Lucille X
—¿Sabéis montar a caballo como un hombre?
—¡Claro que sé!
Gérald me miró con no poco escepticismo, cuestionando mi habilidad para un acto tan sencillo como el de cabalgar.
—¿De veras sabéis montar a caballo? ¿A horcajadas? —repitió la pregunta, incrédulo.
—He dicho que sí —repliqué, ofendida por la insinuación.
¿Acaso creía que, por ser una dama de la corte, era una completa inútil?
¿Y por qué quería demostrarle que era diferente de cualquier aristócrata que hubiera conocido hasta el momento?
Sentía la imperiosa necesidad de saberme valorada más allá de mi título, de mi cuna, de la antigua sangre de reyes que corría por mis venas.
Deseaba que Gérald viera algo más en mí que el resto de hombres no había visto.
Una sonrisa muy leve cruzó su rostro, una que apenas permitía entrever lo que pensaba en realidad de mi afirmación.
—Bien —dijo, tomando de las riendas a un espléndido caballo negro que parecía tan peligroso como su jinete—. Porque no os trataré con más deferencia que a cualquiera de mis hombres. No habrá ni un solo descanso hasta que lleguemos a París.
—No necesito ningún descanso, capitán.
Me planté a su lado, decidida a no darle la satisfacción de hacerme dudar de mi propia fortaleza. Coloqué un pie en el estribo y, con un impulso, subí a la silla. Recoloqué bien mi vestido de amazona para viajar con la máxima comodidad posible y, en menos de un minuto, estaba lista para partir.
Cuando Gérald montó en su propio caballo, nos miramos el uno al otro, como si nos midiéramos y nos retáramos una vez más.
Tras un leve asentimiento por su parte, nos pusimos en marcha enseguida al galope, y pronto el sonido de los cascos de nuestras monturas resonó en el bosque que separaba Versalles de París.
Le había pedido a Gérald que se llevase el diario de Humières con él para poder explicarle con calma lo que creía haber descubierto.
Aunque mi mente no dejaba de girar en torno a mi hermano y los oscuros secretos que intentábamos desenmarañar, la idea de alejarme de Versalles en la única compañía del capitán de los mosqueteros encendía en mí una excitación desconocida: la de una aventura peligrosa e incierta en la que me adentraba sin saber si saldría viva de ella.
No había temor en mi corazón por ese pensamiento.
Al contrario. Me sentía más viva que nunca.
Nunca había puesto un pie en París; había viajado con dieciocho años desde Tarbes directamente hasta Versalles, y desde entonces no me había movido del palacio porque todo lo que necesitaba estaba entre sus verjas doradas.
Pero ahora, al divisar las murallas y la puerta Saint-Antoine por la que íbamos a cruzar, detuve el galope de mi montura para contemplar la inmensa urbe que se desplegaba ante mi asombrada mirada.
Gérald, intuyendo mi curiosidad, también frenó a su caballo.
—¿Cuánta gente vive ahí? —pregunté, sobrecogida por la cantidad de casas y edificios amontonados unos sobre otros que conformaban París.
—Unas quinientas mil almas.
—Dios mío.
Si a veces Versalles ya me parecía demasiado poblado, con miles de nobles hacinados en sus múltiples cámaras, París debía ser un infierno para sus habitantes. Al menos, para los más pobres.
—¿Os abruma la gran ciudad? —preguntó Gérald.
—No puedo mentir al respecto: me abruma, y mucho.
Pero lo que más me angustiaba era pensar que Bastien podía estar allá, escondido entre aquellas calles y aquellas casas, y lo difícil que sería dar con él en un lugar tan desproporcionado como París. ¿Cómo íbamos a encontrarlo?
—Aún podéis dar media vuelta y regresar a Versalles, mademoiselle.
—No —repliqué, decidida.
Gérald no dijo nada y, a partir de aquel momento, cabalgamos al paso, sin intercambiar más palabras.
Él parecía demasiado concentrado en sus pensamientos y yo demasiado perdida en lo que iba descubriendo tras cada esquina de la ciudad.
Aun así, noté cómo su mirada se desviaba hacia mí de tanto en tanto, vigilante, como si se preguntara si realmente estaba lista para lo que íbamos a encontrar en Le Marais.
Las estrechas callejuelas estaban llenas de vida, de olores y voces, de productos ofrecidos en plazas y de policías que las recorrían.
Yo no perdía detalle de nada. Gérald, a mi lado, avanzaba con la calma propia de quien conocía bien cada rincón, dejándome disfrutar de todas las novedades con las que me cruzaba.
Aquella ciudad nada tenía que ver con mi Tarbes natal, me dije, mientras proseguíamos nuestro camino en dirección al Palais Royal .
Pronto el aire fue adquiriendo un aroma distinto, una mezcla de comida recién cocinada, amalgamada con la humedad acre del Sena, que a esa hora del atardecer parecía un gigante dormido bajo los puentes.
Gérald, como era habitual en él, no lucía la librea azul de los mosqueteros, pero no le hacía falta para transmitir que era un hombre de armas.
