Gérald IX
U na vez más, desplegué el enorme mapa de París en la mesa de mi despacho y me dispuse a examinarlo.
Mi intuición me decía que París era uno de los grandes bastiones de la Nueva Fronda, y no solo por la jaula de hierro que mencionaban en sus panfletos: también era su centro de operaciones, estaba seguro de ello, y su mejor polvorín para una posible revuelta, pues era la ciudad más poblada de Francia.
Pero, ¿dónde se escondían? ¿Y quién les daba cobijo?
Debía tratarse sin duda de una o varias familias nobles con propiedades en la ciudad o, al menos, con conexiones de confianza para poder financiar la conspiración y dirigirla de forma efectiva.
Sin embargo, por mucho que examinase el mapa de la ciudad y repasase el nombre de los señores parisinos, no encontraba nada lo suficientemente sospechoso en ellos como para detenerlos.
Y Louis me había advertido que no quería ninguna detención sin pruebas fehacientes, lo cual complicaba un poco más las cosas.
Philippe de Orleans, con los brazos cruzados y de pie frente a mí, se quejó:
—No entiendo por qué tenemos que reunirnos en este miserable sitio —gruñó, mirando a su alrededor. Su tono, como siempre, era desganado, como si cada segundo gastado en las mazmorras fuera una afrenta a su alta nobleza.
Lo ignoré, concentrado en el mapa. Mis dedos recorrieron las calles de París, los puntos que consideraba que podían ser clave. El tiempo apremiaba y la red de traición se estrechaba. No podía perder de vista mi único objetivo.
—Gérald, se os van a caer los ojos de tanto mirar ese estúpido mapa.
—¿Habéis venido a ofrecerme vuestra ayuda o a quejaros, alteza?
—He venido porque mi esposa ha insistido. ¿Creéis que quiero pasearme por las mazmorras? Que, por cierto, podríais mandar airear de vez en cuando. Apestan.
—¿Cómo se supone que se airean unas mazmorras subterráneas, alteza?
En ese momento entró Aurore Bechard en el despacho y nos mandó callar:
—Basta, vosotros dos —dijo—. Siempre igual.
Se había cubierto el vestido con un tosco delantal y llevaba las manos manchadas de sangre; un hecho que no la perturbaba en absoluto, ni a mí tampoco, pero sí al duque de Orleans.
— Ma petite furie , os lo suplico, lavaos las manos antes de tocarme o nuestro matrimonio acabará aquí y ahora.
—Creedme, alteza, a veces lo deseo —espetó Aurore.
Él puso los ojos en blanco, hizo un gesto de fastidio y se apartó de su mujer, quien, por un momento, había vuelto a ser la médico de siempre y no la duquesa de Orleans en la que se había convertido mediante el real matrimonio.
—¿Habéis encontrado algo interesante en el cadáver de madame Delacroix? —me interesé, ignorando el disgusto de Philippe al ver a su esposa de esa guisa.
—De hecho, sí —declaró Aurore—. Tenía restos de serpentio en su nariz. ¿Recordáis lo que os conté acerca de inhalar pequeñas cantidades de ese veneno en polvo, Gérald ?
—Claro que lo recuerdo. Se usa para alcanzar cierto estado de euforia.
—Y de valentía —añadió Aurore—. Es posible que madame Delacroix lo utilizase para infundirse valor antes de degollarse frente a Louis. No es la forma más agradable de cometer suicidio, pero a la hora de mandar un mensaje, sin duda, sí es la más… impactante, supongo.
—¿Algo más?
—No, nada. Siento no ser de más ayuda.
—Sois de gran ayuda, alteza —sonreí imperceptiblemente.
—Y ahora que habéis abierto ya un cuerpo y metido las manos en él, volved a los Apartamentos del Príncipe de inmediato y adecentaos —indicó Philippe.
Aurore lo fulminó con la mirada.
—Vos no podéis darme órdenes.
—En realidad, sí que puedo —sonrió el duque, y luego señaló las escaleras que ascendían—. Andando, que los salones nos esperan. Allez , allez .
—Ah, no, ni hablar —se negó Aurore—. Ayudaréis a Gérald tal y como os comprometisteis a hacer, Philippe. Os quedáis aquí.
—¿Qué dices? ¡Aurore! —se quejó el duque, olvidando el trato protocolario y viendo cómo su mujer desaparecía escaleras arriba, sin él—. ¡No me dejes en este sitio asqueroso con Gérald de la Reynie! ¡Aurore Bechard, en nombre de Francia y de…!
Ella lo ignoró y el sonido de sus tacones pronto se desvaneció conforme ascendía las escaleras.
Philippe de Orleans resopló, molesto y, a pesar de la situación en la que nos hallábamos, no pude evitar que se me escapase una leve sonrisa.
—Es toda una experiencia estar casado con una mujer que amas —proclamó con infinito fastidio—. Os lo recomendaría si no fuera porque vuestro fascinante carácter seguramente espanta a cualquier dama con dos dedos de frente.
Inspiré, negándome a dar respuesta a ese nuevo insulto que salía de su boca, lo cual, por descontado, no impidió que Monsieur siguiera hablando:
—En fin, no puedo imaginar por qué me habéis pedido ayuda. ¿Es para un cambio de vestuario? Porque en ese caso os diré que ese jubón que vestís está tan pasado de moda…
—Alteza —intenté detenerlo, pero cuando el duque estaba airado y con ganas de molestar, era como un caballo desbocado. Nada podía frenarlo.
