Gérald VI
S i un simple baile se me atragantaba, una cena privada del rey me resultaba aún más complicada de soportar, si bien me veía obligado a hacerlo: cuanto más cerca estuviera de Louis, mejor podría protegerlo, así como observar las dinámicas que desarrollaba con el resto de nobles de los que solía rodearse.
En aquel punto de la conspiración, desconfiaba prácticamente de todos y cada uno de los cortesanos de Versalles.
No obstante, no podía negarme a mí mismo que la presencia de Lucille de Valois influía en aquella obligación autoimpuesta. La conversación alrededor de la mesa era ruidosa y constante, pero mis pensamientos estaban fijos en un solo punto, y ese punto era ella.
«No seas ridículo: es una distracción pasajera, un capricho absurdo», me dije, tal y como llevaba repitiéndome años.
No interactuar jamás con ella me había ayudado a conservar la serenidad.
Venerar su piel y su sonrisa desde la lejanía era todo cuanto me permitía respecto a Lucille de Valois.
Pero ahora que había hablado con ella, que nuestras miradas se habían cruzado y la cercanía de nuestros cuerpos había hecho crecer aquella extraña tensión, me resultaba mucho más difícil mantenerla alejada de mis pensamientos.
Me aseguré a mí mismo que las mujeres como Lucille, que no comprendían las verdaderas asperezas de la vida, no ejercían ningún poder sobre mí. Así pues, me concentré en las conversaciones que se desarrollaban a mi alrededor .
A mi derecha se sentaba Aurore Bechard, quien animadamente conversaba con su esposo Philippe y también con Louis.
A mi izquierda había tomado asiento Raoul, el chevalier de Brissac, quien recientemente había regresado a Versalles tras una estancia diplomática en la corte de Madrid.
Su presencia siempre alegraba al rey; habían compartido aventuras adolescentes en el palacio del Louvre, y ambos sentían pasión por la caza, así como por las conquistas femeninas.
No había muchos hombres a los que Louis pudiera llamar amigos, pero Raoul era uno de ellos.
—¿Sabes que con tantas redadas tienes París revolucionado, Gérald? —me dijo este, en tono jocoso.
—No me cabe la menor duda, señor de Brissac.
Crucé una mirada con Lucille, situada al otro lado de la mesa, y un tirón inesperado me recorrió como un veneno lento.
La conversación, la cena y la música de fondo se volvieron irrelevantes.
Esa chispa que podría hacer estallar una ciudad entera también parecía encendida en sus ojos cuando se encontraba con los míos.
Era una locura permitirme tales pensamientos. Una locura de la que, al parecer, no podía librarme tan fácilmente.
—¿Y bien? ¿Son ciertos los rumores que han llegado a la corte de Madrid? —me preguntó Raoul de Brissac.
Me obligué a concentrarme en la conversación.
—¿Qué rumores son esos, señor?
Mi interlocutor esbozó una sonrisa socarrona, tomándose su tiempo antes de responder mientras jugueteaba con su copa de vino, girando el líquido carmesí con la desidia propia de un cortesano.
—Rumores de insurrección, capitán. Se dice que en París hay voces que incitan a la rebelión contra el rey, voces que encuentran oídos atentos tanto en la oscuridad de las tabernas como en los barrios más nobles. ¿Acaso los actos del tal Le Sorcier han encendido la chispa de la revuelta?
Apreté los labios. Hablar abiertamente de la Nueva Fronda era siempre peligroso, y más en una cena privada del rey.
—Conozco esos rumores, señor, y os aseguro que no permitiremos que París sucumba a ningún levantamiento contra su majestad.
Raoul soltó una carcajada ligera, como si mis palabras le resultaran divertidas, o quizá falsamente graves para la indolencia de un noble que nunca tendría que mancharse las manos de sangre.
—Tienes razón, Gérald. Pero, ¿no te inquieta que los nobles estén tan dispuestos a prestar atención a un grupo de conspiradores? ¿Tan mal están las cosas?
—Para la nobleza de este país, que vive en la eterna insatisfacción y el aburrimiento ocioso, siempre hay hueco para escuchar a quienes les prometen más riquezas.
Lucille aparentaba ser por completo ajena a la conversación que mantenía con Raoul de Brissac, si bien sus gestos denotaban que intentaba escuchar mis palabras.
Quizá temía que hablásemos de ella. Al fin y al cabo, Raoul y ella habían mantenido un romance hacía años que se había prolongado durante unos cuantos meses.
La idea de imaginarla en los brazos del señor de Brissac me hizo apretar los dientes.
Iba a tener que recordarle que la discreción era vital si quería continuar espiando para mí.
—Sinceramente, a mí esas historias de la Nueva Fronda me parecen una total y absoluta ridiculez —comentó Raoul con despreocupación—. Es más que posible que solo sean un puñado de nobles insatisfechos, hartos de pagar impuestos .
—Es probable —concedí, aunque no estaba de acuerdo con esa afirmación, pero no quería seguir hablando del tema y menos en la mesa del rey.
—En fin, capitán, si necesitáis ayuda en vuestra lucha contra los traidores, contad conmigo y mis hombres. Nos quedaremos una buena temporada en Versalles.
—Quizás os tome la palabra.
Aurore intervino entonces en la conversación, decidida a hacernos callar de una vez:
—Si continuáis hablando de la Nueva Fronda, puede que el Rey Sol os fulmine con alguno de sus rayos.
Aquello provocó la risa de Raoul de Brissac, quien esbozó una sonrisa galante ante la princesa.
—Alteza, tenéis toda la razón. Mejor charlemos de cosas más mundanas.
