Gérald VIII
D e vuelta en mi despacho, interrogué a Antoine de Lorraine durante horas, hasta que el sol salió por el horizonte.
El maestro de ceremonias del rey me aseguró una y otra vez que madame Delacroix era habitual en los salones nocturnos de la corte, y que hasta aquella noche jamás había dado problemas ni señales de ser una conspiradora.
—Lleva años viniendo a tirar las cartas, a pesar de la oposición de la reina.
—¿De la oposición de la reina? —me interesé de inmediato.
—Ya sabes cómo es su majestad, Gérald: una profunda devota cristiana. No le agradan los divertimentos que suenen a herejía pagana, pero al rey sí.
No descarté de inmediato aquella posibilidad; María Teresa y Louis cada vez estaban más distantes y hacían poca vida en común.
Toda la corte lo sabía. La reina apenas abandonaba sus aposentos y el rey la visitaba escasos minutos al día para preocuparse por su salud.
A aquello había quedado reducida su relación.
Yo había estado presente cuando se habían casado, ambos con veintiún años.
Todo el mundo los creyó enamorados, especialmente a María Teresa.
Se decía que la archiduquesa de Austria había caído rendida a los encantos de un jovencísimo Louis desde el primer momento en que lo vio, y Louis, seducido por la novedad, se entregó a ella con la pasión que lo caracterizaba.
Sin embargo, María Teresa no conservó el amor de Louis demasiado tiempo, y el hecho de que tomase amantes le resultaba profundamente doloroso.
No se resignaba a ser una hembra de cría, pero tampoco participaba de la vida en la corte y, tras muchos años siendo reina de Francia, su dominio del francés era, cuanto menos, cuestionable.
Aquello no hacía que Louis volviera a inclinarse hacia ella, desde luego.
Me pregunté si el resentimiento de la reina era suficiente como para formar parte de la Nueva Fronda.
Me prometí a mí mismo tirar de ese hilo con la mayor discreción posible.
Me mantuve en silencio mientras Antoine de Lorraine hablaba, observándolo con suma atención.
Su posición le otorgaba ciertos privilegios de información que muchos cortesanos no podían imaginar.
Al fin y al cabo, era él quien se encargaba de coordinar, junto con Bontemps, la entrada y salida de invitados a Versalles: músicos, actores, bailarines… y quién sabe quién más.
—Así que madame Delacroix visitaba la corte con frecuencia… ¿Y nunca te pareció extraño? —insistí, tratando de atrapar alguna vacilación en su respuesta.
Antoine suspiró, alzando las manos en un gesto de impotencia y cansancio.
—No. Como te he dicho, al rey le gusta ofrecer ese tipo de espectáculos, aunque sean paganos —respondió, molesto por mi insistencia—.
Además, esa mujer tenía su círculo de seguidores, sobre todo cuando Madame de Montespan reinaba en el corazón de su majestad.
No me corresponde a mí cuestionar los gustos de quienes solicitaban sus servicios.
—Pero Madame de Montespan lleva meses recluida en un convento de París.
—Hasta donde yo sé, sí. Cayó en desgracia porque su nombre apareció en la lista de clientes de Le Sorcier . Todo el mundo sabe eso… ¿No?
Ignoré su pregunta .
—A partir de hoy, quiero una lista diaria de todo aquel que entre en Versalles para participar de los divertimentos que tú organizas. Y si me entero de que dejas fuera de ese papel un solo nombre, te prometo una habitación permanente en mis calabozos.
—Soy inocente, Gérald.
—Eso ya lo veremos.
Cuando el sol asomó y el agotamiento comenzó a ganar terreno, concluí el interrogatorio.
Antoine suspiró de alivio al saber que podía salir de ahí con todos sus miembros intactos.
La mayoría de las veces, mi mala fama era más que suficiente para hacer hablar a un hombre y asegurarme su obediencia absoluta.
Arrancar ojos o cortar dedos lo reservaba para situaciones que requirieran una presión extra sobre el interrogado.
No obstante, antes de que abandonara mi despacho, le interpelé de nuevo:
—Antoine.
—¿Sí, capitán?
—La lealtad al Rey Sol se recompensa. La traición se paga con sangre. Tenlo bien presente.
Él me miró, pálido, lleno de un temor que me proporcionó una honda satisfacción.
Aunque no tanta como la que había sentido al besar a Lucille de Valois.
Apenas unas horas después de haber despedido a Antoine de Lorraine y reorganizar a los mosqueteros para las diligencias del día, me dirigí al encuentro del rey .
No había dormido nada, aunque estaba acostumbrado a las largas noches de insomnio. Esperé a que finalizara la ceremonia del Petit Lever y, entonces sí, Bontemps me dejó pasar al gabinete del Consejo con semblante serio.
La sala estaba en silencio, con Raoul de Brissac y Philippe de Orleans ya presentes cuando entré.
