Lucille IX
N unca había puesto un pie en la chambre du roi y tuve que contener mi asombro en cuanto los guardias me franquearon el paso y cerraron la puerta tras de mí, dejándome a solas en la imponente cámara real.
Era la habitación más majestuosa que jamás hubiera contemplado y, por un instante, el propósito de mi visita se desvaneció entre el asombro y la opulencia que me rodeaba.
El lugar de descanso más íntimo del Rey Sol era también un manifiesto de la riqueza y el poder de Francia, y cada detalle así lo demostraba.
La cama, situada sobre una plataforma elevada con barandillas doradas, era tan imponente que evocaba la majestuosidad de un altar.
Rodeada por un dosel de intrincado diseño, el lecho estaba envuelto en una tela azul real, adornada con flores de lis bordadas en hilo de oro, cuyos pliegues caían hasta el suelo con la solemnidad de un manto imperial.
Pero fue el enorme cuadro situado frente a la cama el que más atrajo mi atención: la representación del dios Apolo, el símbolo de Louis XIV.
Sus ojos, igual que los del monarca, parecían atravesarme más allá de mi carne y de mis pensamientos.
Bajo su mirada, el dios me recordaba mi posición en este mundo: insignificante, una sombra bajo el esplendor del sol que reinaba sobre Francia.
No pude evitar estremecerme, a pesar de que la estancia estaba bien caldeada, gracias al fuego que ardía en la chimenea de mármol .
En aquel momento, una puerta oculta junto a la cama se abrió y entró Louis, seguido de Bontemps, al que despidió con un leve gesto de la mano.
El ayuda de cámara hizo una reverencia y se retiró por donde había venido, no sin antes lanzarme una mirada grave para que no olvidase en presencia de quién me hallaba.
El rey se acercó a mí con aquella media sonrisa que uno nunca sabía bien qué escondía.
—Mademoiselle de Valois —me saludó, amable.
—Majestad —me incliné ante él.
Nunca había estado a solas con Louis, y menos en un lugar que muy pocas personas en la corte llegaban a pisar.
Su presencia, envuelta de la magnificencia de su cámara real y de su traje rojo y dorado, me abrumó mucho más de lo que estaba preparada para admitir.
Allí, de pie, frente a él, sentí cómo cada bello rasgo del monarca encajaba perfectamente en el esplendor de la estancia.
Sus ojos, penetrantes y fríos como el cielo de invierno, evaluaron mi rostro.
—Mademoiselle de Valois —repitió con voz suave, pero cargada de autoridad—. ¿Os preguntáis por qué os he llamado?
—Ciertamente, majestad, aunque vuestra invitación me honra —respondí, obligándome a mantener la calma.
Su sonrisa se mantuvo contenida, sin rastro de humor. Dio un paso hacia mí y me señaló un escabel.
—Sentaos, Lucille, junto al fuego. No quisiera que os atrapara este frío otoñal que tan repentinamente ha caído sobre nosotros.
Tomé el escabel y lo situé frente al trono con reposabrazos en el que él se sentó.
El crepitar del fuego que ardía en la chimenea nos rodeó.
Observé cómo el rey entrelazaba las manos en su regazo, cruzaba las piernas y ladeaba ligeramente la cabeza.
Permanecí inmóvil, aguardando a que hablara primero.
—Os he visto disfrutar en los salones y en los jardines desde el primer día que os instalasteis en la corte —dijo, sin andarse con rodeos—. Lo que me hace pensar que sois feliz aquí. ¿Me equivoco?
Sentí un extraño estremecimiento en la nuca.
—No os equivocáis ni un ápice, majestad. —Mi voz sonó clara, a pesar del nudo de nervios que crecía en mi pecho—. Versalles es un sueño.
—Y una pesadilla, a veces, me temo.
La intensidad en sus ojos fue demasiado para mí, y tuve que bajar la mirada hacia mis manos para recomponerme.
—Ignoraba que os hubierais fijado en mí. No soy nadie.
—No hay ni un alma viviendo bajo el techo de este palacio de la cual yo no conozca el nombre.
Así que sí, me he fijado en vos. —No supe qué contestar a semejante declaración y, ante mi silencio, Louis continuó hablando—: Mi hermano siempre me ha acusado de ser un fanático del control, y quizá tiene razón: insisto en que nada se escape de mis manos y en que absolutamente cada detalle quede por escrito y archivado.
Incluso los asuntos más nimios, como la aceptación de un nuevo nombre en la orden de los mosqueteros.
—¿Los mosqueteros del rey, majestad?
—Que yo sepa, desde que disolví la orden de los mosqueteros del cardenal Mazarino, no existen otros.
—Claro —respondí, sintiéndome una niña estúpida. Más me valía callar y escuchar a Louis.
