Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Lucille VIII
26%

Lucille VIII

A l quedarme sola, sentí ganas de echarme sobre el lecho y romper en llanto, pero hacía tiempo que las lágrimas de doncella no formaban parte de mi vida.

Versalles te enseñaba que llorar era un lujo reservado para las ilusiones juveniles, no para las mujeres atrapadas en un mundo donde la fragilidad solo invitaba a que otros la destrozaran.

Respiré hondo, con el cuello aún ardiendo por la dureza de la mano de Gérald y el fuego que sus palabras habían marcado en mi orgullo.

Sintiéndome más desdichada que nunca, volví a la ventana y miré a través de la negrura que envolvía el palacio más hermoso del mundo.

Más allá de las puertas doradas, más allá de los bosques que rodeaban Versalles, mi hermano pequeño estaba en algún lugar.

Conjuré su imagen, a pesar de que la última vez que lo había visto, Bastien era un adolescente de apenas dieciséis años y ahora ya habría cumplido los veinte.

Lo visualicé alto, con el pelo tan negro como la brea y su alegre acento de la Gascuña, la cicatriz bajo el ojo derecho en forma de luna que marcaba su rostro, fruto de la paliza a la que lo había sometido nuestro padre al descubrir sus inclinaciones íntimas.

Era un muchacho noble y sensible al que yo estimaba, y saberlo en peligro, caído en desgracia, me destrozaba el corazón de angustia.

—¿Dónde te escondes, Bastien? ¿A quién estás ayudando? ¿Y por qué? —le pregunté a la noche, que no me contestó .

Pensé en escribir a Stéphane, pero con toda probabilidad él no sabría nada.

Al igual que yo, mi hermano mayor era fiel a la corona de Francia.

Aunque hasta donde yo conocía a Bastien, él también era leal a Louis XIV.

A quien odiaba era a la nobleza que se interponía entre el pueblo y el rey.

Entonces, ¿por qué colaboraba con la Nueva Fronda?

Intenté pensar en las palabras de la tarotista y en su tirada de tres cartas para distraerme, sin resultado.

No era el tarot lo que me atormentaba ahora.

Era la sensación de haberme arrojado voluntariamente a una trampa de acero.

Me había permitido ver algo en Gérald que no existía más que en mis fantasías.

«Es solo un soldado, Lucille», me dije, llena de amargura. «Un hombre que ha convertido su corazón en hielo para resistir las tormentas de su deber. ¿Qué esperabas?».

Quería despreciarlo por su dureza y su frialdad controlada, sin lograrlo.

Porque eso mismo era lo que me atraía hacia él, por mucho que me doliese reconocerlo.

Mis pensamientos giraban en un torbellino de orgullo herido y una rabia que apenas lograba comprender.

¿Cómo se atrevía a tratarme así, a humillarme de aquella manera?

La joven que fui alguna vez, la que vino a Versalles llena de sueños e inocencia, jamás habría permitido un trato así.

Pero la mujer que era ahora, que ya conocía el placer de la cama y los embistes de un hombre entre las piernas, no podía negar lo que aquel trato violento y vejatorio despertaba en mí: estaba tan encendida, tan excitada por el contacto del cuero de su guante en mi piel que apenas podía contener el torrente húmedo que se acumulaba entre mis muslos.

Me acerqué al espejo de pie que había en una esquina de la habitación.

Mis mejillas estaban pálidas, y una línea roja marcaba mi garganta, allá donde sus dedos habían dejado su huella.

Por un instante, el impulso de cubrir esa huella violenta con mis manos fue abrumador.

Aquella señal era suya, una marca de propiedad, y dejarla tal cual estaba me proporcionaba un malsano placer.

Tanto, que me desvestí de cintura para abajo y me quité el corpiño para contemplarme en el espejo tal y como había llegado al mundo, desnuda y vulnerable.

Ladeé la cabeza mientras mi mano descendía hacia el epicentro de mis piernas, dispuesta a calmar mi insatisfacción en solitario, tal y como Raoul de Brissac me había enseñado a hacer.

Antes de que siquiera pudiera empezar a darme placer, la puerta se abrió de golpe, y Philippe de Orleans entró en mi habitación como un vendaval que todo lo arrasaba.

—¡Alteza! —grité, tan sorprendida como avergonzada por aquella inesperada intromisión. Tan solo fui capaz de correr a la cama para taparme con el cobertor, sin saber qué decir por haber sido pillada en aquella situación de absoluta vulnerabilidad.

A Monsieur , por descontado, le dio la risa al verme tan apurada.

—Calmaos, Lucille, un coño no va a asustarme a estas alturas de la vida.

—¿Qué hacéis aquí, tan avanzada la noche?