Louis estaba de pie, dándonos la espalda a todos, cuando Bontemps cerró la puerta a mis espaldas.
Solo entonces, con sus ojos azules cargados de impaciencia, nos dirigió una mirada evaluadora a sus cuatro hombres de mayor confianza.
—Estamos aquí para discutir un asunto que amenaza la paz de nuestra corte —declaró, y su voz resonó en la pequeña estancia—.
Lo ocurrido ayer en el Salón de Marte es intolerable: un ataque a Versalles es un ataque directo contra mí, y por ende, también contra toda Francia.
Capitán, ¿tienes algo que decirme a ese respecto?
—Majestad, hemos hecho avances respecto a la investigación de la Nueva Fronda —expliqué, escogiendo las palabras con sumo cuidado.
El ambiente era tenso, hostil—. Tenemos nuevos nombres que investigar, además de textos cifrados en los que estamos trabajando para romper su código y acceder a la información.
Philippe de Orleans, que había estado escuchando en silencio hasta ese momento, arqueó una ceja, con los brazos tras su espalda.
—¿Queréis decir que habéis interceptado un mensaje entre conspiradores? —preguntó con una mezcla de escepticismo y curiosidad.
—Eso es precisamente lo que quiero decir, alteza —respondí—. Cómo y a quién, prefiero guardármelo para mí, si no os importa.
—Confío plenamente en los hombres aquí reunidos —me recordó Louis, mirando a su círculo más íntimo.
Yo hice lo mismo, con suspicacia, antes de decir:
—Sí, pero yo no.
—¡Cómo os atrevéis! —exclamó Raoul de Brissac, ofendido por mis palabras.
Lo miré, impasible, y luego devolví la mirada al rey para que entendiera que mi desconfianza era una cuestión de seguridad.
Louis permaneció en silencio. No soportaba pensar que el palacio de sus sueños albergaba enemigos, pero así era, y debía asimilarlo cuanto antes mejor.
Con cada segundo que transcurría, el aire en el Gabinete se volvía más denso.
Al cabo de lo que pareció una eternidad, tomó aliento antes de decir:
—Capitán, la seguridad de mi corte y de mi familia depende de ti. Nadie, absolutamente nadie, está por encima de la ley de Versalles. —Luego, sin mirar a su alrededor, ordenó—: Dejadme a solas con Gérald de la Reynie.
Vi las tres diferentes reacciones que esa orden provocó en los hombres ahí reunidos.
El duque de Orleans puso los ojos en blanco, fastidiado.
Bontemps pareció contrariado por verse alejado de su rey.
Raoul de Brissac se mostró enfadado por la desconfianza.
No obstante, todos y cada uno de ellos obedecieron, y yo esperé pacientemente a que las puertas se cerraran tras de mí y me dejaran a solas con Louis.
—Habla claro, Gérald.
Avancé un paso hacia la mesa, cubierta con un tapete azul real y, sin pronunciar palabra, deposité frente a él el diario del duque de Humières. Louis miró el objeto con curiosidad, esperando una explicación por mi parte.
—Majestad —dije, colocando la mano sobre la tapa gastada del diario—, Lucille de Valois lo encontró en la habitación de Humières.
—¿Hubert?
Louis era claramente consciente de la gravedad de lo que implicaban mis palabras. Abrió el diario y hojeó las primeras páginas en silencio. Podía notar su concentración mientras analizaba los garabatos y los símbolos geométricos que, de momento, no habían cobrado sentido alguno.
—Este diario contiene varias referencias a una jaula de hierro —proseguí—. ¿Creéis saber de qué podría tratarse?
—Es una referencia a la Bastilla, ¿no es así?
—Sí, eso creo. ¿Puedo preguntar cómo lo sabéis vos?
—¿Acaso ya no recuerdas cómo nos conocimos, Gérald?
—Es difícil olvidar un día así.
Louis esbozó una media sonrisa.
—Visité en varias ocasiones a mi tío Gaston tras la caída de la vieja Fronda.
—¿Fuisteis a la Bastilla, majestad? —inquirí, sorprendido por tal audacia.
—Sí. Lo hice a escondidas de Bontemps, así que, por favor, no le digas nada o le daría un ataque al corazón al saberme desprotegido en las calles de París.
Me acompañó mi hermano, armado hasta los dientes.
Ambos éramos unos críos y buscábamos aventuras.
No negaré que también ansiábamos comprender por qué nuestro propio tío había querido acabar con nosotros dos.
—¿Y lo comprendisteis, majestad?
—Solo en parte. Sea como sea, fue entonces cuando descubrí que a los prisioneros de más alto rango político de la Bastilla se los llamaba “jaulas de hierro”. Mi tío era, pues, una cage de fer .
—Posiblemente era la jaula de hierro de más alto rango, majestad, ya que formaba parte de la familia real.
