Lucille X #3
—Queremos un rincón oscuro, discreto, y una botella de rêve vert —solicité, sonriendo con mi mejor actitud frívola, que tanto había practicado y perfeccionado en Versalles—. Estoy deseando probar ese licor prohibido destilado en los barrios bajos.
—Y vino —demandó Gérald, atravesándome con su mirada por haberme atrevido a hablar antes de que él pudiera hacerlo.
—Enseguida, señores. Síganme.
Nos condujo a través del salón y aproveché para fijarme en todos los detalles posibles.
Sobre una tarima tocaban cuatro músicos con los ojos vendados, para que no pudieran descubrir la identidad de su audiencia.
El salón estaba dividido por biombos semitranslúcidos tras los que se adivinaban sombras en actitud íntima, y mis ojos no pudieron pasar por alto que en muchas ocasiones se entrelazaban más de dos personas.
Aquello era mucho más de lo que yo había conocido y experimentado en Versalles.
Me pregunté si mi amiga Aurore y nuestro Monsieur acudían juntos a aquellos salones.
Probablemente, sí, considerando la fama libertina de Philippe de Orleans y que, al parecer, la nueva y flamante princesa de Francia la compartía con él.
El hombre enmascarado nos condujo hasta un rincón más íntimo y nos indicó un hermoso diván de terciopelo rojo, junto a una mesita baja de madera.
—Tomen asiento, señores. Enseguida les sirvo el vino y el rêve vert .
Si quieren interactuar con cualquiera de las otras parejas del salón, les ruego discreción: solo tienen que poner una mano en el hombro de aquel hombre y mujer que deseen y, si ellos consienten, la noche estará dispuesta a cubrir todos los pecados.
—Nos guiñó el ojo antes de desaparecer en busca de nuestras bebidas.
Gérald, incómodo, se aflojó el jabot del cuello hasta deshacerlo, para acto seguido lanzarlo sobre la mesita con desidia. Luego, tomó asiento en el diván y yo hice lo propio, a su lado.
—Si vamos a fingir que somos un matrimonio con gustos obscenos, más os vale que intentéis actuar mejor, señor —le reproché, sin perder la sonrisa por si alguien nos observaba.
—¿Actuar mejor?
—Sí. Este es un lugar donde la gente viene a divertirse sin límites ni moral. ¿Creéis que no levantaremos sospechas si nos limitamos a sentarnos aquí, sin mirarnos y sin hablar?
Una chispa de fastidio apareció en sus ojos.
—¿Lo veis? —dije yo, triunfal—. Sois un pobre beato que se escandaliza por un par de pechos al aire y unas cuantas vergas erguidas.
—¿Siempre habláis así, señora?
—Vos deberías saberlo; sois mi marido. —Él no dijo nada, y su silencio fue lo que más me dolió. Podía tolerar el rechazo, pero la indiferencia… eso jamás, pues hería mi orgullo femenino—. No os preocupéis; no he olvidado vuestras crudas palabras respecto a nosotros.
Fue a contestarme cuando nuestro anfitrión enmascarado regresó con una jarra de vino, una botella llena de un espeso líquido verde y dos vasos toscos de madera.
—Disfruten de la noche.
Gérald estudió el salón mientras yo servía el rêve vert.
Nunca lo había probado, aunque sabía que era fuerte: un licor que provocaba pesadillas y sueños turbulentos si te excedías, así como una profunda desinhibición si lo tomabas en su justa medida.
Me pregunté si Gérald conocía los efectos de aquella bebida.
Probablemente sí. Al fin y al cabo, se había criado en los corredores de la Bastilla.
Por fuerza debía conocer el París más oscuro.
Fui a tomar un trago del licor verde cuando Gérald me atrapó la muñeca.
—No bebáis eso —me ordenó—. Si tenéis sed, tomad vino y hacedlo con mesura. Os necesito con los sentidos despiertos y bien alerta.
Contuve un suspiro de frustración, pero obedecí y me limité a beber vino, mientras contemplaba todo cuanto me rodeaba con auténtica curiosidad.
Las sombras en aquel salón eran suficientes para disimular la identidad de la mayoría de hombres y mujeres que lo poblaban.
No reconocí a nadie, aunque eso no me sorprendió.
Gran parte de la nobleza francesa permanecía en Versalles; en París solo quedaban unos pocos terratenientes de poca monta que no habían sido invitados por Louis a instalarse en la nueva corte.
Gérald y yo apenas nos mirábamos, mucho menos tocarnos, y la pareja que se besaba frente a nosotros, en un diván verde, nos observó con cierta extrañeza antes de seguir a lo suyo. Si seguíamos así de distantes, cualquiera iba a sospechar que no estábamos ahí por placer.
—¿No tomáis vino?
—No —murmuró, sin que sus ojos dejasen de escrutar el salón.
—¿Por qué no?
—La bebida no me sienta bien.
—¿Os produce dolor de estómago?
—No, me hace perder el control.
—Claro. —Puse los ojos en blanco y di otro buen trago al vino—. Y vos sois un hombre que no se permite jamás perder el control.
Gérald no me contestó a eso. Era un verdadero especialista en no dejarse provocar por las palabras de una dama airada, lo cual, por supuesto, no hacía más que avivar mi deseo de desafiarlo.
