Lucille X #4
—¿Eso es una amenaza o una promesa? —repliqué, intentando recuperar algo de control, mientras mis caderas, traidoras, buscaban ansiosas su contacto.
Al hacerlo, sentí el bulto firme que sus pantalones ocultaban y que, al parecer, mis jadeos y la humedad que me recorría habían provocado.
La necesidad de ser complacida, colmada, poseída por Gérald ardió en mi pecho, incombustible como un fuego eterno.
Detuvo sus avances justo cuando yo ya estaba a punto de perderme, apartando sus manos de mi entrepierna con una lentitud deliberada que me dejó ardiendo, febril y anhelante.
Me sujetó firmemente contra su pecho, como si me desafiara a moverme, y recorrió con sus labios la línea de mi cuello.
Tuve que reunir todas mis fuerzas para no dejar escapar un gemido, y me obligué a concentrarme en la misión que nos había traído a aquel lugar de perdición.
Desde mi posición, podía ver las demás figuras danzando entre las sombras, pero todo lo que sentía era el calor de él detrás de mí, su dureza apretando contra mis nalgas mientras sus manos volvían a descender por mis caderas.
Su voz se deslizó por mi oído, grave y peligrosa:
—Os sugiero que os concentréis, Lucille, o esta actuación podría volverse mucho más convincente de lo que ninguno de los dos planeaba.
—¿Todavía más convincente, mon capitaine ? —inquirí, contemplando mis muslos al aire, mis piernas abiertas, sus manos en mi piel.
Y su erección, imposible de disimular, clavada en mi trasero.
—He dicho que os concentréis.
—Sí, capitán, aunque vuestro bulto indica que a vos también os falla la concentración.
Como era habitual, se limitó a ignorarme.
—¿Reconocéis a alguien?
—No —respondí, con la respiración entrecortada.
—Fijaos bien, señora.
—Es difícil fijarse en esta posición tan comprometida.
—Entonces, cambiemos.
Me apartó con sorprendente delicadeza y abrió ligeramente las piernas. Clavó su dedo índice sobre su regazo y su mirada oscura en mi rostro.
—Aquí —ordenó.
—¿Aquí?
—Sentaos sobre mí.
—Voy a necesitar algo más fuerte que el vino para eso.
Busqué la botella de rêve vert y me serví un buen trago, ignorando sus anteriores advertencias.
—Os he dicho que no bebáis eso.
—Intentad detenerme.
Me tragué de golpe aquel licor verdoso y al instante sentí un fuego abrasador atravesando mi garganta.
Su efecto apareció casi de inmediato: fue como si la habitación, ya cargada de pecados y secretos, me envolviera en una atmósfera aún más densa.
Cerré los ojos un instante, saboreando el vértigo de ese calor que parecía avivar mis instintos más profundos.
Cuando los abrí, Gérald me miraba.
—Sois imprudente —masculló. Su mandíbula estaba tensa, y por un momento, pensé que la intensidad de su mirada me quemaba más que el rêve vert —. Haced lo que os he dicho.
—¿Y si no quiero ?
Gruñó ante mi descaro. Antes de que pudiera protestar, me tomó por la cintura sin más y me colocó a horcajadas sobre él, mis rodillas hundiéndose en el terciopelo del diván, mi vestido rozando sus muslos.
Cuando mi rostro quedó a escasos centímetros del suyo, pude sentir cómo su cuerpo se endurecía aún más.
El mío reaccionó como lo haría una flor ante un rayo de sol tras una larga tormenta.
Me odié por ello.
—¿Qué hacéis? —pregunté en un susurro que traicionaba mi rendición por tenerlo tan cerca y, a la vez, tan prohibido.
—Actuar mejor, señora mía —murmuró, inclinándose lo suficiente para que nuestras bocas estuvieran a punto de colisionar—. Después de todo, somos un matrimonio depravado. ¿O ya lo habéis olvidado?
Su respiración chocaba contra mis labios, caliente, contenida. Sus ojos buscaron los míos, como si quisiera leer lo que yo no me atrevía a decir en voz alta. Sus manos se movieron lentamente, subiendo por mi cintura, fuertes y decididas, y se cerraron alrededor de ella.
—Estáis jugando más allá de vuestras posibilidades, señor —le dije.
—¿Seguro?
Le brillaron los ojos de una picardía que nunca le había visto cuando, aún conmigo encajada encima de él, se despojó de la casaca, que dejó caer al suelo.
—¿Tenéis calor, señor?
—Mucho calor, señora —dijo, con el desafío escrito en la mirada. Y tomé ese desafío. No iba a achantarme a aquellas alturas del juego.
Procedí a desabrochar su chaleco hasta que me topé con la camisa blanca, la última frontera antes de encontrarme con aquella piel morena, tan diferente de la de cualquier noble de Versalles, y que yo había fantaseado con acariciar infinidad de veces.
Tenía el pecho cubierto de un vello aterciopelado, tan oscuro como sus ojos.
No pude evitar deslizar la mano por aquel pedazo de piel expuesta y, al hacerlo, noté cómo su agarre en mi cintura se acentuaba, hasta clavar sus dedos en mi corpiño.
