Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Gérald IX #2
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Gérald IX #2

—Es el barrio perfecto para que un noble y un plebeyo se encuentren.

No es lo suficientemente pobre para que la presencia de un conde cause un escándalo inmediato, ni tan rico como para que un plebeyo sea echado a patadas antes de terminar su saludo.

Además, Le Marais cuenta con algo que ningún distrito de París ofrece.

—¿Y qué es ese algo, alteza?

—Ciertos salones privados y discretos que son perfectos para que nuestros exquisitos conspiradores no pisen el lodo de los barrios más peligrosos.

Están abiertos a cualquiera que conozca su santo y seña, y al ser ligeramente ilegales, son accesibles por nobles y plebeyos.

—Sus ojos brillaron un instante antes de que su tono volviera a ser el del príncipe irritado—.

Claro que, si no os convence mi consejo, siempre podéis probar suerte en algún burdel de mala muerte. Y de paso, echar un polvo .

—Agradezco vuestra inestimable sabiduría, alteza. —Hice una leve inclinación, sin molestarme en ocultar la ironía en mi voz, y volví a señalar el mapa—. Movilizaré de inmediato a algunos mosqueteros hacia Le Marais.

—No, no, de ninguna manera podéis entrar en uno de esos salones con una turba de mosqueteros, Gérald.

—En ese caso, iré yo mismo.

—Eso será peor, pues no sabéis comportaros como un noble. Os descubrirían a la primera de cambio.

—¿Me vais a acompañar vos, pues?

—¿Y que me vean en vuestra compañía? —se ofendió Philippe.

Fui a contestarle cuando ambos escuchamos los pasos apresurados de unos tacones descendiendo las escaleras de piedra y, antes de que pudiéramos decir nada más, Lucille irrumpió en mi despacho con la urgencia escrita en su mirada:

—¡Gérald! ¡Tengo que hablar con vos de inmediato y…! Oh, alteza. —Se inclinó apresuradamente ante el duque, sofocada—. No esperaba encontraros aquí .

—Y, sin embargo, aquí estoy.

Una chispa de picardía iluminó los ojos azules de Philippe de Orleans, quien se irguió cuán alto era y se llevó las manos a la espalda. Comprendí que había dejado de ser el soldado táctico y volvía a ser el príncipe arrogante y embaucador de siempre. Me temí lo peor.

Y lo peor, por descontado, llegó:

—Querida mademoiselle de Valois, parece que habéis llegado justo a tiempo para resolver un pequeño dilema —comentó Philippe, con esa sonrisa de canalla que solo él podía esbozar sin perder un ápice de nobleza—.

Estábamos debatiendo sobre la necesidad de que el capitán se infiltre en ciertos salones clandestinos en Le Marais y, como quizá ya sabréis, se requiere la compañía de una dama de la aristocracia para que nuestro reputado Gérald de la Reynie logre pasar por un hombre noble.

Lucille, sorprendida, me lanzó una mirada de incredulidad, intentando quizá medir hasta qué punto aquella propuesta era seria.

No habíamos vuelto a hablar desde anoche en su habitación, cuando la había tomado del cuello y ella me había desafiado a continuar apretando su garganta.

Y mi mente no había podido dejar de conjurar esa imagen arrebatadora de Lucille jadeando, los ojos oscuros brillando con anticipación de lo que yo le había negado.

—Alteza, no creo que sea apropiado… —Empecé a decir, tratando de mantenerme impasible, pero Philippe alzó una mano, como si estuviera dictando una sentencia irrefutable.

—¿Y qué tiene de inapropiado? Es la solución ideal.

Una mujer con el indudable encanto de nuestra mademoiselle de Valois os proporcionará una excelente coartada —añadió, guiñándole un ojo a Lucille—.

Y para contribuir a tal honrosa causa, pongo el Palais Royal a vuestra entera disposición para pernoctar tras tan intensa misión.

Después de todo, mi palacio es bastante más discreto que el Louvre, siempre repleto de mosqueteros que entran y salen.