Por un momento temí que el duque de Orleans quisiera acostarse con la dama de compañía de su esposa. No estaba dispuesta a cometer semejante traición contra Aurore, ni siquiera con un hombre tan atrayente como el hermano del rey.

—¿No os he dicho que os calméis? No vengo a echar un polvo. —Se había quitado la casaca y el chaleco, y solo llevaba la camisa blanca abierta por el pecho. Puso las manos en la cintura y ojeó mi discreta habitación en busca de algo—. ¿Tenéis vino?

Le señalé el bufete y me obligué a mantener la calma.

En todo el tiempo que llevaba viviendo en palacio, jamás había oído ninguna historia de Philippe de Orleans forzando a una mujer.

Sus intereses, como los de mi propio hermano, eran más bien masculinos.

Al menos, eso pensaba toda la corte. Yo sabía que era amor lo que le unía a Aurore, y eso me tranquilizó.

A pesar de su fama veleidosa, sospechaba que Monsieur albergaba en verdad un corazón gentil.

—¿Qué os pasa? Estoy seguro de que no es la primera vez que un hombre se cuela en vuestros aposentos a altas horas de la madrugada, ¿no?

—No, alteza. Pero nunca un príncipe.

—Aunque reconozco que sois hermosa, este príncipe no tiene el menor interés en follaros —comentó, como si tal cosa, echándome un buen vistazo.

Yo intenté cubrirme mejor, lo que solo consiguió provocarle una sonrisa maliciosa—.

Pero eso no significa que no podáis uniros a una de mis fiestas; estáis más que invitada.

Parpadeé, sin saber qué decir. Mi espíritu libertino se sentía muy afín al de Philippe, quien organizaba veladas privadas en los Apartamentos del Príncipe con gran variedad de cuerpos desnudos e infinidad de litros de alcohol.

Al menos, eso contaban los rumores. Nunca había sido invitada, porque él y yo no habíamos trabado amistad más allá de unas cuantas charlas y unos pocos bailes compartidos.

—¿Para fornicar con vos? —me atreví a inquirir.

Él se echó a reír.

—Para fornicar con quien queráis, Lucille.

—¿Y qué opinaría Aurore si vos y yo…?

—Probablemente disfrutaría del espectáculo.

Una vez más, no supe qué decir a eso.

—¿Se os ha comido la lengua el gato?

—No.

—¿Y bien?

—Gracias, alteza, por la invitación a vuestras fiestas.

—Sí, lo que sea.

Se acercó al bufete y sirvió vino en dos copas.

—Ha sido una noche de lo más agitada. Bueno, como la mayoría en Versalles.

Cuando no es un envenenamiento, es una conspiradora abriéndose la garganta.

O mi hermano persiguiendo faldas que no son las de su esposa.

—Sonrió, sarcástico—. O la reina, poniendo el grito en el cielo por mi depravación, claro.

En fin. Para que luego los nobles afirmen que vivir aquí es aburrido.

Philippe se dejó caer en una butaca, mirándome con una expresión descarada, como si esperara que me sumara a su atrevido desparpajo. Yo, aún algo aturdida, continué envuelta en el cobertor, sin apartar la mirada de él.

—Venid, sentaos y bebed conmigo, y dejad ya esa pose de pajarillo asustado.

Mi corazón latía desbocado, y mi piel todavía permanecía expuesta.

Pero allí estaba él, con su copa de vino y su aire desenfadado, como si su única preocupación fuera disfrutar de la noche que quedaba por delante.

Era bien conocido por su afán por el escándalo y sus líos personales, pero también tenía el talento de hacer que cualquier habitación que ocupaba resplandeciera si le concedía su presencia.

Tras un último titubeo, enderecé los hombros y me quité el cobertor de encima.

Los ojos azules del duque me siguieron en mi desnudez cuando me cubrí con un batín de noche y acepté la copa que me ofrecía.

Luego, me senté en el borde de la cama y bebí un poco de vino.

Quizás, en una noche como esta, una conversación con Philippe de Orleans era justo lo que necesitaba para disipar el fuego que aún ardía bajo mi piel.

—Decidme, alteza —hablé, más calmada—, ¿qué os ha traído a mi habitación?

Philippe me miró con una chispa de lo que interpreté como complicidad.

—Aurore confía en vos —disparó a bocajarro—.

Ella no nació noble, como bien sabéis, y tiene un corazón que poco sabe de intrigas y juegos de poder.

En parte, por eso, os quiere como a una hermana pequeña.

Si no sois capaz de devolverle la misma confianza y honradez, os ruego que me lo digáis aquí y ahora.

—¿Qué os hace pensar que mi amistad con Aurore no es auténtica?

—¿Acaso no estáis trabajando para Gérald de la Reynie, mademoiselle, como espía?

Palidecí, y creo que eso fue suficiente como respuesta. Philippe miró su vino, esbozando una sonrisa.

—Eso me temía.

