Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Gérald X
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Gérald X

A partarme de ella requirió toda mi fuerza de voluntad. Estuvo a punto de hacerme claudicar porque, en aquel momento, me había vuelto a olvidar del motivo por el que estaba en aquel salón clandestino en Le Marais. Su piel y sus labios rojos habían robado mi atención por completo.

¿Qué tenía Lucille de Valois que lograba descentrarme así? ¿Acaso no era yo el que disfrutaba ejerciendo el control? ¿Por qué ella conseguía que lo perdiese una y otra vez en cada ocasión en que las distancias entre nosotros se acortaban y las líneas se desdibujaban?

Había permitido que mi propio deseo tomara las riendas.

En aquel momento no existía nada más para mí que aquellos muslos hechos de seda que demandaban mis caricias.

Hubiera querido golpearla hasta que la piel se le enrojeciera bajo mis manos, hasta que cada gemido suyo fuera una súplica entremezclada de dolor y placer, hasta que la marca de mi mano quedara permanentemente grabada en su cuello.

Lucille de Valois era un veneno. No, peor: era fuego líquido corriendo por mis venas, quemándome desde dentro y haciéndome olvidar cada principio que había jurado mantener.

No era solo su cuerpo lo que me encendía, aunque sus curvas parecían creadas para tentar incluso al hombre más virtuoso.

Era su lengua afilada y sus desafíos constantes los que resquebrajaban mi dominio y me hacían querer ponerla en su sitio y disfrutar cada segundo mientras lo hacía .

¿Cómo demonios conseguía desarmarme así? Era yo quien dictaba las reglas y marcaba los límites. Siempre había sido así. Sin embargo, con ella era como caminar por una cuerda floja, esperando que un paso en falso me hiciera caer en un abismo del que no querría salir jamás.

Tuve que contenerme. Apartarme de ella fue como arrancarme la propia piel; una tortura autoinfligida que no debería haber sido necesaria si hubiera tenido un gramo más de autocontrol.

Mis manos aún ardían con el contacto de su piel, la suavidad de sus muslos cediendo bajo mis dedos, su cuerpo respondiendo a cada uno de mis avances.

Me deseaba. Su cuerpo la traicionaba de mil formas, incluso cuando sus palabras pretendían mantener las apariencias.

Había sentido su humedad, su temblor, el modo en que sus caderas se arqueaban contra mi mano como si suplicaran más.

Y yo había estado a un suspiro de dárselo todo.

No podía hacerlo. No podía enredarme con una dama; menos si la dama en cuestión era la hermana de un traidor al rey al que yo había jurado lealtad.

Me enderecé, ajustando los pantalones para disimular la evidencia de lo mucho que me había afectado esa mujer y sus tentadores labios rojos.

Lucille estaba claramente frustrada, con los ojos brillando de puro reproche por haberla dejado insatisfecha. Pero, a pesar de su enfado, se deleitaba en lo que había provocado en mí, si bien también sabía que el control aún estaba en mis manos. Al menos, por ahora.

Ignoré su enfado, obligándome a recordar por qué estábamos en aquel lugar de libertinaje. La misión, maldita sea. Esa era la razón por la que estaba allí, y no para dejar que Lucille de Valois me desarmara .

Quise beber vino para calmarme, a pesar de que solía desatar mis más bajos instintos, cuando ella me tomó del brazo.

—Gérald, mirad. —La furia y la frustración desaparecieron de su voz de inmediato—. Ese hombre que acaba de entrar es Thibaux Cailloux.

—¿Lo conocéis?

—Solo superficialmente. Es un cortesano muy chismoso, aunque me llevo bien con él.

Mantuve la vista fija en Thibaut mientras este avanzaba por el salón con la misma elegancia despreocupada de siempre, como si estuviera en un baile de la corte y no en un antro cargado de humo y secretos.

—¿Hay algo que se diga de él en Versalles y que no haya llegado a mis oídos?

—Está resentido con Monsieur por haberlo apartado de su lado, aunque intenta disimularlo —respondió Lucille—. Creo que mantenían una relación desde hace muchos años.

—Así es, desde antes que vos llegaseis a Versalles.

—Y antes de eso, ¿qué hacía Thibaut?

—Nada. Era el último hijo de una familia más bien empobrecida.

El duque de Orleans lo acogió bajo su ala en Saint-Cloud y pronto se convirtieron en amantes.

Estuvieron juntos hasta que apareció Aurore Bechard; entonces fue enviado lejos de la corte, a los ducados italianos. Ahí es donde ha pasado el último año.

—Eso ya lo sé, pero…

Antes de que pudiera continuar hablando, Thibaut se detuvo a unos pocos metros de nosotros, aunque las sombras del salón nos mantenían ocultos de su mirada.

Venía con tres de sus favoritos, jóvenes parisinos de más o menos buena posición que lo seguían a todas partes y lo adulaban hasta la náusea.

Pidieron vino en abundancia y pronto se abandonaron a sus propias diversiones sin percatarse de nuestra presencia.

—¿Podría ser Thibaut un frondero? —preguntó Lucille.

—Cualquiera podría serlo, si bien es cierto que su apellido no ha sido nunca sospechoso de confabular contra su majestad.

