedlo desde ahí. Yo me encargaré de lo que ocurre en las sombras.

—¿Y si no quiero?

Pude ver el brillo peligroso en sus ojos hechos de tinieblas, pero no retrocedí ni un centímetro.

—Mademoiselle —habló, dando un paso hacia mí—, la Bastilla es un agujero donde las almas más desesperadas se aferran al barro y los carceleros no siempre distinguen entre prisioneros y visitantes. ¿Eso queréis? ¿Hundiros hasta el cuello en la podredumbre solo por el placer de llevarme la contraria?

—No es llevaros la contraria lo que me mueve —dije, tratando de igualar la firmeza de su voz—. La vida de mi hermano está en juego.

Él suspiró, pasándose una mano enguantada por el cabello. Parecía debatirse entre darme una reprimenda o simplemente ignorarme, como solía hacer cuando me volvía más impertinente de lo normal.

—Entended esto, mademoiselle —proclamó al fin, con la paciencia de quien habla con una niña testaruda—: Cuanto menos nos vean juntos, mejor. Si continuamos mostrándonos en público, pronto cada noble sabrá que espiáis para mí. Si eso llega a ocurrir, no me serviréis de absolutamente nada.

No mostré en mis ojos lo mucho que me habían dolido sus últimas palabras, que me habían golpeado como un látigo de absoluta indiferencia.

En lugar de eso, levanté el mentón con orgullo.

—Muy bien —accedí—. Al menos, contadme qué vais a buscar a esa prisión.

—Registros.

—¿Registros?

—Sí, registros. Quiero revisar todos los nombres de quienes hayan pasado por la Bastilla en los últimos cien años.

—¿Por qué tanto tiempo?

—Porque quizá la Nueva Fronda no se refiere a alguien, sino al hijo de alguien .

—¿De quién? —me alarmé.

—Eso es lo que pretendo averiguar. —Su mandíbula se tensó por un momento—. Quedaos aquí. Por vuestra seguridad.

—Eso no me basta.

—¿Qué queréis de mí, pues?

Me acerqué a él.

—Quiero saber. Quiero ayudar. ¿De quién sospecháis?

—De todos y de nadie.

—¡Tonterías! —me exasperé—. ¿Se trata de algún bastardo de Madame de Montespan?

Gérald pareció sorprendido por haber traído a colación aquel nombre que ya no se pronunciaba en Versalles.

—¿Madame de Montespan?

—Sí, mon capitaine . La antigua favorita del rey, la que intentó recuperarlo con un absurdo elixir de amor, la que apareció entre los papeles de Le Sorcier , la…

—Sé quién es Madame de Montespan —me cortó—. ¿A dónde queréis llegar?

—A que no hay peor furia que la de una mujer despreciada —respondí.

Gérald encajó el golpe sin inmutarse, aunque vi cómo se le formaba el inicio de una perversa sonrisa en la comisura de los labios—.

Athénaïs fue amante de Louis más años que ninguna otra.

¿Cuántos hijos le ha dado a su majestad?

¿Tres, cuatro? Quién sabe, esa mujer da a luz como una coneja.

Esta vez, Gérald sí esbozó una sonrisa. Ligera y fugaz, pero sin duda se trataba de una sonrisa.

—Lo que quiero decir es que cayó en desgracia tras años de ser la dama más poderosa de Versalles y que, tras una existencia de derroches y privilegios, ahora se ve forzada a vivir recluida en el convento de las Filles de Saint-Joseph, ya que su nombre se vio envuelto en el Asunto de los Venenos.

¿Por qué no habría de creer que uno de sus hijos tiene derecho al trono de Francia?

—Es una teoría interesante —me concedió Gérald, y sus ojos brillaron de interés y… respeto. O al menos, eso me pareció—. Prometo estudiarla. Ahora debo ir a buscar respuestas a la Bastilla. Solo.

—¿Y si yo también quiero esas respuestas?

—Entonces, esperad aquí y dejadme hacer mi trabajo.

Se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo un instante y, sin mirarme, dijo:

—No me sigáis, Lucille. No os lo repetiré.

Me dejó en el ala este, con aquella orden resonando en mi cabeza.

Me asomé a una de las ventanas que daban a las caballerizas del Palais Royal y desde ahí lo vi marcharse, la capa negra ondeando al viento y el sombrero de ala ancha cubriendo su rostro cuando subió a su caballo.

Levantó la mirada solo un momento y se encontró con la mía.

Esa sonrisa fugaz, cuando me concedió el mérito de mi teoría, era un premio mezquino para la tormenta que me causaba su frialdad.

Me aparté de la ventana con brusquedad, queriendo arrancar la imagen de él de mi mente atribulada.

Pero no pude. La visión de su porte aplomado y de esa maldita mirada que me atravesaba como un cuchillo me perseguían con obstinada precisión.

Fue entonces cuando tomé la decisión: Al diablo con esperar. No me quedaría allí de brazos cruzados.

Ya no era una simple dama de la corte, ni tampoco la jovencita inocente que había llegado a Versalles sin saber que un rumor podía matar más rápido que un duelo.

Si Gérald no iba a incluirme en su cruzada, allá él.

El convento de las Filles de Saint-Joseph no podía estar tan lejos.

Iría y volvería antes de que Gérald regresase de la Bastilla y jamás se enteraría de que lo había desobedecido.

Si me descubría, su furia sería de órdago, pero la amenaza de su ira no podía ya detenerme.

No ahora. Tenía la extraña corazonada de que Madame de Montespan podía ser la clave o al menos una pista.

Nadie sabía más sobre los secretos de la corte, ni sobre el veneno que fluía en sus intrigas, como Athénaïs de Montespan.

Oculté mi rostro con la capa oscura de mi traje de montar y, con la resolución recorriendo mi cuerpo, me dirigí a las caballerizas del Palais Royal , sin mirar atrás.

El viento fresco de París me azotó la cara cuando el cochero me ayudó a subir a un carruaje.

—A las Filles de Saint-Joseph —ordené, firme.

El cochero asintió sin preguntar, y el vehículo arrancó con un traqueteo que aceleraba mi corazón. Mientras nos alejábamos de la seguridad del Palais Royal , mis pensamientos giraban en torno a las palabras de Gérald, que volvieron a mi mente, amenazantes:

«No me sigáis, Lucille».

Bueno, técnicamente no lo había seguido.

Y, en el fondo, deseaba verle enfadado.