Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Lucille X #2
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Lucille X #2

—No lo es. Bastien me enseñó a escribir mi nombre en este lenguaje. Mirad. —Le señalé uno de los símbolos, que mezclaba un triángulo con dos puntos y el número tres—. Esto corresponde a la letra L. Y esto es una U. Y esto es… la C, si no recuerdo mal.

—¿Os reveló el resto?

—No —suspiré—. Solo mi nombre. ¿Creéis que es suficiente para descifrarlo al completo?

Gérald se inclinó más sobre mi hombro y yo aspiré su aroma terroso y varonil. Su olor me golpeó con tal intensidad que tuve que morderme el labio inferior, solo para recordarme que jamás sería mío y que debía concentrarme en lo que nos había traído hasta ahí.

—Es posible. Tendré que estudiarlo con detenimiento, pero creo que sí podría traducirlo.

Volví la cabeza hacia él hasta encontrarme con aquellos ojos negros en los que deseaba perderme, aunque fuese por una sola noche.

—Os ayudaré, Gérald.

—¿Acaso no entendéis lo que implica lo que acabáis de revelarme?

—Sí —asentí, compungida—. Que Bastien está, en efecto, involucrado en la Nueva Fronda. Pero insisto: él nunca ayudaría a los nobles a terminar con el reinado de Louis XIV. Jamás.

—¿Y cuál es vuestra explicación a que un lenguaje inventado por él haya aparecido en las manos del duque de Humières?

—Puede que la Nueva Fronda lo haya corrompido y que él no sepa cómo salir de ahí. O quizá le hayan engañado diciéndole que luchan por otro objetivo. No lo sé. Lo único de lo que estoy segura es de que Bastien es fiel a la corona.

—Sois muy inocente en según qué aspectos, mademoiselle —chasqueó la lengua Gérald—. Nada de esto pinta bien para vuestro hermano.

—No me importa. —Me incorporé y lo enfrenté—. Llegado el momento, si es necesario, me pondré de rodillas frente a Louis y le suplicaré misericordia para Bastien.

—¿Por qué creéis que su majestad escuchará semejantes ruegos?

—Es el rey más poderoso del mundo; por fuerza, su corazón debe ser tan grande como su poder. Y en un corazón grande, siempre hay espacio para la compasión.

Gérald me miró, escéptico.

—Lucille…

—Está anocheciendo, mon capitaine —lo corté, deseando cambiar de tema porque pensar en la posible traición de Bastien me dolía demasiado—. ¿No creéis que deberíamos ponernos en marcha? Al fin y al cabo, hemos venido a París para una misión.

Gérald no dijo nada. Se limitó a mirarme y pude ver en sus ojos una leve chispa de compasión hacia mí. Posiblemente, me consideraba una ilusa por seguir creyendo que Bastien era inocente, pero así era.

En el fondo de mi corazón sabía que mi hermano pequeño jamás podría convertirse en un traidor. Y estaba dispuesta a probar su inocencia.

A cualquier precio.

Por una noche, Gérald abandonó su vestimenta austera y se vistió con ropa más apropiada para la misión que nos aguardaba: una casaca sobria y un gabán a juego, adornados con un impecable jabot blanco.

Un conjunto que sin duda debía pertenecer al duque de Orleans, a juzgar por la delicada seda en la que estaba confeccionado .

Su aspecto no podía ser más diferente del que normalmente lucía en su día a día: se había peinado hacia atrás el cabello negro usando un poco de cera, despejando su rostro duro, de facciones angulosas e intimidantes.

Su bigote y su perilla también habían sido moldeados para lucir perfectos y, por un momento, sentí que debajo del soldado existía también un caballero.

Gérald me había advertido que debíamos aparentar ser una pareja de disolutos nobles en busca de diversión a la parisina, por lo que decidí esmerarme en mi aspecto, y admito que la vanidad tomó el mando en mi corazón.

No iba a tener muchas oportunidades de estar a solas con Gérald en una situación más íntima, por lo que elegí un precioso vestido de negro damasco con un escote más escandaloso de lo habitual y una gargantilla de perlas a juego.

Me maquillé los ojos y los labios hasta que quedé plenamente satisfecha con mi aspecto.

Cuando nos encontramos en la antecámara para abandonar juntos el Palais Royal , pude sentir su oscura mirada recorrer mi cuello expuesto, mi piel ofrecida al bocado de la noche, hasta detenerse en mis labios.

No dijo nada; tampoco hizo falta que pronunciase palabra alguna.

Su mirada fue más que suficiente para provocarme un escalofrío que me atravesó la nuca, y su origen no eran los rumores que corrían acerca del lugar al que nos dirigíamos.

Eran los ojos negros del capitán que resbalaban por mis clavículas y mi escote y regresaban a mi boca pintada de rojo carmín.

—En marcha —dijo, con la voz ronca.

Tomamos prestado un carruaje de las caballerizas de Monsieur . Si debíamos fingir ser una pareja de nobles despreocupados y listos para entregarse a las diversiones que la noche de París ofrecía, no podíamos aparecer a caballo o a pie .

En aquella ocasión, Gérald había abandonado sus guantes de cuero y me alargó la mano para ayudarme a subir al vehículo.