Su familia no tiene influencia alguna; Monsieur fue quien le dio títulos y tierras, antes de convertirlo en su favorito —expliqué, perdiendo el interés en aquel hombre frívolo—.

No es ningún secreto que fue apartado de Versalles por petición del duque de Orleans.

—Hablé con él hace poco; sigue profundamente molesto con Monsieur .

—Es un hombre vanidoso que no tolera haber perdido el escaso poder que había reunido bajo la protección de su alteza.

Lucille asintió.

—¿Lo consideramos inofensivo, pues?

—No. Nadie en Versalles puede ser considerado del todo inofensivo —repliqué—. Si os lo encontráis en los salones, entablad conversación con él. Insinuadle que habíais creído verlo en el Deseo Prohibido y observad su reacción.

—Sí, mon capitaine . ¿Algo más que necesitéis de mí?

No dije nada. Lucille disfrutaba desafiándome y no iba a complacerla con una respuesta a la altura de sus provocaciones.

La propuesta de visitar aquellos salones había sido interesante, pero, tras varias horas observando y escuchando, no logramos ninguna nueva pista sobre la Nueva Fronda.

Tendría que poner a mis mosqueteros a vigilar los salones clandestinos de Les Marais, solo por si acaso, y quizá pedir ayuda a la policía de París.

Por lo demás, mi instinto me dijo que debía dar por concluida la noche.

—Volvamos al Palais Royal .

Por una vez, Lucille de Valois no protestó.

Era medianoche y, como era habitual, no podía dormir. Menos en una cama tan blanda como la que me había sido asignada. Estaba acostumbrado a catres duros; un lecho de plumas me ponía de los nervios. Por eso solía dormir en las mazmorras de Versalles y no en mi propia habitación.

Insomne, me desplacé a la antecámara que separaba mi aposento del de Lucille, decidido a trabajar en la misión que ocupaba mi mente, y encendí unas cuantas velas más para iluminar la sala, a pesar de que en ella ardía aún el débil fuego de la chimenea.

Sobre la alfombra central desplegué los panfletos interceptados de la Nueva Fronda, así como el diario de Humières y las tres cartas del tarot, aún ensangrentadas, y lo observé todo en un profundo silencio.

Había algo entre todo aquello que se me escapaba, una pieza fundamental que no comprendía y de la que estaba seguro se hallaba ante mis narices.

Pensé en el noble inglés asesinado por el duque de Orleans el verano pasado, durante el Asunto de los Venenos.

¿Por qué un barón inglés como Oliver Ward se involucraría en un movimiento rebelde francés?

Por el momento, Francia e Inglaterra eran aliadas contra las Provincias Unidas.

Aun así, había sido Ward quien había introducido el serpentio en Versalles y matado a tres personas, para luego intentar acabar con la vida de Louis.

Y lo había hecho en nombre de la Nueva Fronda; al menos, eso le había confesado a Philippe de Orleans antes de que este lo matara. ¿Por qué ?

—¿No podéis dormir? —susurró una voz a mis espaldas.

No me giré.

—Mi sueño es ligero —me limité a contestar, sin mirarla.

Percibí cómo se acercaba hasta llegar a mi altura.

Contempló los documentos que yo mismo examinaba.

Sin decir nada, tomó el borde de su camisón blanco y se sentó con exquisita gracia sobre la gruesa alfombra.

Llevaba el largo cabello de ébano suelto, y el liviano camisón le caía por un hombro desnudo.

Sin sus habituales vestidos, peinados sofisticados y joyas relucientes, Lucille no parecía una mujer noble, aunque los elegantes movimientos de sus manos la delataban como lo que era: una auténtica dama.

—¿Puedo ayudaros?

—Lo dudo, pero sois libre de intentarlo.

—Sentaos a mi lado.

—Prefiero estar de pie.

Ella suspiró, sin llegar a protestar ante mi brusquedad, y durante unos largos minutos nos quedamos en silencio, examinando los panfletos, las cartas, el diario.

Pude observar por el rabillo del ojo su concentración, sus ganas de resolver el misterio a cualquier precio, y no pude evitar una leve sonrisa ante la imagen de semejante determinación.

Jamás hubiera pensado que una aristócrata como ella pudiera sentir el más mínimo interés por una investigación de aquella naturaleza.

Por supuesto, sabía que en gran parte la motivaba el deseo de ayudar a su hermano, pero yo había visto aquella hambre en los ojos de muchos de mis mosqueteros: estaba disfrutando de la sensación de estar resolviendo un misterio.

Tras varios minutos de concentración, Lucille alargó la mano y acarició la carta del Ahorcado. Luego me señaló uno de los panfletos.

—Ese no lo había visto nunca.

—Se lo dio el barón Oliver Ward a Monsieur en uno de sus varios encuentros nocturnos.

—¿Puedo?

Asentí. Lo tomó entre sus dedos y pronunció en voz alta las frases que yo había ya memorizado de tanto leerlas una y otra vez.

¡Venid, venid a la Corte maldita!

Que el príncipe de las sombras trama su cita,

con veneno en copas, susurros y arte,