Gérald VII #2
—Podéis arrestarme por sospechas de traición a la corona o bien podéis creerme y permitir que os ayude a descifrar el mensaje que mandan estas tres cartas. ¿Qué preferís, capitán?
Gruñí en respuesta. Una que ella interpretó como un triunfo personal al adivinar que había optado por creerla.
—Bien, creo que la tirada que hizo madame Delacroix era intencionada. Un mensaje que enviar a su majestad.
—Explicaos, Lucille, y no juguéis con mi paciencia.
Arrugó la nariz ante mi tosquedad, pero eso no la amedrentó.
—La Torre, El Ahorcado y El Juicio —recitó, señalando las cartas—. Todas del derecho.
—¿Podéis interpretarlas?
—Solo superficialmente, mon capitaine . Mis conocimientos no llegan tan lejos como los de madame Delacroix —respondió, tomando la carta de La Torre—. Esta representa la caída, la destrucción.
Mis ojos estudiaron la carta, sus oscuros y antiguos símbolos iluminados por los pocos candelabros que ardían en la habitación de Lucille.
—¿Y El Ahorcado? —pregunté, señalando la segunda carta.
—Es el prisionero, el sacrificio —murmuró ella—. Alguien, hombre o mujer, cuyo destino está suspendido y atrapado por fuerzas ajenas a su voluntad.
—Continuad.
—Y finalmente, El Juicio. —La última carta descansaba bajo la mano de Lucille—. Esta carta anuncia que se hará justicia y habrá un renacimiento.
Tras pronunciar aquellas palabras, se dirigió a un secreter próximo y sacó papel y una pluma, que mojó en tinta negra. Transcribió las palabras pronunciadas por madame Delacroix antes de su muerte, rasgando furiosamente el papel mientras lo hacía.
Yo la observé en silencio, sin perderme ni uno de sus movimientos decididos.
La embriaguez que sin duda la había lanzado a mis brazos en los jardines se había diluido por completo y ahora había quedado reemplazada por la determinación de resolver el misterio que ponía en peligro al rey y, por descontado, a su propio hermano.
Apenas parecía consciente de que estaba en mitad de la noche, casi desvestida y despeinada, en compañías poco recomendables, y aquel pensamiento provocó un tirón en mis pantalones, que opté por ignorar.
No había tiempo para dedicarlo a pensamientos lúbricos.
Cuando Lucille terminó de escribir el panfleto, lo llevó junto a las tres cartas.
—Este panfleto y la tirada del tarot van unidos. Significan lo mismo de diferentes maneras. ¿Entendéis, Gérald?
—Entiendo.
Su perfume, dulce y sutil, me envolvió mientras me inclinaba sobre su hombro para observar el papel en el que había garabateado las palabras de madame Delacroix.
Mis pensamientos empezaron a agitarse al volver a estar tan cerca de ella.
La sensación de su cuerpo junto al mío despertaba en mí una atracción que luchaba por suprimir.
El recuerdo de su boca contra la mía, de la intensidad con la que nos habíamos buscado en la oscuridad de los jardines, volvió a colarse a traición en mi mente y en mi corazón, que ahora más que nunca debía permanecer frío.
Lucille, quizás notando mi presencia demasiado cercana, alzó la mirada hacia mí. Sus ojos reflejaban anhelo y valentía, como si estuviera dispuesta a enfrentarse al mundo entero.
O a un capitán de los mosqueteros.
—Gérald…
—Dadme las cartas y ese papel de inmediato, mademoiselle. Debo irme.
—Respecto a lo que ha ocurrido en los jardines…
—No es necesario que paguéis con besos mi cortesía de haberos defendido de Hubert de Humières.
Levantó el rostro hacia mí, dolida por lo que insinuaban mis palabras, y yo continué hablando:
—Guardaos vuestros encantos femeninos para el espionaje y no para mí.
No sé si logré disimular el tumulto interno que aquella mujer despertaba en mí, pero aquella última frase fue más de lo que Lucille estaba dispuesta a tolerar.
Antes de que pudiera preverlo, su mano se elevó en el aire y una bofetada rápida, precisa y cargada de una inesperada furia, cruzó mi rostro. El sonido resonó en la habitación como el trueno que daba inicio a una tormenta.