—Sí, supongo que sí. Pero mi tío está muerto. Los nobles fronderos de aquella época también, en su gran mayoría. Los que sobrevivieron fueron desterrados de Francia por la reina Anne.
—Lo sé. Esta Nueva Fronda es diferente.
—¿Diferente en qué? —se interesó Louis.
—Esta vez no son solo los nobles quienes se oponen a vos, majestad. La Nueva Fronda está formada por nobles y plebeyos, me temo.
—¿Estás seguro de eso?
—Casi seguro. Manadou y ahora madame Delacroix así lo confirman. Ambos eran parte del pueblo y, sin embargo, eran fronderos.
—¿Y qué propones?
—Hay tres opciones a considerar, majestad. La primera es investigar discretamente a cada uno de los nobles que han tenido contacto cercano con Humières. Podríamos acercarnos a esas personas sin levantar sospechas. Es una opción lenta, pero más segura.
—Continúa —dijo, sin expresión alguna en su rostro.
—La segunda opción, majestad, sería una estrategia de cebo.
Podríamos fingir que ya conocemos a los cabecillas de la conspiración y diseminar información que indique que estamos a punto de arrestarlos.
La reacción que provocaría entre los culpables podría delatarlos.
Sin embargo, este método conlleva el riesgo de que los conspiradores respondan con un ataque prematuro o intenten huir antes de que podamos detenerlos.
Sus ojos evaluaban la peligrosidad de la sugerencia. No parecía del todo convencido, y no podía culparlo; en el riesgo se hallaba también el peligro de alertar al enemigo demasiado pronto.
—¿Y la tercera opción, Gérald? —Su tono desapegado indicaba que sabía que ninguna de las posibilidades era ideal, y que le tocaría tomar una decisión difícil, como siempre.
Por suerte, yo confiaba en su intuición y en su inteligencia.
No era un monarca estúpido e iletrado; era capaz de escuchar consejos, valorarlos y tomar una decisión tras una breve deliberación.
Lo había visto hacer cientos de veces y jamás le había temblado el pulso, por muy desagradable que fuera lo que debía ordenarme.
Por eso era, en mi opinión, un buen rey.
—La tercera opción, majestad, sería lograr que los fronderos se sientan seguros en su anonimato, ya que en ese caso quizá podrían tomar medidas más audaces.
Para ello, podríamos hacer creer que vuestra atención está centrada en una amenaza menor y permitirles que piensen que tienen la libertad de actuar.
—¿En una amenaza menor como cuál?
—Varios de los nobles que perdonasteis por su relación con el Asunto de los Venenos están regresando a Versalles con el rabo entre las piernas.
Podemos hacer correr el rumor de que son ellos quienes nos preocupan en verdad, y no la Nueva Fronda.
Si los fronderos se sienten invulnerables, es posible que se vuelvan más temerarios en sus acciones, comunicaciones o movimientos.
Y la temeridad suele llevar a cometer errores.
Louis se mantuvo en silencio durante varios minutos, mirando el diario en su mano como si en sus páginas pudiera encontrar una respuesta inmediata. Yo sabía que detestaba las conspiraciones y que preferiría barrer de una vez a todos aquellos que pusieran en peligro su corte.
Finalmente, levantó la vista hacia mí y habló con una voz fría y controlada.
—Me confirmas que tengo serpientes en mi propio nido y que atacarán al primer descuido.
No puedo permitirme ninguna debilidad, ni siquiera la de dejar que estos traidores vivan un día más de lo necesario.
No obstante, debo saber quiénes son para poder extirpar de raíz esta amenaza.
—Su mirada se endureció—. Tienes permiso para llevar a cabo la primera opción.
Vigila a todos aquellos que sean cercanos a Humières, pero actúa con la máxima discreción y no detengas a nadie a no ser que sea absolutamente necesario.
Las habladurías sobre la Nueva Fronda ya han cruzado nuestras fronteras y han llegado a cortes extranjeras.
No quiero que Versalles sea percibido como un lugar inseguro donde se cuelan los enemigos. ¿Entiendes a lo que me refiero, Gérald?
—Por supuesto.
—Si vas a detener a alguien, que sea con pruebas absolutamente firmes. Permitiremos que Humières campe a sus anchas, como si no supiéramos nada de su afiliación con la conspiración. Mantenme informado de cada paso que des. No quiero sorpresas, capitán. Ni para mí ni para Francia.
Incliné la cabeza en señal de acatamiento, dispuesto a retirarme para continuar con mis funciones.
—Así se hará, majestad.
La voz de Louis me detuvo antes de que pudiera abandonar el Gabinete del Consejo.
—Y quiero hablar con tu nueva y flamante espía.
—¿Con mi…?
—Con Lucille de Valois. Tráela de inmediato a mi presencia.