Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Lucille VII #2
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Lucille VII #2

Era noche cerrada y la brisa otoñal soplaba en los jardines de palacio, ahora solitarios, pero igualmente iluminados por lámparas que los sirvientes encendían cada noche del año, por si al rey le apetecía recorrerlos, hiciese el tiempo que hiciese.

No era un secreto que el vergel de Versalles era su lugar favorito de todos.

También era el mío, sobre todo en noches destempladas como aquellas, que me ofrecían los jardines para mi exclusivo uso y disfrute.

Dirigí mis pasos hasta el Estanque del Dragón y me senté en el borde de mármol para contemplar la fuente que escupía agua, ajena a mis turbulentos pensamientos, y seguí bebiendo de mi copa de vino.

A este paso acabaría borracha y ahogada en aquella fuente que tanto me gustaba.

Una muerte muy ridícula a mi parecer, pero el vino era lo único que lograba calmar la vorágine que era mi cabeza.

La quietud de la noche me envolvió, y el murmullo del agua se convirtió en mi única compañía.

Sentía el frío del mármol bajo mi cuerpo, y lo agradecí: esa helada mordida me ayudaba a calmarme, a disipar los pensamientos que insistían en arremolinarse como el viento entre los setos.

Estaba preocupada por Bastien y no podía dejar de pensar en aquel lenguaje cifrado que había encontrado en el diario frondero.

También temía que el duque de Humières me atrapase a solas y quisiera cobrar lo prometido.

Aunque no podía engañarme: por encima de todo aquello que mantenía mi corazón en vilo, era lo que Gérald de la Reynie provocaba en mí lo que agitaba mi alma hasta sus más profundos cimientos.

En un mundo tan implacable como el de Versalles, cualquier debilidad se convertía en un arma que podía volverse contra ti.

Y Gérald de la Reynie era mi debilidad más peligrosa.

No había razón para sentir esa atracción tan arrolladora; no me ofrecía ni un ápice de interés, ni una caricia siquiera imaginaria en sus miradas.

Pero justo esa distancia inquebrantable, esa indiferencia que lo rodeaba, era la que me quemaba más intensamente.

Llevaba demasiado tiempo reprimiendo el mismo impulso: el del anhelo de descubrir lo que ocultaba tras aquella máscara de frialdad, de sentir sus manos sobre mi piel, de escuchar sus palabras sin ese filtro de desprecio glacial que nos mostraba a todos.

Bebí más, y el calor del vino y la embriaguez se me acumuló en las mejillas.

Los jardines de Versalles, solitarios bajo la pálida luz de las lámparas, se sentían diferentes a esas horas de la noche.

Aquellas frías avenidas, repletas de rincones y fuentes, parecían poseer una vida secreta que solo mostraban a los que, como yo, se atrevían a recorrerlas en la más profunda oscuridad.

En la corte se decía que una dama decente jamás debía adentrarse sola en los jardines; pero yo había dejado de ser decente hacía ya muchos años. Puede que nunca lo hubiese sido.

Un crujido detrás de mí me sacó de mis pensamientos.

Me giré de inmediato, alerta, pero solo vi sombras mecidas por el viento, y me obligué a calmarme cuando, sin más, la figura de Gérald emergió de entre las tinieblas, acercándose a mí en un helado silencio.

Tuve la inquietante y deliciosa sensación de que su presencia era una extensión de la noche misma que nos rodeaba.

Me quedé quieta, clavada en el sitio, incapaz de asumir lo que mis ojos veían.

Por un momento creí que era una mala pasada de la cantidad de vino que había tomado, pero la voz de Gérald, tan firme y tan profunda, rompió el silencio del aire nocturno como una brisa helada:

—Mademoiselle de Valois.

Por primera vez en mucho tiempo, tuve la sensación de que me miraba como nunca me había mirado antes.

«Estás borracha, Lucille. Muy, muy borracha», me dije.

—¿Gérald? —murmuré, y de inmediato me arrepentí de esa familiaridad. Intenté disimular mi turbación, girando la vista hacia el estanque—. No esperaba compañía esta noche, mon capitain e.

Se detuvo a un metro de mí, con la mano derecha sobre la empuñadura de su espada y la capa negra ondeando al viento gélido de la noche que nos mecía en su oscuridad.

—Mis disculpas si os he asustado —respondió, sin moverse del sitio. Su mirada era igual de impenetrable que siempre, pero su tono de voz parecía ser más cercano. Tan cercano como el que usó para contarme que se había criado en la Bastilla como hijo de un pobre guardia.

—No me habéis asustado. Solo que no suelo encontrarme con nadie aquí a estas horas, a pesar de lo que podáis haber escuchado sobre mí y mis indiscreciones.

—Vuestras indiscreciones no me interesan lo más mínimo, mademoiselle —replicó él.

Guardamos silencio. No sabía que venía a exigirme esta vez y estaba lo suficientemente borracha como para permitirme ser impertinente.

—¿Y a qué venís? ¿A pedirme que me acueste con otro duque? ¿Quizás a ordenarme que le robe las cartas a un conde? ¿O a cortarle el cuello a un marqués? Ordenad, Gérald de la Reynie, y Lucille de Valois obedecerá.

—No deberíais andar sola por los jardines a estas horas —dijo, sin caer en mis infantiles provocaciones—. Es fácil perderse en las sombras.

Su advertencia me arrancó una sonrisa irónica y me puse en pie. El vino que había ingerido me mareó ligeramente, pero logré mantener el equilibrio y la compostura. Al menos, eso creí.

