Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Lucille VII
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Lucille VII

D e mi vida en Versalles, las noches siempre habían sido mi momento favorito de todo el día.

La mayoría de los nobles aborrecía verse obligados a establecerse en el palacio, forzados a abandonar sus tierras y propiedades, y se quejaban sin cesar de la existencia ociosa y hacinada a la que se veían condenados.

Yo, en cambio, me lo pasaba como nunca.

Louis siempre procuraba un sinfín de diversiones para su corte: bailes y música, juegos de todo tipo, óperas, recitales, obras de teatro, fuegos artificiales, tarotistas, degustaciones de platos exóticos, exhibiciones de telas, joyas y perfumes, e incluso charlas científicas.

Jamás me aburría en las noches de Versalles y, en secreto, agradecía cada día la decisión de mi hermano Stéphane de enviarme a la corte en representación de los Valois. Si me hubiera quedado en nuestras tierras, nunca hubiera podido optar a disfrutar de nada de lo que aquel palacio me ofrecía.

Las noches también parecían ser el único momento de verdadero ocio para el rey.

Durante el día apenas lo veíamos, dedicado como estaba a reunirse con sus ministros y a recibir embajadores de toda Europa.

Solo después de cenar se relajaba y se entregaba al placer.

Disfrutaba especialmente del baile, de la música y de los juegos de cartas, como hacía en aquel preciso momento en el Salón de Apolo, con las sinfonías compuestas por el maestro Lully e interpretadas por los múltiples músicos que Louis acogía en Versalles .

Un grupo de nobles se había reunido a su alrededor para ver al rey jugar y me disponía a hacer lo mismo cuando Raoul me interceptó, tomándome con galantería de la mano.

—¿Es que vas a ignorarme toda la noche, Lucille?

—No me das pena, señor de Brissac. Estoy segura de que durante tu estancia en la corte de Madrid no has pasado añoranza alguna. ¿Qué tal tus amantes españolas?

Se llevó mi mano a su boca y me la besó con delicadeza en los nudillos. Se demoró más de lo necesario en aquel gesto, permitiendo que sus labios mandaran el mensaje íntimo que sin duda quería transmitir.

—Ninguna es como tú, mademoiselle. Tu pasión ha sido añorada.

Levanté una ceja. Raoul de Brissac había sido mi primer amante, el hombre que había tomado mi virginidad, quien me había mostrado cómo disfrutar en Versalles y también en la cama.

Durante un tiempo fui lo suficientemente inocente y tonta como para creer que alguien como él, mujeriego y canalla, se conformaría con el amor de una cría inexperta como yo.

De Raoul había aprendido muchas lecciones.

La más importante de todas: nunca esperes nada de un hombre.

Aun así, no le guardaba rencor. Habíamos pasado muy buenos ratos juntos y me había enseñado el camino del placer, que yo había continuado explorando por mi cuenta.

—Los halagos no son necesarios, Raoul, tú y yo ya nos conocemos bien. ¿Qué quieres de mí?

Él rio, y se le formaron aquellos hoyuelos en las mejillas que habían enloquecido a todas las damas de Versalles.

Raoul era uno de los hombres más hermosos de la corte: su amor por el ejercicio diario mantenía su cuerpo en plena forma, era más alto que la mayoría de cortesanos y lucía su largo pelo rubio en una coleta baja, que despejaba por completo su rostro.

¿Qué dama no había suspirado por aquella mandíbula cuadrada y aquellos picarescos ojos verdes?

Negar su atractivo hubiera sido una necedad por mi parte, pero yo ya no era una niña cándida.

Mis gustos habían evolucionado. La belleza masculina sin más alicientes ya no encendía nada en mí.

En cambio, la voz rasgada, las cicatrices antiguas y el peligro que se reflejaba en los ojos de Gérald de la Reynie sí lo hacían. Y no sabía cómo poner freno a aquel encaprichamiento que ya duraba demasiados años y que nunca podría ser satisfecho como yo deseaba que fuera satisfecho.

—Pasar un agradable rato contigo, eso quiero.

—¿De veras? Bien, pues pasemos un rato agradable.

Nos retiramos a una esquina del Salón de Apolo y ambos aceptamos sendas copas de vino de un criado. Tomamos un sorbo sin dejar de mirarnos a los ojos. Al final, fui yo la que habló:

—Se rumorea que has vuelto a Versalles en busca de una esposa. ¿Es eso cierto?

—Puede. ¿Qué tan raro sería?

—Teniendo en cuenta que tú huyes del matrimonio igual que yo, sí, es un poco raro.

Raoul sonrió.

—Cuando mi padre muera, me convertiré en señor de Brissac, e intuyo que no falta mucho para eso. Preferiría resolver el tema de la descendencia cuanto antes.

—Eres todo un romántico.

—Vamos, Lucille, entre nosotros sobran las sutilezas. Yo necesito una esposa que no me ponga el grito en el cielo con mis indiscreciones y tú necesitas un buen casamiento. Estoy seguro de que a tu hermano Stéphane le complacería que te convirtieras en madame de Brissac .

—Puede que a él sí, pero a mí no.

—Os ayudaría con vuestras deudas.

