Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Gérald X #2
39%

Gérald X #2

¡El Sol se desmorona y Versalles arde!

Cada día más se acerca la caída.

El príncipe desde la jaula de hierro clama justicia.

La Nueva Fronda susurra traición,

y el Rey Sol se apaga… ¡Ardiendo en pasión!

—¿Por príncipe se refiere a Monsieur ? —preguntó, ladeando la cabeza con curiosidad.

—Podría ser, aunque lo dudo.

—La rivalidad entre Louis y su hermano es bien conocida… Y el duque de Orleans cuenta con la admiración de los ejércitos franceses desde que regresó del frente —razonó ella.

—Es cierto —le concedí—. Pero Philippe de Orleans, aunque inteligente y carismático, no creo que sea mejor candidato a rey que Louis. Al menos, no para un frondero.

—¿Por qué?

—Porque es frívolo, escandaloso y en las calles de París se refieren a él como la honte du Roi Soleil . Es posible que una fracción del pueblo, especialmente aquella dedicada a las artes de las que es mecenas, lo admire, pero nada más.

—¿Entonces de qué príncipe hablan? ¿Un bastardo del difunto Louis XIII, quizás?

—Que yo sepa, no tuvo ninguno. No hay registros de ninguna asignación para hijos ilegítimos del antiguo rey.

—No hay duda de que los panfletos se refieren a alguien de sangre real, en quien la Nueva Fronda confía para sustituir al Rey Sol.

Parece que las cartas del tarot así lo atestiguan también: la caída, el sacrificio y el renacimiento.

¿Qué parientes cercanos tiene Louis XIV que podrían ocupar su lugar?

Intrigado por su razonamiento, me senté en el suelo, junto a ella. A pesar de lo que había ocurrido entre nosotros en el Deseo Prohibido, esta vez la mutua cercanía pareció resultarnos cómoda a ambos.

—Su tío Gastón, el que lideró la Fronda original, murió en 1660 en la Bastilla —expliqué—. El único hermano de Louis es Philippe.

—¿Hay algún preso en la Bastilla con sangre real directamente emparentado con el rey?

—No. Como os digo, el último prisionero considerado como jaula de hierro fue Gastón, el Grand Monsieur .

—¿Y primos?

Resoplé, frustrado.

—¿Primos? El rey está vinculado por sangre con la mitad de la realeza europea. Por parte de padre está El Gran Condé o el príncipe de Conti. Por parte de los Habsburgo tiene a Leopold, el emperador del Sacro Imperio, su hermana Marianne y Carlos el Hechizado, por nombrar algunos.

—¿Carlos el Hechizado no es el rey de España?

—Sí.

—Ese chico ya tiene suficientes problemas como para querer ocupar también el trono de Francia. —Lucille puso los ojos en blanco y yo no pude evitar sonreír un poco. Un gesto que no se le pasó por alto—. Vaya, pero si sabéis esbozar sonrisas y todo. Una agradable novedad.

—Por no hablar de los primos segundos, cuya lista es interminable —dije, ignorando su última pulla.

—¿Qué me decís de William de Orange?

—Comparten abuela. Son primos segundos.

—Y también es el mayor enemigo de Louis desde hace años. ¿No podría estar detrás de la Nueva Fronda? Muchos nobles protestantes sienten simpatía por él y por su política. No sería extraño que lo quisieran como rey de Francia.

—Eso no explicaría las referencias a la jaula de hierro y a la Bastilla.

—No, es cierto —admitió Lucille—. Pero sí explicaría la carta de El Juicio: justicia y renacimiento para Francia como nación protestante.

—Una teoría no descartable.

Ella sonrió, satisfecha por haber contribuido a la causa. Me miró con aquellos ojos negros que se me colaban bajo la piel sin mi permiso y carraspeó, tomando el borde de su camisón entre los dedos. Intuí que estaba a punto de preguntarme algo poco agradable.

—Hablando de la Bastilla… ¿Cómo fue crecer ahí?

—Prefiero no hablar de eso.

Pude ver la frustración regresar a su rostro.

—Está bien. Entonces, contadme cómo un joven mosquetero se convierte en capitán de la orden.

—¿Siempre sois tan insistente?

—¿Me lo vais a contar o no?

Me incorporé y me acerqué al gabinete para servirme un poco de vino. La última vez que había tomado alcohol no había resultado bien para mí, aunque confié en lograr controlarme si solo tomaba un par de sorbos. No le ofrecí una copa a ella. Tampoco la miré mientras hablaba:

—No fue un ascenso lleno de gloria, si es lo que esperáis oír —empecé, dejando que el vino llenara la copa con lentitud—. No fue un cargo que me ganara por méritos propios acumulados a lo largo de una vida de servicio. Fue más bien… una compensación.

Hice una pausa antes de continuar. Podía sentir sus ojos clavados en mi espalda, expectantes.

—Mi padre murió en el asalto a la Bastilla por parte de la antigua Fronda.

Intentaban liberar a los presos encerrados por el cardenal Mazarino.

No fue el único ataque que llevaron a cabo en París aquel día; de hecho, fueron varios.

Uno de ellos, contra Louis. Estuve junto a él en ese día funesto, al otro lado del Sena.

