Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Gérald VII
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Gérald VII

C uando llegué al Salón de Marte, mis mosqueteros ya habían tomado posición en las puertas, expulsando de allí a los nobles curiosos.

La presencia de mis hombres dentro del palacio era una anomalía discordante, pues normalmente esas puertas estaban custodiadas por guardias o ujieres, no por los mosqueteros del rey.

No fue hasta entonces que me percaté de que Lucille me había seguido. Al alcanzarme, le permitieron entrar conmigo al Salón de Marte, creyendo que venía conmigo.

Louis, rodeado de sus hombres de confianza —el duque de Orleans, Raoul de Brissac y Bontemps— permanecía en silencio con la mirada fija en una mesa cubierta por un tapete de seda púrpura decorado con símbolos astrológicos.

Sobre él yacía una mujer desplomada, y a todas luces muerta por la cantidad de sangre que se había derramado a su alrededor.

A sus pies había un puñal ensangrentado.

—¿Estáis bien, majestad? —le pregunté al Rey Sol, al ver que parte de su blanco jabot estaba salpicado de rojo.

—Sí, no se trata de mi sangre, Gérald —respondió, más enfadado de lo que yo lo había visto jamás.

—Ni una noche tranquila en Versalles, qué vida esta —soltó Philippe de Orleans con fastidio, quien se ganó una mirada furibunda del rey.

—Hermano, ahora no. —Lo reprendió, y luego Louis se dirigió a mí—. ¿Puedes explicarme esto?

—Lo intentaré, majestad. ¿Quién ha sido testigo de lo que ha ocurrido? —pregunté, mirando a mi alrededor.

Bontemps se adelantó, nervioso y preocupado.

—Su majestad se ha acercado a la tarotista, rodeado de su habitual séquito, para que le echase las cartas. Tras la primera tirada ha exclamado un pronunciamiento en nombre de la Nueva Fronda y luego… se ha cortado el cuello a sí misma.

A mis espaldas, Lucille contuvo un jadeo de terror, que yo ignoré. No tenía tiempo para calmar a damiselas agitadas.

—¿Alguien recuerda lo que dijo la mujer antes de suicidarse?

Fue Bontemps de nuevo quien carraspeó, incómodo.

—Yo sí, capitán, pero prefiero no repetir esas infames palabras frente al rey.

—El rey estaba delante cuando esa mujer las ha pronunciado, Bontemps —dijo Louis, frío e impaciente—. Repetidlas ante Gérald.

El ayuda de cámara clavó la vista en el suelo mientras las pronunciaba:

¡Venid, la libertad se aproxima!

Versalles brilla,

pero encierra el duelo en una jaula de hierro. El Rey Sol se apaga, su linaje desciende, y el príncipe de las sombras hacia el trono asciende.

¿Quién será libre, sino un rostro sin paz?

En la sombra late el fin de un rey fugaz.

«La jaula de hierro y el príncipe de las sombras otra vez», pensé. Maldita sea.

—Buscad papel, pluma y tinta antes de que se os olviden y transcribidlas, Bontemps. Ahora —ordené—. ¿Alguien conocía a esta mujer?

Hubo un silencio incómodo, mientras todos los presentes observaban el cuerpo inerte de la tarotista.

Fue el mismo rey quien contestó.

—Era madame Delacroix. No es la primera vez que venía a entretener a la corte —me informó.

—Hablaré con Antoine de Lorraine, pues.

Louis no quedó contento con eso.

—Mañana a primera hora te quiero ver en el Gabinete del Consejo, Gérald. Este tipo de actos son inadmisibles y preciso respuestas del capitán de mis mosqueteros. ¿He hablado claro?

—Sí, majestad.

Jamás lo había visto tan enfadado. Ni siquiera con el Asunto de los Venenos, que durante el verano anterior se había cobrado varias vidas y había puesto la suya en riesgo durante dos semanas.

Unos envenenamientos podían ser tolerables, incluso esperables, entre una turba de nobles aburridos y descontentos; pero eso era una cosa y otra muy distinta era tener a una tarotista suicida proclamando panfletos de la Nueva Fronda frente al rey y clavándose un puñal en el cuello con el único objetivo de mandar un mensaje a Louis y a toda su corte.

Fue entonces cuando sentí una ligera presión en mi brazo; era Lucille, buscando mi atención.

—Capitán —susurró, espantada—. Mirad la tirada de madame Delacroix. Su significado…

La hice callar con una sola mirada de advertencia, y Lucille detuvo el curso de sus palabras. Luego, me concentré en las tres cartas salpicadas de sangre que descansaban bajo el cuello abierto de la tarotista conspiradora.

—Gérald, haceos cargo de la situación de inmediato —ordenó Louis, su voz sin una pizca de su habitual suavidad—. No deseo que esta insolencia vuelva a manchar los salones de Versalles.

Asentí, sintiendo una oleada de amargura hervir bajo la piel por haber descuidado mis deberes en pos de mis propios deseos. Jamás tendría que haber abandonado los salones para ir hasta los jardines tras los pasos de Lucille.

Jamás.

—Henri —llamé, volviéndome hacia mi teniente—. Llévate a mademoiselle de Valois a los Apartamentos del Príncipe de inmediato. Y no permitas que salga hasta que yo lo disponga. Luego, busca a Antoine de Lorraine y llévalo a mi despacho.