Yo me mantuve inmóvil, imperturbable, sin ceder un ápice de terreno. Aquel golpe era una insignificancia ante el peso de mis deberes.
Ella, sin embargo, respiraba agitadamente, sus ojos brillando de rabia. En esos breves instantes, toda su máscara de valentía se tambaleó, y una vulnerabilidad inesperada asomó en sus pupilas.
—¿Pensáis que podéis decirme lo que debo hacer con mis encantos?
—dijo, con un leve temblor en la voz—. No soy una cualquiera.
Mis encantos, como vos los llamáis, no están a disposición de nadie más que de aquel a quien yo decida entregarlos.
Y aunque haya cometido el tremendo error de besar vuestros labios, que son más fríos que vuestro negro corazón, os recuerdo que fuisteis vos quien me seguisteis a los jardines como un tierno muchacho enamorado.
¿O quizá solo pretendíais hacer uso de vuestro poder como capitán del rey para forzarme contra mi voluntad?
—¿Contra vuestra voluntad, Lucille? —mascullé, sarcástico—. Podía notar el calor de vuestros muslos incluso en mitad de la fría noche.
Sus mejillas se enrojecieron de golpe.
—Al menos yo reconozco mis propios deseos, no como vos. Tan valiente con la espada y tan cobarde con la…
No supe qué me impulsó a hacerlo, pero la furia y la frustración que sentía desde el hallazgo en el salón me empujaron a cruzar la distancia entre nosotros y tomarla del cuello, atrapándola entre mi cuerpo y el dosel de la cama que se alzaba detrás de ella.
Mi respiración se mezcló con la suya, y mis dedos enguantados se aferraron a su piel con una intensidad que la hizo gemir de dolor .
—No juguéis conmigo, Lucille —dije en un susurro amenazante, sin soltar su cuello—. No se me conoce precisamente por ser un hombre misericordioso.
Busqué en su rostro algún rastro de arrepentimiento o de miedo.
Lo que encontré no fue nada de eso: sus ojos no reflejaban temor, sino un oscuro deseo que crecía y crecía, un incendio incontrolado que nacía dentro de su alma y que ardía en sus pupilas.
Atrapó con sus dedos el guante que le apresaba el cuello, pero no hizo ningún intento de aflojar la garra que le atenazaba la garganta: me agarró la muñeca y, en respuesta, yo apreté más su cuello.
Lucille no se revolvió, buscando la liberación.
Al contrario, su cuerpo se arqueó levemente hacia mí, y sus labios entreabiertos parecían tentarme a perder lo que me quedaba de control.
Ese contacto de sus caderas contra las mías me hizo sentir que ambos estábamos al borde de un precipicio.
Dar un paso más sería descender sin remedio hasta el abismo.
Incapaz de soportar más su cercanía y su rendida entrega, solté su cuello y retrocedí bruscamente.
Me prometí, allí mismo, que jamás volvería a permitirme caer en una situación así.
Ella era tan peligrosa como la misma conspiración que trataba de descubrir, una trampa disfrazada de belleza y descaro, y me había permitido tambalearme durante un arriesgado instante.
—Mi paciencia tiene un límite, mademoiselle.
—También la mía, mon capitaine —replicó ella, recuperando el aliento que yo le había robado.
Se palpó la garganta dolorida, con la respiración entrecortada, y sus ojos ardieron de rabia—.
Hubo una vez una jovencita que llegó a Versalles y puso sus ojos en el capitán de los mosqueteros, anhelando conocer cada una de sus sombras.
Ahora entiendo que lo que yo había tomado por oscuridad solo es la más pura y odiosa frialdad .
Sus palabras cayeron sobre mí como un látigo, despertando en mi interior una furia sorda, mezclada con una punzada que me resultaba tan incómoda como desconcertante, y a la que fui incapaz de poner nombre.
Quise decirle que no había frialdad alguna en mi sangre cuando la tomé en mis brazos, cuando la besé con el deseo abrasador que, aún ahora, apenas lograba reprimir.
Pero si frialdad era lo que ella quería ver, frialdad sería lo único que de mí obtendría.