La capa, el sombrero de ala ancha y la espada que llevaba colgando en su cinto hablaban por él, y los parisinos, acostumbrados a ese tipo de soldados, lo contemplaban con desconfianza. Gérald no los miraba siquiera.
Al llegar al centro, las calles se volvieron más anchas, mejor cuidadas y las casas, más majestuosas.
El bullicio de los mercados y las tabernas quedaba atrás, reemplazado por el sonido de los cascos de nuestros caballos sobre los adoquines, y comprendí que aquel debía ser uno de los distritos más pudientes de la ciudad.
Cuando finalmente nos detuvimos frente al Palais Royal , mi mirada se alzó hacia aquella imponente construcción situada en el corazón de París.
Las antorchas en la entrada principal proyectaban un resplandor cálido, iluminando los arcos y columnas con una solemnidad que me recordó lo lejos que estaba de Versalles y de todo cuanto hasta ahora había conocido.
Gérald desmontó primero y me ofreció su mano para ayudarme a hacer lo propio.
—Bienvenida al Palais Royal , mademoiselle —dijo, mientras yo tomaba su mano enguantada y posaba mis pies en la propiedad de Philippe de Orleans.
Los sirvientes no se sorprendieron en absoluto al ver llegar al capitán de los mosqueteros y yo lo miré, interrogante—.
Me alojé aquí con Monsieur el año pasado, mientras investigábamos el Asunto de los Venenos.
Retuvo mi mano entre la suya unos instantes más de lo que era necesario y, tras un carraspeo de incomodidad, nos volvimos hacia el primer ayuda de cámara, cuya responsabilidad era darnos la bienvenida al palacio que tenía a su cargo.
—Su alteza el duque de Orleans nos informó esta mañana de su llegada, capitán de la Reynie. En su nombre, os doy la bienvenida al Palais Royal , que podéis utilizar cuanto tiempo preciséis .
—Espero que no sea mucho —dijo Gérald, adusto como siempre. Yo, en cambio, sonreí al ayuda de cámara y le di las gracias por el recibimiento.
Acto seguido, la ama de llaves de Philippe nos condujo hasta el ala este del Palais Royal , donde nos indicó que nos alojaríamos.
Eran unos aposentos amplios y cómodos, con una antecámara que unos criados se afanaban en calentar encendiendo la chimenea.
Una vez que lo consiguieron, nos dejaron a solas con una rápida inclinación de cabeza, y supuse que era la oscura presencia de Gérald lo que tanto los espantaba.
Como bien había temido, el capitán no me dejó ni siquiera ir a refrescarme antes de exigir su pago:
—Cumplid con vuestra parte del trato, mademoiselle. Os he traído a París; es vuestro turno de darme explicaciones acerca de lo que hayáis averiguado.
Puse los ojos en blanco. ¿Es que ese hombre nunca se relajaba? Probablemente no.
—¿Habéis traído el diario de Humières, tal y como os pedí?
—Sí.
Me lo entregó y tomé asiento en el único secreter de la antecámara. Gérald se inclinó sobre mí para observar cómo abría el diario por la primera página escrita, en la que se veían aquellos extraños símbolos geométricos mezclados con números, puntos y rayas, aparentemente sin sentido.
—¿Y bien? —me apremió Gérald, su aliento rozándome el cuello expuesto y provocándome un escalofrío que me esforcé en disimular. Debía concentrarme en lo que tenía entre manos y no en lo que su cercanía me provocaba, por lo que tomé aliento, dispuesta a revelar lo que sería un dato clave .
—A Bastien le interesaban los temas más extraordinarios, como la alquimia, el tarot, afición que compartíamos, como ya os he explicado, o… la criptografía.
—Curiosas aficiones para un joven noble.
—Era un chiquillo inquieto. Siempre lo fue —dije—.
Un verano recibió una paliza tremenda de nuestro padre, una que le dejó una cicatriz de lo más característica en la cara.
Mi padre nunca nos contó el motivo de esa golpiza, pero no me costó demasiado averiguar qué había hecho Bastien para enfadarlo tanto.
Mi padre lo pilló en una situación comprometida con un muchacho campesino que trabajaba en nuestras tierras. ¿Entendéis por dónde voy?
—Sí —masculló él—. El mal llamado vicio italiano.
—Eso me temo.
—¿Era la primera vez que vuestro hermano fornicaba con otro hombre?
Enrojecí ante aquella pregunta tan directa.
—No sé si estaban en una situación tan comprometida, pues Bastien era muy joven entonces. Lo más probable es que fueran solo unos inocentes besos.
—Entiendo.
—La cuestión es que Bastien se enfadó muchísimo.
Nunca lo había visto así. Parecía humillado, furioso y decidido a que nadie jamás volviera a entrometerse en su intimidad.
Por eso se inventó un lenguaje cifrado para poder comunicarse con ese campesino con total libertad.
—Tragué saliva, sabiendo que lo que estaba a punto de decir podía cambiarlo todo—.
Y ese lenguaje… es este que aparece en el diario de Humières.
—Será una broma.