—No le temo a las sombras, capitán —repliqué, encontrándome a mí misma dando un paso hacia él, aunque solo fuera para desafiar aquella distancia infinita que siempre se interponía entre nosotros—. Las abrazo y las deseo.

—No deberíais.

—Hay tantas cosas que no debería desear… —confesé, incapaz de frenar mi lengua y recorriendo con mi mirada cada duro rasgo del rostro de Gérald, cada ruda cicatriz, cada línea angulosa, cada rasgo de oscuridad—. Y, sin embargo, el deseo por aquello que jamás será mío me consume.

No sé de dónde saqué el valor. Quizás fue lo que su presencia provocaba en mí, con promesas de todo lo prohibido y peligroso. Quizás fue el vino, que traicionó mi pobre raciocinio.

Sin detenerme a pensar en las consecuencias, acorté la distancia que nos separaba y lo besé.

El contacto fue duro, desbordante, como si estuviera abriendo las puertas de un profundo y refrenado torrente que ni siquiera sabía que llevaba dentro.

Sentí sus labios, inicialmente rígidos, ceder bajo la presión de los míos.

Y en ese instante, se desató en él una furia contenida que me subyugó por completo.

Sus manos, tan acostumbradas a la violencia, a la disciplina de la espada, me sujetaron con firmeza, clavándose en mi cintura y atrayéndome hacia su cuerpo con una posesividad que no había imaginado ni en mis más atrevidas fantasías.

No había dulzura en aquel beso; era áspero, voraz, una batalla en la que los dos queríamos ganar, explorar cada rincón de esa línea prohibida que ambos acabábamos de romper.

La aspereza de su perilla raspó mi piel; esas manos que habían derramado sangre apretaban mi cintura y sus dedos se aferraban a mi cuerpo como si no quisiera dejarme escapar.

Me rendí por completo al control que Gérald ejerció en aquel beso que yo había iniciado y del que él había tomado las riendas.

Me apreté más contra su cuerpo duro, entregada a su dominancia, y algo en mí se desmoronó por completo cuando me obligó a abrir los labios e invadió mi boca con su lengua en una lucha muda que me hizo estremecer.

Su aliento entró en mí y yo dejé que me invadiera, que se apropiara de mí, que me marcara a fuego.

Quise que me tumbase sobre el mármol del Estanque del Dragón y me tomase ahí mismo hasta hacerme gritar de tortuoso placer.

No me importaba nada ni nadie, excepto aquel beso robado, tan intenso como una tormenta y tan placentero como el dolor que me provocaba saber que Gérald de la Reynie jamás sería mío.

Lancé los brazos alrededor de su nuca, necesitando sentir cada centímetro de su cuerpo hecho para la violencia clavado en el mío.

El calor entre nosotros se desbordó. Una necesidad feroz me consumió, desdibujando todo a su alrededor.

Dejé de ser una dama y me convertí en el puro impulso de ceder a ese deseo salvaje, sin control, sin remordimientos, que Gérald despertaba en mí contra todo honor y decencia.

—¿Por qué, Lucille? —murmuró él, separándose apenas de mi boca, con la respiración entrecortada y la mirada más lóbrega que nunca.

—Por defenderme del duque de Humières, mon capitaine —le susurré, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético, incapaz de dejar de mirarlo por si se apartaba de mí y aquella era la única oportunidad de mi vida de sentirme perdida en sus brazos.

Pero no se movió, ni retrocedió para apartarme. Sus manos seguían en mi cintura, posesivas, y por un momento el tiempo quedó congelado, cómplice de la mujer que estaba al borde de una caída sin retorno.

—¿Solo por eso, mademoiselle?

Estaba a punto de responder que no, que aquel no era un simple beso de agradecimiento, que todo lo que yo deseaba estaba en sus manos, que anhelaba rendirme a él y dejar que hiciera conmigo lo que quisiera.

Pero entonces, una voz nos llegó desde algún punto de la inmensidad de los jardines. Nos separamos de golpe, como si hubiéramos cometido el más atroz de los pecados.

Pocos segundos después, el mismo mosquetero con el que me había encontrado escasos días antes en las mazmorras apareció ante nosotros, con el espanto dibujado en su rostro.

—¡Capitán! ¡El rey!

—¿El rey? —La mano de Gérald fue directa a la empuñadura de su espada, todo él en tensión y dispuesto para la batalla, olvidada ya la pasión que segundos antes nos había unido—. ¿Qué ha ocurrido, Henri? ¡Habla ahora mismo!

—Ha habido un ataque, capitán. En el mismo Salón de Marte.

Gérald soltó un juramento. Sus ojos soltaron llamaradas de furia.

Lo vi girarse hacia Henri y marcharse a zancadas, desenvainando la espada antes de desaparecer en la sombra de los jardines, dejando tras de sí solo el eco de sus pasos apresurados.

Me quedé sola, con los labios aún ardientes y el corazón galopando, incapaz de procesar lo que acababa de suceder.

Me di cuenta de que no tenía tiempo para disfrutar de aquel beso furtivo robado al capitán de los mosqueteros: si la Nueva Fronda había osado atacar al rey en su propio palacio, frente a toda la corte, significaba que se estaban haciendo más fuertes y que yo cada vez tenía menos tiempo para demostrar que mi hermano Bastien era inocente.

Inquieta, eché a correr tras Gérald.