—Gérald, ¿me estáis… me estáis encerrando? —protestó Lucille, incapaz de disimular la incredulidad en su voz.

—Precisamente, mademoiselle —repuse con dureza—. No voy a permitir que nada ni nadie interfiera en la protección del rey.

La vi abrir la boca para replicar, pero Henri ya la tomaba firmemente del brazo, arrastrándola fuera del Salón de Marte. Lucille se volvió hacia mí con una última mirada cargada de rencor y desilusión, y por un instante, vi algo frágil romperse en ella.

Me mantuve impasible. No había lugar para la indulgencia ni para la delicadeza en ese momento.

—Capitán, ¿alguna orden más? —preguntó Bontemps, visiblemente incómodo ante el cadáver en el centro del salón y la atmósfera gélida que pesaba sobre todos.

—Sí. Cerrad todos los salones por lo que queda de noche —respondí, ajustando mi espada al tahalí—. Quien intente acceder a los Apartamentos Reales sin autorización, que lo pague con su cabeza.

Bontemps asintió y se apresuró a ejecutar mis indicaciones.

—Mañana a primera hora, Gérald, te espero —se despidió de mí el rey, saliendo del Salón de Marte seguido de su hermano y de Raoul de Brissac.

Una vez que me quedé solo, me acerqué al cuerpo de la tarotista. Examiné el puñal ensangrentado a sus pies y los símbolos esotéricos que adornaban el tapete púrpura.

Aquellas palabras malditas de la Nueva Fronda se repitieron en mi cabeza: la jaula de hierro, el príncipe de las sombras.

Si no las desentrañaba pronto, me volvería loco, porque todo apestaba a una trama profunda y peligrosa que se estaba volviendo más temeraria conforme pasaban los días.

Tomé las tres cartas en mi mano en el mismo orden en que habían sido lanzadas y las guardé dentro de mi jubón.

Cuando al fin me aparté de la escena, me hice una promesa a mí mismo: Lucille respondería a mis preguntas antes que el sol volviera a asomar sobre Versalles y ni siquiera el beso que habíamos compartido sería suficiente para salvarla.

En los salones de palacio reinaba ya el silencio nocturno cuando los atravesé en dirección a los Apartamentos del Príncipe.

Mis mosqueteros habían retirado el cuerpo de madame Delacroix, que yo había ordenado trasladar a las mazmorras para examinarlo.

Solo cuando los criados empezaron a limpiar el suelo del Salón de Marte me dije que era momento de hablar con Lucille de Valois.

Estaba airado con ella, conmigo mismo.

Esa noche, los pasillos de Versalles parecían tan peligrosos como las cartas que llevaba guardadas junto a mi pecho.

Las palabras de la tarotista aún resonaban en mi mente, y la visión de Louis, quieto y ensangrentado, mirándome con decepción por haberle fallado, me había dejado un amargo sabor en la boca que tardaría días en sacarme de encima.

Al llegar a la entrada de los Apartamentos del Príncipe, los guardias me dejaron pasar sin hacer preguntas. Fueron ellos quienes me indicaron la puerta de la habitación de Lucille.

Entré sin llamar y la encontré de pie junto a la única ventana de la cámara, que daba al Patio de Mármol.

Se había despojado de joyas y deshecho el peinado, y ahora su cabello de ébano le caía por los hombros, sobre el corpiño a medio desabrochar.

Tenía los brazos cruzados y una expresión que oscilaba entre el rencor y la preocupación.

Giró la cabeza al oírme entrar, sin sobresaltarse por mi presencia, sus ojos oscuros todavía brillando de pura indignación. Me había estado aguardando, y las horas de espera no habían hecho más que hacer crecer su resentimiento contra mí.

—¿Y bien, capitán? —habló, con la orgullosa barbilla en alto—. ¿He de suponer que he cometido un crimen y ahora estoy presa en mi propia habitación?

La ironía en su tono me hizo tensar la mandíbula.

—Quizá el crimen ha sido mío por confiar en vuestra discreción, mademoiselle —respondí, arrojando las cartas ensangrentadas sobre una pequeña mesa de mármol junto a ella—.

Aunque puede que “confianza” sea una palabra demasiado indulgente.

¿Queréis explicarme, Lucille, qué hace una dama de la nobleza con conocimientos tan profundos del tarot como para captar lo que los demás no vieron?

Sus ojos se fijaron en las cartas y, con una respiración profunda, descruzó los brazos .

—Aprendí a leer el tarot cuando era adolescente —confesó, y su voz perdió la dureza de hace un momento—. Era una simple diversión que compartía con Bastien.

—¿Con Bastien?

Palideció al comprender que había cometido un error al mencionar a su hermano.

—Él era apenas un niño —lo defendió—. Fui yo quien lo arrastró a esos pasatiempos poco respetables. Me encantaba escuchar a alquimistas y…

—Las cartas del tarot no son juegos para damiselas ociosas.

—Lo sé. Por eso lo hacía a escondidas de mis padres. Solo me acompañaba Bastien. ¡Y no siempre!

—¿Queréis decirme que por puro capricho estáis familiarizada con estas cartas que, según afirmáis, solo eran un juego para vos? —pregunté con incredulidad.

Lucille se inclinó hacia las cartas y las colocó en el mismo orden en que las había encontrado bajo el cuerpo de la tarotista.