—Qué proposición de matrimonio más encantadora, Raoul —mascullé.

Al ver que me había molestado, me tomó de la mano para besarla de nuevo, con esa sonrisa canalla que una vez me había conquistado, pero que ya no provocaba ningún efecto agradable en mí.

—No te enfades, preciosa, y prométeme que pensarás en mi proposición. Es imposible negar que lo que te ofrezco es un arreglo más que decente para ambos. Nos entendemos bien fuera y dentro de la cama.

—Nos entendíamos bien —maticé—. Y eso fue hace mucho tiempo.

—Podemos renovar nuestra amistad más íntima hoy mismo, Lucille.

—Pensaré en tu ofrecimiento.

—¿El de matrimonio o el de pasar la noche juntos?

—Raoul… —Lo amonesté, aunque no pude evitar que se me escapase una sonrisa resignada. Me terminé el vino con un último trago apresurado—. No has cambiado nada.

—¿Por qué iba a cambiar lo que sé que funciona?

Sacudí la cabeza y acepté una nueva copa de un sirviente que se acercó a nosotros. Había bebido bastante ya, pero no tenía intención de contenerme a aquellas alturas. Esa noche las necesitaba, sobre todo después del encontronazo con el duque de Humières.

Raoul no percibió mi intranquilidad, pues siguió lisonjeándome en pos de conseguir que accediera a sus proposiciones:

—¿Te he dicho ya que cada vez luces más hermosa? ¿Cómo es posible que su majestad no te haya reclamado para sí?

—El rey, como yo, no se deja impresionar por la simplicidad de la belleza física. Ya deberías saberlo.

—Y que lo digas… —respondió él, mirando hacia donde Louis jugaba a las cartas, rodeado de un puñado de cortesanos—. Esa mujer tan vulgar, Madame Scarron, lo mira con ojos de cordero degollado y él parece estar a gusto con ella. ¿Cómo es posible? ¿Y cuándo apareció en Versalles?

—Llegó hace un par de meses a palacio y parece haber congeniado muy bien con el rey. También con la reina, pues es su dama de compañía.

—Tiene el aspecto de una monja. Y no una precisamente hermosa.

—Por eso digo que para llamar la atención de su majestad se necesita más que la pura belleza —dije, bebiendo más vino—.

Además, no te preocupes. La aparición de un nuevo interés en la vida del rey no lo apartará de tu amistad.

Posiblemente sea el único rey cristiano que mantiene a un protestante a su lado.

Me alejé de él tras una inclinación de cabeza y Raoul aceptó las calabazas con resignación.

Ni en un millón de años querría volver a acostarme con él, mucho menos casarme, aunque con ese matrimonio mi vida quedase financieramente solucionada.

Mi mente no podía aceptar que el único hombre que jamás podría ser mío era precisamente el que más deseaba que me besara, que me desnudara y me hiciera suya sin importar las consecuencias.

Tanto tiempo prendada de Gérald, buscándolo con los ojos cada vez que compartíamos espacio, y hasta este momento había logrado mantener el encaprichamiento a raya con más o menos éxito .

Pero ahora, que me veía obligada a espiar bajo sus órdenes y, por lo tanto, a interactuar con él de una forma privada y secreta, era incapaz de apartarlo de mis pensamientos.

Era absurdo desear así a Gérald, y lo sabía.

No era ni remotamente adecuado para mí: ni una sola fibra de su ser parecía estar interesada en la diversión sin fin que nos ofrecía Versalles.

Era un hombre implacable y frío, y una pequeña parte de mí, aquella que aún no podía domar bajo el peso de la razón, anhelaba conocer el peligro que él encarnaba.

Una vez más, lo busqué con los ojos y ahí estaba, erguido y solitario en el Salón de Apolo, apartado de los grupos de cortesanos, con los brazos cruzados sobre el pecho y la vista fija en el rey, dejando claro que estaba ahí por pura obligación.

Tenía la misma expresión de siempre: la mandíbula tensa, los ojos oscuros de una noche sin luna.

¿Cuánto tiempo llevaba siendo la fiel sombra de Louis? ¿Quince años? ¿Quizá más?

Para él, mi existencia no tenía la menor importancia. Su lealtad era solo para con el Rey Sol, y cualquier cosa fuera de ese deber —incluyendo una dama caprichosa como yo— era irrelevante.

Intenté concentrarme en la animada multitud que llenaba el Salón de Apolo, en las risas y las conversaciones que volaban en cada rincón, en la deliciosa música que animaba la noche y en la alegría ociosa que flotaba siempre en las veladas nocturnas de la corte.

No lo conseguí: mi mirada volvía una y otra vez a él, como si una fuerza invisible me arrastrara sin remedio.

Me recordé a mí misma que había aprendido a manejar a hombres como Raoul, así como el efecto que causaban en mi cuerpo.

Pero con Gérald todo era diferente. Contra él no parecía hallar protección alguna.

Suspiré y tomé una nueva copa de vino, decidiendo que al menos esta noche merecía disfrutar de la libertad que Versalles me daba. Relegaría mis pensamientos sobre Gérald a un rincón oculto de mi mente.

Como llevaba haciendo desde mi primer dia en Versalles.