Gérald X #3
—¿Qué otra opción tenía? —respondí—. Desde ese día, mi vida ha sido suya. Todo lo que hago es en su nombre, por él, por proteger lo que ha construido en Versalles.
Lucille no dijo nada al principio. Sus dedos continuaron jugueteando con el borde de su camisón, procesando lo que acababa de oír.
—No hay vida más allá de Versalles para nosotros, ¿no es cierto? —preguntó, al fin, aunque no había ni un gramo de tristeza en su afirmación.
—No para mí.
—Tampoco para mí —admitió.
—¿Tampoco para vos?
En sus ojos oscuros vi de nuevo aquella determinación que no hacía más que intrigarme. Un suspiro escapó de sus labios, cargado de todo lo que parecía haber guardado para sí misma, pero que, en ese momento, se desbordaba con una sinceridad cruda.
—Versalles es una jaula dorada para muchos —confesó—.
El brillo de sus salones, el poder que puedes conseguir, el esplendor de la corte…
todo eso tiene su precio. Un precio que yo acepté, dichosa, desde que puse un pie en palacio, porque a cambio obtengo más libertad de la que jamás pude soñar siendo una dama de baja alcurnia en Tarbes.
Abandonar Versalles no es una opción para mí, como no lo es para vos.
Aquella era la pura verdad, cruda y descarnada, que compartíamos. Lucille había tocado un punto que ni yo mismo había querido admitir y me sentí momentáneamente desarmado ante ella.
—Pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos —dije.
—Y somos afortunados por ello —proclamó ella, sonriente—. En Versalles, puedo ser quien quiero ser y tengo algo que nadie me puede quitar. Y lucharé por conservarlo.
La forma en que hablaba de Versalles me recordó a los días en que también yo había encontrado en la corte un refugio y una condena al mismo tiempo.
A diferencia de ella, nunca había sentido esa pasión por el hermoso palacio; para mí, era solo un campo de batalla donde el deber se imponía sobre todo lo demás.
Pero para Lucille aquel parecía ser su lugar en el mundo, que también era el mío: servir a Louis. Y, de alguna manera, eso nos unía.
Al menos, por el momento.
—¿Me permitís ver vuestra cicatriz? —pidió, sacándome de mis pensamientos.
—¿Mi cicatriz?
—La que os llevasteis por proteger a su majestad.
Negué con la cabeza.
—No.
—Es lo menos que podéis ofrecerme en compensación por cómo me habéis usado en el Deseo Prohibido.
—¿Usado, mademoiselle? Estábamos trabajando.
—¿Y no sentís ni un ápice de remordimiento por cómo me habéis exhibido en las sombras? —dijo, acercando su rostro al mío.
A la escasa luz de las velas que nos alumbraban, con el cabello azabache suelto y sus mejillas libres de maquillaje, estaba más hermosa que nunca.
Lucille seguramente creía que yo jamás me había fijado en ella antes de convocarla a las mazmorras para interrogarla sobre Bastien de Valois.
Si tan solo supiera que mis ojos la buscaron desde el primer día que pisó la corte.
Versalles era un paraíso hecho de oro donde la presencia de una nueva y joven dama era motivo de gran noticia, y su aparición en los salones había sido semejante a una tormenta inesperada en pleno verano.
Todos los cortesanos se habían fijado en ella.
La veían como una cara bonita, un corazón más a conquistar en el juego de intrigas de la corte.
Yo no. Había captado ese destello indomable y desafiante en sus ojos que solo alguien acostumbrado a la verdadera oscuridad podía leer con claridad y, desde entonces, la había deseado y venerado en el más profundo silencio, guardando las distancias y sabiendo que una dama como ella jamás debería caer en unos brazos como los míos, que eran venenosos como el peor de los pecados.
—Yo no siento remordimientos por nada —respondí. Me incliné hacia ella, acercándome tanto que el calor de su aliento chocó contra mis labios—. Si los tuviera, no estaría aquí.
Sus ojos se entrecerraron, desafiantes, pero no retrocedió. No se dejaba intimidad con facilidad, a pesar de su juventud. Por eso era tan peligrosa para mí. Y por eso me resultaba absolutamente fascinante.
—Si no podéis ofrecerme vuestros remordimientos, entonces mostradme la cicatriz. No os he pedido mucho, ¿o sí? —Su tono se volvió meloso, como si quisiera manipularme.
