Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Lucille X #5
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Lucille X #5

Fue justo en aquel momento cuando el efecto del rêve vert explotó del todo en mi mente y en mi corazón. Las pocas inhibiciones que me quedaban fueron destruidas por el licor que se abrió paso a través de todo mi cuerpo, derribando una barrera tras otra.

—Aún sueño con tu mano en mi garganta, apretando más y más —le susurré al oído, perdiendo todo rastro de trato deferente.

Gérald volvió a gruñir y yo me mordí el labio inferior—.

Sueño que me golpeas hasta hacerme sangrar, que me tomas contra mi voluntad y que mi cuerpo me traiciona cuando entras dentro de mí y yo me rindo como una vulgar meretriz a tu violenta invasión.

Sueño que suplico por más y que tú me lo das todo, de todas las formas posibles.

El silencio que siguió a mis palabras fue más profundo que cualquier grito.

Pude sentir cómo cada uno de sus músculos se tensaba con una ferocidad que me hacía estremecer.

Sus ojos, negros como el fondo de un abismo, me miraron con una mezcla de incredulidad, furia y algo más: un deseo que quemaba tanto como mis sucias confesiones.

—No sabes lo que estás diciendo. —Su voz sonó rota por la intensidad de lo que acababa de escuchar de mi boca, y yo quise besarlo, devorar sus labios, perderme en cada una de las cicatrices que marcaban su adusto rostro.

Nunca había deseado a un hombre como deseaba en aquel momento a Gérald de la Reynie.

—¿No? —repliqué, dejando que mis labios rozaran el borde de su oído mientras continuaba hablando—. Sé exactamente lo que digo, Gérald. Sé lo que quiero. Y sé que tú también lo quieres.

Mi voz temblaba, pero no de miedo. Era el temblor de quien se lanza al vacío sin mirar atrás, de quien desgarra las máscaras y expone la verdad más cruda. Su respiración se volvió más irregular, como si estuviera luchando contra un anhelo que amenazaba con romperse dentro de él.

—No deberías hablar así —gruñó, finalmente, con una voz tan grave que me erizó la piel—. No deberías pronunciar palabras cuyas consecuencias no estás lista para asumir.

—¿Y si quiero ver cómo pierdes el control? —desafié, sin apartarme ni un milímetro de él—. ¿Qué tan lejos puedes llegar cuando dejas de ser el inalcanzable capitán de los mo squeteros?

Sus ojos recorrieron mi rostro hasta llegar a mis labios, y ese simple gesto fue más profundo que la simple y llana lujuria que poseía mi cuerpo. Sus dedos rozaron la curva de mi vientre como si estuvieran probando los límites, midiendo hasta dónde podrían llegar antes de perderse por completo.

—No juegues conmigo —advirtió, aunque su voz traicionaba el deseo que hervía bajo su férreo autocontrol—. Porque si lo haces, Lucille, juro que no te gustará el final.

—Te equivocas. Sí que me gustará. Gozaré y suplicaré por ese final glorioso que solo tus manos pueden otorgarme —contesté. Mis labios se acercaron a los suyos, y mi aliento se perdió en su boca—. Eso es exactamente lo que estoy buscando, mon capitaine, el dolor de tu toque sobre mi piel.

Busqué su boca, sin poder resistirme ni un segundo más, y antes de que pudiera procesarlo, Gérald tomó el control de la situación.

Sus manos, fuertes y firmes, me levantaron de su regazo con una facilidad que bordeaba lo insultante.

Me hizo girar hasta quedar tumbada en el diván, con él encima de mí, bloqueando cualquier posibilidad de escape.

Su proximidad me resultaba tan abrumadora como insoportable.

Rodeé su cintura con mis piernas y lo atrapé por la camisa para acercarlo de nuevo a mis labios.

—¿Qué crees que estás haciendo? —susurró, mientras su mano buscaba de nuevo la piel desnuda de mis muslos .

No pude responder. Toda palabra se evaporó de mis labios cuando sus dedos me exploraron con una tortuosa lentitud, deteniéndose en el borde de mi ropa interior.

Tan cerca de donde yo quería que se hundiesen, tan próximos de mi placer negado, y a la vez tan lejos.

Gérald era un experto torturando, y no solo en la oscuridad de las mazmorras de Versalles; me hacía daño ahora, en aquel diván, mientras yo suplicaba por alivio y él me lo negaba.

Sus dedos trazaron un camino deliberado a lo largo de mi hendidura, provocándome con la amenaza de lo que podría hacer, pero sin cruzar la línea.

Su control era absoluto, exasperante; calculaba cada movimiento, cada roce, para encenderme, para desarmarme sin que pudiera hacer nada al respecto.

Mi espalda se arqueó involuntariamente contra el diván, y un gemido ahogado escapó de mi garganta sin que pudiera detenerlo.

Me estaba quebrando bajo el peso del poder que ejercía sobre mí.

—Nunca te daré lo que tanto deseas —me advirtió, su aliento cálido contra mi cuello.

—Sé que tú también lo quieres —logré decir.

—Tú no sabes nada de lo que yo quiero —gruñó, y su tono fue una advertencia que podría controlar todos y cada uno de mis sueños y pesadillas.

Sus dedos presionaron ligeramente contra la tela húmeda que cubría mi centro, y mi cuerpo reaccionó con una intensidad fuera de mi control. Lo odié por la sonrisa arrogante que acompañó sus palabras, pero más aún por la forma en que toda yo me estremecía bajo su tacto.

Sin embargo, antes de que pudiera disfrutar de unas migajas de placer, Gérald se apartó. Tan repentinamente como me había atrapado, retrocedió, dejando un vacío que me hizo jadear de frustración .

—Ahora —dijo, ajustándose la camisa como si nada hubiera pasado—, si hemos terminado con esta distracción, tenemos una misión que cumplir. ¿O preferís que alguien en este club sospeche que vuestro supuesto esposo no sabe cómo complaceros?

Me quedé clavada en el diván, mi cuerpo ardiendo y mi orgullo herido, mientras él me miraba con esa expresión altanera, como si no acabara de despojarme de toda mi compostura con apenas el roce de sus dedos.

Y aunque quería odiarlo, lo único que podía pensar era en cuánto deseaba que volviera a tocarme.