—Hace más de un año, Gérald de la Reynie recibió una carta de vuestro hermano Stéphane solicitando, en nombre de Bastien de Valois, permiso para ingresar en la orden.
Fue un permiso que yo mismo firmé, pero que Bastien nunca llegó a presentar en los cuarteles del palacio del Louvre para iniciar su formación y entrenamiento como mosquetero. ¿He acertado de nuevo?
La mención de Bastien fue una daga abriéndose paso en mi mente y en mi corazón. ¿Estaba Louis probándome, para ver qué reacción tendría ante aquella información?
Él seguía observándome, impasible, y sentí que indagaba en lo más profundo de mi ser. Louis no era solo el rey de Francia, sino también el monarca más poderoso de Europa, el dueño de cada rincón de Versalles y de cada secreto que en él se escondía. Y yo le debía absoluta obediencia.
—Majestad —mi voz titubeó ligeramente, y noté el calor acumulándose en mis mejillas—, es cierto que mi hermano pequeño está desaparecido, pero…
—Desaparecido y aliado con la Nueva Fronda, al parecer —me interrumpió.
—Él no…
Louis alzó un solo dedo, indicándome que guardara silencio, y obedecí. Dejé que el crepitar del fuego en la chimenea llenara la quietud de la estancia.
—Sé que su nombre apareció entre los clientes de Le Sorcier .
No es necesario que intentéis ocultármelo, Lucille —continuó, sus ojos nunca apartándose de los míos—.
Como ya os he dicho, no se presentó para su entrenamiento.
No sé si vos podréis esclarecerme el motivo por el cual un joven noble solicita convertirse en uno de mis mosqueteros para luego desvanecerse en el aire.
El nudo de nervios en mi pecho se apretó aún más, sin saber hasta qué punto podía ser honesta con Louis respecto a Bastien. Mi hermano había tenido aspiraciones, sí, pero al parecer sus propios ideales lo habían llevado a caminos de los que yo no sabía nada .
—Majestad, mi hermano siempre quiso servir a Francia, a vos. —Elegí mis palabras con sumo cuidado—. Os admira desde pequeño, lo juro por Dios. Todos los Valois somos leales a la corona.
Louis me observaba con el mismo semblante inescrutable. No parecía sorprendido, pero tampoco demasiado satisfecho con mi respuesta.
—¿Estáis nerviosa, Lucille? —dijo, suavizando su tono.
—Lo estoy, majestad. Temo por Bastien, por Stéphane, por mis padres y por mí misma.
—Calmaos. No os estoy acusando de nada, mademoiselle. Tampoco a vuestro hermano. De momento —puntualizó, con la firmeza de siempre—. Sé que os habéis ofrecido ejercer como espía para el capitán de la Reynie y así tener la oportunidad de demostrar que Bastien de Valois es inocente.
—¡Es que lo es! —exclamé, golpeando mi muslo con el puño. Los ojos de Louis chispearon, incrédulos ante mis modales, y yo bajé la cabeza—. Perdón. No pretendía levantar la voz.
—No lo tendré en cuenta por el cariño que os profesa la princesa de Francia. Sin embargo, recordad siempre frente a quién estáis y a quién servís.
—Sí, majestad. Solo deseo tener la oportunidad de contribuir, en la medida que sea posible, a desenmascarar a quienes os desean el mal y a socorrer a mi hermano.
—¿Y qué ocurriría si descubrierais que Bastien es culpable de atentar contra la corona?
¿Qué podía contestar a eso? ¿Debía ser honesta? ¿Mentir al hombre que, con una sola palabra, podía condenar a toda mi familia a la muerte?
—En ese terrible caso, majestad, me arrodillaría ante vos y rogaría por vuestra comprensión y misericordia para salvar la vida de mi hermano.
Os suplicaría que lo encerraseis en la Bastilla por el resto de sus días y dedicaría toda mi existencia a serviros en absolutamente todo lo que precisaseis de mí, para demostraros que los Valois somos fieles súbditos del Rey Sol —proclamé, con toda la firmeza que fui capaz de reunir.
Louis permaneció en silencio, evaluándome con esos ojos impenetrables que me atravesaban hasta llegar a lo más hondo de mi corazón. El peso de su mirada era tan intenso que tuve que hacer un verdadero esfuerzo para no desmoronarme por completo.
Tras lo que me pareció una eternidad, en su rostro se dibujó una sonrisa apenas perceptible, que no me resultó tranquilizadora en absoluto. Aquella leve curva de sus labios me hacía sentir que había comprendido mucho más de lo que yo misma era capaz de expresar con palabras.
—Sé que muchos me consideran un tirano sin corazón, mademoiselle de Valois, y quizá no estén del todo equivocados: la lealtad absoluta a la corona a veces viene con un precio elevado.