—Me temo que tenéis razón.
—¿Que tengo razón en qué? ¿En lo de beber?
—No. En que debemos fingir intimidad o empezarán a sospechar de nosotros.
—Bueno, pues podríamos…
—Venid aquí y reclinaos contra mí —me interrumpió, apoyando la espalda en el diván y subiendo su pierna izquierda hasta situarla sobre el terciopelo del mueble.
Casi me atraganté con el vino al comprender lo que me estaba pidiendo.
—¿Cómo decís?
—¿No habéis sugerido que debemos actuar como un matrimonio apasionado? Pues obedeced.
—Se tratará de una broma.
—Creo haber dejado claro que cuando yo ordeno, vos acatáis mis palabras como si fueran ley.
Apreté los labios, furiosa por cómo se atrevía a hablarme, pero la forma en que soltaba órdenes me arrastraba una y otra vez. Mi mente parecía incapaz de negarle nada. Especialmente cuando usaba aquel tono seco y autoritario que yo detestaba tanto como me atraía.
Recosté mi espalda contra su pecho, y él me enlazó por la cintura hasta encajarme entre sus piernas.
No sabía si era el vino o el ambiente depravado que nos rodeaba, pero me sentí absolutamente turbada al sentir los labios de Gérald en el lóbulo de mi oreja.
Solo tenía que girar un poco el rostro para encontrar su boca y, Dios mío, cuánto deseé hacerlo para volver a sentir un beso suyo.
—Esto no cambia nada entre nosotros —me aseguró—. Centraos en las conversaciones y no en mis manos.
—¿En vuestras manos?
No me contestó. Pronto me dejó claro que las palabras sobraban.
Empezó a recoger la falda de mi vestido, centímetro a centímetro, con una lentitud enloquecedora.
Primero dejó al descubierto mis tobillos, luego mis rodillas y no se detuvo hasta que la tela llegó a mi cintura, exponiendo por completo mis piernas enfundadas en medias de seda, que me cubrían hasta las rodillas.
—Gérald —intenté detenerlo, en vano. No me vi con fuerzas para apartar sus manos cuando estas me abrieron los muslos desnudos y me dejó así, con las piernas abiertas, en un lugar repleto de desconocidos—. ¿Qué hacéis?
—Actuar, mademoiselle —susurró en mi oído.
Mis labios se entreabrieron, si bien no salió sonido alguno de mi garganta.
Sentí sus dedos largos y hábiles recorriendo la piel de mis muslos con una calma exasperante, como si el hecho de tenerme tan vulnerable entre sus brazos fuera tan trivial como beberse una copa de vino.
Intenté recordar dónde estábamos y para qué, pero cada caricia suya hacía que los límites entre el teatro y la realidad se desdibujaran peligrosamente.
Notaba su torso duro contra mi espalda y su respiración en mi cuello, caliente y pesada, y cuando su olor me envolvió por completo, noté un familiar pinchazo en el epicentro de mis piernas: el de la más absoluta excitación, el deseo carnal de someterme a él y a sus torturas hasta que no quedase nada de mí.
—¿Estáis actuando? —inquirí, ignorando la forma en que mi corazón latía desbocado—. Pues parecéis demasiado entregado a vuestro papel, capitán .
Una vez más, Gerald no respondió. Su respiración contra mi cuello era firme y controlada.
No parecía en absoluto afectado por aquella actuación.
Sentí la firmeza de su agarre y cómo sus dedos proseguían su avance con determinación, delineando el interior de mis muslos.
Un delicioso escalofrío me recorrió entera.
¿Cómo unas manos que habían derramado tanta sangre podían sentirse así sobre mi piel?
Aquel pensamiento me hizo estremecer todavía más, arrastrándome a un enloquecido estado que oscilaba entre la vergüenza y el descaro.
Mi espalda se arqueó ligeramente contra su pecho, traicionándome.
—Centraos, mademoiselle —murmuró, su tono imperturbable mientras su mano derecha subía un poco más por mi muslo.
La fina tela de mi ropa interior fue apartada con una facilidad insultante, y deseé que sus dedos explorasen aquella humedad delatora, que se hundieran en mí uno a uno hasta hacerme alcanzar el cielo.
No lo hizo. Con la precisión de alguien que sabía exactamente lo que hacía, se limitó a deslizar los dedos justo en la frontera de donde yo quería que se perdiesen.
Jadeé de pura frustración.
—¿Centrarme? —logré decir, mi voz temblando entre la incredulidad y el deseo que me poseía—. ¿Cómo demonios esperáis que me concentre si estáis…?
—Si estoy haciendo esto —completó por mí, y sus dedos trazaron círculos lentos y firmes en mi intimidad, pero sin llegar al epicentro demandante que era mi clítoris.
La frustración era tanta que dejé escapar un jadeo ahogado.
Pude percibir su sonrisa contra mi cuello, una burla que me hizo odiarlo y quererlo al mismo tiempo—.
Si los conspiradores están aquí, necesitan creer que este matrimonio es tan escandaloso como cualquiera de los presentes.
Así que volved a prestar atención a quiénes nos rodean, o tendré que intensificar mis esfuerzos.