—¿Os gusta lo que veis? —me preguntó, y un jadeo salió de mi boca cuando no me permitió respuesta alguna, porque me obligó a mover las caderas despacio, apenas rozándolo, pero lo suficiente para notar cómo su mandíbula se apretaba, cómo el calor entre nosotros se volvía insoportable con cada uno de mis movimientos que Gérald dirigía con sus manos en mi cintura.
Mi corazón latía con una fuerza que estaba segura de que él podía sentir a la perfección. La tormenta que se desataba en mi interior solo tenía un nombre, y era el suyo.
—Capitán… —intenté suplicar misericordia, pero nada de lo que pudiera decir iba a detenerlo.
—¿Qué sucede, señora mía? —preguntó, y sus manos se cerraron todavía más alrededor de mi talle, fuertes, posesivas—. ¿Vuestra fama de libertina no está a la altura de esto?
Lo fulminé con la mirada.
—¿Es esto que noto duro en vuestros pantalones parte de nuestra misión, o algo más que no podéis controlar? —contraataqué, sin dejar de moverme al ritmo que él marcaba.
Gérald no respondió. No hacía falta: el fuego en su mirada decía más de lo que cualquier palabra hubiera podido expresar.
Percibí la exquisita forma de su miembro duro entre mis piernas y me froté contra él, consciente de que tan solo unas capas de ropa separaban mi intimidad de la suya.
Lo noté grande, caliente, apretando contra mi escasa ropa interior.
Solté un gemido apenas contenido al percibir cómo mi propia humedad se desbocaba ante aquel roce que él controlaba y dirigía a su antojo.
El aire entre nosotros se volvió tan íntimo que apenas podía respirar sin sentir dolor físico en todo mi ser.
Cada músculo de su cuerpo se tensó, como si estuviera librando una batalla interna para alcanzar algo de alivio.
Sus manos permanecían en mi cintura, firmes, guiando cada uno de mis movimientos.
Podía sentirlo, sólido y ardiente contra mí, y eso solo alimentaba mi osadía.
—¿Qué veis desde esta posición? —exigió saber, con su respiración perfectamente controlada a pesar de la erección que crecía en sus pantalones, acentuada por mis movimientos. No me quedó otro remedio que concentrarme en lo que me pedía.
Envolví su cuello con mis manos, como si quisiera besarlo, y miré por encima de su hombro. Centré mi oído en las conversaciones apagadas que nos envolvían y en los rostros que nos rodeaban.
—¿No decís nada, señora? —susurró, inclinándome aún más contra él—. ¿Es esto un silencio de reproche o de rendición?
—Callaos, señor, pues intento concentrarme —mascullé, procurando ignorar el calado ardor entre mis piernas, que tanto me delataba—. Tal y como habéis ordenado que haga.
No era solo el licor que había tomado lo que me volvía más osada de lo que ya era por naturaleza.
Lo que me llenaba de vértigo era la reacción en sus ojos, ese fuego contenido que parecía a punto de consumirlo porque no le permitía arder en todo su esplendor.
Aumenté el ritmo de mis caderas, así como el roce que me apretaba contra su entrepierna, y al instante sentí el temblor que atravesó su cuerpo.
Fui dolorosamente consciente de cuánto me afectaba aquella proximidad que tanto había anhelado durante años.
El efecto del rêve vert me golpeó entonces, y el atrevimiento tomó posesión de mi lengua .
—Decís que esto es una misión y que entre nosotros no ocurrirá nada, pero vuestro cuerpo cuenta una historia diferente, señor mío.
—Lucille… —murmuró mi nombre, y supe que estaba perdiendo el control porque su voz se tornó en algo peligroso. Sus dedos se hundían más en mi cintura, marcando el contorno de mi piel incluso a través de la tela—. Estáis jugando con fuego.
—¿Y qué si lo estoy? —repliqué, con una valentía que estaba segura de que iba a pagar muy caro—. Si esto es el único placer que voy a conseguir de vos, dejadme disfrutarlo.
Esta vez fui yo quien controló el movimiento de mis caderas.
Me mecí con exquisita lentitud sobre su regazo, para sentir cada centímetro de su dureza, que parecía a punto de estallar, y para permitir que él sintiera cada delicioso roce.
Su reacción fue inmediata: un gruñido bajo y furioso que envió un escalofrío a través de todo el mapa de mi piel.
Por un momento, sus manos me sujetaron con tal fuerza que creí que me apartaría.
En lugar de eso, me atrajo más cerca, casi aplastándome contra él, su rostro tentadoramente cerca del mío.
—No os dais cuenta de lo que estáis haciendo —masculló. Sus ojos permanecían oscuros como la noche, sus pupilas dilatadas por algo que no podía identificar si era furia, deseo o ambas cosas a la vez—. Pero yo sí.
Su proximidad, su voz, todo lo que él era, me envolvía en una tormenta que yo misma había invocado.
Mis manos se deslizaron hasta su pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón bajo mis dedos.
La línea entre la provocación y la entrega se desdibujaba más con cada segundo que pasaba, y aunque sabía que estábamos al borde de algo que no podríamos deshacer, no podía ni quería detenerme.