—Hizo una pausa, y un escalofrío recorrió mi espalda—.
Espero que comprendáis plenamente las implicaciones de vuestra promesa.
Incliné la cabeza, tragando el nudo que se me había formado en la garganta, y respondí:
—Lo comprendo, majestad.
—No obstante, la lealtad también puede tener sus recompensas.
—Su rostro perdió parte de su gravedad y me relajé un poco, reconociendo de nuevo en sus ojos al monarca que disfrutaba bailando y riendo en la Galería de los Espejos—.
Decidme, ¿qué os trajo a Versalles? Stéphane de Valois me aseguró en sus cartas que un buen matrimonio sería un honor para vuestro apellido.
Sin embargo, tengo entendido que, desde vuestra llegada, no habéis hecho más que saltar de lecho en lecho .
Sus palabras fueron tan inesperadas que el rubor subió rápidamente hasta mis mejillas. Nunca imaginé que Louis se dirigiera a mí de esa manera, con tal franqueza. Traté de contener la vergüenza que se apoderaba de mí.
Louis alzó una mano, silenciándome antes de que pudiera decir nada.
—No me malinterpretéis, mademoiselle. Lo que hagáis en la privacidad de vuestros aposentos no es asunto de la corona, y no me importa lo más mínimo que seáis una libertina. Sin embargo, debéis reconocer que, si buscáis un matrimonio ventajoso, vuestros actos no os están favoreciendo en absoluto.
—No busco un matrimonio. Ni ventajoso ni de ningún tipo.
—Raoul de Brissac me ha insinuado que está interesado en tomaros por esposa. ¿Acaso no deseáis un acuerdo así?
—No —aseguré—. Los matrimonios son una jaula para las mujeres y parir hijos, su sentencia de muerte.
El rey suspiró, al parecer divertido por mi escandalosa declaración.
—Creo que pasáis demasiado tiempo con la princesa Aurore. Habláis ya igual que ella.
—Su alteza está felizmente casada.
—Sí, con mi hermano: el hombre más inmoderado de toda Francia —respondió Louis, su tono teñido de jocosidad—. No es de extrañar que ella exprese sus propias ideas con tanta franqueza.
—Es uno de los muchos motivos por los cuales siento tanto afecto por la duquesa de Orleans.
—No me cabe duda de que compartimos tales motivos para tenerla en alta estima, mademoiselle de Valois.
Algo en aquel hermoso rostro, siempre tan distante, siempre tan impenetrable, se resquebrajó, y yo pude ver al Louis que amaba a Aurore, tal y como había amado a la duquesa de la Valière, a Henriette de Inglaterra y a Madame de Montespan.
Y también pude comprender por qué mi amiga lo amaba a él, a Louis, y no al Rey Sol.
—Majestad, no puedo evitar pensar que mi vida debe ser algo más que un contrato y un linaje. No aspiro a los privilegios de un título, sino a la libertad de mis decisiones.
Louis me observó con interés y, tras unos instantes, esbozó una sonrisa que, esta vez sí, fue absoluta.
—No es sencillo sorprenderme, mademoiselle de Valois, y vos lo acabáis de lograr. —Se inclinó hacia mí—. Tened presente que la libertad es un lujo aún más caro que cualquier título. Y en Versalles, la libertad siempre tiene un precio.
—Estoy dispuesta a pagar ese precio.
—¿Incluso si ese precio es una orden mía de que os caséis con quien yo disponga? —preguntó Louis.
Sentí un temblor recorrer mi espalda, pero mantuve la voz firme al responder:
—Sí, majestad. Si vuestra orden es que contraiga matrimonio con el hombre más indeseable de toda Versalles, firmaré ese contrato sin un solo titubeo.
Pareció satisfecho con mi afirmación.
—Podéis retiraros, Lucille.
Me levanté del escabel y, antes de hacer una reverencia y abandonar la chambre du roi , quise defender a mi hermano una vez más.
—¿Me permitís una última cosa, majestad?
—Hablad.
—Bastien odia la nobleza que se interpone entre el pueblo y vos. Jamás colaboraría con un duque o un conde para atentar contra vuestra vida, y si lo hace, os aseguro que lo han engañado como a un chiquillo estúpido que …
Me detuve, pálida como la luna.
—¿Mademoiselle de Valois? —se incorporó Louis, preocupado por mi repentino silencio—. ¿Estáis bien?
—Sí —respondí, agitada—. Debo personarme de inmediato ante el capitán de la Reynie. Si me disculpáis.
Me incliné ante él y, antes de que pudiera decirme nada más, abandoné la cámara real con el corazón temblando de pánico, temblando de miedo. Temblando de dolor.
Acababa de comprender por qué los símbolos del diario de Hubert de Humières me resultaban vagamente familiares.
«Bastien, ¿qué es lo que has hecho?».