—Por no hablar de la capa infecta que insistís en lucir.
—Alteza, aunque aprecio vuestra elocuencia —interrumpí, apoyando las manos en el borde de la mesa y clavando la mirada en Philippe, que solo sonrió con satisfacción al ver que había logrado exasperarme.
Si había algo que le encantaba era fastidiar a quienes lo rodeaban cuando lo obligaban a hacer algo contra su voluntad—, lo que necesito de vos es…
—Que vais a saber apreciar vos la elocuencia; no sabríais identificarla ni aunque estuviera delante de vuestras narices —dijo, con una inclinación burlona de la cabeza mientras tomaba un sello de lacre entre sus dedos y jugueteaba con él, como si eso fuera lo más interesante del mundo. Luego lo soltó, aburrido.
Inspiré profundamente de nuevo y devolví mi atención al mapa de París. Marqué los lugares que ya sabíamos que tenían alguna relación con la conspiración: las minas subterráneas de Montrouge, la prisión de la Bastilla, la iglesia de Saint-Eustache y el barrio de Saint-Jacques-la-Boucherie.
Era difícil intentar concentrarse con Philippe allí, tan molesto como hastiado, pero consideré que sin duda podía conseguir información útil, incluso de los comentarios más despreocupados de su alteza.
—Si de verdad queréis ayudarme —dije, sin ocultar mi impaciencia—, podéis comenzar por usar esa boca vuestra para algo más que para soltar comentarios sobre moda.
Philippe resopló, pero al fin logré que se fijase en las áreas señaladas en el mapa de París.
—Está bien. Os escucho.
—Estas son las entradas a las minas que tenemos controladas, y estas son las iglesias que creemos sospechosas de colaborar con la Nueva Fronda y aquí…
—¿Quién demonios tiene una reunión en esa zona? —dijo Philippe, señalando el barrio de Saint-Sauveur—. Es un sitio miserable.
—Exactamente, alteza. Un sitio miserable. Justamente por eso es el lugar perfecto para encuentros clandestinos, lejos de los ojos de la corte.
—Estáis muy equivocado —bufó, poniendo los ojos en blanco.
—¿Cómo decís, alteza?
—Si la Nueva Fronda está formada por plebeyos, pero también por nobles, estos últimos jamás pondrían un pie en Saint-Sauveur. Ni siquiera para contratar a una prostituta con tisis.
—No estoy de acuerdo.
—Eso es porque no sois un noble. No sabéis cómo piensa un conde o un marqués.
—Muy bien —acepté—. Vos sois duque y amante de los bajos fondos de París. Iluminadme, alteza.
—Cuidado con ese tono, capitán. Sigo siendo príncipe de Francia.
Sumamente fastidiado por verse obligado a hacer algo que no le provocaba el más mínimo placer, Philippe se inclinó sobre el mapa y lo observó en silencio durante algunos minutos.
Luego, preguntó:
—¿Habéis encontrado pistas en las minas abandonadas?
—Solo el símbolo de la Nueva Fronda grabado en varios corredores y una iglesia que guardaba panfletos listos para repartirse.
—Entiendo —murmuró, más para sí mismo que para mí.
Concentrado como estaba, pude al fin ver en él al soldado que Philippe de Orleans llevaba en su interior, el mismo líder de guerra que había ganado batallas en el frente neerlandés. Cuando quería, podía tener una mente estratégica y calculadora. Como la de su real hermano.
Sus dedos se movieron sobre el pergamino con deliberación, marcando ciertos puntos como si tratara de encontrar sentido en la maraña de calles que formaban la ciudad que él conocía tan bien.
—¿Cuál es vuestra teoría, Gérald?
—Que la Nueva Fronda ha unido los intereses de nobles y plebeyos para su causa.
—Estoy de acuerdo; todo apunta a eso. Sin embargo, un noble visitando los barrios bajos llama siempre la atención, por mucho que intente vestir con ropas más discretas. Y un hombre o mujer del pueblo entrando en una casa señorial… es incluso más sospechoso.
—Discrepo con vos: los barrios bajos son ideales para reuniones clandestinas entre ricos y pobres —dije.
Philippe negó con la cabeza.
—No. Un noble jamás iría por Saint-Sauveur, ni siquiera para divertirse a costa de la miseria —insistió, desviando la mirada del mapa—.
Los nobles que están implicados en esto no buscan ensuciarse en la pobreza, solo utilizarla a su favor.
Si el movimiento ha unido a plebeyos y aristócratas, los señores seguirán exigiendo comodidades, incluso en la clandestinidad.
No en sus propiedades, claro, pero sí en sitios lo suficientemente escondidos de los ojos de los mosqueteros del rey y de la policía parisina.
Consideré lo que decía. Aunque aborrecía su tono altivo, debía admitir que quizá tenía un punto de razón. Al fin y al cabo, él era noble y sabía mejor que yo cómo pensaban los de su clase.
—¿Entonces cuál es vuestra sugerencia, alteza? ¿Algún rincón de París lo suficientemente discreto y a la altura de los estándares de nuestra nobleza sublevada?
Philippe me lanzó una mirada que no sabía si era de burla o de aprobación.
—Yo empezaría por Le Marais.
—¿Por qué Le Marais?