Visitábamos el Quartier Latin , porque Louis quería convertirlo en el corazón intelectual de Francia y tenía interés por ampliar la Sorbona.

Yo apenas llevaba una semana sirviéndole como mosquetero.

Lo último que me esperaba es que un hombre se lanzase contra Louis con un cuchillo, dispuesto a clavárselo en el corazón.

—¿Y qué hicisteis?

—Me interpuse entre ambos, y el cuchillo me alcanzó a mí.

Lucille no dijo nada.

—El hombre era rápido, y no estaba solo.

Vi cómo se aproximaban más de ellos, algunos camuflados entre la multitud.

La ciudad era puro caos ese día. No estaba seguro de que pudiéramos salir del Quartier Latin con vida.

Solo sabía que Louis, en su juventud y arrogancia, se encontraba sin la protección adecuada.

Los mosqueteros del rey éramos reducidos en número por aquel entonces, y yo era el más novato de todos ellos.

—Me dejé caer nuevamente en el suelo, junto a ella, mientras continuaba hablando—.

Recibí la cuchillada en el abdomen. Fue una herida profunda, casi fatal.

Mis nuevos compañeros me dieron por muerto y me dejaron atrás.

Louis no. Él mismo fue quien cargó conmigo y guio su caballo entre el caos, con mi cuerpo medio desvanecido, hasta llegar al Louvre. Sus galenos me salvaron la vida.

Lucille permaneció en absoluto silencio mientras escuchaba, absorbiendo cada palabra que yo pronunciaba.

Sus ojos eran los únicos que me acompañaban en la penumbra levemente iluminada por las velas, y sentí su mirada sobre mi piel, más que sobre mis palabras.

Cuando mencioné a Louis su expresión cambió, si bien no dijo nada, esperando a que continuase hablando.

Me tomé un momento, pues el peso de los recuerdos de ese día funesto me arrastraba más de lo que quería admitir.

Lo que había ocurrido en apenas veinticuatro horas había marcado el resto de mi vida, y yo ya no era el joven e intrépido mosquetero que se había lanzado al sacrificio por el rey.

Había sido un hombre roto, reconstruido a base de algo mucho más duro que la gloria.

—Cuando desperté, mi mundo había cambiado. Ahora tenía una horrible cicatriz en mi estómago y mi padre había muerto.

—¿Y su majestad…?

—Su majestad no se separó de mí hasta que volví a abrir los ojos. Él jamás me abandonó, ni siquiera cuando la herida me llevó al borde de la muerte.

—¿Es por ese motivo que profesáis esa férrea lealtad hacia el rey, Gérald?

—Louis no me vio como un simple soldado más.

Para él era el hombre que había salvado su vida y lo hizo suyo de alguna manera, como si mi sacrificio me hubiera atado a él para siempre.

Después de enterrar a mi padre, fui llamado ante el joven rey.

—Solté una risa amarga—. ¿Podéis imaginarlo?

Un crío que apenas había cumplido los quince años, sentado en su trono, rodeado de cortesanos que no sabían si le temían o si se burlaban de él en secreto.

No sé quién de los dos estaba más aterrado por el futuro que nos aguardaba.

—Lo cierto es que es casi como si os pudiera ver a ambos —sonrió ella.

—Estoy seguro de que con la decisión que tomó ese día se puso en contra a todos sus consejeros. No le importó. Creo que por aquel entonces, a pesar de la vulnerabilidad que posiblemente sentía, ya creía que debía confiar en sus propios instintos para tomar las riendas de Francia.

—¿Qué hizo su majestad?

—Se puso en pie y dijo: “Tú serás el capitán de mis mosqueteros. Por tu lealtad. Por tu sacrificio”.

Me perdí en la copa de vino que aún sostenía en mi mano.

Los recuerdos de aquellos días estaban lejanos y, a la vez, siempre presentes, pues habían cambiado el rumbo de mi vida y mi destino, uniéndolo para siempre al del Rey Sol.

Apenas recordaba nada de mi existencia antes de servir a Louis, y tampoco la echaba de menos.

Había sentido una profunda rabia al ver a mi padre muerto, por aquel asesinato que no pude evitar y que había atado mi destino a la corona.

Desde entonces, el control había sido mi obsesión y proteger a Louis, mi misión más importante, porque en verdad creía que en él residía la grandeza para convertirse en el mejor rey que Francia pudiera soñar.

Si para ello debía derramar sangre, que así fuera.

—Me recompensó con el máximo honor que podía darme en aquel momento en que su reino aún estaba en manos del cardenal Mazarino y de la reina regente.

Fue así como me convertí en lo que soy: el capitán de los mosqueteros.

—Hice una pausa y dejé que el vino rodara por mi garganta antes de continuar—.

Fue el gesto de un rey joven que sabía que necesitaba aliados para sobrevivir.

Su majestad me demostró que servir a la corona tenía recompensas.

Incluso si esas recompensas venían envueltas en cenizas y muerte.

Ella inclinó la cabeza, sin dejar de escrutarme. Su voz fue suave cuando habló:

—¿Y vos queríais aceptar ese cargo?

La pregunta me pilló por sorpresa. Parpadeé, sin saber cómo responder de inmediato.