El tono casual con el que sugirió aquello me exasperó, pero no dije nada, esperando la respuesta de Lucille. Ella pareció dudar un instante antes de contestar, con un leve rubor cubriendo sus mejillas que solo la volvía más encantadora.

—Si el capitán considera que puedo ser de ayuda, alteza, me pondré a su entera disposición —respondió, distante y formal, pero sus palabras dispararon cientos de pensamientos en mi cabeza; ninguno de ellos decente .

Advertí cuánto le costaba mirarme. Quizá era por la naturaleza misma de la misión, o por lo que implicaba que trabajásemos juntos tan de cerca. Tampoco es que yo estuviera muy feliz con aquel arreglo que Monsieur había dispuesto como si de una trampa se tratase.

—Excelente —sonrió el duque de Orleans, al ver que ninguno de los dos decía ni una palabra más—. Geráld, venid a verme antes de partir a París: os proporcionaré direcciones y consignas de esos salones.

—Sí, alteza —mascullé, entre dientes.

—Os dejo a ambos, entonces. —Se ajustó los puños de encaje que sobresalían de su casaca oscura y dio un paso hacia la puerta—.

Y, capitán, si lleváis a mademoiselle de Valois a algún lugar cuestionable, por favor, procurad que no sea un callejón infestado de ratas.

No queremos que las damas de la corte terminen asqueadas de vos antes de que hayáis cumplido con vuestro deber.

A Lucille se le escapó una risita ante aquellas palabras provocadoras, y yo sentí deseos de estrangular a Philippe de Orléans, que abandonó las mazmorras dejando tras de sí un leve rastro de irreverencia en el aire.

Incómodo por la presencia de Lucille en mi territorio, me froté las sienes, rodeé la mesa y dejé que el mueble se interpusiera entre nosotros antes de hablar:

—No os preocupéis por lo que ha dicho su alteza. Estáis dispensada de venir a París para esa misión.

—Pero Gérald… —intentó protestar.

—¿Y bien? —la interrumpí—. ¿De qué teníais que hablarme con tanto apuro?

—Os revelaré lo que acabo de descubrir —dijo, alzando el mentón—. Con una condición.

—¿Y cuál es esa condición, mademoiselle? —pregunté, entrecerrando los ojos, anticipando su respuesta.

—Llevadme con vos a París.

—Rotundamente no.

— Monsieur os lo ha ordenado. Y no creo que ni siquiera vos podáis desobedecer al hermano de su majestad.

—¿Por qué querríais ir a París?

—Quiero estar ahí con vos para descubrir la verdad que pueda salvar o condenar a mi hermano en este enredo de traición.

—París no es un lugar seguro y mucho menos la visita a unos salones clandestinos.

—Pero estaré con vos. ¿Y acaso no sois el mosquetero más temido de toda Francia?

—He dicho que no.

—En ese caso, iré tras el duque de Orleans y le pediré que me lleve a uno de esos salones. Lo haré, con o sin vos.

—Os juro que estáis llevando mi paciencia al más peligroso límite.

—Bien, mon capitaine —me desafió—. Veremos hasta qué punto puedo tensar la cuerda del hombre más cruel de Versalles.

Resoplé, irritado, y ella sonrió con aire triunfal al percibir que se había salido con la suya.

Quería borrar de su rostro esa sonrisa insolente y apagar el desafío que brillaba en sus ojos.

Quería doblegarla, marcar cada línea de su temeridad a base de azotes que harían que la piel de su trasero ardiera, enrojecida como la grana, mientras aprendía quién tenía realmente el control y quién daba las órdenes que ella debería obedecer.

Porque esa falta de temor para adentrarse en los barrios peligrosos de París para así salvar a su hermano ejercía sobre mí una atracción que nunca admitiría en voz alta.

En todos los años que llevaba al servicio del rey jamás había conocido a ninguna dama como ella.

Aquel deseo que Lucille me provocaba no podía terminar bien: para ninguno de los dos.