—¿Qué tal la corte de Madrid, Raoul? —preguntó Aurore con verdadero interés—. ¿Lograsteis hablar con el rey Carlos?
—La corte de Madrid, alteza, no se puede comparar en nada con el brillo de Versalles.
—Miró su copa de vino y bebió un sorbo—.
En cuanto al rey Carlos, tan solo puedo afirmar que es…
peculiar, por así decirlo. Parece más un fantasma flotando entre los salones del palacio del Escorial que un monarca.
En realidad, es la reina madre María Anna quien lleva las riendas.
—Es lógico, el rey Carlos es apenas un niño —razonó Aurore.
—Un niño hechizado por una horrible y deforme enfermedad que nadie parece poder curar.
—Dudo que lo que sufre el rey Carlos pueda curarse.
Raoul pareció sorprendido por la rotunda afirmación de Aurore.
—Entonces los rumores son ciertos: fuisteis médica durante vuestra vida como plebeya, alteza.
—Aún lo soy, señor —respondió ella—. Su majestad tuvo a bien regalarme el Hôpital pour Femmes como obsequio por contraer matrimonio con su hermano y, en mi vida en París, todavía ejerzo la medicina.
—Qué mundo más moderno es este en el que vivimos: una princesa de Francia manchándose las manos de sangre en un vulgar hospital del pueblo —rio Raoul, provocando irritación en Aurore Bechard.
—El pueblo sangra de la misma manera en que lo hace un noble, y su sangre es igual de roja que la vuestra, señor de Brissac.
Apenas pude contener una sonrisa ante aquella contestación.
La duquesa de Orleans siempre provocaría escándalos con sus formas y opiniones, y su conversión de plebeya a princesa no había cambiado en nada su beligerante carácter.
Raoul acusó el golpe con elegancia, levantó la copa y desvió su atención hacia la dama que se sentaba a su izquierda.
Cacé a Lucille mirándome una vez más y ambos apartamos la vista con la misma rapidez.
—Te noto distraído, Gérald —se dirigió a mí Aurore—. ¿Acaso no te interesan los cotilleos del señor de Brissac sobre la corte española?
—No demasiado, alteza.
—La verdad es que a mí tampoco.
Sus ojos se deslizaron un segundo hacia el otro lado de la mesa, hacia su amiga.
—Sin embargo, me pregunto —murmuró, acercándose un poco para que solo yo la escuchara y con una chispa juguetona en su voz—, si quizás tu distracción tiene otro origen más agradable que las conspiraciones de la Nueva Fronda.
Su mirada se desvió, esta vez más intencionadamente, hacia Lucille, quien en ese instante inclinaba la cabeza para escuchar un comentario de su interlocutor.
No pude evitar sentirme incómodo. Había compartido muchos ratos con la duquesa y ahora empezaba a entender que quizás me conocía mejor que la mayoría de cortesanos.
—Me temo que vuestra imaginación os juega una mala pasada, alteza —respondí, manteniendo el tono neutral.
Aurore sonrió, claramente satisfecha de haber provocado una reacción en mí, aunque esta apenas fuera visible para el resto de comensales.
—Hay damas que ciertamente saben cómo hacer que incluso el capitán más endurecido pierda la concentración —soltó, divertida.
Lucille estaba concentrada en su conversación, con el porte elegante y seguro que siempre desplegaba. Se sintió observada por mí, lo que hizo que en sus labios se dibujara una sonrisa que parecía dirigida solo a mí. Por un momento sentí que estábamos solos en aquel salón lleno de cortesanos.
Aurore, mirándome de reojo, rio suavemente.
—Bueno, Gérald, entre tanto deber, también hay espacio para la diversión —murmuró, procurando que nadie nos escuchase.
—No me interesan esa clase de diversiones, alteza. Tengo mis prioridades muy claras, y todas ellas son proteger al rey.
Ella soltó una risita y agitó la mano.
—Claro, claro, por supuesto, capitán. —replicó—. Sin embargo, no es bueno estar todo el día encerrado en las mazmorras de Versalles arrancando ojos ajenos.
—También arranco dedos.
—Encantador. —Aurore puso los ojos en blanco, provocándome una leve sonrisa—. En fin, solo digo que si necesitas cierta intimidad, la puerta de los Apartamentos del Príncipe siempre estará abierta para ti.
—Os recuerdo que a vuestro marido no le caigo especialmente bien.
Aurore tomó la mano de Philippe de Orleans, quien continuaba charlando con el rey, y se la apretó afectuosamente. Él le devolvió el gesto con cariño, sin detener su conversación.
— Monsieur es el ser más irritante del mundo, pero jamás se opondría a encubrir una escandalosa aventura.
—Lo tendré en cuenta, alteza —dije.
Fue entonces cuando noté una mirada poco amistosa clavada en mí.
La de Hubert de Humières. Me quedó claro que continuaba furioso por haber intervenido en su conversación con Lucille.
Apenas se molestaba en disimular su ofuscación.
Su rostro, habitualmente enrojecido por el abuso de vino, se había tornado una máscara de odio.
No me sorprendía en absoluto. Para alguien como él, acostumbrado a obtener todo lo que deseaba con solo un gesto, cualquier interrupción, y más aún una en su territorio de caza, era un insulto imperdonable.
No me importaba. Estaba seguro de que Humières era un traidor, y su noble sangre no merecía otro destino que acabar entre las frías piedras de las mazmorras de Versalles cuando la Nueva Fronda cayera. Haría que pagara por su traición.
«Y también por haberse atrevido a posar su mano sobre la piel de Lucille de Valois».
Solo esperaba que ese momento de castigo y venganza llegara más pronto que tarde.