El sencillo acto de aceptar su mano, de rozar su piel endurecida por los entrenamientos y el deber, me recordó una vez más lo que nunca conseguiría de él.

Aquel pensamiento me puso triste por un segundo, si bien enseguida me lo sacudí de encima.

Tenía que dejar de lamentarme por un hombre que solo me veía como una dama caprichosa subordinada a sus órdenes.

Cuando el carruaje se puso en marcha y abandonamos la seguridad del Palais Royal , me atreví a averiguar más datos del lugar que visitaríamos esa noche.

—¿Qué son esos salones privados, exactamente? —pregunté, con el tacto de la mano de Gérald ardiendo aún en la mía.

—Seguro que habéis oído hablar de ellos, mademoiselle —respondió él, oteando a través de la ventana del vehículo y evitando mirarme a mí.

—He escuchado diferentes versiones. La mayoría se resumen en hombres y mujeres entregados a perversiones inimaginables.

Aquellas últimas palabras captaron su atención y me observó, ligeramente divertido.

—¿Perversiones inimaginables?

—Sí, ya sabéis: los límites de la moral borrados.

—Eso me temo.

—¿Os incomoda el libertinaje?

—No puede importarme menos contemplar a un puñado de condes y marqueses fornicando juntos.

—Cierto, había olvidado que en vez de un corazón que arde tenéis una sombra helada —mascullé.

Él no se dignó a entrar en mi provocación.

—Esta noche vos y yo seremos los señores de Clermont.

—¿Estamos casados?

—Sí. ¿Os divierte eso?

—Infinitamente.

—Me alegro de que esto os agrade, pero estamos aquí para captar conversaciones sospechosas. El duque de Orleans cree que uno de estos salones de Le Marais podría ser un lugar de reunión de nobles fronderos. Empezaremos por uno llamado Deseo Prohibido.

—Qué nombre tan apropiado.

—Procurad tener el oído dispuesto a escuchar conspiraciones.

—Así lo haré, ya que se me niegan otros deleites.

Una vez más, Gérald me ignoró.

Al llegar a Le Marais, el carruaje se detuvo frente a una discreta puerta de madera, apenas visible desde la calle, sin nombre alguno que la distinguiera de cualquier otra.

—¿Estáis lista?

—Lo estoy, señor de Clermont.

Volvió a ofrecerme la mano para descender del carruaje y yo se la tomé, rezando para que no advirtiera lo que aquel simple contacto provocaba en mí.

Gérald se adelantó y golpeó la puerta del Deseo Prohibido, mientras yo mantenía mi expresión lo más impasible posible, a pesar de que podía sentir el pulso martilleándome en la garganta.

Estaba a punto de entrar en un mundo desconocido que, sin embargo, despertaba por completo la curiosidad de mi espíritu.

¿Sería cierto lo que se contaba de esos lugares?

Estaba a punto de descubrirlo.

Gérald dio el santo y seña que Monsieur le había confiado, y la puerta se abrió de inmediato para nosotros.

—Señores de Clermont —anunció una voz, y la sombra que nos había abierto nos permitió el paso al Deseo Prohibido.

Apenas crucé el umbral, el aire denso, cargado del aroma del licor y la espesura del humo, se coló en mi nariz. Las luces de las velas apenas iluminaban los rostros de los asistentes, que estaban repartidos por todo el gran salón que se abría ante nosotros.

Justo en ese momento, sentí la mano de Gérald en mi cintura, firme y posesiva como ninguna otra.

—Mantened la cabeza alta —me susurró al oído, su voz rozando mi piel y enviando una sacudida deliciosa que se concentró en mi nuca—. Comportaos como una noble habituada a sitios así.

Intenté mantener la compostura, pero su proximidad hacía que se volviera más difícil.

Quizá fue el roce de su aliento junto a mi cuello, o el hecho de que, en ese mundo oculto y desconocido, dependía completamente de él.

¿Por qué, de todos los hombres que podía elegir de Versalles, era Gérald el único que me hacía sentir así?

Mil noches había intentado negarlo y mil noches había fallado en mi propósito.

Sin soltarme, se inclinó sobre mí, su rostro peligrosamente cerca del mío.

—¿Asustada? —preguntó, su voz tan baja que solo yo pude oírla.

No podía admitir que lo que de verdad me asustaba no era contemplar los cuerpos desnudos de unos desconocidos, sino lo que su proximidad provocaba en el mío.

—Nunca —mentí.

Sonrió levemente en la penumbra ante mi decidida respuesta.

Y con aquella sonrisa olvidé que estábamos en aquel lugar tenebroso, rodeados de murmullos y sombras.

Me perdí en el calor de su mano en mi cintura, en la intensidad de sus ojos, como si la amenaza real estuviera entre nosotros dos y no entre los conspiradores que habíamos venido a desenmascarar.

En aquel momento se nos acercó un hombre con la cara cubierta con una máscara negra y se inclinó ante nosotros.

—Los señores de Clermont, ¿no es cierto?

—Así es —respondió Gérald, erguido.

—Su presencia en el Deseo Prohibido nos honra. ¿Puedo preguntar qué vienen a buscar y en qué puedo ayudarles?