—¿Cómo lo sabéis?

—¿Ese numerito en el Salón de Marte, mademoiselle? Dad gracias a que la mayoría de nobles estaban ya retirados; si no, a estas alturas todos los cortesanos sabrían que sois una espía al servicio de nuestro tosco capitán.

Palidecí al recordar que Bontemps y Raoul estaban también presentes en el Salón de Marte cuando aparecí tras Gérald. Bontemps no me preocupaba, pues moriría antes de contar un secreto así, pero Raoul… de él no estaba tan segura.

—¿Creéis que el señor de Brissac se ha dado cuenta?

—No sé, no lo conozco tanto. Siempre me ha caído regular. Es más un noble ocioso entregado a sus vicios que un estratega político, en mi opinión, así que es posible que no haya percibido lo extraño de vuestra intervención.

—¿Y el rey?

—Mi hermano es muchas cosas, pero creedme, apenas se le escapa nada de lo que ocurre en su querido palacio. Excepto, supongo, una tarotista frondera. —Hizo una mueca sarcástica y bebió más vino—. ¿Eso os preocupa?

—Por supuesto que me preocupa que el rey crea que no soy de fiar.

—Preocuparos menos por el rey y más por el príncipe que tenéis delante, mademoiselle, y que exige saber si vais a traicionar a mi esposa en vuestros afectos.

Tragué saliva.

—No negaré que he ofrecido mis servicios a Gérald de la Reynie, alteza, pero no he espiado a Aurore. Tampoco a vos. No entra en mis planes contar nada de vuestras idas y venidas.

—Me trae sin cuidado si lo hacéis. No tenemos nada que esconder, ni a mi hermano, ni a nadie.

Philippe inclinó la cabeza hacia mí con una expresión burlona, como si se divirtiera viendo mi incomodidad.

Me sentí desnuda, y no porque aún llevara el batín apenas ceñido al cuerpo, sino porque el duque parecía ver a través de la máscara que tan cuidadosamente me había esculpido desde que llegué a Versalles.

Sin duda, cuestionaba la lealtad que yo sentía por Aurore, y eso me resultó insoportable.

Sostuve su mirada con firmeza.

—Mi amistad con Aurore es verdadera, alteza —declaré—. No vine a este palacio para traicionar a quienes quiero, ni para ganar estatus social, mucho menos a través de vuestra esposa. O de vos.

—Me alegra escuchar eso.

El duque de Orleans chasqueó entonces la lengua.

—Gérald de la Reynie está enfrascado en una misión que bien podría poner en peligro a toda mi familia, incluida Aurore.

—¿Aurore?

—¿De verdad creéis que los enemigos del rey no la alcanzarán a ella también, si la Nueva Fronda logra su cometido? ¿Entendéis, Lucille, lo que os digo?

Su voz era ahora sombría, grave. Bajo su carácter frívolo, Philippe era un hombre que había dirigido los ejércitos franceses en la guerra neerlandesa y conseguido sangrientas victorias para Francia.

Comprendí que no se detendría ante nada ni nadie para proteger a Aurore ante un posible peligro.

Su amor desmedido e incondicional por mi amiga me conmovió.

—Lo entiendo, alteza —contesté, sin poder evitar la emoción en mi voz—.

Si me he acercado a Gérald de la Reynie es porque él cree que la conspiración va más allá de lo que los mosqueteros han podido descubrir.

La seguridad del rey es mi prioridad, y aunque os parezca difícil de creer, también lo es la de Aurore.

Philippe sonrió, esta vez sin rastro de burla.

—No hay nadie a quien estime más que a mi hermano y a mi esposa. Quemaría la mismísima Santa Sede hasta sus cimientos si con eso pudiera salvarlos a ambos.

—Alteza…

—Sé que vos y yo no hemos interactuado demasiado desde que aparecisteis en Versalles, pero Aurore os quiere, lo que provoca que yo mismo os tenga ya en estima.

Y creedme, no prodigo mis afectos a demasiada gente.

—Se levantó de la butaca y yo hice lo propio—.

Si alguna vez os encontráis en una encrucijada que cuestione vuestra lealtad y Gérald no atiende a razones… acudid a mí, Lucille.

Una extraña sensación de alivio me invadió al ver que Philippe dejaba de estudiarme con aquellos ojos añiles implacables. Parecía haber llegado a una conclusión: la de que podía confiar en mí.

Y eso me tranquilizaba sobremanera.

—Os lo prometo, alteza .

—No prometáis nada. Limitaos a cumplirlo.

Dio un último trago de vino que vació la copa.

—Lo de la invitación a nuestras fiestas era en serio —me recordó, dirigiéndose a la puerta y dándome la espalda—. Veremos si vuestra fama de libertina está a la altura de la mía.

No pude evitar esbozar una sonrisa.