No pude evitar sonreír ante su juego.
—Es solo una herida. No tiene la importancia que le dais.
—Las heridas cuentan historias. Y a veces, esas historias son las únicas verdades que los hombres no pueden esconder.
—Vuestros ojos cortesanos no están acostumbrados a la fealdad de una cicatriz.
—Hay belleza en lo que no es perfecto —afirmó—. Me lo debéis, mon capitaine , por la humillación a la que me habéis sometido con vuestros dedos entre mis muslos.
—¿Tanta tortura ha sido para vos mis dedos entre vuestros muslos?
—La cicatriz, capitán, en recompensa por mi vejación —exigió—. Es un pago más que justo.
Mis dedos tamborilearon contra el suelo, impacientes. Lucille parecía saber cómo atravesar mis defensas con la precisión de un espadachín, y eso me irritaba casi tanto como me intrigaba.
Sin decir palabra, comencé a deshacer el lazo de mi camisa y me la saqué por la cabeza, dejando al descubierto la piel marcada del costado donde el cuchillo había penetrado años atrás.
Su mirada bajó con lentitud por mi torso hasta detenerse en la cicatriz que cruzaba mi abdomen, una marca torcida y pálida que había llevado conmigo como un recordatorio de lo que me unía a perpetuidad al Rey Sol.
—¿Puedo? —dijo en voz baja, alargando una mano hacia mí, sin llegar a tocarme.
Asentí y, aunque sus manos ya me habían tocado horas antes, en el salón, esta vez su toque se sintió diferente.
Suave, pero firme, mientras sus dedos trazaban la fea línea de la cicatriz.
Mis músculos se pusieron en tensión conforme Lucille acariciaba mi piel.
Sentí como si estuviera entregándole una parte de mí que nunca había compartido con nadie.
Menos con una mujer.
—¿Satisfecha? —pregunté, sarcástico.
—Yo no usaría esa palabra.
—¿Y cuál usaríais?
—Frustración —declaró descaradamente.
Deslizó sus dedos más arriba de mi estómago, encontrando nuevas marcas de antiguas heridas, y yo no hallé fuerzas para apartar su mano de mi piel.
—Estáis cubierto de cicatrices, capitán —susurró.
—Soy un mosquetero, mademoiselle. Mi piel está al servicio de su majestad.
Esbozó una leve sonrisa al escuchar mis palabras, pero no retiró la mano.
Sus dedos siguieron su exploración. Sus manos leían cada marca, cada golpe que mi cuerpo había soportado en nombre del deber y, sin embargo, los tocaba con una delicadeza que me hacía sentir más expuesto que en cualquier batalla.
—¿Y qué queda de vos debajo de tanta lealtad? —murmuró.
—Queda lo suficiente para seguir empuñando una espada.
Sus ojos se alzaron para encontrarse con los míos, su mirada intensa y curiosa, como si intentara penetrar la armadura invisible que siempre llevaba conmigo.
Entonces, sin previo aviso, sus dedos descendieron una vez más, deteniéndose justo sobre la cicatriz en mi costado, la que más años llevaba conmigo.
—No podéis ser solo una espada —dijo suavemente—. Las espadas no sangran ni sienten dolor. Ni tampoco miran como vos me estáis mirando ahora.
Mi pecho se llenó de un fuego que intenté ignorar, pero el modo en que sus labios se entreabrían hizo que el control que me había impuesto se tambaleara. Lucille estaba demasiado cerca, recordándome todo aquello que evitaba, todo aquello a lo que había renunciado por mi puesto.
Atrapé su fina muñeca entre mis dedos y la aparté de mí.
—Id a dormir, mademoiselle. Es tarde para vos.
—¿Vais a mandarme a dormir como si fuera una niña? — preguntó, su voz baja y cargada de intención—. ¿O acaso tenéis miedo de lo que pueda pasar si me quedo?
—Hace años que dejé de sentir miedo, y menos de los caprichos de una dama que cree que puede conseguir lo que quiera con solo agitar las pestañas.
Me miró, herida.
—¿Cuántas veces voy a tener que afirmar lo odioso que sois cuando queréis?
—Al menos una más, mademoiselle.
Y así es como se fue, tan furiosa como golpeada en su orgullo.